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Full text of "cronica_de_muniz"

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Jv^TINO-ZAVAlA • MVNIZ 


CRONICA 

DE 

MUMIZ 



.ANN O. 

ncmxi 

*/MONTEVIDEO f 





















CRONICA 

DE 

MÜNIZ 

POR 

JUSTINO ZAVALA MUNIZ 



M CM XXI 

Itnp. "El SIGI,0 ILUSTRADO” 
938'San José- 938 
MONTEVIDEO 


PRÓLOGO 


^ mú padres: 

Pronta para entrar en prensa esta ‘'Crónica'’, me he pre¬ 
guntado con inquietud: ja quién he de confiar esta obra de 
amor, si sólo he cncontnido para mi héroe, escasos y retacea¬ 
dos elogios, cuando no la calumn ia W insulto ? ;t,\brada a 
la protección de qué manos amigas ha de ir esta Crónica de 
Muniz, si sólo hag en derredor de su nombre el más ingrato 
de todos los silrncñmf 

Ya se han ido con él la* sencillas gentes de los campos, 
que sobreponiéndose a toda pasión partidista, amaron g lu¬ 
charon por aquel hombre singular, que cautivó sus corazones 
con la legenda de sus hazañas g la generosidad de su espíritu. 
Hoy sólo restan, perdidos en las lomas de Cerro Largo, algunos 
abuelos que animan las charlas del fogón con el relato de la 
historia del héroe, 

F.n las ciudades, en Meló mismo, donde viven g prosperan 
los que triunfaron protegidos por Mu»i:, »> una sola voz se 
levanta para contestar y destruir la calumnia que mancha su 
gloria. 

Yo he visto, en uno de mis viajes a Meto, ¿in una flor, 
siquiera ya marchita, el humilde *rpuU'n> del caudillo. 

Los hombres lo persiguen y traicionan, más allá de su muerte, 

fív por eso que mi voz se levanta para d^cir a- torios los 
ámbitos la gloria y el dolor de Justino Muniz, y es por eso 




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.Tl'STINO ZAVALA MUNIZ 


que esta “Crónica ' va a vuestras paternas manos, seguro de 
que encontrará en vosotros el sentimiento generoso que l (i 
anima. 1 

¿ Y cómo no dedicarlo a vosotros, si este libro, más que hijo 
de mi ingenio, hijo es del amor que vosotros pusisteis en mí 
por nuestro abuelo y por la vida, campesina? 

ICómo he de olvidar aquellas veladas, cuando junto a la 
ventana que daba a la dormida calle d"l pueblo, mi padre con¬ 
taba las hazañas de Moni;, ¡tan generoso, tan heroico!, mien¬ 
tras mi madre interrumpió a intervalos sus relatos, para ha¬ 
cernos sentir la injusticia de los hombres que tanto le insul¬ 
taron ? 

¡Ah. cuántas reces latieron agitadas mis sienes, al oir cómo 
injuriaban del más indigno modo n aquel varón fuerte y no¬ 
ble, n quien vi llegar tantas lardes de verano, galopando por 
las cuchillas de su heredad, bajo el sol o la lluvia, para traer 
a mi dulce hermana enferma — hoq también ida de nosotros 
— Jos frutos que daban los duraznos de su quinta. 

Entonces contraje contigo, madre, el pesado deber de rei¬ 
vindicar a aquel hombre. 

Ahora recuerdo las noches de d»lorn$a inquietud, en que 
lloré de indignación contra mí mismo, al sentirme incapaz de 
cumplir con la alta misión que tú confiabas a tus hijos. 

Una tarde, en que no se por qué extraña circunstancia. Muñís 
había aceptada mi compañía en su habitual paseo por los cam¬ 
pos. llenamos, sin saber cóma, a detener nuestros caballos en 
| la cumbre del Cerro de Medina. Mvn<z tenía f ia la vista en 
las llanuras que llegaban ondulando hasta la falda de} Cerro 
Largo, qve. tocado por fcv últimos ranos de un sol que decli¬ 
naba. se extendía en el lejano horizonte. La hora tenía un 
extraño efluvio de intimidad , en aquel campo serenamente 
mudo, en rl que, no obstante, se prolongaba el mugido po¬ 
tente del toro o escindía él relincho nervioso del potro. La 




CRONICA DE MUNIZ 


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brisa se entraba por nuestras narices y nuestras bocas, inva¬ 
diendo los jmlmonti con un baño de frescura. 

Muniz miraba silencioso al Cerro Larga, a cuya espalda está 
el cam\po de Arbolito. Frente a aqu-el hombre, recordé a sus 
calumniadores ti en el deseo de ver lo que pasaba en su alma, 
dije: 

—Conozco un libro qu e habla mal g c us t e d. Creo que lo 
escribió un enemigo. 

Examiné el efecto que producían mis palabras en el ánimo 
del guerrero, deseoso de llevarlo a un terreno de con¡ dvn <■*/»•, 
Yo esperaba que el recuerdo de tanta ráht»k»i* e ingratitud 
provocara en su ánimo palabras de amargo reproche para sus 
enemigos. 

El miró serenamente a mis ojos, y como si leyera los pen¬ 
samientos de indignación que cruzaban jry »», frente al re¬ 
cordar a sus detractores, díjome: 

—Xa haga usted caso de esos libra*; yo voy a contarle esas 
cosas. 

Y nos volvimos, envueltos en el crepúsculo, mientras la voz 
reposada de Muniz iniciaba la historia de sus hazañas, 
relato había de continuar todas las mañanas y las tardes, en 
el zaguán de su casa. 

Así, desde niño, sentí que un grande amor me ligaba a 
aquel hombre, a quien aprendí a conocer a través de vuestras 
narraciones y de las suyas propias, y paralelo y ftritan 
ese mismo amor, sentí en mi alma ile niño el odio que pro¬ 
vocaban nt mí las calumnia* que oía sobre aquel lwmf>re en 
los patio* de la escuela o en las ruedas de la plaza del pueblo , 
donde mis amigos pretendían repetir los insultos que para 
mi abuelo estaban acostumbrados a oir de sus padres, que 
continuaban idolatrando y recordando la triste época de Apa¬ 
ricio Saravia. 

Movido por un alto afán de justicia, intenté esta reivindi- 





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JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


catión de Muniz, quizá demasiado temprano, pues mis veintidós 
años tal vez no me hayan dada madurez hadante para cum¬ 
plir felizmente mi propósito. 

Bien sabéis vosotros, que en esta “Crómica'’ no he puesto 
el odio que sentí cuando niño contra los calumniadores de mi 
abuelo. T fué porque dado a estudiar su alma y la de sus 
contemporáneos, y a sentir el paisaje de nuestros campos, un 
profundo amor hacia ellos ha limpiado de odios a mi espíri¬ 
tu. V lo que fué en mi niñez un deseo de vengar a mi 
familia, se ha convertido — yo así lo espero — en el estudio 
de una personalidad típica de nuestra historia y de una época 
de bellos heroísmos y patriarcales trabajos. 

Xi un solo instante el odio ha dictado mis palabras. El 
recuerdo de los que hicieron mal a Muniz no alcanza a oscu¬ 
recer en mí la pasión de amor que siento por mi héroe y sus 
tiempos. 

T porque así ha ocurrido, no hallaréis én las páginas de 
esta “Crónica”, respuestas a Ia> calumnias que se han dicho 
y escrito contra el guerrero, ¿Qué son, por otra parte, esas 
miserias, comparadas con el poema de la vida de Muniz? Por 
lo demás, quien leyere mi obra verá si es verdad cuánto han 
dicho de él. desde Ac.cvcdo Díaz y Luis A. (le Herrara , hasta 
Javier. de Viana ; quienes se han empequeñecido al usar el in¬ 
sulto contra el caudillo, cuya talla moral ellos estuvieron muy 
lejos de comprender. 

Ved, si no, cómo ellos mismos muestran la fal*edad de sus 
juicios. 

Acevedo Díaz, el escritor que agoló los más crueles adjetivos 
para juzgar a Muniz, y que se halla hoy alejado del Partido 
Nocional, /sería cava: ahora de firmar sus artículos perio _ 
dísticos de entonces? El hombre que llamó traidor a Muniz 
por haberse alejado de wn partiólo político convertido en c<n- 
marilla; ese hombre que ha secundado la obra del señor Batlle, 






CRÓNICA DE MUNIZ 


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¿seguirá llamando traidores a los que se alejan de su partido f 
Quizá en estos días sienta el peso de sus errores que empa¬ 
ñaron entonces a su espíritu, movido por un sentamiento es¬ 
trecho ¡t partidista, 

En cuanto a Luis I. de Herrera, en algunos escasos mo¬ 
mentos de mi, “Crónico’' hago ver las contradicciones en que 
incurre. ' ' < 

Yo quiero creer en que hoy ya no pensará como en los 
días en que su traviesa adolescencia le inspiró su libro “Por 
la Patria”, en el cual no se sabe qué admirar mdn: si las 
inexactitudes en que incurre, o la ramplonería de su estilo, 
del cual escojo, al (tenso, estas muestras: 

“El ÍMuniz). inclinado a las correrías militares sin saberlo, 
PORQUE HASTA AQUEL CEREBRO VIRGEN T DEFENDIDO POR UNA 
ENMARAÑADA MELENA RENEGRIDA, DIFÍCILMENTE ALCANZABAN 
IOS CHASQUES DE LA LUZ...”, 

de pelo castaño f Saravin ) que se conoce acostumbrado 

A LAS CARICIAS DEL PEINE... DE FRENTE ESPACIOSA, CON ESAS 
ENTRADAS DENOTATIVAS DE CULTURA INTELECTUAL”. (Tíobla 
también del estanciero del Cordobés), “En la cruz que señala 
la tumba de Arturo Pamas SttAr*z HA colgado la patria 
DO io r Y luto”. I !) “¿Ové podemos decir n»e sea bastante 
expresivo de Teodoro Berro, de esa flor de esperanza con 
PÉTALOS DE ENCINA QUE MARCHITÓ EL INVIERNO?. “DESFILEN 
El,LOS OBEDIENTES AL CLARÍN DE LA POSTERIDAD”. 

¿ Qué h e de deriroM //» Javier, de Vian g., cuya personalidad 

moral conocéis tan bien como un? ¿Puedo, maso, creerse en 
la honradez histórica de un hombre que insulta a cu adversa¬ 
rio llegando hasta calumniar su belleza física, con trazos de 
esta grosería: “Tenía (Mvniz) inclinada sobre el pecho la 
cabeza grande, melenuda, de frente estrecha y deprimida — 
una frente de gorila nacido en un jardín zoológico — y fijos 
las ojos en el abultado abdomen de glotón vulgar"? 





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JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


¿Cómo creer en un hombre que llega hasta afirmar que: 
“Dicen que Batlle manda matar. Batlle es capaz de todo. Su 
perversidad debe ser tan grande como su cuerpo, y entre los 
muchos tiranos que han afrentado a mi patria, irnguw> más 
criminal, ninguno más odioso que ese bohemio sucio y des¬ 
garbado, que al alcanzar la presidencia de la Ttejntblicu por 
tro capricho de la ruleta política, quiso rescatar con odios las 
prendas empeñadas en el Monte Pío durante su vida de mi¬ 
seria.”? 

Podría transcribiros otros párrafos de esta naturaleza: 
pero siento que mi pluma se resiste a escribir, aún siendo de 
otro, tañía grosería y miseria. Pero para que se alcance bien 
el grado de sinceridad, de Javier de U ¡ana, ved lo que dice 
de ■'•'oraría en su libelo * f CgW divisa hlonro ”, que reeditó hace 
apenas un año, ¡con fines de propaganda electoral!: ,{ Apar¡. 
rio tiene la cultura de cualquier hombre que no ha cursado 
estudios especiales... Si pronuncia mal muchas palabras, si, 
dice "rompido'”, “resolvido” y otra» por el estilo, se ve bien, 
comparándolas en el conjunto de la conversación, que no na¬ 
cen del hnhUi campera, sino de la influencia■ brasileña, cuyo 
idioma le es tan familiar como el suyo propio”. 

En un articulo publicado en el diario “ e El País”, de la 
Capital, fecha 10 de septiembre de 1919, Viana, olvidado di 
ente su héroe dice "mucha* palabras como “rompido”, “resol- 
vida”, efe., nos da esta idea de la cultura de Saravia: “Apa¬ 
ricio Saravia, el “gaucho bruto” — a avien el gobernante ideo¬ 
lógico opuso la bota de potro de Justino Mnniz — había 
leído a Tito Lirio, a Suetonio, Plutarco y Julio César, y 
sentado al piano ejecutaba ■ — con poca maestría, justo es de¬ 
cirlo — sonatas de Mozart y Beethnreu. . 

Yo podría recordaros la silueta infeliz de aquel estancie¬ 
ro que, venido a Meló, creyó adquirir presencia ciudadana 
vistiendo a la moda y usando aquel bastón que llevaba como 





CRÓNICA DE MUNIZ 


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si fuera el cabo de una lamo; pero no; ved cómo lo des¬ 
cribe Florencio Sánchez, en el ensayo “Caudillaje criminal 
en Sud América”: “¿Te acuerdas de Aparicio Sarartnf ¿Lo¬ 
graste durante la campaña descubrirle otras condiciones que 
mucho coraje, bastante astucia indígena y algumss hábiles 
recursos estratégicos como general y como hombre una esca¬ 
sísima cultura moral y un espíritu 1 celular con recovecos 
llenos de esa suspicacia aviesa .. chorarrera y guaranga que 
se cristaliza en el gaucho americanoV’ (El estudio del mo¬ 
delo indujo a Sánchez a un error de generalización). 

Sin embargo, Javier de l iana, que tan virtuoso encontró 
a Saravia. dijo en un campamento y en un libro: “Batlle 
es, también, extremadamente ignorante, superlativamente pe¬ 
rezoso e inconmensurablemente autoritario”! 

Largo sería citaros los que, como el señor Carlos Borlo 
— desdichado autor de “José Robles'’, y que cantó a Ciego 
Lamas con estas cursis estrofas: “El toque del clarín le 
enardecía, — el salmo del cañón le agigantaba — para hacer 
bien a su nación vivía, — y al pensar en su madre sollozaba”, 
han injuriado a Moni:, oponiendo a los vicios que ellos Ir 
atribuyen, las virtudes de Saravia. 

No podían encontrar un término más infeliz de compara¬ 
ción para Muniz, que Aparicio Saravia, cuya incapacidad 
guerrera se evidencia en el hecho de que en dos guerras fuera 
siempre derrotado, y de cuya grandeza moral da cuenta este 
episodio que relata José V. Díaz en su obra “Historia de 
Saravia” — estudio recientemente aparecido y del cual sólo 
puedo ahora hacer mención, diciéndoOs que si bien no en todo 
dice verdad acerca de Muniz, es un libro bien inspirado. 
Cuenta Díaz, que cuando Aparicio supo de boca de Chiquito 
el atentado cometido en las personas y comercio de ustedes 
y de la muerte de Segundo Muniz, dijo: “Con ese proceder 
nos han quebrado un ala”. 



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JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


He tt/ií el repudio que mereció al “noble” Aparicio Hora- 
vía el proceder del “magnánimo Chiquito”, que en un día 
pretendió quemar a toda, mi familia, saqueó el comercio de 
mi padre y entregó a las llamas a un niño de diez y seis 
años! 

necesario que os diga que en este libro no se tienen 
en cuenta conveniencias partidistas, cuando sabéis muy bien 
que por ahora no milito en la política de mi país? 

Si estudio en algunos momentos la historia política de los 
partidos, es sólo porque preciso hacerlo para explicar la 
actitud de i funis, con la imparcialidad que aseguran los do¬ 
cumentos transcriptos a manera de Apéndice en esta “Cró¬ 
nica”. 

¿Qué más puedo deciros del plan y el sentido de mi CRÓ¬ 
NICA de Muniz, que no esté en sus páginas expresado? 

El alto espíritu de Alberto Zum Felde ha dicho, en su 
“Proceso Histórico del Uruguay”, hablando del gaucho: 

“Así, este tipo forjó con su carne 1.a gesta bravia de la 
nacionalidad y dió ejemplares magníficos de guerreros. El 
arte tiene en él preciosa cantera humana; sus fastos y sus 
gestos son dignos de la épica y del bronce. La montonera 
anónima y la figura singular ofrecen los mismos rasgos de 
heroísmo. El más oscuro gaucho tiene cumplidas proezas 
extraordinarias. Entre la multitud heroica , te destacan figu¬ 
ras de campeadores, lanceros temerarios, desafiadores de la 
muerte, dadores de sus vidas en gestos de suprema arro- 
gameta". ! 

Pues bien; yo espero que quien leyere mi “Crónica”, en¬ 
contrará en ella el canto de ese tipo “esencialmente esté¬ 
tico”, así en la guerra como en la paz, viviendo su vida oro, 
rglóotca, ora heroica, en la paz absoluta de nuestros campos. 


Rañado de Medina, 1920. 






Nacimiento y mocedades de Monlz 



CAPÍTULO PRIMERO 


Los abuelos «le Muniz 


J unto a la costa del arroyo Sauce de OI i mar , en una 
de las laderas que interrumpen suavemente la ex¬ 
tensa llanura del lugar, el rancho de José Minúz ponía 
una nota de vida en la soledad de aquellos campes. 

Largos años habían transcurrido desde el día en que 
el gaueho llegó allí con su compañera, lejos de todo ca¬ 
mino, perdidos por el círculo verde de los montes del 
Olimar y los Corrales, que pasaban serpenteando en la 
abierta extensión de la comarca. 

José Muniz y Catalina Azcurra veían sucederse los 
soles sobre los campos, sin sentir más inquietudes que 
las propias de unos padres empeñados en el trabajar 
fuerte y constante. 

Hasta aquella rinconada, donde la madre cuidaba de 
sus hijas mientras el padre recorría y vigilaba sus ga¬ 
nados. apenas si venía algmnas veces un viajero a rom¬ 
per la apacible monotonía de sus tardes. 

A no ser por las convulsiones guerreras que llegaban 
hasta allí en busca de José Muniz, la noción del trans¬ 
curso del tiempo pasaría inadvertida. Pero el caudillo 
del pago sabía que junto a los montes del Sauce de 
Olimar, la lanza de Jasé Muniz, estaba siempre pronta 
para concurrir a las citas heroicas. Y hasta su rancho 





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JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


venían de tiendo en tiempo los diasques con divisa 
blanca, en busca del gaucho que nunca supo negarse 
a dejar abandonados a su esposa y sus hijos, mientras 
la guerra cruzaba los campos del país. 

Primero finé por la libertad de la patria que en la 
guerra del 2ó se alejó de su hogar. Y luego, cuando 
fueron dueños de la tierra, por Lavalleja, por Oribe 
o por cualquier caudillo de menos nombre, siguió gue¬ 
rreando con la misma fe y el mismo entusiasmo, porque 
él nunca se detuvo a pensar en que un gaucho pudiera 
negarse a acompañar al Comandante de todas las “pa¬ 
triadas”. 

José ]\í|uniz, que era blanco, como todas las gentes 
del lugar, fué indistintamente revolucionario o defen¬ 
sor de las leyes, según fuera la posición de su caudillo 
en la contienda. 

Terminado el continuo errar por los campos, José 
Muniz volvía a la paz de su rancho, donde doña Cata¬ 
lina, como llamaban a su esposa los del lugar, había 
pasado días de interminables zozobras, desamparada 
con sus hijos, en la soledad. 

En la paz, el guerrero que conquistara en los comba¬ 
tes singular renombre de valentía, desfiguraba con el 
arado la fisonomía de la ladera, seguido de su hijo An¬ 
gel, mientras la madre cuidaba de las niñas y de hacer 
amable la humildad del rancho para descanso de los 
hombres al volver de su bella labor. 

Aún no Ihabía encanecido la cabeza de José Muniz, 
cuando una mañana de otoño, los más próximos veci¬ 
nos colocaron una cruz sobre la tierra recientemente 
removida para guardar el cuerpo del padre, mientras 
en el rancho doña Catalina abrazaba de dolor a los niños 
que desde entonces sólo en ella hallarían protección. 






CRÓNICA DE MUNI2 


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librada a sus fuerzas, hubo de luchar por sostener 
la herencia modesta de José Muniz, cuyo mayor tesoro 
fue el nombre de honrado que legó a sus hijos. 

Angel, que se fué haciendo hombre, yió llegar tam¬ 
bién para él la época de guerrero y de trabajos. Como 
su padre, alejóse en pos del caudillo en busca de aven¬ 
turas en que conquistar fama, y cuando la paz, recorrió 
las estancias en procura de trabajo. 

Ido el hijo del hogar, al que visitaba con pequeños 
intervalos de tiempo para abrazar a su madre y traerle 
el producto de sus trabajos, doña Catalina quedó sola 
cuidando de sus cuatro hijas, que entonces llegaban a la 
adolescencia. 

Antonia, Justa, Juana y Josefa, se llamaban las 
mucihacihas que sentían ya en sus cuerpos anunciarse 
a la mujer, sin que ningún paisano aún las hubiese re¬ 
querido de amores. Pero doña Catalina, que veía dibu¬ 
jarse bajo las ropas de sus hijas la fuerza de sus senos 
y de sus ¡muslos palpitantes de vida, mostrábase rece¬ 
losa cuando algún gaucho llegaba a su rancho, temien¬ 
do, con razón, que la lozanía de sus hijas despertara en 
el hombre de los campos el deseo bestial. 

Bien comprendía la madre, que una hora había de 
llegar en que ella tendría que disputar sus hijas a los 
hombres fuertes, incapaces de detenerse ante ningún 
obstáculo que pretendiera impedirles saciar sus deseos 
en la hembra codiciada. Y bajo las austeras costumbres 
de la mujer recia, enjuta de carnes y de mirar fuerte 
y nervioso, crecían las muchachas trabajando en el ho¬ 
gar y corriendo a sus antojos por los campos, ignoran¬ 
tes de la transformación que los años iban operando 
en sus labios humedecidos de continuo y en sus cuerpos 
ágiles y fuertes. 



JUS 1USU ZAVALA M.UN1Z 


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Acostumbraban a pasar por la rinconada del ¡Sauce 
de üiimar, los hermanos Rodríguez , contraounuisiu* uc 
unció, leundos por los paisanos y aun por ei cunusanu. 
Hombres habituados a arriesgar la vida a cada ins¬ 
ume, moradores de los montes y bañados, los uos Ro¬ 
dríguez tenían íama de valientes y perversos, na Ha¬ 
cienda, el Honor y la vida del vecino, dependían de 
aquellas dos almas hermanas en la grosería y en el 
crimen; nadie se hubiera atrevido ;a negar nasta lo mas 
enmarañado del monte donde ellos guardaban sus con¬ 
trabandos, o a denunciar sus huellas a la partida poli¬ 
cial que pretendiera apresarlos. 

Conocieron a José Muniz, y eran amigos de Angel. 

Cn. mediodía de estío, uno de ios Rodríguez detuvo 
su caballo bajo el ombu que adornaba el patio de dona 
Catalina. ¡ 

invitado a bajarse, el contrabandista hallábase en el 
comedor atendido por Antonia (*) en espera de la ma¬ 
dre, que había salido en busca del almuerzo. 

El aire quemante que apenas movía las hojas del 
ombú, se codaba por la puerta del rancho, haciendo la¬ 
tir las venas de la frente del gaucho y enrojeciendo 
las mejillas de la criolla. 

Algo de embriaguez ¡voluptuosa anunciándose en el 
cuerpo de la joven, exaltó los instintos del gaucho. Y 
cuando Antonia inclinó su cuerpo sobre la mesa para 
extender el mantel, Rodríguez sintió nacer en él el de¬ 
seo ciego de besar la nuca que dejaron al descubierto 
las trenzas al caer sobre el pecho. 

El contrabandista dió iun salto hacia la joven, que 
huyó espantada de los brazos abiertos que pretendían 
apretarla. 


Quien me suministró estos datos» 





CRÓNICA DB MUNIZ 


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Por unos instantes corrieron ambos alrededor de la 
mesa, sin que el gaucho se condoliera de los gritos de 
súplica de la joven. 

Doña Catalina atravesaba entonces el patio, llevando 
en sus manos la fuente con el asado en el cual había 
clavado el cuchillo para cortarlo. Al llegar a la puerta 
del comedor, Antonia pasó huyendo junto a ella. 

Doña Catalina lo comprendió todo. La honradez de 
su casa, que ella conservaba con tanto celo desde la 
muerte del padre, iba a ser destrozada por aquel gaucho 
libidinoso. 

Comprendió que era llegada la hora de la prueba; 
más que su inteligencia, su instinto de madre sintió la 
inminencia del peligro y la necesidad del sacrificio pa¬ 
ra salvar a su hija. 

Rodríguez no reparó en la anciana que se había para¬ 
do en medio de la puerta, dispuesta a no cederle paso. 

El contrabandista avanzó hacia ella con los ojos ful¬ 
gurantes de deseo. La joven había de entregar su cuer¬ 
po a la grosería de sus apetitos. Pero al poner el pie 
en el umbral, se detuvo sorprendido, intentando apar¬ 
tarse. 

Ya era tarde. 

El cuchillo que serviría para cortar la porción de asado 
con que había de obsequiarlo la madre, brilló un ins¬ 
tante en el aire sacudido ipor doña Catalina, y se clavó 
en su corazón. 

El gaucho cayó sin dar un grito, con la mano pues¬ 
ta en la empuñadura del arma hundida en su cuerpo. 

Nuevamente volvieron los vecinos a cavar la tierra 
y a plantar una cruz en el campo que recorrió todas 
las mañanas y las tardes José MunLz. 

La justicia no tuvo nada que decir a la madre qiue 






20 


JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


había salvado el honor de su familia de ser mancillado 
por un gaucho bestial. La verdadera justicia se había 
cumplido por aqiuella mano santamente homicida, que 
había encallecido en el trabajo con que alimentaba a 
sus hijas. 

Crecieron las jóvenes defendidas por la leyenda trᬠ
gica que desde entonces rodeó al rancho de doña Ca¬ 
talina, mientras Angel conquistaba en las sierras de 
Cerro Largo el expresivo mote de “ Miañe o Angelito”, 
que le valieron sus combates singulares.. 

Sobre el mismo declinar de la ladera y bajo el mismo 
sol, dos cruces señalaban en la rinconada del Sauce de 
Olimar, las tumbas de José Muniz y de Rodríguez. Pe¬ 
ro la honra de su casta, que doña Catalina defendió 
con tanta fiereza, va a caer en manos de un extraño 
personaje que dará a la raza un nuevo héroe. 





CAPÍTULO ir 


Julián Rmuírez 


C omo esas plantas que aparecen en la tierra, pare¬ 
ciendo (pie su semilla no ha sufrido la transforma¬ 
ción natural de las otras plantas, antes de dar su fruto; 
así, de improviso, rodeado de un misterio que nadie 
pudo sondear, hombre ya y fuerte, apareció en el esce¬ 
nario campero de Olimar la figura audaz, aunque no 
cínica, de Juilián Ramírez. 

No se le conocían sus ascendientes ni su infancia; 
ignorábanse del todo sus mocedades y sus primeros 
días. 

Conquistó para su nombre y su buen trato, sin bus¬ 
carla. nombradía muy rápida entre los paisanos. Y fue 
porque siempre puso, tanto en las carreras como en 
las hierras, una nota de personal originalidad. No le 
chocaron las 'hábitos gauchescos del pago al que llegó 
a vivir: él era gaucho también y, por lo tanto, sabía 
de la resolución necesaria para subirse a un potro, o 
pararse frente al cudhillo del contrario. 

iSin embargo, la curiosidad aguijoneaba a los del lu¬ 
gar, perplejos ante la figura del gaucho errante, que 
sabía crearse, por la fuerza d)e su carácter francamente 
resuelto y generoso, un caudal de afectos, como si toda 



22 


/TrSTlNO Z AVAL A. MUNIZ 


la vida hubiese vivido entre los comarcanos, que siem¬ 
pre fueron prudentemente recelosos de prodigar cariño 
o íntimas deferencias al que no había visto levantarse 
el sol en sus cuchillas y no había labrado su vida junto 
a ellos, siempre aparcero en el trabajo y en la guerra. 
Y su curiosidad, aguijoneada, presentaba en la mente 
de los gauchos estas dos interrogaciones: o este hom¬ 
bre tenía en su historia alguna, mancha de sangre, o 
pobre y deshonrado entre sus paisanos, bahía tenido 
míe abandonar sus pagos para poder vivir. Pero nin- 
enTin indicio daba luces a las preguntas de los gauchos. 
El carácter franco v bonachón de Julián Ramírez no 
daba derecho a suponer que, en sus días pasados, al¬ 
guna desgracia pudiera haberle hecho dejar su huella 
doloroso marcada con el facón en el pecho de algún 
adversario. Si fuera esta la causa del alejamiento de 
sus pagos, los gauchos se lo perdonarían, v aún más: 
quizá alcanzaría a mover en su favor una corriente de 
simpatía entre ellos, que con su palabra desgracia sin¬ 
tetizan su perdón por el que en lucha singular, cum¬ 
pliendo un mandato oculto del Destino, ha sabido vencer. 

Tampoco podía decirse que los antecedentes de Julián 
Ramírez fueran malos. iSu conducta observada en los 
días que vivió en Olimar, alejaba todo derecho a tal 
suposición. 

Por otra parte, no había de incomodarles gran cosa 
a los gauchos el pasado de aquel desconocido, de regu¬ 
lar estatura, morocho, de ojos vivos y penetrantes, que 
siempre estuvo dispuesto para el trabajo y para las mo¬ 
destas holganzas campesinas. 

Sin que se pueda precisar cómo, ocurrió que Julián 
Ra.mírez entró en conocimiento con Josefa Muniz. 

Con la vulgaridad de todos los amores gauchescos. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


23 


creció y se fortificó la amorosa reciprocidad de afectos, 
entre ellos dos. 

Así fueron las cosas, hastia que un día, sin que nadie 
supiera el por qué, Julián Ramírez dejó de concurrir a 
la casa de doña Catalina, interrumpiendo así una cos¬ 
tumbre que desde los primeros días de amor había crea¬ 
do; cual era la de llegarse con asiduidad hasta el rancho 
de su dueña. 

Pensó Josefa que su prometido, precisado por sus 
ocupaciones, habíase alejado por algún tiempo, para 
llevar quilzá una tropa. Sin embargo, los días pasaban 
con desesperante uniformidad para la criolla, cuyos es¬ 
fuerzos por saber del amante le resultaran hasta en¬ 
tonces estériles. 

En la pulpería del lugar creyóse con Josefa que Ra¬ 
mírez no tardaría en volver; cosa que, después de todo, 
no inquietaba demasiado a los gauchos. Todo lo con¬ 
trario pasaba en el corazón de la angustiada prometi¬ 
da. Una tragedia terrible, a pesar de ser tan común en 
aquellos tiempos, veía ella aproximarse cada día que 
pasaba. T es que sentía con indicios torturantes, qme 
si Ramírez demoraba su retomo a los pagos, cuando lo 
hiciera, la encontraría ya madre de su hijo. 

A ¡los días sucedieron los meses. 

Sólo en las narraciones de otros tiempos, el nombre 
de Julián Ranúrez era pronunciado en las reuniones 
gauchescas seguido siempre del mismo comentario 
acerca de su incógnita desaparición. Y no se crea que 
ese comentario era un reproche hacia el amante infiel, 
que llevó la pesadumbre a una familia del lugar, por 
lodos respetada. No; era cosa corriente—y quizá pue¬ 
da intentarse su justificación—el hecho de que se 
unieran nuestros ganchos con su dueña, sin recurrir 



24 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


a los procedimientos que tiene establecidos nuestra mo¬ 
ral social. En aquellos parajes, apartados por distan¬ 
cias enormes de los centros de población, era por demás 
difícil el realizar un matrimonio religioso, único que 
se estilaba entoneles. Y nuestros padres, que no podían 
ir a los pueblos a legalizar su unión ante el presunto 
representante de Dios, cumplían sabiamente con la ley- 
ineludible e imperiosa de la naturaleza, formando sin 
participación de terceros sus bogares; esperando a que 
una “Misión” llegara por aquellos contornos a autori¬ 
zar religiosamente esas (uniones. 

Por eso, pues, a nadie causó asombro la desgracia 
de Josefa. Más los inquietaba el enigma de aquella al¬ 
ma vagabunda, simpática, tan bien heoha para rodearse 
de afectos, que muy pronto con un desprecio que ellos 
no podían explicarse, abandonaba para seguir sus co¬ 
rrerías, como si ávido de aventuras, todo escenario fue¬ 
ra nara él harto pequeño. 

Julián Ramírez dejó en pos de sí dos huellas igual¬ 
mente hondas. Una amarga, triste, desesperante; otra 
amable, simpática, original. 

Su nombre se guardó en lo más íntimo del alma de 
la familia engañada y se borró por un tiempo d'e las 
conversaciones camperas. 

Más tarde, volverán los paisanos a recordar al gaucho 
aventurero que entró en el pago por un camino desco- 
noeido, que creó afectos y amores, y qwe luego volvió 
a esconderse tras las cuchillas, yéndose también por un 
camino ignorado, echando ern olvido los afectos y tor¬ 
nando en amarguras los amores. 

Volverá su nombre a decirse en los fogones, cuando 
su hijo recorra las mismas laderas que él recorrió, y 
cuando en la pulpería y en las hierras, su figura, su 



CRÓNICA DE MUNIZ 


25 


palabra y su coraje, recuerden la silueta enigmática 
de Julián Ramírez. 


• • 


Tornóse sombrío el carácter de Josefa. A medida que 
los síntomas de la próxima maternidad se acentuaban 
en sus ojos y en su cuerpo, unía tristeza, cada día más 
creciente, se apoderaba de su espíritu. 

Grande era la desazón de doña Catalina, bajo el gol¬ 
pe que el gaucho simpático había asestado a su casa; 
a su casa, cuya honra ella habíase visto precisada a 
mantener incólume, con el cuchillo' homicida que en 
una venganza salvadora ¡hubo de esgrimir; a su casa, 
que por su honestidad fue siempre indicada como mo¬ 
delo de trabajo y honradez y que ahora, una debilidad 
de su hija, cautivada por la palabra fácil del descono¬ 
cido que con tanto fuego lloraba con las notas de su 
guitarra sus trovas de amor, vino a poner unía, mancha 
de dolor y de angustias, que si bien no se reflejó en 
un exterior abatimiento de ánimo, laceró, sin duda, su 
corazón de madre amantísima. 

En la madrugada del 5 de septiembre de 1838, cuan¬ 
do el sol anunciaba su próxima aparición coloreando el 
cielo y cuando todo dormía en la soledad de los cam¬ 
pos, los dolores que preceden al alumbramiento pusieron 
de pie a toda la familia de la olvidada Josefa. 

Trance difícil pava una madre sin recursos, por la 
escasez de médico y medicamento, fué el que atravesó 
doña Catalina en esos instantes. La suerte quiso que 
todo fuera bien. Y cuando la naturaleza se despierta 
al beso caluroso del sol, cuando el balido de las ovejas 



26 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


se siente como nn himno a la vida qne renace; cuando, 
perezosos los granados se levantan, húmedo aún su pe¬ 
laje por el rocío de la nocihe; cuando el potro brinca 
alegremente, con alegría desordenada, para poner en 
tensión sus músculos adormecidos v en el ombú la ca- 
Jandria. confunde la dulzona de su canto con el ince¬ 


sante y pertinaz de los chingólos y los horneros, nació, 
al beso de la luz, en medio del ambiente patrio, en 
contacto íntimo con la naturaleza y rodeado por todos 
los seres y las cosas que habían de ser decoraciones del 
teatro en que debería actuar, el niño que, poc una 
enigmática veleidad de su padre, en vez de su nombre, 
llevó el de Justino Muniz. 


# • 

Cometido el pecado, cumplía ahora purgarlo siendo 
una buena madre. Así lo entendió al principio Josefa, 
oup cuidaba de su hijo con extrema solicitud. 

Tal vete que en las tardes llenas de poesía, mientras 
ella lo arrullaba meciéndolo en sus brazos; mientras 
pautábale la canción de amor que sólo las madres sa¬ 
ben, tal vez recordara entonces al gaucho que enamoró 
su corazón con su figura de simpática altanería. Y no 
sería poco, de seguro, su dolor al ver esconderse el sol 
en las cuchillas, que desde el día en que él se fue siem¬ 
pre tuvieron para ella el poder de evocar en su memoria 
tristes recuerdos oue se mezclaban con las siluetas de 
los dos, cuando debajo de la enramada o en las ruedas 
del pericón, Julián Ramírez contóle sus cuitas de amor. 
Tínico sería el pesar de Josefa, ya que él nacía de tan 
hondo y extraño motivo. Las mujeres que como ella 






CRÓNICA DE MUNIZ 


27 


vivieron esas lloras de intensa felicidad al lado del 
hombre que las honró con sus hazañas de coraje, tu¬ 
vieron luego la dicha de compartir con él sus trabajos 
v sus afanes. No así la desdichada Josefa, cuyo prome¬ 
tido fue nara ella como la aparición de un astro que 
la deslumbrara con sus destellos, para desaparecer de 
pronto, súbitamente, cuando aún no se había repaiesto 
de la sorpresa oue la causara su luz. 

Y ahora, meciendo en sus brazos al hijo, fruto de 
aouel amor desdichado, añora indudablemente a Ju¬ 
lián Ramírez, ingrato seductor que se fue á. recorrer 
montes y praderas, gozando tal vez de otros amores, 
sin recordar con arrepentimiento el dolor que dlejó en 
el rincón de Olimar y sin haber besado la frente de 
su hijo, que va a. crecer privado de su anovo y de sil 
afecto; tan necesarios ambos para vivir con honra en 
los tiempos que corrían. 

Doña Catalina, celosa de la honra de sus ¡hijas, que 
Josefa había descuidado en su debilidad, guardaba con 
llave las puertas de su rancho, teniendo luego la pre¬ 
caución de esconder la llave durante la noche, debajo 
de su almohada. 

Guando el niño de Josefa tenía recién siete meses, 
una noche, sin que lo notaran sus hermanas Justa y 
\ntonia, (*) aquélla, levantóse cautelosamente; hurtó la 
llave que guardaba la puerta, y sin miedo a los peligros 
que la asaltarían a cada paso, fuese de su oasa para no 
volver jamás. 

Destino raro debía ser el de Justino Muniz, cuan¬ 
do de manera tan excepcional vino a la vida. S>ui pa¬ 
dre, ya hemos visto cuán misteriosamente pasó por los 


(*) Debo estos datos a la señora doña Antonia Muniz de Araújo. 




28 


JUSTINO ZAVALA MTJNIZ 


pagos que serían cuna de su hijo. Y ahora su madre, 
que no supo ser fuerte ante las solicitaciones amorosas 
de su novio, ni ante las solicitaciones imperiosas de la 
naturaleza, tampoco sabe ser madre, dejándose vencer 
por una vergüenza que no le permitió valorar cuánto 
tiene de Ranto la misión de amamantar a los hijos. Jo¬ 
sefa creyó que su persona era, en la casa de sus ma¬ 
yores. presente y perenne muestra de su deshonra. Y ator¬ 
mentada. por esta idea injusta de su situación, fuese a 
buscar en otras comarcas sitio donde esconder su ver¬ 
güenza, que la hacía indigna, a sus ojos, de vivir en la 
casa qne cobijaba el pecho austero d* doña Catalina. 

Desamparada en medio de la soledad de los campos, 
martirizado su cuerpo por los car<*<jvaiáx de los bañados 
y las ramas de los montes; y martirizado su espíritu, 
núes era mujer al fin, por los temores que a cada paso 
la asaltarían. <al notar cómo de ella se alejaban las som¬ 
bras confusas; al oir el lúgubre chirriar de las lechu¬ 
zas y los mil ruidos que sin poder precisar de dónde 
vienen oímos en los campos en la noche; así, sin ma¬ 
dre, sin esposo y sin hijo, fuese la olvidada Josetfa a 
buscar el olvido de su vergüenza, privándose de ver 
todos los días, a cada minuto, los lugares en que fue 
feliz con su presente y forjando su porvenir; privándo¬ 
se de besar a su hijo y de ayudar a su madre y sus 
hermanas, fuese para siempre a esconder su desventu¬ 
ra y su deshonra. 


• # 

Abandonado por su padre antes de nacer y luego 
por su madre cuando aún no había aprendido a bal* 



CRÓNICA DE MUNIZ 


Ti 

bucear el nombre de la que lo llevó en su vientre, así 
quedó el niño, huérfano por la bohemia vagabunda del 
uno y la .vergüenza torturante del otro, al cuidado de 
sus tías, que hicieron de él el objeto de sus desvelos y 
sus mimos. 

Sus primeros años pasaban sin mayores aconteci¬ 
mientos de trascendencia. En él recordaban la madre 
y las hermanas e»l idilio desventurado de «loseta, que de 
tan trágica manera terminó. 

A medida que se acentuaban los rasgos de su fisono¬ 
mía, se delineaba con mayor evidencia el parecido que 
tenían las facciones del niño con las de su padre, a 
quien no conoció; como si por un hado caprichoso del 
Destino, la imagen del hombre que no supo ser fiel al 
amor que jurara junto al oído de la pobre criolla, ha¬ 
bía de quedar siempre a la vista, en la fisonomía del 
fruto de su engaño. 

Angel Muiniz, tío del niño, que ya se había cubierto 
de gloria en los campos de pelea, ostentando en su 
chambergo la divisa blanca, y que había rodeado a su 
nombre de una envidiable aureola de fama, llegábase 
nuuy a menudo a la casa patenta, a la que siempre 
protegió, a besar a su madre ya anciana y a acariciar 
en sus brazos al gajo del árbol de su raza, que hombre 
luego, haría perdurar en las tradiciones campesinas el 
nombre de su casta, inspirando a los trovadores 
gauchescos, en cuiyas canciones palpitan los dolores y 
los duelos de los días de gestación de nuestra nacio¬ 
nalidad. ! I 

Poco tiempo después de la fuga de Josefa, su familia 
se trasladó por consejo de Angel al Rincón de Siuárez, 
en el departamento de Cerro Largo, posesiones del pa¬ 
tricio don Joaquín Soiárez. 



30 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Cuenta Antonia, que cuando Justino se hizo mayor, 
su juego predilecto toe el de los muñecos. Pero él, que 
había nacido en un ambiente de continuas guerras; que 
en las reuniones de su casa oía mentar con entusiasmo, 
a las mujeres, las hazañas de coraje de “Angelito”; 
él, que no podía saber cuánta poesía hay en la mente 
de los niños de hoy, cuando hacen de sus muñecos de 
trapo príncipes que luchan por sus amadas y reyes 
que rigen a su infantil arbitrio la diminuta corte que 
los rodea; él, que recibió las caricias del sol y del 
aura campesinos, en brazos que no eran los de sus pa¬ 
dres, no podía ¡hacer de sus muñecos otra cosa, quizá 
porque en su espíritu ya se manifestaran sus tenden¬ 
cias, no podía, pues, hacer de ellos y de los huesos que 
también de (hombres le servían, otra cosa que guerre¬ 
ros. Y así, según la expresión de Antonia, a cada mo¬ 
mento las sorprendía con imaginarias grandes batallas 
en que quedaban tendidos en la playa del corral o la 
sombra del rancho, los muñecos sin piernas y sin ca¬ 
beza. 

Así se ejercitaba, moviendo a su capricho antojadizo 
sus mal formados muñecos, el niño que más tarde, por 
una consecuencia fatal a que lo arrastraron sus nativas 
condiciones y el ambiente, movería al solo conjuro de su 
voz, las masas campesinas que estuvieron seguras del 
triunfo, cuando a su frente destacábase la figura del 
caudillo. Nacido en cuna blanca, rodeado por gauchos 
blancos también, admirando sin comprender del todo, 
las hazañas que su tío, a quien veneraba, realizó frente 
a los colorados; en ese ambiente enfermo de partidis¬ 
mos y de guerras, fué creciendo en la mente del niño, 
su amor al partido en que militaron sus mayores; en 
que con gloria combatía su tío y en el que formaban 



CRÓNICA DE MUNIZ 


31 


anónima y desinteresadamente los paisanos que actua¬ 
ban en el escenario en que él va a surgir de pronto, 
destacando su silueta con rasgos personalísimos, ya que 
nadie eomo él supo despreciar las lanzas enemigas y 
conqiuistar la gloria. 



CAPÍTULO III 


Muniz y Fellsberto “Pelo Largo” 


L os años pasaban por J:ustino Muniz. mientrias en él 
se perfilaban sus formas de hombre y las modalida¬ 
des de su espíritu. 

Porque era una necesidad imperiosa del ambiente, 
desde pequeño ejercitóse en el dominio del caballo, del 
lazo y de todos los seres y las cosas que constituían los 
auxiliares con que el gaucho ganaba el sustento diario. 
Y del ejercicio continuado de sus aptitudes obtuvo en 
las labores camperas una maestría que, sin ser única, 
puesto que todos sus convecinos eran gauchos de buena 
ley, llegó a ser, sin embargo, bastante singular. Así fue 
cómo su concurso se hizo necesario en las lidias de las 
hierras y en los apartes de ganados para la venta; uno 
de los ejercicios más peligrosos entonces, ya que los 
toros cerriles, innúmeros en esa época, libres entre las 
sierras y los bañados, disputaban a nuestros mayores su 
dominio de los campos. Pocos como él sabían sentarse 
en el potro bravio y dominarlo con 'la pujanza de su 
brazo, para tornarlo, al cabo de poco tiempo, en el com¬ 
pañero inseparable de sus correrías y de sus hazañas. 
Hasta su figura y su indumentaria cooperaban eficaz¬ 
mente a hacer de su persona la del tipo clásico de los 
gauchos que a fuerza de lanzas y heroísmos nos dieron 


CRONICA DE MUNI2 


3 *> 

O 


independencia. Era de regular estatura; más bien alto 
que bajo; de cuerpo fornido y bien proporcionadas 
sus formas; pero donde radicaba lo marcial de su apos¬ 
tura era en su cabeza siempre levantada con altanería 
instintiva, sin ser por eso desaliante; bien formada, con 
una frente espaciosa que dejaba al descubierto su cuaui- 
bergo negro usado casi en la nuca, Eajo abundantes 
cejas, sus ojos poseían una viveza singular, que los tor¬ 
naban inquietantes para el que en sus momentos de 
colera frente a el se paraba; su nariz recta y severa, con¬ 
tribuía a darle mayor carácter de tínneza; la boca pe¬ 
queña, cubierto el labio por un bozo que recién se ini¬ 
ciaba; asi era la cabeza del heroe que bien pronto con¬ 
taría en su frente con una barbara cicatrilz, pregonera 
de su coraje y de su triunfo logrado sobre ¡un temible 
adversario. 

Vestía con pulcritud y de acuerdo con su carácter y 
el uso de sus tiempos. El chambergo hacia atras suje¬ 
taba su melena, haciendo inútil la vincha que jamas 
usó; en el cuello, tendido, como pregón del amor a su 
causa, blanco pañuelo de seda que rodeaba su cuello y 
acariciaba su poncho; chiripá negro, que nunca quiso 
cambiar por el de “alpala” que vino más tarde, por 
entender que era modernismo de *' ¡HU-bUro*' ; calzaii- 
do su pie la rústica y tradicional bota de potro, en la 
que lucía la espálela con “llorona”, he allí la ligura 
que erguida en su flete, como si para montarlo hubiera 
nacido, recorrió los campos de la patria, bajo los rayos 
del sol que broncean el rostro, y los azotes del vendaval 
y de la lluvia; herida po»r los zarzales y las espinas de 
los montes. , 

Obligado por su escasez de recursos pecuniarios, Jus¬ 
tino Miuniz tuvo que irse de su casa, a buscar en el tra- 


31 


.JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


bajo de las estancias el pan y el dinero necesarios para 
vivir honradamente. Fue por esta causa que empezó a 
concurrir al Paso de la Arena, paraje situado en el De¬ 
partamento de Cerro Largo, sobre el arroyo Frayle 
Muerto y a nueve leguas aproximadamente de la ciu¬ 
dad de Mielo. 

Su carácter de hombre honrado en sus acciones y 
sobrio en palabras, le granjeó bien pronto el aprecio de 
todos cuantos le conocieron. Se diría que se trataba de 
un hombre aleccionado ya por una existencia de traba¬ 
jos y amarguras, cuando en verdad sólo era un niño de 
Ib a 18 años, criado al calor del afecto de la familia. 
Pero es que este niño, que no tuvo padre que lo llevara 
de su mano en los primeros pasos por el mundo, supo 
sacar de su fuerte espíritu el báculo que sirviérale de 
apoyo, en su trato con los hombres y lu naturaleza. 

El infinito caudal de heroísmo que atesoraba su pe¬ 
cho permanecía oculto para los que lo trataban y ante 
su vista, pues aún no se había presentado la ocasión 
de demostrarlo,—ocasión que desgraciadamente se le brin¬ 
dó de una manera brutal y apremiante, sin que él pu¬ 
siera de su parte otra cosa que no fuera su amor propio, 
herido por la insultante actitud de su adversario. 

Ocurrió que en unas ¡hierras, en casa de la familia 
Cardozo,—de la cual forma parte una de las personas 
que este episodio me narraron,—hallábase Justino Mu- 
,uiz cumpliendo con sus obligaciones, tal cual lo hacían 
los demás gauchos que en gran númiero se encontraban 
en la lidia, así como también el caudillo Felisberto 
“Pelo Largo” , el otro protagonista" dePtrágico episodio. 

Felisberto “Pelo Largo” era uno de esos tipos tan 
comunes en aquella época en que la autoridad policial 
se desconocía por completo, y en que la audacia y el valor 



CRÓNICA DE MUNIZ 


35 


daban derecho a cometer cuanta tropelía se les ocurrie¬ 
ra a los que lograban imponerse por tales condiciones. 
Cuéntase que Eelisberto gozaba de un temible renom¬ 
bre en la comarca. Se decía que más de una vez, su 
adversario había quedado tendido con feroz puñalada 
en el vientre, recibida en singular combate, que por de¬ 
fender su honor o su orgullo trabó con el diestro “Pelo 
Largo”. En la pulpería, suspendíanse las payadas, 
plenas de ingeniosas agudezas, cuando la figura alta¬ 
nera del mandón se divisaba atravesando lia enrama¬ 
da. En las reuniones, su opinión dominaba siempre, aún 
cuando fuese la más absurda. Más de un lazo fue cor¬ 
tado por su cuchillo, siempre amenazante para el que 
osara contestar al ultraje. Y para poner colmo a sus 
arbitrariedades, tenía el villano uso de cortar en el 
cuello del que lo llevaba, todo pañuelo que tuviese al¬ 
guna lista roja. Y si por acaso llegaban los ofendidos 
a resistirse, él, gozándose de su triunfo, cortábales la 
cara para que llevasen ‘‘la marca de su liacienda”. 

Era valiente y por eso se imponía. Su cuerpo y sus 
fuerzas ayudaban no poco a su audacia. 

Ese día, “Pelo Largo” se había dispuesto a hacer de 
las suyas. 

Infirió vejámenes de todas clases a sus compañeros 
de tarea. 

En el ambiente notábase una idea de justa y sola¬ 
pada hostilidad contra sni persona. A pesar de eso, él 
continuaba ultrajando, confiado en su prestigio de 
matón. 

Muniz, por su parte, proseguía alegre sus tralwjos, 
sin que “Pelo Largo” se incomodara en imponerse al 
mozalbete, que de seguro se habría humillado ante su 
presencia. 


36 


JUSTINO Z A VA LA MUNIZ 


Nadie hubiese supuesto entonces que la tragedia 
ocurriría entre el caudillo fuerte y veterano en la pe¬ 
lea y el muchacho casi imberbe y sin hazaña alguna en 
su historia. 

JUos acontecimientos demostraron lo contrario. En 
momentos en que una vaca salía de la manguera, Mu- 
niz se aprestó para aprisionarla con su lazo. Ya su ar^ 
]nada había descripto varios círculos en el aire, cuando 
Felisberto, con tono imperioso, mandó: ‘‘Déjela, que yo 
la • pialo ”. 

Fue escuchado. Muniz recogió su lajzo, mientras el 
otro tiró sin alcanzar la res. 

Nadie protestó. Era realmente vergonzoso para un 
gauche un fracaso semejante; pero ¿quién se atrevería 
a hacerlo notar? 

E11 la cintura del caudillo, mostrábase un gran facón, 
que acallaba todas las críticas. 

Sale otra res y se repite la escena anterior; sólo que 
ahora, “Pelo Largo” añadió La despectiva palabra: “mo¬ 
coso ’ 

Torna a errar el gaucho, y Mluniz, que ya estaba im¬ 
paciente por tanta audacia, dijo, acompañando sus pa¬ 
labras con un ruido de sus labios, pleno de desprecio y 
de insulto: “No embromen con el gauctio enlazador”. 

No fué preciso más. Volvióse, desafiante, Felisberto, y 
tirándose del caballo, acometió al muchacho que ya lo 
esperaba a pie, en el suelo. 

Fulguraron en el aire un gran facón y un pequeño 
puñal. Rápido, con la rapidez del rayo, el gran cuchillo 
cayó sobre la frente de Muniz, abriendo honda herida, 
por la«jue manó, súbita, una oleada de sangre. 

Trágico fué el momento que siguió al bárbaro golpe. 
Convulsionáronse los nervios del muchacho; sus ojos, 




CRÓNICA 1)9 MUNIZ 


37 


cegados por la sangre y por la rabia, chispeaban de 
coraje. 

En vez de huir, de un salto abrazó a su enemigo, y 
con tortísimo abrazo redújolo a la impotencia, mientras 
su mano, crispada por el dolor y por la cólera, hundía 
una, y otra y muchas veces, su pequeño puñal en el 
cuerpo del otro. 

/.Qué iba a suceder? Difícil era el saberlo. 

En medio del silencio de estupefacción que los ro¬ 
deaba, ellos continuaban la lucha, mientras se enroje¬ 
cían de sangre sos ropas, con el ansia febril de matar. 

Los gauchos, compadecidos v admirados de tanto he¬ 
roísmo, apartaron a los luchadores. 

Uno. tambaleante por la infinidad de heridas une te¬ 
nía en su cuerpo, cavó sobre el césped. El otro dió dos 
pasos: oprimió con un pañuelo la herida de su frente y 
también, debilitado, se tendió en el campo. 

Así. aquellos representantes de una raza brava; sin 
formulismos antipáticos; sin dilaciones cobardes; sin 
nadrinos oficiosos ni jueces, dirimieron su disputa a la 
heroica manera como sabían hacerlo nuestros mayores. 
Y ahora, después de tiau cruento luchar, están los dios 
tendidos sobre el campo, tiñendo con el rojo de su san¬ 
gre el verde de las granadlas. 

Cwando pudo hacerlo, Felisber+o montó a caballo y 
se Hecrá basta un manantial que había en el bajo. Con 
fraudes esfuerzos se desmontó v lavó lo mejor qim pudo 
sus heridas. Tgual trabajó costóle montar de nnievo. 

Después, a paso lento, tambaleándose sobre su flete, 
fue alejándose del lugar donde con su sangre dejara 
también por tierra su prestigio de invencible. 

Por última vez lo vieron los gauchos aparecer tras la 
lejana curva de una cuchilla. 


38 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


En cuanto a Muniz, montó también en su caballo y 
con una vincha a manera de venda, fuese hasta las ca¬ 
sas para hacerse una cura. 

Al llegar, Gregaria Cardozo (la que estos detalles me 
suministra) salióle al encuentro y al notar la palidez de 
su rostro y la sangre que manaba de su frente, pre¬ 
guntóle, -llena de espanto, qiué le ocurría. 

El, si¡n diar mayor importancia, al suceso, contestó: 

—-Pelié con “Pelo Largo” y me hizo este rajuñen. 

Este fue el único comentario que se le ocurrió al 
muchacho que acababa dle quebrar, de una vez por to¬ 
das, la fama más bien cimentada de todos los valientes 
de su ipago. Ser héroe era ipana él, más que una gloria, 
un deber. Y cumpliendo ese deber que el valor impone 
a los hombres dle su 'talla, Pilé qule venció a Felisberto. 
quien desapareció para siempre de la comarca, creyén¬ 
dose que fué a morir al Durazno. 

Es justicia reconocer el temple del alma de aquel 
gaucho provocador. 

No se trataba de un audaz que todo lo hiciera, seguro 
de la cobardía de los otros. No; a pesar de sus defectos 
era un valiente. 

Es preciso vivir un instante con el pensamiento, la vi¬ 
da de aquellas épocas, para comprender a las almas co¬ 
mo la de Felisberto. 

Era malo; pero detrás de su maldad, había un fondo 
de vergüenza. Prueba de ello es quie, aili caer vencido por 
primera vez. no quiso que en los pagos donde campeara 
ayer por sus respetos, se viera mañana su silueta de 
vencido. 

T>esde -este momento, ¿quién osará medirse con Justino 
Mhuniz? 

Nadie. Bien elocuentemente probó su valor y su 
fuerza, venciendo al más temible de los valientes. 


CRÓNICA DE MUNIZ 


39 


Ya se iha cubierto de gloria. Y para que todos lo se¬ 
pan, Felisberto “Pelo Largo” dejó en su frente, no 
sóío la “marca die su hiacienidia”, sino también el signo 
de su derrota. 


• # 

El doctor Lmis Alberto de Herrera, en su libro “Por 
la Patria”, narra de esta manera la primera hazaña 
de Miuniz: 

“Conozco un episodio de ese período de su existencia 
que lo pinta y caracteriza. El orden legal yacía por 
tierra en 1867; la autoridad engreída del vencedor, ne- 
•saba fuerte sobre todas las jurisdicciones del país. In¬ 
vertidos los colores, el toque de silencio filé cumplido. 
En determinado paraje de Cerro Largo se realizaban 
por esa fecha unas carreras. Decir carreras en campaña 
y decir reunión estruendosa del vecindario de veinte le¬ 
guas a la redonda, es cosa idéntica. Allí cayeron unos 
y otros, ansiosos de ganarse los pesos que cabalgaban 
amontonados entonces en aquellas onzas de oro famosas. 
Un jefe adversario muy mentado, empezó a hacer en la 
reunión de las suyas, buscando pretexto para lucir el 
largo lailcance de sus caprichos señoriales. En la cancha 
donde se jugaba a la taba encontró amplio campo para 
sus compadrazgos. En ese sitio y entre los mirones es¬ 
taba Justino Miitnüz, seguramiente sin un medio en el bol¬ 
sillo, pues el cuero de carnero con que cubría sus re¬ 
cias espaldas por encima Je la camiseta, denuinciaba 
nina evidente pobreza. Como tropezara su visual con la 
de aquel gauchito die apariencia tan infeliz, dijo, diri¬ 
giéndose a él, nuestro hombre: 

—¿Y esa oveja tan ruin, qué hace en esta majada? 



40 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


—¡ Ruin!... —contestó el aludidlo.—¡ ¡Má¡s ruin será su 
casta; que, por lo demás, no crea que de cualquier modo 
me va a esquilar. 

Con respuesta tan atrevida ya estaba hecho el zafa¬ 
rrancho. Justino, armado con un cuchillo con mango de 
madera tosca, atropelló sin perder serenidad a su ofen¬ 
sor y fué tanto su empuje y su maestría que pronto 
lo piuso en fuga, dejándole su marea en la cara. To¬ 
mada la 'res por lias astas, nada que no fuera, violencia 
había que hacer. El motivo del alzamiento airado aca¬ 
baba. de surgir v el protagonista en aquella escena, jamás 
pensó en esquivar las responsabilidades compradas a 
caro precio. Roto el convencionalismo de una pasivi¬ 
dad intolerable, Justino Muniz. qiu.e pusiera en la oca¬ 
sión exhibida pedestal de imprudente guapeza a su pres¬ 
tigio personal, no se detuvo en la. senda espinosa a míe 
lo impulsaba un destino lleno de incertidnmbres san¬ 
grientas, v fuá en adelante cabecilla, de acaloradas re¬ 
sistencias”. 


A pesar de que el episodio en sí mismo, no reviste 
mayor importancia y de que la narración del doctor 
Herrera no lleva en sí, a mi entender, la idea de tergi¬ 
versar los hechos para desfigurar la personalidad del 
caudillo, es necesario esclarecer la verdad die los hechos, 
ya que de la apreciación justa de los detalles se puede 
juzgar equitativamente su personalidad. 

Es equivocada la fecha en que dice el doctor Herre¬ 
ra haber ocurrido el hecho. En 1RR7 Muniz contaba ya 
29 años, habiendo en esa fecha militado en varias revo¬ 
luciones; y la verdad es que, cuando luchó con “Pelo 
Largo”, recién contaba 20 años a lo sumo, siendo éste 
episodio sangriento el primero en que participó. 




CRÓNICA DE MUNIZ 


41 


No se trataba, asimismo. de uin jefe adversario, sino 
que, por el contrario. “Pelo Lar ero” era un ca/udillejo 
blanco. Recuérdese el detalle que dejo apuntado con 
anterioridad, de su uso de cortar a los gauchos los pa¬ 
ñuelos que tuvieran alguna lista roja. Tampoco el esce¬ 
nario es el que describe el autor citado; pues, según mis 
informéis, que reputo die una veracidad incontestable, por 
rabones que aduciré más adelante, el hecho ocurrió en 
unas hierras. 

Pero lo que tengo verdadero interés en desvirtuar, es 
la afirmación de que Muniz probaba su evidente pobre¬ 
za con el cuero que usaba para cubrir sus desnudeces. 
Admitir eso, sería admitir que Justino Muniz era uno de 
esos hombres que, cuando la pobreza no los deshonra, se 
hallan expuestas, por la escasez absoluta de recursos, a 
un sinnúmero de vejámenes por parte de los que pue¬ 
den dispensar favores. Sería admitir también, que Jus¬ 
tino Mhiiniz era un pobre paisanito abofeteado por el 
Destino, que se complacía en arrinconarlo en las cocinas 
y las reuniones camperas. Y nada es más contrario a la 
verdad. 

Justino Muniz. a pesar de la humildad de su condi¬ 
ción, era respetado por todos cuantos lo conocían. 

Doña Gnegoria Cardozo, perteneciente a una de las 
familias más ricas del pago, decíame que siempre, desde 
sus primeros años. Muniz era considerado, más (pie corno 
un peón, como un amigo de la casa. Prueba de ello es 
que, terminada su labor, jamás iba a los fogones en que 
se reunían sus compañeros; sino que, y obligado por la 
solicitud de los dueños de casa, se sentaba a la mesa de 
sus patrones. 

He descripto su indumentaria de acuerdo con las pa¬ 
labras de Gregoria Cardozo y de Antonia Muniz de 



42 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Araújo. Decíame la primera ríe la s señoras nombradas 
que siempre, desde el sombrero basta sus espuelas y el 
lazo que pendía de los tientos de su recado, impresio¬ 
naba por la pulcritud y la sencillez de su elegancia. 

Nótese cuán grande es la diferencia que existe entre 
el gtauc/hito que nos pinta el autor die “Por .lia Patria” 
y el muchachón que, interpretando las palabras de 
quienes le conocieron, be pretendido describir. “Jamás 
el cuerpo de Muniz fué fregón donde otros gauchos se 
limpiaran las manos”. (*) 

En cuanto al diálogo que precedió a la ludia, tam¬ 
poco es exacto. 

Compárese el hecho que el doctor Herrera pretende 
haya sido el motivo de la reyerta y el que aquí inserto, 
y se verá que el que aduzco resulta basta más natural. 

Es cierto que el episodio, tal como lo relata el autor 
de “Por 1a. Patria”, resulta más dramático; pero es 
cierto también que esa dramaticidad se logra con des¬ 
medro de la verdad histórica. 

En lo que respecta a la fuga del adversario, es justi¬ 
cia declarar que no ocurrió así. tan simplemente, como 
lo pretende el doctor Herrera. Es seguro, y esto lo creía 
el propio Muniz—que este episodio me narró—qute “Pe¬ 
lo Largo” .se dejaría matar a puñaladas antes de ¡huir. 
Se fué, sí; pero no huyendo del muchachón heroico, sino 
de la vergüenza que sentiría al presentarse vencido ante 
la vista de sus paisanos. 

Por último, me resta decir que después de tan singu¬ 
lar hazaña, Justino continuó siendo el mismo muchacho 
sobrio en palabras y franco en sus relaciones, y no ca¬ 
becilla de acaloradas disputas, como nos lo presenta el 
autor antes citado. 


(*) Palabras de doña Gregoria Cardoao. 




CRONICA DE MUNIZ 


43 


Doña Gregoria C-ftrdozo, interrogada acerca de este 
episodio, me contestó: “Yo nunca oí decir que el Ge¬ 
neral tuviera alguna otra pelea mano a mano”. 

lie citado por repetidas veces a doña Antonia Muniz 
de Araújo y a doña Gregoria Cardozo. Porque no se 
crea que para asegurar la veracidad de mis narracio¬ 
nes, he imaginado testigos que nunca han existido, pre¬ 
sentaré sus vidas a grandes rasgos. De Anitonia Muniz 
de Araújo ya he relatado algo sobre su vida, ligada 
íntimamente a la de su sobrino. TToy vive con modestia 
en Tacuarí, a pocas leguas de las cerros de Guazú-Nambí. 
En enero del año 1918 trasladóme hasta su casa, donde 
con solicitud cariñosa me suministró los preciosos da¬ 
tos que me han servido para esta historia. 

Actualmente cuieota cien años, y a pesar de eso, su 
cuerpo aún se conserva erguido y goza de una salud en¬ 
vidiable; tanto, que aún hace trayectos de diez y doce 
leguas por día. en un carrito que le sirve, como a nues¬ 
tras abuelas, de medio de locomoción. 

Gregoria Cardozo, descendiente de una familia adi¬ 
nerada de Cerro Largo, ¡vive actualmente en el paraje 
llamado Bañado de Medina, a unas seis leguas de la 
ciudad de Meló. 

En la época en que la visité (diciembre de 1917) conta¬ 
ba más d'e ochenta años y aún conservaba una gran agi¬ 
lidad; tanto que «lún baila como en sus mejores días y 
viaja a caballo haciendo grandes distancias, sin notar 
algún cansancio. Su memoria se conserva con toda su 
lucidez. Y cuando me narraba el último episodio que 
he deseripto, su diminuta figura se agitaba en la silla, 
mientras su graciosa boca sonreía, cuando entre triste 
y regocijada hacía memoria de sus mocedades. 

He ahí los testigos que con frecuencia he citado. 





CAPÍTULO IV 


Feliciano “El Callao" y Perico “El Manco" 

E n los tiempos en que Mmniz empezó a concurrir al 
Piaso de la Arena, vivía allí, entre los gauchos más 
respetadas por su coraje y su honradez, Feliciano, a 
quien los conocidos apodaban “El Callao”. 

La historia de este ejemplar de nuestra raza, estaba 
llena de acontecimientos en los que, con gran valor, ha¬ 
bía puesto de relieve sus condiciones de soldado. 

Descendía de un comerciante español, de antiguo 
a. Mee ¡iridiado en el Paso de la Arena y a quien los gaucilios 
llamaban “El Tigre”. “El Tigre”; así entendieron los 
paisanos que debía llamarse el extranjero que con sm 
coraje les había sorprendido, haciéndoles ver en sus ha¬ 
zañas parecido notable con las del ñero animal, terror 
de los ganados cuando no de los hombres. 

Y en verdad que bien digno era “El Tigre” de su 
apodo. En un medio para él tan extraño, había logrado 
hacerse respetar, teniendo que poner a prueba más de 
nna vez, su temple de hombre de coraje. Como un rasgo 
característico de este hombre que atravesó los mares, 
después de abandonar la aldea donde viviera en geórgi¬ 
ca tranquilidad, para venir a probar fortuna entre las 
breñas y las sierras de la República Oriental, informaré 


CRÓNICA DE MUNIZ 


4 *) 


a mis lectores (leí procedimiento que usal>a para probar 
la resistencia de los la/os que s¡e le ofrecían para su 
compra. 

Antes de cerrar el trato, ensillaba su flete y ajus¬ 
tando la presilla del Lazo a la enrolla de su caballo y 
después de sujetar el otro extremo die aquél en un pa¬ 
lenque, picaba con sus aspuelas al anilina 1 que, aguijo¬ 
neado, emprendía rápida carrera, tan durable como lo 
permitía la longitud del lazo que, al llegar a su térmi¬ 
no, o reventaba, o, cimbrándose, detenía de pronto al 
caballo que en su brinco obligado arrojaba por tierra y 
lejos de sí al intrépido jinete. Si el lazo resistía la 
prueba, “E‘l Tigre” lo adquiría, segu.ro de su bondad. 

Juzgúese por este significativo detalle, el carácter del 
raro pulpero de quien descendía Feliciano ‘‘El Callao”. 

El li i jo heredó su valentía, que resultaba más simpᬠ
tica al bailarse siempre oculta tras una modestia exce¬ 
siva. i 

Los garniel los oontabain que en Los combatas siempre La 
figura arrogante de Feliciano se destacaba en los luga¬ 
res de mayor peligro. El misino, sin ver el elogio que 
se tributaba elogiando a su jefe, contábale al vecino 
don Ramón Mundo este episodio: Era en una de las 
tantas guerras que asolaron a nuestro país. El enton¬ 
ces teniente Basilio Muñoz, abuelo del célebre guerrille¬ 
ro del mismo nombre, huía perseguido de cerca por una 
partida adversaria. Ya se aburría el modesto jefe de 
tanto escapar del enemigo 'más numeroso, cuando una 
tarde en que los contrarios empezaban a surgir por de¬ 
trás de una cuchilla, mandó sacar el freno a los calía- 
líos y echar pie a tierra. Sorprendidos los otros por 
tanta audacia se detuvieran a su vez, sin animarse a ata¬ 
car. En vano esperaron los perseguidos la acometida 



46 


JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


adversaria; aquéllos cambiaron de rumbo, dejando tran¬ 
quillos a los que por su valor y la inaudita audacia de 
su jefe se Ihabían librado de un desastre seguro. 

Feliciano “El Callao” terminaba su narración con 
estas palabras que muestran elocuentemente su modestia 
y la admiración por su héroe: “Por Dios, Mundo; ha¬ 
brá hombres guapos... pero como el teniente Ba¬ 
silio...” 

Y aquí truncaba su comentario, seguro de que lio ne¬ 
cesitaba agregar palabras, para dar idea del coraje del 
teniente Basilio. 

A pesar de sus notorias condiciones de valiente, Feli¬ 
ciano nunca logró ser caudillo. Y es que en su miodestila, 
jamás pensó en dirigir multitudes; bastábale con ser el 
primero en entrar en batalla y el último en retirarse, 
para lucir su coraje indómito, sin que lo alucinara la 
gloria del caudillo, a aquel gaucho a quien sus compa¬ 
ñeros llamaron, can razón: Feliciano “El Callao”. 

Conozco una anécdota de este hombre, en que se ma¬ 
nifiesta su espíritu singular. Ocurrió en casa de unos 
pardos que habitaban en las costas del Taouarí. Los 
llardos Amaro eran tipos singulares en la comarca, 
gracias a sus notorias cualidades de honradez y cobardía. 

Habían llegado al lugar, alistados en una división 
brasilera que hizo sus correrías por aquellas tierras del 
este. 

Cansados de la vida andariega que arrastraban y te¬ 
merosos de dejar en cualquier entrevero sus maltrechas 
humanidades, desertaron de la columna al entrar al De¬ 
partamento de Cerro Largo. 

Sin hogar y sin amigas, marido y mujer se interna¬ 
ron en nuestros cam{>as, 'liasta llegar a lia costa del Ta- 
cuarí. Les gustó el pago y se quedaron. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


47 


Oíos no había querido darles hijo. Ya llevaban más 
de treinta años juntos y aún esperaban el “gurí” que 
alegrara la ciaisa. Tero, en cambio, tenían Ion dos mula¬ 
tos un genio alegre y retozón, que los hacía directores 
de la charla, tanto en los fogones donde se sentaba Ja¬ 
cinto después del rodeo, como en el rancho, donde las 
manos negras de Rai monda se hundían en la masa 
blanca que iba a ser pon. Y Las noticias sobre las ma¬ 
jadas y eL estado iLe domewtic ¡dad de tal o cual redo¬ 
món, alternaban caprichosamente con los cuentos de 
aparecidos o relatos de vecinos ya muertos, que fueron 
embrujados por la vieja que vivía del otro lado del Ce¬ 
rro Largo. 

lx>s pardos eran, por su .carácter servicial y por Ja 
idiosincrasia misma de nuestros antiguos paisanos, tan 
amigos de Juan, el peón cito que arrastraba agua en 
la estancia de don Ramón, como del propio don Ramón, 
antiguo ciudadano que se había convertido en “un 
oriol lazo de lay”. 

Fue por eso que ninguno de las que esperaban en 
aquel atardecer de otoño, se asombró al ver llegar en 
la incómoda jardinera a don Casimiro con sus barbas 
muy luengas y sus cinco hijas, todas morochas y no muy 
mal parecidas. 

A medida que la noche se iba extendiendo sobre las 
lomas, iban llegando al rancho los vecinos del paraje; 
Luciendo los hombres su chiripá de alpala (muy de mo¬ 
da en ese entonces) y las prendas domingueras, y ha¬ 
ciendo viborear su Hete, el mejor de la tropilla; y las 
mujeres, con sus peinados de trenzas muy tirantes y 
sus vestidos de colores fuertes, constituían el teína de la 
conversación de los qiue abajo de los paraísos esperaban 
con tímido recelo a que empezara la fiesta. 


48 


JUSTINO ZAVALA MÜN1Z 


Los dueños de casa no cesaban un ni omento de tri¬ 
butar atenciones a sus huéspedes, yendo desde el ran¬ 
cho que estaba arreglado para sala de baile, hasta la 
cocina donde se doraban los asados. 

Y no eran sin razón tales empeños; pues aquel día 
estaban en su rancho, Don Zenón y su familia, hacen¬ 
dado antiguo y bien mirado en la comarca por sus con¬ 
diciones de hombre semciall; Don Casimiro, Don Teodo¬ 
ro, estanciero que ya frisaba en los sesenta años y de 
quien se contaba en los fogones más de una hazaña de 
bravura, y, en fin, todos los .propietarios tie aquellos 
pagos. 

Entre la mozada, estaban Garcilaso, gaucho compadre 
que más de una vez tuvo asuntos con la policía por 
cuestiones de pendencia; los Cuenca, trabajadores y em¬ 
busteros y, en fin, los hijos de los hacendados y sus 
peones, pues era una de las bellezas de nuestros tiem¬ 
pos gauchos, la democracia amplia y protectora en que 
se hallaban confundidos los que llevaban el cinto rebo¬ 
sante de onzas de oro y los estribos de plata brasilera, 
con los que sólo cargaban en la cintura el filoso cuchillo 
y cuyas “garras” eran hechas y sobadas por ellos 
mismos. 

Había ya empezado la reunión, cuando el ladrido de 
los perros anunció que alguien se detenía debajo de los 
paraísos. 

Los gauchos que tomaban mate en la cocina vieron 
bajarse del caballo al renombrado “Perico el Manco”. 

Paisano poseedor de una regular extensión de oampo 
en las cordilleras de Cerro Largo, erta “Perico el Man¬ 
eo’’* altanero y decidor y acostumbrado, según decía, 
a dejar en la cara del contrario “la marea de su ha¬ 
cienda”. 

iSin detenerse mucho para saludar a sus amigos, en- 


CRÓNICA DE MUNI2 


49 


tro el gaucho temido en la sala donde él pensaba encon¬ 
trar a la prenda por la que, mientras gemía su guitarra, 
él entonaba esas décimas preñadas de tristezas que re¬ 
corren nuestros campos, hallando siempre atento audi¬ 
torio. 

tiunpezó el baile, en medio del ruido de las lloronas 
y los rasgueas de las guitarras. 

Las chimas, con sus vestidos a.Lmidonados, giraban li¬ 
geras sobre el piso 'humedecido para quie no levantara 
polvo, llevadas por los gauchos, que allí hacían gala de 
sus cualidades de bailarines, como en las payadas hacían 
de su ingenio y en las peleas de su coraje. 

De pronto, al pasar Jacinto Amaro junto a ‘‘Perico 
el Manco”, tuvo la maila suerte de darle un empellón. 

De nada valieron las disculpas, ni la intervención de 
los presentes. ‘‘Perico el Manco” entendió que la opor¬ 
tunidad era excelente para deslumbrar a las chinas con 
su predominio sobre los otros gauchos y poniendo en 
acción su pensamiento, pisó fuera del raneiho y sacó a 
relucir su cuchillo de plata brasilera, mientras lanzaba 
a los que estaban dentro este audaz desafío: 

—Van saliendo di uno a uno, maulas, que los voy a 
enseñar. 

Nadie se movió. Abrióse ancho círculo frente al pro¬ 
vocador temido, sin que uno solo se atreviera a contes¬ 
tar el reto. 

De pronto, desde un rincón del rancho donde estaba 
solo con su pareja, se vió levantarse a Feliciano ‘‘El 
Callao”, y avanzar sereno, echándose hacia atrás el 
poncho, para sacar el puñal. 

Todas Las miradas se fijaron en el gaucho humilde 
que osaba salir en defensa del concurso. 

Cuando llegaba al umbral de la puerta, “Perico el 


I 


50 


JUSTINO ZAVALA MUNI2 


Manco” conoció sus intenciones y temeroso de medirse 
con aquel que nunca hacía alarde de su valor, porque 
estaba seguro de él, dijo, como terminando una idea: 

—Con los portugueses que hablo... liornas... 

Los únicos “portugueses” que había en la reunión, 
eran los pardos Amaro. 

Todos miraron sorprendidos a ‘ ‘Perico el Manco' q/ue 
ya sie alejaba en busca de su caballo para marcharse, 
mientras Feliciano volvía, siiencio&o, al ladlo de su pa¬ 
reja. 

Esta anécdota, que he oído de boca de personas anti¬ 
guas, pinta el carácter de Feliciano ‘“El Callao” y del 
famoso estanciero que más tarde llegó a ser amigo ín¬ 
timo dle Justino Mhmiz. 

En cuanto a Feliciano, cuando en sus pagos apareció 
la figura de aquel muchadhón atrevido y ávido de em¬ 
presas guerreras, el gaucho veterano en el conocimiento 
de los hombres comprendió quie un destino ¡brillante le 
esperaba a aquel cachorro venido de otros pagos, a do¬ 
minar en los suyos. Y fué por eso que, sumiso al man¬ 
dato de su suerte y fascinado por las condiciones del 
muchacho, 'ensilló, para seguirlo, su flete de polea, se¬ 
guro de que bien digno de sus soldados era el jefe que 
a su frente se ponía. * 



CAPÍTULO V 


(»nrcilaso 


C omo un detalle curioso, que nos facilitará la justa 
comprensión de los tiempos en que Justino Mamiz 
empezó a 'levantar, con su maestría en las labores campe¬ 
ras y su valor, su gran figura de caudillo, insertaré el 
relato ele un incidente que a pesar de su aspecto cómico, 
encierra en sí una demostración palmaria de lo mucho 
que costaba: el mantener por largo tiempo fama de va¬ 
liente, al gaucho que, por un azar de su suerte, pudo 
aparentar a primera vista coraje, lo que en verdad no 
era otila cosa que pedantesca impostura. 

Ya liemos visto en páginas anteriores, cómo Felicia¬ 
no “El Callao'’, con sólo su fuerte disposición de áni¬ 
mo, echó por tierra la larga fama de “.Perico el Manco”. 

Ahora será Muniz quien, con no menos arrojo y po¬ 
niendo en práctica una broma harto insultante, va tam¬ 
bién a eclipsar el renombre de otro simulador de co¬ 
raje: Gaircilaso. 

En ciertas carreras de ese entonces en el Paso de la 
Arena, hallábanse reunidos los gauchos de la comarca, 
eu conjunto animado, en el cual destacábanse como dis¬ 
tintas partes de un mismo escenario: los “trillos”, don¬ 
de después de inuelho esperar salía por fin 1a largada de 




52 


Justino zavala muniz 


los parejeros; las candías de taba en las que los paisa* 
nos perdían sus pesos ganados en varios meses de tra¬ 
bajo y las carpas en las cuales las “qui tanderas” y los 
payadores hacían las delicias del numeroso concurso que 
alternaba alegremente el cimarrón con la caña o la gi¬ 
nebra. 

En una de esas carpas, Garcilaso, mentado por sus 
famosas condiciones de hombre ivaliente, payaba con un 
paisanito que mal se veía para contestar a las punzan¬ 
tes bromas dirigidas por su contrincante con una faci¬ 
lidad que mucho sorprendía y regocijaba al auditorio. 
Y lo retruécanos y las frases con .sentidlo picaresco y 
burlón, iban de uno a otro, entre el aplauso y las risas 
consagratorias del concurso. 

Agotada la ingeniosa contienda, los gauchos se ten¬ 
dieron agrupados sobre el césped y en derredor de los 
fogones. 

Al'lí se renovaron las bromas, siendo siempre Garci- 
laso el que mejor parte llevaba, ya que su ingenio per¬ 
mitíale barajar en el aire las gauchescas ironías de sus 
adversarios y contestarlas con airada y triunfante vi¬ 
veza. 

Muniz, que se baldaba en el grupo y que cultivaba 
amistad bastante íntima con Garcilaso, propuso, entre 
general asentimiento, dar una broma al ingenioso 
gaucho, que de seguro habría de dejarlo sin respuesta, si 
lardaba, su cuchillo demasiado en salir amenazante de 
la vaina. 

Cuando Garcilaso se tendió sobre las “garras” para 
descansar unas horas, Muniz, que espiaba el momento 
en que aquél se durmiera, lo aprovechó cuando fue lle¬ 
gado, para cortarle con su cuchillo la melena; melena 
singular aún allí mismo, por llegarle hasta unos cinco 
centímetros por debajo del hombro. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


53 


•Júzguese cuánta sería la sorpresa de los presentes, al 
ver cómo se chanceaba el muehaohón de veinte añas, 
con -quien lo sobrepasaba en edad y también, según la 
fama, en valentía. 

Así que la víctima se despertó, echó mano a su abun¬ 
dante y exótica cabellera, siendo indescriptible su «som¬ 
bro y su indignación, al presentirse objeto de tan desu¬ 
sarla como insultante broma. 

Levantóse cuchillo en mano y comenzó individual in¬ 
terrogatorio para descubrir a -1 autor de la ofensa. 

Ya se aburría nuestro hombre de tanto preguntar en 
vano, cuando tropezó de manos a boca con el gauchito 
tímido, a quien redujo a silencio en la reciente justa 
de ingenio. 

Detenerlo y «'preguntarle con seguridad desafiante si 
él era quién se atrevía a poner a prueba su paciencia 
y su coraje, todo pasó en un minuto. 

Aturdido el otro por tan rara pregunta, titubea un 
instante, que es el preciso para que se enardezca la có¬ 
lera de Gare i laso. 

Gn insulto seguía al otro con una sucesión tan aplas¬ 
tante para el infeliz, que temeroso, no acertaba a de¬ 
mostrar su inocencia. 

^íuniz, que presenciaba la escena apartado del lugar 
unos pasos, llegóse con soltura jovial y encarándose con 
el ofendido, díjole: 

—Fui 3 'o quien por broma te raboné la melena. 

Garcilaso permaneció un instante en duda y luego, 
como organizando las ideas que se agolpaban en su ce¬ 
rebro. contestó afectuosamente: 

—«No; si yo sé que no fuiste vos... yo sé que fué 
este maula... Decime lia verdad. Justino, que lo voy a 
matar a puñaladas. 



54 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Era el principio de su derrota. 

En vano fue que MRiniz le arrojara al rostro los lar¬ 
gos mechones de su melena. Garcilaso no creía ; no que¬ 
ría entender. Y murmurando por lo bajo, fuese en busca 
del autor de la «lianza, que no era otro sino aquel que 
privándolo con el puñal de sus largos cabellos, lo 'había, 
privado también, con su audacia, de su largo renombre 
de valiente. 

Así se imponía Mhiniz en 'un ambiente donde el valor 
representa luí tan esencialísimo papel. Unas veces, apu¬ 
ñaleando en defensa de su dignidad al gaucho más te¬ 
mido de lia comarca; otra, poniendo, sin pensarlo, en 
ridículo el simulado valor de un farsante y general¬ 
mente conquistando afectos qne jamás le abandonaron. 

El destino empezaba a vislumbrarse en este hombre, 
que privado del cariño de sus padres en su primera 
edad, iva, por la magia de su valentía, a rodearse de 
amigos y a conducir multitudes que por establecer pre¬ 
dominios de partidos políticos en el Poder, asolaron los 
campos de la Patria, dejando en el alma de las madres 
amargos recuerdos de sus büos muertos en las cuchillas 
donde las lanzas, destrozando entrañas, ganaron para 
el vencedor la honra de campar en el sitio de pelea. 

Justino Muniz desde muy joven conquistó el aprecio 
de cuantos lo trataron. 

¡Cuán distinta es la verdadera personalidad del 
caudillo, de la que nos pintan los iqiuie pretenden ha¬ 
cernos creer que sólo se trataba de un gaucho reacio a 
todo lo quie significara unía, expansión franca y generosa 
del espíritu! ¡Pomo si por haber nacido en los campos 
de Olimar y haber dominado a. los potros con la fuerza de 
su brazo y conquistadlo a los hombres con la franqueza 
de su carácter, fuera una consecuencia fatal de su vida 


CRÓNICA DE MUNIZ 


55 


el ser enemigo del contacto sociall y de las satisfacciones 
que nacen de am afecto hondo para, sus semiefjontes! 

Se lila» llamado, con un desprecio digno de acre cen¬ 
sura, “guaridas’' al pago que vio nacer a este hombre, 
encarnación genuina del alma gaucha y quizá el último 
caudillo de nuestra tierra. 

¿Por qué “guaridas de Olimar”? ¿Acaso, toda la Pa¬ 
tria no tiene también arroyos en los que el disco pla¬ 
teado de la luna se refleja, en esas noches inmensamen¬ 
te bellas y azules, en las que hasta las estrellas parece 
que tuvieran conciencia de su luminosidad? 

¿ Acaso no tiene, también, esta tierra, montes como 
los del Olimar, que graciosos cruzan llanos, se ocultan 
detrás de las cuchillas, siempre alegres, pues en ellos 
hacen nidos los sabias y las calandrias? 

¿No son de nuestra Patria los bañados en 'los cuales 
la naturaleza .parece hostil a los hombres, por las es¬ 
padañas que en ellos se crían v las animales que los ha¬ 
bitan ? 



CAPÍTULO VI 


Las Rengas 


L a política nacional atravesaba un crítico período de 
incertidumlbres, cuando en el año 1853 'los generales 
La valle ja y Rivera y el coronel Flores constituyeron su 
gobierno de Triunvirato. 

Muertos los dos grandes caudillos de la Independen¬ 
cia. el poder quedó en manos de Flores. 

El Partido Blanco, que entonces se vió en la llanu¬ 
ra, trató de resistir por la fuerza armada al gobierno 
de su adversario. Y fue a buscar en la campaña el con¬ 
tingente de hombres esforzados que hubiera menester, 
para derrocar al gobierno de Flores. 

El grito de guerra recorrió con triste presteza los 
campos de la Patria, despertando en el corazón de los 
gauchos sus dormidos amores por las bohemias corre¬ 
rías. Y de todos los ámbitos se vió surgir a los centauros 
cuyas manos, callosas aún por el trabajo de la siembra, 
blandían temibles las olvidadas lanzas y en cuyos cham¬ 
bergos ostentábase, como airado pregón de su amor par¬ 
tidario, la divisa blanca o la divisa roja. 

Otra vez las vagabundas legiones de guerreros reco¬ 
rrerán las praderas en busca d)e adversarios para dis¬ 
putarles la victoria; victoria que sólo aprovecharán los 


CRÓNICA DE MUNIZ 


57 


políticos que en la ciudad tejen, las más de las veces, 
las tristes convulsiones que asolan al País, en bien de 
sus intereses personales. 

En Cerro Largo, Angel Muniz respondió al anuncio 
de guerra, juntando en tomo suyo a sus adictos y le¬ 
vantando la bandera revolucionaria. 

Pocos eran los que le seguían. 

Galuchas que no portaban otras armas que la laríza y 
el facón; sin saber a punto fijo por qué marchaban al 
triunfo o a la muerte, engrosaron las filas del caudillo; 
porque pana eso eran sus soldados: para acompañarlo 
cuando él tuviera necesidad de sus esfuerzos. Para él 
quedaba el averiguarla justicia de la causa; a ellos sólo 
correspondía formar legión a su alrededor, para ir por 
él a combatir en los bárbaros entreveros, de los cuales 
saldrían cuando no muertos, con la pobre recompensa 
de un grado militar, que en la realidad de la vida poco 
importaba. 

Quedó desierto de hombres el pago. Sólo los cobar¬ 
des o los ladrones buscaron refugio en los montes, 
mientras la columna se encontraba en la comarca. 

Pocos días después ya se habían perdido las huellas 
de los héroes. 

Quizá fueran a esa hora, vencidos o vencedores, en 
tanto que mis esposas o sus novias apuraban día a día, 
la copa d>e 1a amargura que illa ausencia colma. 

Quiedlaba, sin embargo, en el pago uno a quien el jefe 
no quiso conducir a la pelea. 

Era Justino. Sil tío entendió, aconsejado por el cari¬ 
ño, que su puesto estaba en las filas de los que en el 
trabajo luchan con la vida para alimentar a los suyos. 
Y en vez de entregarle una lanza, lo dejó al cuidado de 
s,u abuela. 



58 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Inútil precaución. Justino, que había nacido en un 
ambiente de 'guerras; que vio al propio Angel montar 
su caballo de campañas pana cubrirse de gloria, no po¬ 
dría permanecer al calor de las enaguas, sin mengua 
dé sus nativas inclinaciones y de sus ardientes deseos. 

¿Cómo podría quedar así, solo en el paigo, del cual 
partieron para la guerra sus compañeros de tareas, sin 
que su valor solicitara nuevo empleo en empresas como 
aquellas, con las que siempre soñó? 

i Cómo podría el vencedor de “Pelo Largo” vegetar 
cobardemente en su casa, mientras sus aparceros iban 
por esos campos en busca die adversarios y aventuras? 

Y luego, cuando terminada, la contienda, regresaran 
al pago sus amigos, ¿con cuánta, vergüenza de su inacción 
no escucharía junto a los fogones el relato qn n clloo 
harían de sus trabajos y sus peligros? 

No; la nerviosidad de la raza aguijoneaba su espíri¬ 
tu, induciéndole a marchar, él también, a los campos de 
pelea. 

Y dejando a un lado sus afectos, sin pensar en su 
impericia que su¡ valor superaba, ensilló cierta madru¬ 
gada su caballo y fuese, embriagado de gozo, en busca 
de sus primeros triunfos. 

Ailiora, trasponiendo las cuchillas de su heredad, tras 
las cuales quedó el rancho que cobija a sus mayores, 
firme el pie en el estribo y la lanza en la mano; ador¬ 
nado su sombrero con la divisa blanea, va, al galope de 
su flete, en busca de la legión, mientras se apartan de 
él los ganados y los ñanduces, y vuelan sobre su cabeza 
los tero tenis. 

Así fué cómjo entró Justino Muniz por él camino de 
la Gloria. 

Muy pronto se incorporó el voluntario guerrero a ¡la 


CRÓNICA DE MUNIZ 


59 


gente de su tío, pa»a.ndo a formar parte, en calidad de 
soldado, del escuadrón del capitán Duro. 

Ya está entre los suyos. Como ellos, él también va a 
probar su valor, demostrando que quien fué capaz de 
atreverse con Felisberto “Pelo Largo”, es también ca¬ 
paz de ser héroe en un entrevero. 

Tal vez. mientras marchaba 'la columna, pensara su 
tío en el muehachón valiente, venido al mundo para su- 
cederle en el corazón de los paisanos y en los puestos 
de peligro. 

La. división marchaba rumbos al Departamento de 
Durazno, buscando la incorporación de las demás fuer¬ 
zas amigas que estaban en anuas. 

iNb se tenía noticia alguna del enemigo, cuando al 
llegar al arrovito de “Las Rengas”, afluente del Cor¬ 
dobés, se encontraron de manos a boca con una fuerte 
columna colorada. 

A pesar de que la inferioridad del número y de las 
armas aconsejaba retirarse, Angel Muniz no quiso su¬ 
frir esa vergüenza. En el combate estaba la esperanza 
de la victoria y cuando no, una muerte digna; en la 
retirada, la Ihuí'da indecorosa. 

Aprestáronse de uno y otro lado los jinetes. 

Firme la rienda en una mano y en la otra la lanza; 
casi acos-tados sobre el lomo del caballo, para cortar me¬ 
jor el viento y presentar menor blanco; sujeta la me¬ 
lena por el sombrero o por la (vincha, así esperan los 
guerreros la voz de «irga, a cuyo conjuro irán a estre¬ 
llarse contra los adversarios en un ciego arrebato de 
heroísmo, que les dará la victoria o la muerte. 

Así fué el comlíate de “Las Rengas”; a la clásica ma¬ 
nera luchóse cuerpo a cuerpo, hasta que el triunfo lle¬ 
gó para los colorados y la derrota completa para los 
blancos. 


60 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Al triunfo siguió la persecución tenaz, que desbandó 
al pequeño grupo de insurrectos. Tajn completo fue 
aquél, que a los cuatro días del combate llegaba Angel 
Mluniz a su casa, a pie y destrozados los vestidos des¬ 
pués de haber caminado (por entre los montes, persegui¬ 
do de cerca por sus vencedores. 

Justino volvió con un pequeño grupo de soldados, sus 
iguales hasta ayer, pero bajo sus órdenes desde el día del 
combate en que lo hicieron alféréz. 

“Las Rengas” fue el primer hecho de armas que pre¬ 
senciaron sus ojos; allí recibió el bautismo de fuego, 
desafiando a la muerte. 

Ya conoce la embriaguez dle la pelea; ya su lanza se 
tiñó, de rojo; es la primera escena de su vida de solda¬ 
do; es la primera piedra que coloca en su pedestal de 
guerrero. 

Poco valen para él los 1 sinsabores de la derrota. No 
es en el triunfo donde están, precisamente, los encantos 
que la guerra ofrece, tentadora, a su imaginación de 
veinte años: es en las escenas del campamento en las 
qne, junto al fogón y mientras la. luna juguetea, capri¬ 
chosa. entre las nubes, se oyen las narraciones dle los 
veteranos de sus pasadas proezas v aventuras. Es en la 
inquietud constante del acecho, cuando al atravesar los 
caminos se van sisruiendo las huellas del enemigo cerca¬ 
no. Y es en el instante supremo dle la carga, cuando se 
prueba 1.a lanza que muy pronto ha de desgarrar entra¬ 
ñas. 

Miuniz ya gozó de esas bellezas. Y es por eso que. a pe¬ 
sar de su primera derrota, mientras su danlza yace inacti¬ 
va en un rincón de su alcoba, él sueña boy. en la tran¬ 
quilidad de sus labores campesinas, con pasadas correrías 
y futuras aventuras. 


CAPITULO VII 


(Quinteros 


D esgraciadamente, no pasaron muchos años de tran- 
quLidiad para el país. Gracias al l'acto de ht Unión , 
el señor Gabriel Antonio Pereira había ocupado la pri¬ 
mera magistratura de La República. 

El Partido Colorado, alejado del poder, inició una se¬ 
ria oposición al Gobierno; pero como no fueran eficaces 
sus ataques en la Prensa y en el Parlamento, se levantó 
en armas a fines del año 1857. 

Fracasado su intento de apoderarse de la capital, fue 
a la campaña en busca de mayores elementos y de esce¬ 
narios más propicios para sus planes. 

Muniz, que ya se encontraba alistado en las filas del 
Partido Blanco, tornó a ensillar su flete de campañas 
para ir en busca de su incorporación al ejército dlel Ge¬ 
neral (Medina, jefe de las fuerzas gubemistas encarga¬ 
das de combatir a la Revolución. 

Asi. la triste condición! del medio en que se criaba 
arrancó de nuevo al paisano del seno de su familia y 
de sus trabajos, para llevarlo a las cuchillas donde se 
vive en contacto perenne con la muerte que, pasando a 
su lado, ,va a dejar rígida para siempre a la mano del 
campesino que, ayer no más, hacía fecunda la tierra 
rompiéndola con su arado. 


62 


Justino zavala muniz 


No durmió mucho tiempo sus suieños de gloria, la lan¬ 
za que conquistó en "Las Rengas’’ honrosa nombradla 
para el brazo que la manejó. 

Otra vez, al despertar de una mañana plácida de estío; 
a la hora en que la cerrazón borra las curvas de las cu¬ 
chillas, el caballo sentirá sobre sus lomos el peso de una 
carga desusada, mientras el jinete apura el ultimo amar¬ 
go antes de partir para un iviaje por pagos desconocidos, 
a correr La misma suerte jinete y cabalgadora, ya que 
el cansancio agotará por igual sus tuerzas y a ambos 
acechará la muerte en los momentos de la lucha. 

La tierra tornará a dormir sus sueños de esterilidad, 
porque el (labriego ya no esparcirá en el surco la semi¬ 
lla, sino que ansioso de ludias, dejará sobre su verde 
alfombra, como huella de su paso, despojos de hombres 
y animales, blanqueando diseminados en las cuchillas. 

JVluiniz, que era hijo de tal lambiente, no pudo sus¬ 
traerse a ila influencia que éste ejercía sobre su 1 carác¬ 
ter y marchó, también él, en busca del ejército, al que 
encontró pocos días antes dJel triste episodio de Quin¬ 
teros. 

Las tropas revolucionarias bajo el mando supremo del 
general Díaz, se alejaban hacia el norte de la Repúbli¬ 
ca, perseguidas de cerca por los gubernistas, cuando al 
llegar al paso de Quinteros en el Río Negro, se vieron 
rodeados por los adversarios. 

La Historia, condenando a los culpables, narra el cri¬ 
men de Quinteros. 

Allí cayeron, indefensos, bajo las balas del vencedor, 
caudillos cuya sola enunciación de sus nombres era una 
seguridad de victoria para los paisanos que junto a ellos 
fueron también ajusticiados. 

Referíame Muniz dos episodios que dan idea de todo 



63 


CRÓNICA I)E MUNIZ 

lo doloroso que fue el hecho eonsumiado en la tarde del 
1." de febrero dle 3856: 

Entre los prisioneros prontOvS para sufrir la pena ca¬ 
pital, encontrábase uno que con lágrimas en los ojos 
imploraba compasión de sus verdugos. 

llizósele saber que la orden era terminante; no debía 
haber cuartel para el vencido. Esta contestación tan 
inalterable corno desesperante, produjo tal conmoción 
en el ánimo de la víctima que, sin darse cuenta de sus 
acciones, saltó a la grupa de un jinete y abrazóse a és¬ 
te con todos sus fuerzas, como si allí estuviera su sal¬ 
vación. 

En vano fueron sus desesperados esfuerzos. Sus ver¬ 
dugos, después de haber intentado separarlo del otro, 
arrancaron al grupo del caballo, y terminaron con la 
vida de aquel infeliz, con un trabucado que le abrió 
honda 'herida en la sien. 

Así, como a una bestia acorralada y a la que apremia 
ultimar cuanto antes, osí se quitó la vida ia um hermano, 
responsable del único delito de ser gaucho y por lo 
mismo de seguir, sin saber por qué, a sus caudillos de 
siempre. 

Eor desgracia, en aquel día tristemente memorable, 
las escenas de sangre y de martirio se contaron eon 
cruel abundancia. 

Y es que en momentos en que la pasión ciega a los 
hombres honrados, los bárbaros, los feroces que son le¬ 
gión en todos los ejércitos y en las sociedades de todos 
los tiempos, aprovechan la oportunidad que tan propi¬ 
cia se las .presenta para dar expansión a sus bajos ins¬ 
tintos. 

Entonces ellas son los que dominan; ellos, que salidos 
de la sombra donde vivieron alimentando odios anees- 






64 


JUSTINO ZAVALA MUNÍZ 


tralpes, surgen a la luz para mostrar en toda su desnu¬ 
dez la bajeza de sus espíritus y para manchar con sus 
crímenes a, los que, en mala hora, junto a ellos se en¬ 
contraron. 

Esto ocurrió en Quinteros. La muerte no era en ese 
día Ha suerte más cruel, sino que, además de ésta, el 
martirio ponía una nota de d>olor y de oprobio. 

Relataré un episodio de esta naturaleza. 

Frente al 'pelotón de soldados que han de fusilarlo, y 
en el centro del vasto semicírculo formado por el bosque 
que queda a su espalda, un infeliz espera lleno de es¬ 
pianto, el cumplimiento de su suerte. 

De pronto, del medio del grupo avanza un oficial con 
un pañuelo en la mano; pañuelo con el que intenta 
vendar los ojos de la víctima. Un movimiento de oabefca 
de ésta indica su deseo de hablar. 

Quizá va a pedir a un conocido que lleve a su criolla 
el ¡Adiéis! que desdte el borde de la tumba le dirige. 
En libertad de hacerlo, el miedo turba su inteligencia y 
paraliza su ¡lengua... Cinco carabinas apuntan a sil 
pecho. 

El oficial intenta de nuevo vendarle los ojos; pero la 
víctimia repite su movimiento anterior. 

Libre nuevamente, las palabras se resisten a salir; sus 
ojos, abiertos desmesuradamente, con una mirada vagva 
observan por vez postrera dos campos de la Patria con 
sus cuchillas en las que a trozos se inician las sombras 
hendidas por las franjáis de color oro que el sol da a los 
pastos de Enero; y de esta extática contemplación, dos 
lágrimas se desprenden para resbalar dolorosamente por 
sus mejillas. 

Tianto dolor no alcanza a conmover a sus verdugos; 
sino que, agotándose la paciencia del otro, provoca el 
martirio del infeliz. 



CRÓNICA DE MUNI2 


65 


Bruscamente los decías groseras del victimario se in¬ 
troducen en una órbita de ila víctima, dejan aquélla va¬ 
cía y luego, ajustando allí el cañón de su pistola, hace 
escapar el tiro que epiloga tan tremendo martirio. 

Tal vez que entre los propios gubernistas, tales esce¬ 
nas produjeran estupor e indignación; pero la fatali¬ 
dad quiso que la sangre de los uruguayos caídos en ese 
momento trágico, manchara por igual al inocente y al 
culpable. Quiso también que, >al caer las cabezas de 
César Díaz, de Freire, de Tajes, etc., lanzaran su con¬ 
dena perdurable en los tiempos. 

# 

* * 

lita noche de Quinteros fue noche de silencio y de 
tristeza. 

No se oyeron los acordes de la guitarra que pulsa el 
payador junto al fogón, ni alumbró la luna los grupos 
de soldados que escuchan los cuentos del veterano. 

Junto a los vivos que descansan después de tan inútil 
derramamiento dle sangre, están los muertos, que, con 
sus rostros descompuestos por el dolor de la agonía y 
el miedo a la Nada, miran con sus ojos vidriosos, ojos 
que no encontraron una mano piadosa que los cerrara, 
al gaucho que en vano intenta apartar de sí tales vi¬ 
siones. 

Cansado de su bárbara tarea; revolviendo la cabeza 
contra el recado que le sirve de almohada, más de un 
gaucho, de seguro, esperará ansioso a*l sueño que vendrá 
a librarlo d)e aquellas visiones que con desesperante ni¬ 
tidez atormentan su memoria, levantándose en su con¬ 
ciencia para gritarle implacablemente lo tremendo de su 







JUSTINO ZAVALA MUNIZ . 


6G 

crimen. Y mientras en sus oídos se repiten los ayes del 
que implora en vano un poco dle humanidad y los so¬ 
llozos del que siente ya en su cuello el frío de la hoja 
que cortará el 'hilo ,de su vida, y los roncos gemidos del 
moribundo, allí, muy oerca suyo, la luna alumbra las 
caras trágicas de los caídos; rostros macabros con gestos 
de martirio que el dolor pinito. Sobre ellos caen los pᬠ
lidos rayos, aumentando el tinte cadavérico de los que, 
ayer no más, vieron a la luna retratarse en la laguna, 
o recibieron sus besos y que hoy, cenizas ya de hom¬ 
bres quie fueron, aún la miran con su cara dé espanto, 
que hace más macabra aquella órbita vacía, o la piel 
que cortada en el cuello se ha levantado horriblemente 
hasta tapar la boca, en la que se cuajó una oleada de 
sangre. 


* 

* # 

Terminada la revolución de tan triste modo, se disol¬ 
vió el ejército de Mfedina. Muiiíe emprendió el retorno 
a sais pagos, empuñando con desgano la lanza que para 
nada le sirvió, ya que los fusiles y facones de sus com¬ 
pañeros ultimaron—sin honor y sin gloria—a los venci¬ 
dos, cuyos cadáveres quedaron allá, en el teatro de tan 
tremendo drama, sirviendo de pasto a los cuervos y ca¬ 
ranchos. 

Atsí fue su vuelta a los pagos. Tal vez que, mientras 
su caballo rumbeaba hacia la querencia, él, abstraído en 
sus visiones de aquel día trágico y como rebelde ante la 
brutalidad de los hechos, sacudiera febrilmente la lan¬ 
za, como para demostrar a sus visiones que su brazo aun 
conservaba la fuerza que tuviera en la hora heroica de 
“Las Rengas”. i 




CAlPITULO VII 


Los amores «leí guerrero 


A llá por el año 1858 vivía en las tierras del Rincón 
de Suárez y a muy corta distancia del rancho de 
Muniz, la familia de Rodríguez. 

Dueños de una pequeña hacienda que no dábales más 
trabajo que mantenerla en la querencia, ya que ni los 
ladrones eran entonces temibles, crecía una numerosa 
prole, entregados los varones a las tareas camperas y las 
mujeres al aseo y arreglo de la casa. 

Cuatro eran los muchachos: Casimiro, Francisco, Ba¬ 
silio y Miguel. 

Después dle haber pasado sus primeros años en el so¬ 
lar paterno, lo abandonaron en busca de trabajo. Unos, 
llevados por sus propios caracteres, entraron a servir en 
las estancias próximas a su casa y allí pasaron loe años 
sin mayores aventuras. Esa fué 1a vida de Casimiro, 
Francisco y Basilio. 

Miguel, por el contrario, no baibía nacido para vege¬ 
tar en un solo pago. 

Su vida fué como un torbellino. 

Chocaba por la singularidad de su carácter. Enemigo 
de todo cuanto significara suijeción, Miguel, a quien 
los conocidos llamaban “La Raya”, vivía en un oontd- 











68 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


nuo viaje de uno a otro pago, trabajando unos días en 
las hierras, y pasándose los más junto a la carpeta de 
la pulpería, donde quedaban sus ahorros cuando no al¬ 
guna “garra”. 

Su espíritu de indisciplina se manifestaba en todos 
los actos de su vida. 

Desarreglado en el vestir, lo era también en el apero 
que llevaba su caballo, único motivo de sus cuidados. 

Familia, esposa y amigos, todo eso era en su espíritu 
palabras poco menos que vanas. Aceptarlas sería impo¬ 
sibilitar por medio de los lazos que el afecto crea, a su 
indómita voluntad, nacida para una acción perenne. 

Poseído por un ideal, hubiera sido un esforzado pa¬ 
ladín ; privado de él, no pasó jamás de ser un gaucho 
aventurero y ivaliente. 

Jugador por profesión y por amor, muchas veces hu¬ 
bo de defender sus onzas o sus prendas con el cuchillo 
que había de empeñar luego. 

Asiduo parroquiano en las rejas de las pulperías, “La 
Raya” era conocido como un tipo original por todos 
los del pago. 

No se le conocían grandes afectos; tal vez alguna chi¬ 
na, de esas tan varoniles como el hombre mismo, reci¬ 
biera sus caricias de tarde en tarde; no tuvo tampoco 
aparceros que estuviesen dispuestos a desenvainar los 
cuchillos en su defensa. ¡Sin embargo, siempre halló 
un ambiente simpático a su alrededor. Y fue porque sin 
crear afectos hondos, Miguel “La Raya” se conquista¬ 
ba el aprecio de todos cuantos lo trataban, gracias a su 
espíritu retozón y a su deseo constante de agradar, que 
llevábalo basta empinar sendas copas de ginebra por 
acompañar a su interlocutor, en la reja de la pulpería. 

Por lo demás, Miguel “La Raya” era un hombre 




CRÓNICA DE MUNIZ 


69 


apreciable. Para gozar de tal consideración en el am¬ 
biente, era necesaria una virtud: el valor; y Miguel la 
poseía en alto grado; aunque consecuente con su idio¬ 
sincrasia, el valor en él fue siempre más que un cul¬ 
to caballeresco, un medio de proporcionarse extrañas 
sensaciones. Por eso en la guerra jamás jeíe alguno qui¬ 
so en su división a este gaucho aventurero. Muniz mis¬ 
mo, más de una vea nególe puesto en sus filas; nega¬ 
tiva que, por otra parte, muy poco disgustaba a “La Ra¬ 
ya’’. El no habí», nacido para llevar una vida regular; 
incapaz de dirigir multitudes, no había aprendido tam¬ 
poco a obedecer otro mandato que no fuera el de su 
espíritu inquieto y rebetlde. Por eso, en la guerra 
Miguel “La Raya” andaba solo; hostigaba dle todos 
modos al enemigo, gracias a su eminente habilidad de 
hombre que lia vivido en contacto con la naturaleza 
que lo rodea: huía cuando se le perseguía para volver 
esa miisma noche sobre sus perseguidores. Y así pasaban 
para él los meses de guerra en los que sus amigos dis¬ 
putábanse en las cuchillas, el predominio de tal o cual 
partido político. 

En el fondo de este hombre había urn gran lote de 
travieso escepticismo. 

'Su muerte fue como su vida. 

Una tarde de 1865, Miguel “La Raya” huía de una 
partida adversaria, cuando fue alcanzado por tres in¬ 
dividuos. en el Rincón de la Urbana . 

Próximo a esconderse en el monte, donde su astucia 
le proporcionaría recursos para escapar de la fatal em¬ 
boscada en que había caído, uno de sus perseguí .lores, 
con un certero tiro de bola detuvo su cabalgadura. 

No había manera de salvarse; en la imposibilidad de 
hnir, era necesario aprovechar los instantes que aun le 
quedaban. . , 








70 


JUSTINO Z AVAL A MUNIZ 


Miguel lo comprendió así y aceptando la situación 
que su desgracia le creaba, se desmontó y esperó, pisto¬ 
la en mano, la acometida de su adversario que a galope 
tendido y lanza en ristre, pretendía, ultimarlo. 

El encuentro fue rápido. Sonó un tiro... Tambaleóse 
el otro sobre su flete y rodó luego por el campo con el 
pecho enrojecido de sangre. 

Miguel se apoderó de la lanza y el caballo de su ene¬ 
migo y en vez de huir, acometió a los otros que ya se 
le acercaban. Inútil ¡hazaña en la que debía perder la 
vida. 

Los otros, temerosos de medirse con un gaucho que 
en tan poco tenía su existencia, hasta llegar al extremo 
de arriesgarla en un arranque de heroísmo, detuvieron 
sus caballos y apuntando serenamente, descargaron sus 
tercerolas hacia el pecho del atacante, que cayó herido 
de muerte. 

Ya en el suelo, Miguel, embriagado de rabia y de 
valor, desafiaba, facón en mano, a sus contrarios, mien¬ 
tras éstos, luego de i meditar un instante, aguijoneaban 
si sus fletes y lanza en ristre acometían al héroe que, 
indefenso, aún los incitaba a la lucha. 

Dolorosamente trágicos fueron sus últimos instantes. 

Vió primero cómo los otros dirigían sus caballos ha¬ 
cia él, que yacía sin fuerzas en el suelo; midió la dis¬ 
tancia que recorrían en breve espacio y loco de deses¬ 
peración, sintió en sus entrañas la hoja de las lanzas 
mientras él. revolviéndose sobre su cuerpo, como un ti¬ 
gre herido, intentaba en dolorosas contorsiones arran¬ 
car de manos de sus verdugos aquellas lanzas que ter¬ 
minaban con su vida infiriéndole tan bárbaro martirio. 
Y en tanto que él se retuerce, desesperado por la esca¬ 
sez de fuerzas físicas que le impide dar empleo a su 




CRÓNICA DE MUNIZ 71 

heroísmo; mientras se nubla su vista y se crispan sus 
manos, resuenan en sus oídlas el ir y venir de los cascos 
de los caballos que golpean el suelo en su galope y las 
voces crueles de los victimarios que se placen en tan co¬ 
barde hazaña. 

Así. extenuándose poco a poco hasta perder el sen¬ 
tido; después de tan bárbara agonía, murió Miguel “I>a 
Raya”, el gaucho aventurero, bohemio y valiente, enro¬ 
jeciendo las gramillas con la sangre de su martirio. 

Ese era el hermano de Eu/femia Rodríguez, niña aún, 
cuando en el año 1858 Justino Munite cautivó su co¬ 
razón . 

La proximidad de sus hogares hizo que estos dos mu¬ 
chachos entraran en íntimo conocimiento, del cual ha¬ 
bía de salir ama pasión fuerte y tenaz. 

Eufemia conocía por sus hermanos lias hazañas de 
Justino; éste, en sus asiduas visitas a la casa de Eufe¬ 
mia, conoció sus virtudes. Y así, sin que ellos mismos 
pudieran explicarse el cuándo ni el cómo , sintieron en 
sus pechos que el amor los había tocado... y para 
siempre. >’ 

Al principio fueron miradas al soslayo; palabras in¬ 
directas con tímidas insinaiaciones. hasta que un día, en 
la rueda de un pericón, se dijeron sms sueños y sus 
pensamientos. 

Desde entonces, la vida tuvo para ellos mayores en¬ 
cantos. 

Curando sus ocupaciones se lo permitían, Muniz lle¬ 
gábase hasta el rancho de su dueña, para decirle, con 
palabra difícil pero llena de fuego, sus pensamientos y 
sus desvelos por aquellos ojos negros que aún desde le¬ 
jos lo miraban. 

Así el amor proseguía su obra, con promesa de futura 



72 


.JUSTINO ZAVAL.A MUNIZ 


felicidad, errando la pretensión de un gallego vino a po¬ 
ner una nota de inquietud en aquél idilio hasta enton¬ 
ces nunca interrumpido. 

No muy lejos del hogar de Eufemia, un gallego había 
sentado sus reales, 'estableciendo negocio de pulpería que 
progresaba a maravillas. 

Era un gallego vulgar; como tantos que vivieron en 
aquella época. El proceso evolutivo dle su negocio fue 
el de siempre; al principio, un modestísimo “boliche” 
-que muy pronto se convirtió en pulpería y al fin en 
grn.n casa de comercio rodeada por mil o dos mili hectᬠ
reas de campo. 

Ese fué el desarrollo progresivo y rápido de tantas 
pulperías de gallegos. 

/,El misterio de este fenómeno? Muy sencillo: mien¬ 
tras el gancho, generoso hasta el desprendimiento, pa¬ 
gaba a subido precio cualquier baratija y vendía por 
insignificante cantidad los productos de su hacienda, 
el gallego, venido de un medio donde la vida ne era 
muy holgada, hacía su negocio sin necesidad de gran 
talento para almacenar las onzas que hacía correr el 
gaucho y para apropiarse de sus campos en pago de una 
cuenta on que la caña, el vino soco y la ginebra, no 
tenían poco que ver. 

Do esta, catadura era el comerciante de Rincón de 
Su/irez. 

En la última etapa de su vida de hombre de negocios, 
el gallego sintió deseos pop la muchacha de cuerpo fuer¬ 
te. que prometía una buonla adquisición para hacer de 
ella una ejemplar dueña de nasa. 

Su fortuna allanó con facilidad las dificultades que 
pudieron surgir .para su aceptación en casa de Eufemia. 

Los padres de la muchacha, por su parte, no miraban 







CRÓNICA DE MUNIZ 


73 


con malos ojos el partido que se presentaba a su hija y 
por -el cual ellos podrían, al fin, gozar de una posición 
desahogada y el!-a ocupar un lugar digno al lado de -las 
familias de los estancieros. 

El rival del hispano no ofrecía por su parte más que 
un modesto porvenir. 

Hasta entonces, Justino Mu.niz no había pasado de 
ser un muohachón alegre, trabajador y vailiente, y de 
quien en el pago sólo se hablaba con respeto, por sus 
condiciones de hombre de bien. 

lira, pues, -en cierto modo lógica la decisión de los 
padres de Eufemia; decisión que extremaron hasta el 
punto de exigir de su 'hija la despedida de Justino. 

En el corazón y en el pensamiento de la muchacha, 
el problema caminaba de aspecto. 

Para ella, la hermana de Miguel “La Raya”; para 
ella, que había rraeido como las margaritas en nuestros 
campos y que tenía su espíritu lleno de romanees he¬ 
roicos, el español no era otra cosa que un hombre fue¬ 
ra de su ambiente. Sin saber enlazar, ni sentarse en un 
pc-tro, ni haber merecido el aplauso de los gauchos por 
sai valor, el gallego no podría conquistar el atnor de una 
criolla; faltábanle virtudes qaie era necesario poseer 
para salir airoso en empresas de esta índole. 

Escasa instrucción; virtud del ahorro y del -trabajo, 
eso no era lo bastante para cautivar entonces a umn cam¬ 
pesina. 

Ella había nacido en un -ambiente de libertad y de 
fuerza y, en consecuencia, como bija de tail ambiente, 
amaba todo lo qmc fuera de su tierra. 

En -Mu.il iz encontraba la criolla todas las virtudes de 
su raza. T 41 victoria obtenida sobre Felisberto “Pelo 
Largo”, hablaba elocuentemente de su valor personal; 




74 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


su destreza en las tareas camperas probaban su condi¬ 
ción de buen criollo y su salida del pago cuando fue a 
conquistar renombre en el campo de “Las Rengas”, 
aseguraban en él un futuro guerrero. 

Estas condiciones bastaban por sí solas para enamo¬ 
rar a una criolla como aquella que en su hogar, como las 
madrigueras dfe los íléones, había visto criarse valientes 
como Miguel “La Raya”. 

Agregúense, sin embargo, a 'estas prendas de Muniz, 
otra que no influyeron poco, sin duda, en el amor de 
Eufemia: sus condiciones de bailarín. 

A su lado, ella lo había visto dirigir nuestro pericón. 

De bu mano estaba criando las guitarras con el ge¬ 
mir de las bordonas y las primas, marcaban lentos com¬ 
pases. mientras los gauchos con sus espuelas de lloro¬ 
nas iban marcándolos también, en un airoso valseo, 
formando así tanta armonía entre las notas musicales y 
el rodar de las espuelas, que se dirían inseparables unas 
de otras. 

Entonces vió ella surgir al caudillo de todos los adema¬ 
nes y las voces de su gambo. Y su figura, embellecida 
■por la luciente bota, el negro chiripá y la camisa de bor¬ 
dado primoroso, era para ella más subyugante, cuando 
en el momento de formar con los pañuelos el patrio pa¬ 
bellón, la voz de Justino se levantaba en la salía para 
decir el mandato que termina con las hermosas pala¬ 
bras de: “A la voz de aura... Aura mesmo”. Luego, 
cuando la música cobraba mayor alegría, ella lo vió arro¬ 
dillado a sus pies brindándole una galante ofrenda, ya 
que sólo ante la dueña de su corazón sabía hacerlo su 
gaucho. 

Otra vez las guitarras marcaban lentos compases, 
mientras resonaban las lloronas, hasta el instante de 





CRÓNICA DE MUNIZ 


75 


la ingeniosa contienda en que, al compás de los “tris¬ 
tes”, ella y su novio danzaban en medio del círculo for¬ 
mado por las otras parejas, los últimos compases que 
preceden al recitado. Y entonces, frente a frente, ante 
el auditorio que es’cueha deseoso de aplaudir el ingenio 
de lia pareja, su amante di jóle ruegos de amor con la 
voz insegura por la emoción; ruegos que, como en és¬ 
tos, el gaucho altivo llora el desamor de su china: 

“China del alma garrida", 

“No me hagas tanto sufrir"; 

“Si me has 'de querer deeimc", 

“Porque me voy a morir". 

# 

Y ella recordaba aún, con alegría, su contestación que 
fué, como en estos versos, una ruidosa carcajada de 
burla : 

“No se muera usté . paisana"¡ 

“ PortjiAr lo van a enterrar." 

“Y además, si usté se muere," 

“No tendré con quién bailar." 

Ante la evocación de esos recuerdos, en los que surgía 
nítida la figura de Miuniz, ¿cómo era posible que la 
i imagen del gallego dominara en su pensamiento? Era 
fatal que ocurriese lo contrario. 

La mujer que había nacido en Rincón de Suárez; la 
hermana de Miguel “La Raya”, no podía amar a un 
hombre que no fuera corno el vencedor de “Pelo Largo” 
y el vencido de “Las Rengas”. 

Este amor tan justo no halló, sin embargo, eco sim¬ 
pático en La opinión de sus padres. Y por ello, los rué- 











76 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


pros y las amenazas se multiplicaban día a día,, hasta es¬ 
tallar en una explosión de cólera., la mañana en que el 
gallego ofreció a Eufemia un hermoso caballo enjaeza¬ 
do con una montura, quie oon tal fin se mandó buscar 
al pueblo. 

Ante la indignación de los padres, Eufemia rechazó 
el ofrecimiento, en nombre de su amor. 

Tanta sinceridad y altivez filé condenada por sus 
mayores, quienes prohibiéronle continuar su amistad con 
Muniz. 

Viendo Eufemia que 011 situación se agravaba cada 
día que pasaba y conocedora del convenio existente en¬ 
tre sus padres y él rival despreciado, de realizar la boda 
dentro de breve tiempo, quiso que Justino lo supiera. 

Basilio fué el mensajero de la amante, que partió en 
busca de Muniz, a quien notificó la nueva. 

Ail saber Justino el proyecto, volvió a su casa con el 
propósito, realizado muy pronto, de hablar con su novia. 

En una medianoche de los últimos días de Diciembre 
del año 58, un jinete cruzaba los campos en dirección 
til rancho de Rincón de iSiuárez. 

Sólo se oían las pisadas del caballo, ensordecidas por 
el pasto. 

La luna estaba en el menguante. 

Al llegar a la casa, a la que rodeaban unos paraísos, el 
desconocido no fué anunciado por el ladrido de los pe¬ 
rros ini por el clásico: “¡Ave Abaría!”, con que el visi- 
taaite nocturno se anunciaba, obteniendo por respuesta 
la piadosa frase de: “Sin pecado concebida”. 

Ello era prueba de que quien se acercaba era conocido 
en el rancho. 

Bajo los paraísos, una sombría, se movía desde hacía 
tiempo, huyendo dte los rayos de la luna, como temien¬ 
do que ésta delatara su espera. 




CRONICA DE MIJNIZ 


< i 

Cuando el viajero hubo 'llegado, se oyó un rumor de 
palabras, como indicio de itfue la sombra y el descono¬ 
cido se hablaban. 

Luego se vio surgir la figura de Eufemia saltando a 
la grupa del caballo y sentante en él, ayudada por les 
brazas del jinete que la estrechaban, mientras, bajo la 
claridad lunar, sus labios se buscaron oprimiéndose en 
beso prolongado. 

Después se alejaron con el mismo sigilo que antes, 
del rancho en que todo dormía. 

A campo traviesa el grupo ganaba terreno en las lla¬ 
nuras, en dirección al rancho del desconocido, que no 
era otro sino IMiuniz. 

El convenio pactado entre los padres de Eufemia y 
el gallego, bahía precipitado los acontecimientos. Y así, 
los muchachos que pensaban consagrar su amor ante el 
llamado representante de Dios, tenían que hacerlo en 
presencia de la naturaleza, que parecía dormir a esa 
hora. Era la soledlad inmensa y apacible; tenía todos los 
aspectos de un cuadro bucólico. 

En el cielo, sembrado de estrellas y entre las que se 
destoca la infinita parábola del “Camino de Santia¬ 
go”, la luna en menguante irradiaba la palidez de su 
luz, en la infinitud del azul; en la tierra, frente al 
grupo cuya sombra se dilata sobre el suelo, otra curva 
inmensa formaban las cuchillas a la distancia. Y entre 
las dos inmensidades, el grupo formado por el caballo y 
los amantes cruza les llanas en los que el pasto seco, to¬ 
cado por la claridad lunar, semeja un gran tapiz sur¬ 
cado a trechos por lineas negras que forman las car¬ 
quejas y los ,pajonales, o trasponiendo las cuchillas en las 
que serpentea la línea sinuosa de un camino de ovejas. 

A ratos, esta soledad absoluta en la que ni las lechu- 



78 


JUSTINO ZAVALA MUNlZ 


zas gritan, es violada por el mugido de un toro; mugido 
cavernoso, tuerte, prolongado, cuyos ecos se repiten 
cual si quedaran vibrando en el espacio. 

La pretensión de un gallego hacía surgir al Hijo de 
Julián Ramírez en su aspecto romántico y a'l igual de 
su padre sacrificaba los insignificantes convencionalis¬ 
mos sociales de entonces, en bien de sus amores. ¡Sólo 
(pie el hijo, más noble que el padre, cautivó el corazón 
elle la criolla, entregándole a su vez el suyo. Y al con¬ 
trario de aquél, que luego de logrado su deseo desapa¬ 
reció pana siempre del pago negándole protección a su 
víctima, éste arranca a su prometida de su «asa, donde 
se la quería entregar a un hombre que eLla no amaba, 
pana llevarla a imperar en la suya, dueña de sus pen¬ 
samientos y de su gloria. 

Miunilz descubrió esa noche una nueva faz de su es¬ 
píritu. 

A su vida, que Jiabía sido basta entonces como un 
continuo romance de heroísmo en el que su nombre se 
hallaba en cada estrofa, agregó un nuevo motivo: un 
romance de amor. La fortaleza de su ánimo encontró 
aquí bello y digno empleo. 

i.Siin temer la cólera de la familia de su novia, ni 
la del amante frustrado, hurta a su prometida, en un 
gesto caballeresco y galante. Y ella le pertenece porque 
así, abrazada a su cueirpoi, encuentra la protección que 
es capaz de dispensarle el vencedor de Felisberto “Pelo 
Largo”. 

Mañana, cuando se llaga el día, los padres de la mu¬ 
chacha encontrarán el nido vacío, por la fuga del ave 
que se llevó su dueño antes de perderla para siempre; 
y los gauchos del pago comentarán con asentimiento 
esta nueva proeza dd muchacho, digno sobrino y abija- 


CRÓNICA DE MUNIZ 


79 


do del caudillo. Y él, ya convertido en hombre, tendrá 
desde entonces un nuevo motivo de trabajo y de lucha, 
porque sus afanes serán recompensados con el placer 
de recibir un abrazo de su criolla, o una sonrisa de sus 
labios. 

El hijo de Julián Ramírez, que vino al mundo sin te¬ 
ner unos labios que lo Maullaran “(hijo”, tendrá desde 
esa noche un corazón que Le llamará: “esposo”. 

Desde entonces su alma, huérfana de un gran afecto, 
ya que el del resto de la familia, por hondo que sea ja¬ 
más iguala al de los padres, podrá volcar sus ulegrías 
v sus esperanzas en el alma de una criolla, que tendrá 
para él el amor qaie no encontró en la original pareja 
de sus mayores. Y ella, Eufemia Rodríguez, estará con 
él como en la gloria, puesto que desde entonces gozará 
la dicha de tener siempre junto a etlila al muchacho más 
caimpero y valiente de la comarca. 

La que vió a su 'lado a Miguel “La Raya”, prototipo 
de indisciplinada valentía, verá ahora, rendido en sus 
brazos, a Justino Muniz, un elegido de la Gloria. A 
ninguna otra criolla tendrá que envidiar su hombre, 
puesto que nadie es más trabajador ni más valiente que 
su gaucho. 

En cuanto al gallego, bien le estaba esta decepción. 
Su honradez y su fortuna dábanle derecho, sin duda, a 
la estimación de todo el paisanaje; pero nunoa a turbar 
un amor que él no había sido capaz de inspirar. 

Así se consagró el enlace de Justino Muniz con Eufe¬ 
mia Rodríguez. 

Obligados por la intemperancia de los padres de la 
muchacha y por la insistente pretensión de un gallego, los 
amantes hubieron de burlar sus planes, con una huida 
que el amor y la poesía de la noche hicieron inmensa¬ 
mente bella. 



80 


JUSTINO ZAVALA MUÑIS 


A nadie sorprendió en el pago tal acción, puesto que 
ella era justa y común en ese entonces. Es la repetición 
de la eterna historia caballeresca: conquistar primero 
el corazón de la amada con las hazañas eu el combate 
singular y colectivo, y conquistar después su cuerpo li¬ 
brándola del seno de los suyos, donde permanece pri¬ 
sionera y prometida de un hombre que no la merece. 

Mhwiiz cumplió la palabra que, emocionado, juró en 
aquella rueda de)l pericón y Eufemio, fué digna de su 
conducta anterior y de su amor, aceptando un porve¬ 
nir lleno de incertidumbres, que únicamente para su 
vista presentaba perspectivas de triunfos. 

Motare el interés mezquino de unos padres, quizá bien 
inteneioaiiados, y sobre el deseo jactancioso del gallego, 
triunfó el amor fuerte y romántico de dos seres que se 
habían comprendido, .porque en cada uno de ellos palpi¬ 
taban las emociones y los ideales de ila raza. 

Fue un desenlace fatal, creado por las circunstan¬ 
cias, y que el móvil y la escena impregnaron de bellí¬ 
sima poesía. 




CAPITULO VIII 


Muniz en Bnñmlo «le Medina 


L a fuga de Eufemia indignó gravemente a sus pa¬ 
dres, quienes intentaron volver a la muchacha a 
su casa. Pero la firmeza de ánimo de la joven pareja, 
unido a la buena voluntad que por sus amores mostró 
la familia de Muniz, hicieron vanos I03 trabajos de 
aquéllos. 

Unido ya para siempre Muniz con su amada, trató 
de constituir un hogar en el (pie ella fuera la dueña. 
No costóle el lograrlo gran trabajo. Don Angel, al 
conocer su última hazaña, le ofreció el empleo de “pues¬ 
tero” en una estancia de Dañado de Medina, propie¬ 
dad de la familia de Porches. .Justino aceptó dle in¬ 
mediato bal ofrecimiento y se trasladó al poco tiempo 
a su nueva residencia, situada jumto al camino nacio¬ 
nal, sobre uno de los pasos de Dañado de Mlcdina. 

El pago al que llegó a vivir y en el cual pasó el resto 
de su vida, no se diferenciaba en mucho del que acaba¬ 
ba de abandonar. La topografía del terreno tiene casi 
el mismo aspecto. Esta parte del Departamento de 
Cerro Largo, da la impresión de una invariabilidad 
casi absoluta. Así, pues, en estas comarcas que se ex¬ 
tienden desde el Dañado de Medina, abarcando gran 



82 


JUSTINO ¿AVALA MUNI¿ 


paite del Tacuarí, hasta el Fraile Muerto, siempre el 
paisaje se conserva idéntico. 

Por el Norte y Oeste, la Cuchilla Grande cierra el 
horizonte. Al Noreste se divisan en lontananza las 
Sierras de liíos; y por el Este y el Sur, el Cerro Largo, 
como una herniosísima cintura, abraza los llanos die Ta¬ 
cuarí, en los que se dibujan las líneas sinuosas de este 
río y sus afluentes. 

Este es, a grandes rasgos deseripto, el panorama que 
presenta lia comarca en que vivió Justino Muniz. 

Contrariamente a lo que han escrito los quie no sa¬ 
biendo otra cosa que inventar acerca de nuestro hom¬ 
bre, han pintado a sus pagos como guaridas y madri¬ 
gueras de aspecto salvaje y montaraz, propicias al me¬ 
rodeo de hombres huraños y bárbaros, cuya vida es una 
continua lucha con las ñeras y la naturaleza hosca y 
bravia, estas comarcas dan la impresión de una tierra 
alegre y hospitalaria, en las que el sol ilumina las lla¬ 
nuras inundándolas en un torrente de luz. 

Esta impresión de tranquilidad, y apacible belleza, ha 
tocado ya el espíritu de nuestros talentosos pintores, 
quienes han trasladado al lienzo las bellezas de nuestros 
campos. 

¿>in asperezas, sin guaridas, sin madrigueras, son es¬ 
tos campos de Bañado de Medina, inmensas llanuras 
iluminadas por el sol con toda la plenitud de sn luz, 
que al tocarlas produce en ellas una infinita alegría 
de colores. 

El Cerro Largo mismo, prolongada barrera que da 
carácter a estas tierras, tiene, en vez de un aspecto 
bravio, el de una cinta, en los atardeceres, que cierra 
el horizonte confundiéndose con las nubes, o el de una 
montaña lila destacándose en el cielo, cuando el sol 


CRÓNICA DE MUNIZ 83 

ilumina las cordilleras que, blanqueando, van liasta la 
cumbre del cerro. 

Ese es el verdadero aspecto de los pagos de Muniz. 
Llano, sonriente, abierto a la «luz del sol y a la vista 
del espectador, que desde cualquier altura puede ob¬ 
servarlo por entero. 

En lo (pie se refiere a la sociedad del nuevo pago, 
huelga decir que muy poco, o nada, se distinguía de 
la que él abandonaba. El progreso aún no había toca¬ 
do con su mano que todo lo transforma, ni el suelo de 
estas tierras, ni el espíritu de sus gauchos. 

Por otra parte, de Frayle .Muerto, lugar habitual de 
renuencia de Muniz, a Bañado de Medina, hay harto 
poca distancia jxam q<ue cambiaran los hábitos sociales. 

A pesar de eso, existían entonces en esas tierras al¬ 
gunos personajes que, así como las arboledas dan fiso¬ 
nomía propia a las cuchillas, ellos daban idea de la 
sociedad en (pie actuaban. 

En este capítulo mencionaré a los que en la época 
del arribo de Muniz se destacaban con unas fuerza en 
la escena. Los demás irán surgiendo cuando lo recla¬ 
men las necesidades de esta historia. 

E) más renombrado de los hombres de aquel enton¬ 
ces era, sin duda alguna, don Angel Muniz. Caudillo 
de positivo valer, lo veremos actuar más tarde como 
segundo de Timoteo Aparicio en la del 70, y como 
jefe supremo en la Revolución Tricolor. Ski embargo, 
no es oportuno dar aquí una silueta de este hombre; 
el transcurso de su vida será todavía, y por largo tiem¬ 
po, influyente en la de su sobrino; por eso, pues, de¬ 
jamos para entonces el estudio de su carácter. 

No era también, poca la fama de que gozaban los 
Borohes, propietarios de grandes extensiones de ciampo; 


84 JUSTINO ZAVALA MUNIZ 

más tarde caudillos blancos y hombres de gran influen¬ 
cia en tiempos de Latorre, gracias a la confianza que 
éste les dispensaba. 

Pero el personaje más singular de la comarea era 
el vecino Ramón Mundo. 

Don Ramón 

Había llegado a Cerro Largo, hacía ya algún tiempo. 
Era natural del pueblo de la Unión. 

¡Sus ojos presenciaron todo el largo sitio de Monte¬ 
video, ornando la Guerra Grande, y por ello muchas 
veces distrajo la reunión de paisanos relatando haza¬ 
ñas del general Oribe, a quien él conoció. 

Llegado al pago, don Ramón aceptó todas las mo¬ 
dalidades del gaucho, sin que él fuera, por otra parte, 
uno de los que se distinguían en los trabajos campe¬ 
ros. iStus características estaban en otras modalidades 
de su espíritu. 

Hombre trabajador, bien pronto logró crearse una 
posición desahogada, gracias a sus esfuerzos. 

En aquella época, en la que muy poco se cultivaba 
la tierra, don Ramón entendió que en sil seno había 
una fuente inagotable de riquezas. Y“ llevado por tal 
convicción, alegró las cercanías de su rancho con surcos 
en los que crecían el maíz, pródigo de espigas, y las 
sandías, que él, en medio del general asombro, ponía 
a la venta en las carreras. 

No sólo en esto don Ramón fué un tipo original. 

Los gauchos conceptuaban despreciable la cría de 
ovejas, por ser ello ocupación que no necesitaba des¬ 
treza, ni fuerza, ni valor. La oveja es “un bicho ruin”, 
que no embiste; que no encuentra refugio en los ba- 




CRÓNICA DE MUNIZ 


85 


nados, porque les teme, y necesitada, en fin, de un 
cuidado especial que no reclama jamás el animal va¬ 
cuno. Eso no entusiasmaba al gaucho. Para él, el toro 
chucaro, con todas sus iras y sus fuerzas; que hacían 
de su apresamiento, más que una tarea de provecho, un 
motivo de solaz en el que se ponían de manifiesto las 
condiciones de buen criollo. 

Pon Ramón, sin embargo, entendía las cosas de otro 
modo. 

Sin que el mismo quizá tuviera conciencia clara de 
tal fenómeno, don Ramón era en el pago como la anun¬ 
ciación de una época de mansedumbre y de progreso. 
Por eso mismo chocaba entre los gauchos. 

Sin embargo, nadie era más respetado que este pa¬ 
cífico vecino, Y era porque su hombría de bien y su 
afectuosa bondad es toban “pintándose” en sus pala¬ 
bras. 

Hombre de paz, jamás tuvo pendencias y aún en las 
convulsiones nacionales nadie le incomodó. 

Más tarde, ya rico, hizo construir, bajo su dirección, 
una casa a la vera del camino nacional. El aspecto 
de esta casa (tristemente memorable desde el día en 
que Chiquito Saravia y Yiramonte saciaron su odio en 
el incendio de 18%), era el de uno mansión medioeval. 
Allí pasó don Ramón el resto de su vida, que fue de 
tranquilidad y sosiego. 

Imposibilitado por la edad para el trabajo, que, por 
otra parte, no le era necesario, sus horas pasaban con 
monotonía casi absoluta, sólo interrumpida por la lle¬ 
gada dé las diligencias que allí tenían su posta. A esa 
hora, cuando por entre 'los eucaliptos asomaba la dili¬ 
gencia precedida por MacrLcho — famoso “cuarteador”, 
tanto por su habilidad en el oficio como por su hábito de 




86 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


enibor radiar se — don Ramón aparecía, fatalmente, en 
la esquina de su casa, con su cuerpo obeso y su cana 
bonachona, a la espena die ver llegar aquellas almas que 
por un instante se pondrían en contacto con la suya, 
para luego desaparecer, ocultas por las nubes de polvo 
que levantaban vehículo y caballos. 

Esta costumbre, por tanto tiempo conservada, 'llegó 
a hacerlo sumamente popular entre los viajeros. 

El resto del tiempo lo pasaba don Ramón jugando a 
los naipes en la pulpería, o leyendo “El Fogón”, en 
cuyas páginas aprendió sentencias que repetía luego en 
la carpeta; o en extática contemplación bajo unos pa¬ 
raísos. 

Tuvo dos características que conservó hasta sus últi¬ 
mos años: d amor a las mujeres, que le proporcionó 
más de una aventura divertida, y galante, y el tono 
burilen de su charla. 

Ein los últimos días de su vida, don Ramón tornó 
a ser un tipo singular en el ambiente. Así como en 
sus mocedades lo fue .porque anunciaba una nueva épo¬ 
ca, cu su vejez lo fué porque, incapaz para marchar 
junto al progreso que él anunció, habíase quedado como 
un recuerdo viviente de los tiempos idos. 

Otro personaje no menos interesante, porque él re¬ 
presentaba amo de los tipos clásicos en nuestra campa- 
fu;, era 


Cortés ‘‘El Payador” 

El sol descendía lentamente en el ocaso, coloreando 
las delgadas nubes que lo oculltaban a trechos, mientras 
enviaba sobre la tierra sus rayos oblicuos, que al dar 
sobre la cabezada del recado del gauclho retlejábanse 



CRÓNICA DE MUNIZ 


87 


como en bruñido espejo. Las sombras iban invadiendo 
los llanos, en los que el verde de las gramolas tomaba 
un tinte negruzco, en tanto que en las cuchillas los 
últimos retazos de luz avivaban las margaritas y los ina- 
caohines. 

Sobre la blanca estela del camino, bordeadlo por los 
cardos en flor, avanza una nube de polvo levantada 
por los cascos del caballo, que al sentir lia espuela del 
jinete, trota nerviosamente, con un continuo escarceo 
que hace sonar la coscoja. 

En la cumfbre de la cuchilla, acompañada por el ombú 
que abre, como un inmenso abanico, sus ramas, está la 
pulpería, sobre la que luce la clásica banderita blanca, 
pregonera de la naturaleza del negocio. 

Protegidos a la sombra del árbol, los fletes esperan 
desde la mañana lia vuelta a lia querencia, con la ca¬ 
beza extendida, unos, coinio si no tuvieran prisa por 
sentirse libres, quizá porque su gaucho ya les ha im¬ 
puesto muchas veces esa espera, desde la miiñana en 
que la riendilla y la llorona domaron sus rebeldías, y 
junto a ellos, los redomones inquietos por la moscas que 
intentan espantar a colazos. Debajo de la enramada, 
frente a la puerta del rancho, los gandíos mantienen 
a duras penas un tema que se agotó antes de que el 
mate diera muchas vueltas. 

Ya empieza a laderear la cuchi lila el jinete, cuando 
los que esperan conocen w, Cortés “El Payador’’. Ha¬ 
bía llegado al pago envuelto en una leyenda de trage¬ 
dia: se contaba que allá, en 'las tierras del Durazno, 
una china infiel había quedado llorando sobre el cadᬠ
ver de su amante. Y fué porque Cortés, errante por 
los montes desde el día en que cayó en desgracia, por 
no sé qué historia de rebeddía, al saber la infidelidad 



88 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de su dueña con el pulpero, dejó los montes donde dur¬ 
miera con el oaballo de la riendia, para ir a tomar ven¬ 
ganza de su amor, pisoteado por e!l “gringo”. 

Y el gaucho, en quien la desgracia se había cebado, 
aceptando nuevamente la ingratitud de su suerte, llegó 
a su rancho de incógnito y favorecido por la noche en 
espera del rival afortunado que no tardaría en llegar. 

Cuando a su puerta sintió el llamado del “gringo” 
que abusó de la desgracia del gaucho y de las prendías 
de su pulpería, para seducir a la criolla, salió Cortés 
a recibirlo, partiéndole la frente de un balazo... 

Desde entonces, no tuvo más que hacer en el pago, 
v solo, se fue para siempre de aquel rancho, en cuya 
puerta quedó tendido el ladrón de su amor, llorado por 
la china, para la que Cortés sólo tuvo la venganza del 
desprecio. 

Ladraron los perros al zaino. m:ás por costumbre que 
por atacar, enando éste llegaba 'viboreando v con un 
continuo cambio de subir y bajar las orejas, mientras 
el jinete terminaba los últimos acordes de un aire crio¬ 
llo, que vino silbando para hacer menos aburrido el 
trayecto, o para evocar, quizá, a sui nuevo amor que lo 
quedó despidiendo con el pañudlo, cuando, al perderse 
sobre lias lomas, él cruzaba por entre las majadas que 
empezaban a bajar del rodeo. 

Se le recibe con muestras de regocijo, pomne él trae 
en la guitarra que coplera detrás de su espalda, la ale¬ 
gría de la reunión, con la músiea de la tierra. 

No ha terminado aún de aflojar la cincha a su flete, 
y ya hay un mate que le espera, como prenda de bien¬ 
venida. 

Cambiados los primeros saludos, se le invita a can¬ 
tar; invitación a la que accede de inmediato, porque 



CRÓNICA DE MUNIZ 


89 


su profesión es esa: ir por las pullperías y las re¬ 
uniones gauchescas, trovador de chiripá, alternando en 
sus trovas, romanees de peleas y heroísmos, con roman¬ 
ces de ternuras y de amores. Y en sus canciones des¬ 
filan las casas del terruño, con sus escenas de sangre, 
de horror y de lucha, junto a las escenas tranquilas y 
asaz monótonas, de trabajo y de sosiego. 

Sentado sobre un banco de ceibo, recogido el poncho 
y con la pierna cruzada para sostén del instrumento, 
está el payador templando has cuerdas, mientras los 
paisanos hacen mentía de algún caudillo de la comarca. 

Templada la guitarra, golpea con los dedos el encor¬ 
dado, en tanto cesa la conversación. Y entonces, la ca¬ 
beza echada hacia atrás, con los ojos fijos en la soledad 
del campo (pie le inspira, empieza el músico a arrancar 
las primeras notas de un estilo en el que, con suave 
tristeza, dice las penas que siente por el desamor de la 
china de ojazos de lucero y de labios rojos como el 
miburujcuiyá. Y las notas se suceden suaves, lentas; a 
veces prolongadas como un gemido; otras bajas como 
un ruego llorado junto al oído de la criolla, mientras 
las palabras van cantando los insomnios; el desfalleci¬ 
miento; li promesa de cumplir imposibles; el juramen¬ 
to humilde y el hechizo de la boca que tiene risas que 
son como puñaladas que parten el alma, y de los ojos 
que aún no aprendieron a mirar con cariño. 

Y el trovador evoca la noche de luna, en que bajo 
un cielo inmenso, poblado de estrellas, sobre un llano 
pleno de sombras confusas, fue llevado por su flete, 
conocedor del camino, hacia el rancho de la dueña, 
mientras los ganados se hacían a am lado, perezosos, y 
la lechuza volaba un instante sobre su cabeza, para lue¬ 
go, desde un poste, lanzarle su chirrido lúgubre... 



90 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Enternecidos, imaginan los otros el instante de la 
tragedia, en el que la bala vengadora deshizo la frente 
del “gringo”. 


Calló el poeta y sus palabras quedaron vibrando en 
el ambiente, como una suave y prolongada queja, en 
aquella tardecita en que ya el sol había caído, dejando 
en el horizonte los últimos chispazos de luz, como si 
hubiese tenido una sangrienta agonía... 

# 

• • 

A este ambiente, netamente criollo, llegó a vivir Jus¬ 
tino Miuniz, entregándose él y su amada al trabajo, 
con todas sus energías. Y en este mismo ambiente, su 
personalidad empezará a surgir rápida y decididamente, 
hasta morir en estos mismos campos con el grado más 
alto de nuestro ejército. 





CAPITULO IX 


La Cruzada Libertadora 


E n el nuevo pago, Muniz se comportó como siemtpre. 

Dedicado al trabajo, no faltábanle las horas de solaz, 
que aprovechaba piara ir (hasta la pulpería, lugar de 
reunión del paisanaje, o para concurrir a las carreras 
y las riñas, fiestas criollas (pie duraban tanto tiempo, 
como duraran las onzas en el cinto de los gauchos. 

Así pasaban |>ara ól los días y los años, sin cambio 
alguno apreciadle en su vida, como no fuera el creci¬ 
miento de su prestigio que Horecía como árbol lozano, 
mientras su compañera convertía el nido de su «mor 
en alegre rancho donde los niños, las flores y el aseo, 
■eran los primeros encantos que se ofrecían a la vista 
del visitante. 

Por desgracia, esta tranquilidad nunca fue duradera 
en la eam|>aña de aquellos tiempos. La sociedad uru¬ 
guaya exigía, y aún debía exigir, niunha sangre de sus 
hijos, para llegar a una consolidación definitiva. Por 
eso, el arado y la lanza fueron los instrumentos que 
por tanto tiempo empuñó el gaucho alternativamente 
en su vida. 

A principios del año 1863, los rumores de guerra em¬ 
pezaron a hacerse sentir en l»a campaña, basta que el 
19 de Abril del mismo año, el general Flores invadió 




92 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


el territorio al frente de un ejército revolucionario, que 
dio a su aventura el nombre de “Cruzada Libertadora”. 

El País ardió, desde entonces, en la hoguera de la 
guerra. ■ i * j* I 

Miuniz, seguido de un puñado de gauchos que reco¬ 
nocían en él la superioridad del valor y la pericia, par¬ 
tió también de su rancho, donde quedaran su mujer y 
sus hijos, para incorporarse a la división de don Angel 
Miuniz, uno de 1 os jefes gubernistas del departamento. 

La epopeya se reanudó con todo su furor. 

Flores realizaba proezas de astucia deslizándose en¬ 
tre los enemigos como una culebra, para reaparecer al 
poco tiempo frente a un ejército inferior y derrotarlo, 
tornando luego a escapar, sin que se pudiera darle caza. 

Coquimbo y Cañas; después Pedernal; así se su¬ 
cedían los combates, con desgraciada frecuencia, aso¬ 
lando al País y eliminando sus hijos. Y mientras los 
esposos y los hijos andan por esas tierras, perseguidos 
o perseguidores, las criollas en los ranchos se consumen 
de inquietud, atormentadas por las partidas de bando¬ 
leros que aprovechan la ausencia de los hombres para 
entregarse al robo y al pillaje. 

En esa inquietud vivía Eufemia, cuando un gaucho 
desertor le anunció la desgracia de Justino. 

En un combate (cuyo nombre no he podido preci¬ 
sar), había caído como un valiente, herido de bala en 
un brazo. Di jóle también, que, recogido por sus com¬ 
pañeros, había sido enviado a Montevideo, para su res¬ 
tablecimiento. 

imagínese el dolor de la criolla ante ton ingrata 
nueva. 

Bien sabía ella que las noticias de ¡la guerra siempre 
son por demás dudosas; o son una mentira ruin, ende- 



CRÓNICA DE MUNIZ 


93 


rezada a producir dolor en la familia del adversario, 
o es una mentira piadosa, detras de la cual debe verse 
la muerte del hombre amado. 

En esta angustia cruel pasaban para ella los días 
sin saber del esposo, mientras Aluniz, en la sala de un 
hospital, defendía su brazo del escalpelo de los ciruja¬ 
nos. Prefería él afrontar más serios peligros, antes que 
permitir quedarse sin el brazo que manejaba la lanza. 

Tuvo, sin embargo, la suerte de que al cabo de unos 
meses se le prometiera el dejarlo salir de aquella sala, 
más triste para él que un presidio, {tuesto que mien- 
uas permanecía encerrado entre aquellas paredes, sus 
Cv«..i.puiieros en la campaña proseguían sin descanso la 
ludia. 

Esa forzosa inacción a que estaba condenado, dolía 
más que la propia herida de su brazo. En tanto que 
él se consumía alilí, en 'la cama de un hospital, otro 
iría a ocupar el puesto que él dejó vacante en las lilas 
frente al enemigo. Un día supo que su división pasaba 
cerca de Alontevideo, y sin esperar más, escapó del hos¬ 
pital donde estaba prisionero de los médicos, para ir a 
morir, si ese era su destino, en el campo donde morían 
los homlbres de su tafia. 

Y enfermo aún, Aluniz reclamó su puesto y volvió 
a la vida heroica que contra su voluntad abandonara 
por un tiempo. 

Con el dolor consiguiente, Eufemia tuvo noticias de 
la incorporación de Justino al ejército de su tío. 

Alluy pronto la pobre criolla volvió a perder las hue¬ 
llas de su héroe. 

Así pasaron los meses, liastia que una tarde, un nuevo 
mensajero trajole la triste nueva de que su gaucho es¬ 
taba herido en nina pierna, en la isla de Viraré, situa¬ 
da en los montes del Frayle Aluerto. 



94 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


El amor se rebeló imperioso en el corazón de la. des¬ 
venturada joven, y sin dejarla medir los peligros que 
1 a amenazaban en la realización de su intento, hízola 
montar a caballo e irse en pos del mensajero, en busca 
de su gaucho. 

¿Cómo decir todos los peligros que afrontó esta mujer? 

¿Cómo dar idea de todas las aventuras que le ocu¬ 
rrieron a esta heroína, cuando fue en busca de su ama¬ 
do? Hasta la certidumbre de saber que sus huellas de¬ 
nunciarían el escondite de su esposo, amargaba su co¬ 
razón . 

Después de esquivar el encuentro con los enemigos 
que rodeaban la isla, se halló en el refugio de su 
hombre. 

Allí encontró a Muniz rodeado por unos pocos va¬ 
lientes dispuestos a dar la vida ipor el jefe, que, ten¬ 
dido en su recado, perdía abundante sangre, que for¬ 
maba charco en la carona. 

Con alegría indescriptible besó el rostro pálido del 
caudillo, entregándose en seguida a su cuidado, con 
la abnegación y el cariño de una madre. 

Para decir cuántos fueron los trabajos de esta mu¬ 
jer, sería necesario poseer la pluma de un maestro. 

Obedecida por los hombres que reconocieron en ella 
el temple de ánimo que admiraban en su esposo; amada 
y asimismo admirada por Muniz, para quien su con¬ 
ducta fuera una hermosa revelación, y rodeada por los 
enemigos a quienes tuvo a raya con su valor, así pasó 
los días interminables esta heroica mujer, en una isla 
en la que hasta las víboras amenazaban al herido. 

Esfuerzos inauditos de audacia y de coraje eran ne¬ 
cesarios para mantener a la distancia a los enemigos, 
que, conocedores del valor del perseguido, estaban em¬ 
pecinados en su captura. 



CRÓNICA DE MÜNIZ 


95 


Rodeados por los profundos canales que los separa¬ 
ban de tierra lirine; imposibilitados sus nombres para 
buscarle alimentos, el caudillo no podría resistir por 
mucho tiempo, sin caer en sus manos. Cogido en su 
propio pago; lejos de sus compañeros, que lo dejaron 
al azar de su suerte, el inquieto guerrillero no tardaría 
en caer en las redes que le tenían tendidas. Y aunque 
se sabía que muy pocos eran sus compañeros de des¬ 
ventura, los adversarios pretirieron esperar a que el 
hambre los entregara, antes que con un ataque a la isla 
provocaran de su parte alguna heroica locura. 

El prestigio de las virtudes gaierreras de Miuniz lo 
hacía temible, aúu 'herido y solo, en medio de aquella 
isla selvática, cuyo enmarañado seno parecía cobijarlo 
y defenderlo. 

Perdidos en lo profundo de lo más hosco y huraño 
de la isla, los sitiados guardaban a su caudillo. 

Impedir el relincho de los caballos, porque delata¬ 
rían el lugar del escondite; turnarse en la misión de 
estar, trabuco en mano y el oído avizor, en espera del 
asalto todos los días presentido; echarse sobre los re¬ 
cados, siempre prontos para levantarse y vender caras 
sus vidas junto al caudillo; salir, durante la noche, por 
entre las ramas que servían de puente, para buscarse 
alimentos, esos eran los trabajos de aquellos valientes, 
a quienes alentaba la joven heroína, sin desmayar un 
minuto ante el sueño y el cansancio. 

Así pasaron dos meses, hasta que una tarde el en¬ 
fermo mandó ensillar su caballo. 

Fué una hora de inmenso regocijo. 

Al verlo con su lanza en la mano, comprendieron 
que la hora del sacrificio había pasado. Y así fué, en 
efecto. 





96 


JUSTINO ZAVALA MUNtá 


Aquella noche volaron los pájaros asustados por el 
ruido de las ramas que pisaban los caballos. 

Silenciosamente, el caudillo, su mujer y los soldados, 
hacían los preparativos para la marcha. 

Al poco rato, por una senda ignorada, el grupo se 
sumergió en las aguas y atravesó a nado el canal que 
los separaba de tierra firme. 

Ya fuera, acomodaron de nuevo sus ropas y recados, 
de los que chorreaba el agua abundantemente, y par¬ 
tieron en silencio por entre el monte, alejándose poco 
a poco de la isla donde pasaron tantas horas de amar¬ 
gura. 

Seguros de que nadie los seguía, y ya fuera del al¬ 
cance de 'los enemigos, el grupo se detuvo de nuevo, 
rodeando a Muniz y a su esposa. 

Luego... un abrazo de éstos y los sombreros que 
descubrían las cabezas de los ¡humildes héroes, en tanto 
que. emocionados, éstos extendían la mano que agrade¬ 
cida les apretaba la criolla. 

Unos y otros se perdieron en las sombras burlando 
la vigilancia de los contrarios, quie, ignorantes de su 
luga, aún rodeaban la isla, en la que sólo quedaron 
los recuerdos del grupo que pasó heroicas horas en torno 
del caudillo, sin esperar de su parte otra recompensa 
que una caricia para su amada y una palabra amiga 
para sus hombres. 

I^a suerte quiso que despreciando a un pacífico ga¬ 
llego, .se uniese Eufemia con un gaucho, en cuyas venas 
corría sangre de caudillos. Y resignada con esa suerte, 
vuelve soila a su casa, después de haber asistido a su 
hombre, que una vez sano, toma al frente de sus gau¬ 
chos a despreciar la muerte. 



97 


CRÓNICA DE MUNIZ 

• • 

El eco ile otros combates repercutió nuevamente en 
el pago, llenando de inquietud a la joven Eufemia. 

Don titttban, el vergonzoso y criminal asalto contra 
Paysandu, etc., todos estos nombres eran en su mente, 
espectros de dolor y de muerte. 

Por fin, una manane de Febrero de 186ó, vio la an¬ 
gustiada joven llegar al caudillo al frente de sus lioni- 
ures. 

Cubierto de harapos, aún era más bella y más altiva 
su presencia. Pero ella no podía verlo asi. Ella sabia 
que las llameadas se las habían comido los contrarios; 
que Jos surcos estaban cubiertos de yuyos, linceos que 
crecían lozanos ad.li donde la dolada espiga fue una ale¬ 
gre nota ue color, y que la cuerna con el pulpero se 
nabia agrandado considerablemente, mientras el andaba 
por esas tierras oíreciendo su vida eu holocausto de 
ía causa blanca, sin conseguir evitar su derrota. 

Ada, en la Capital, ios ‘‘dotores” pactaron la paz, 
sin acordarse die Jos que, como Alumz, retornaban a 
su pago con el cuerpo oruado de heridas, y más pobres 
aun que el día eu que salieron para la guerra. 

Esa lia sido, Las mas de las veces, la característica 
de nuestras convulsiones intestinas: guerras en las que 
el gaucho ofrecía coa generosidad temeraria su vida, 
eu defensa de una causa exenta de ideales elevados. 

Y después, el arreglo de los dirigentes políticos eu la 
Capital; olvidados de los que expusieron su vida, sin 
obtener, en pago de sus esfuerzos, el fruto que han de 
buscar en el arduo trabajo eampesino. 

Eso ocurrió entonces a Muniz. Después del crimen 



98 JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 

cometido en Paysandú por sus adversarios, 
derrota, y con ella la 'vuelta a los pagos, 
de nuevo al trahajo sin iliaber obtenido la 
recompensa en premio a tantos sacrificios. 


se pactó su 
a entregarse 
más mínima 




CAPITULO X 


( uiuu se casó Muniz 


V olvió La tranquilidad al país, y con ella al trabajo 
sus pobladores. 

Para reorganizar su hacienda, Muniz hubo de entre¬ 
garse con todas sus energías a la labor campesina, 
ayudado etica/, y tesoneramente por su compañera. 

Para ser buen “puestero”, era necesario poseer con¬ 
diciones de hombre de campo, que acreditaran capaci¬ 
dad y habilidad suficientes para desempeñar con com¬ 
petencia la misión que entonces Jes estaba encomendada. 

El mantener Jos animades en el campo de la estancia; 
el cuidado de esos mismos animales, en épocas de peste 
y el labrar la tierra, estas ocupaciones no eran, por 
cierto, de las que necesitaban mayores virtudes en el 
trabajo, por parte del gaucho. Pero junto a estas tan 
fáciles de cumplir, liabía otras, en las que sólo el arrojo 
y Ja destreza podían asegurar una buena labor. Entre 
ellas contábanse las lidias con ganados. 

Jinete en sumo grado y valiente debía ser el gaucho 
que se atreviera a ir, a La llora en que las barras del 
día recién se anunciaban, a arrear el ganado para el 
rodeo. 

Animales salvajes, cuya vida pasaba entre los baña- 


loo 


Justino zavala muniz 


dos y los montes, tenían l la astucia instintiva de la 
bestia perseguida, que ponía en grave riesgo a los 
hombres cuando, al entrar a un pajonal, perdían de 
vista al toro que agazapado como una fiera, esperaba 
el instante en que el hombre estuviera a su alcance, 
para entonces acometer furioso contra el grupo de ji¬ 
nete y cabalgadura, el cual sólo podía, esquivar el ata¬ 
que si era sereno el ánimo del jinete y segura la rienda 
del caballo. 

Agréguese a esto la tarea de marcar y castrar esos 
toros cuiyas astas jamás íhabía aprisionado un lazo. 

El día de hierra era día en el cual el valor y la 
habilidad gauchescos se manifestaban con todas ins 
fuerzas. Por eso el gaucho que, como Muniz, lograba 
imponerse por tales condiciones, era mentado con respeto 
y buscado con empeño en todos los fogones y rodeos. 

Aún cuando entonces no se explotaba la tierra, tal 
cual se hace en nuestros días, ae labraba en cambio 
una pequeña extensión de campo, con el objeto, prin¬ 
cipalmente, de tener forraje para los parejeros. 

En esta tarea bella y fecunda hallábase Muniz em¬ 
peñado el día de su matrimonio. 

Así referíame él ese momento feliz de su vida: 

Fué en la mañana del 18 de Noviembre de 1865. 

El sol se había levantado en las sierras del Cerro 
Largo, libre de nubes que menguaran su luz, que a 
torrentes se derramaba por Las campiñas. 

Su aparición sobre la tierra encontró ya de pie a 
toda la familia de Muniz. En los patios, Eufemia iba 
de uno a otro lado, poniendo orden y aseo en todas 
las cosas. 

Justino hallábase en la chacra, rompiendo la tierra, 
en la que uno de sus hijos depositaba la semilla. 


CRÓNICA DE MUNIZ 


101 


El sol continuaba su ascensión lenta en el cielo y 
calentaba la tierna., a la que envolvía una atmósfera 
pesada; sobre las cuchillas, el aire, como descompuesto 
en una infinidad de cristales, escintilaha reflejando los 
rayos de luz. 

Eran las diez de la mañana, cuando Justino, aún en 
su labor, vio avanzar sobre la polvorienta franja del 
camino un grupo de tres hombres que se dirigían a 
su rancho. lino de los caballeros llamó principalmen¬ 
te su atención, por los extraños vestidos que llevaba. 
Entre el polvo que los envolvía, él creyó ver la sotana 
de un cura. 

El grupo marchaba al trote lento de las caballerías, 
como si lo pesado del ambiente, formado por los rayos 
solares y por el vaho caluroso que subía desde di suelo, 
los dominara infundiéndoles una pereza enervante. 

Muniz vió cómo el grupo se detenía en su rancho, y 
suspendiendo su labor, fue en recibimiento de sus hués¬ 
pedes, que no eran otros que su tío el coronel don An¬ 
gel Mitiniz, el cura y <un vecino de la. comarca. 

¡ Al fin se iban a realizar los deseos de la joven Eufe¬ 
mia! Ella, que había esperado ansiosa por tanto tiempo 
aquella hora, tenía entonces la dicha de ver cómo se 
consagraba — ella lo creía así — de una manera digna 
su amor. 

Por eso era entonces toda alegría. Justino no era 
menos dichoso. Aún cuando no era católico, puesto que 
no aceptaba ni cumplía los ritos de esa religión, acep¬ 
taba aquella inútil formalidad, porque ese era el uso 
de sil tiempo. Además, era una forma convencionaíl 
de legalizar su unión. 

En un rancho modesto, en el que sólo el lujo del 
aseo v la decencia imperaban; frente al cura que lee su 


102 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


ritual, la joven pareja, de pie, escucha las palabras 
según las cuales quedarán unidos ante Dios. Con su 
traje de gaucho, aunque sin lias botas, que para el tra¬ 
bajo cambió por un par de rústicos zapatos de cuero, 
Justino tiene a sil lado a Eufemia, que engalanada con 
su mejor vestido, cree recibir en ese instante la retri¬ 
bución de todo su cariño y de sus sacrificios hechos por 
el hombre amado. 

Junto a ellos, les testigos escuchan con grave solem¬ 
nidad las palabras que en voz queda va. diciendo el 
sacerdote. 

En 1a. puerta del rancho, los muchachos miran aten¬ 
tamente tan bello v humilde acto. 

Cumplido el ritual con una hermosa sencillez, don 
Angel abraza conmovido a su sobrino, besa en la frente 
a la joven desposada v después que todos han apurado 
unos “amargos”, único néctar con que se celebra tan 
fausto acontecimiento, el grupo vuelve a perderse entre 
lia polvareda del camino, mientras en el rancho Eufemia 
rea runda su labor interrumpida, v en la chacra. Justino, 
tras los hueves oue marchan perezosamente, va abriendo 
nuevos surcos en los que su hijo deposita el oro de 
la semilla. 

De tan sencilla manera, Míiniz y Eufemia legalizaron 
su unión ante los hombres según el uso de entonces. 

Sin pompas, ni bailes, ni comidas en el monte, sólo 
ante los padrinos oficiosos y los hijos, cumplieron con 
un inútil convencionalismo, pilos que para justificar su 
amor bastábales con el amor mismo, que hizo de Jus¬ 
tino el niño-homhre capaz de trahajiar de sol a sol, a 
fin de alimentar dignamente a su amada, y de Eufe¬ 
mia la mujer heroica v amante, que desafió enormes 
peligros por acudir al lado de su gaucho herido. 


CRÓNICA DE MÜNIZ 


103 


La realización de su matrimonio religioso tuvo para 
ellos una importancia muy relativa: por eso, pues, en 
nada alteró el curso de la vida de aquella familia. 

'• 

• • 

Para su propio provecho ó por cuenta de los estan¬ 
cieros, Muniz se dedicaba a la doma de potros. 

Era entonces esta tarea una de las más bellas y 
fuertes de todas las labores campesinas. En ella no 
sólo se evidenciaban la habilidad v la fuerza, sino tam¬ 
bién el coraje. 

Muy de mañana, cuando aún el sol se hallaba oculto, 
el domador empezaba a ceñir su recado en el lomo del 
potro, que desde la tarde anterior estaba prisionero en 
el palenque. 

Pronto el caballo, después de haber intentado en vano 
resistirse, el gaudho siéntase ágil sobre sus lomos. 

Es entonces cuando el potro, libre del cabestro que 
lo sujetara al palenque, emprende rápida carrera, in¬ 
tentando en sus corcovos librarse del jinete. 

Inútiles empeños. Como si clavado fuera en los lomos 
del caballo, el gaucho instígalo a lia carrera, haciendo 
sangrar sus ijares con la llorona, mientras el reben¬ 
que golpea sus ancas. Y ©1 bruto, desesperado, furioso 
ante la inutilidad de sus corcovos, salta desordenada¬ 
mente. escondiendo una veces la cabeza entre las ma¬ 
nos, levantando, otras, su cuerpo perpendieularmente 
sobre sus patas traseras. 

Pe pronto el animal se detiene, sudoroso, jadeante, 
echando espuma por las fauces. En vano la lloro¬ 
na aguijonea sus ijares; él está como insensible ante 



104 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


su martirio. Se diría que una idea se revuelve en su 
cerebro prometiéndole la terminación de aquel episodio. 
La riendilla lastima su boca, manejada por el jinete, 
quien tiene interés en que aquel descanso d'el potro no 
se prolongue. Hasta el rebenque tiene sangre en la so¬ 
fera . Todo es en vano; el animal permanece como ensi¬ 
mismado, hasta que. recobradas sus fuerzas, y como po¬ 
seído de un vértigo, emprende de nuevo la carrera, per¬ 
diéndose detrás de una cuchilla. 

Por largo rato, los bajos son testigos de aquella lucha 
esforzada y bella, entre el jinete y la bestia. Se diría 
que cruza el potro por encima de las gramillas, sin to¬ 
carlas, siquiera; tanta es la ligereza con que salta y 
corre, en su desesperación por verse ilibre de aquel hom¬ 
bre que, encaramado en sus lomos, lo azota bárbara¬ 
mente, mientras él se encabrita más y más ante los 
golnes que recibe y la imposibilidad' de su venganza. 

Y mientras las fuerzas d*el caballo se agotan poco a 
poco, a causa de aquel ejercicio violento y desusado, 
el jinete continúa como nacido en sus lomos, siempre 
aguijoneando sus ijares con la llorona y srolpeando sus 
ancas con el rebenque, mientras la riendilla martiriza 
sn boca, deteniendo a su antojo la carrera del bruto. 

Si el gaucího es jinete, el final de la lucha se pre¬ 
siente: es la vuelta a las casas, con la cabeza exten¬ 
dida. el potro, nervioso y jadeante; sin fuerzas para 
continuar Sachando con el hombre, que firme en sus 
estribos, erguido sobre los lomos del pobre bruto, aún 
lo incita a una lucha que éste no puede acontar ya. 
A la mañana siguiente se reanuda entonces la doma, 
y así por muchos días, hasta qiue el jtfítro lia dejado 
para siempre sus rebeldías, para convertirse en el noble 
y dócil compañero del gaucho. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


105 


• * 

Alternando ©1 trabajo con el descanso, Muniz, ayu¬ 
dado por Eufemia, iba labrando tesoneramente el por¬ 
venir de sus hijos. 

Cuando se lo permitían sus trabajos, él pasaba los 
domingos en la pulpería cercana, o en alguna carrera, 
reuniones tan frecuentes entonces. A falta de ©so, vivía 
una vida solitaria, haciendo sociedad 1 , de tiempo en 
tiempo, con los carreros que se detenían en el Paso de 
Medina, a pocas cuadras de sil rancho. 

De tarde en tarde, una carreta empezaba a bajar la 
cuchilla que daba al paso. Por el caballo, o la carreta 
misma, Muniz coiocía a sn conductor, que, ya fuera 
“el indio Najes’’, “el mulato Perico”, o cualquier 
otro, marcihalm sentado negligentemente en el caballo 
(pie a i>a.so tardo caminaba con la cabeza extendida 
junto a los bueyes, sobre cuyos lomos la picana del ca¬ 
rrero golpea suave e insistentemente. 

El crujido chillón de los ejes anunciaba a Miuniz la 
llegada del pesado vehículo, cuando éste iba cayendo 
al paso. Entonces salía aquél de su rancho ni encuen¬ 
tro del viajero, que, ya al final de aquella jorníida, co¬ 
menzaba a desuncir los bueyes. 

Conocidos de antes, la conversación se entablaba afec¬ 
tuosa sobre temas camperos, o asuntos políticos que el 
carrero bahía oído por “adentro”, o sobre las condicio¬ 
nes del buey, que pacía allí frente a ellos. 

iSi por acaso se tocaba este tema, el carrero tenía, en¬ 
tonces, mucho que decir. Porque nuestros paisanos, y 
sobre todo el carrero, de vivir en tan perenne contacto 
con los animales — sus medios y compañeras de la vida 



106 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


— los imaginan con almas poco menos que humanas. 
Así. mientras un buey es para dios como un muclia- 
ehón travieso y holgazán, incapaz de emplear dignamen¬ 
te sus fuerzas, otro les merece el concepto de un hombre 
austero y trabajador, a pesar de lo magro de sus carnes. 

Y entre míate y mate, desfilaba la historia de todos 
los bueyes, evocada por la palabra reposada del carre¬ 
ro, mientras aquéllos pacían con confiada mansedumbre 
junto a la carreta. 

iNo era raro que Muniz acompañara en su cena frugal 
al viajero, si la conversación resultaba interesante. En 
caso contrario, al llegar 'la noche volvía a su rancho, 
mientras el otro se acostaba debajo de la carreta, es¬ 
perando la madrugada para uncir de nuevo y perderse 
en el crepúsculo matinal, mientras aún resuenan en el 
silencio él rechinar de los ejes resecos, o su propia voz 
de “¡finme. güey!”, que se siente, perezosa, alentando a 
los tardos animales. 

Poco a poco van muriendo en el silencio de la hora 
los ecos del grupo que sigue su viaje siempre igual, 
lento y monótono, como si homlbre, bestias y vehículo, 
marcharan, resignados, a detenerse en la muerte. 



Guerra «leí 



CAPITULO XI 


Guerra del 70 


M ientras Muniz cuidaba de su hacienda, Eufemia, 
por su parte, ayudaba en la medida de sus fuerzas, 
a su esposo. ***&.'. 

Su laboriosidad era iproverbial en aquel ambiente, en 
el cual no era mucho lo que se trabajaba. Nuestros 
padres no pensaban en el porvenir; el bienestar del pre¬ 
sente absorbía toda su 'vida. Sin embargo, Eufemia 
tenía puestos sus ojas en el mañana. Y" era porque para 
ella, la vida era algo más que vivir en absoluta libertad 
y holgura, para morirse después, sin dejar de su paso 
por el mundo, más recuerdo que el de algún romance 
de heroísmo embellecido por la leyenda. El porvenir de 
sus hijos fué su constante preocupación; por eso supo 
aprovechar el oro de los minutos. 

De esta juanera patriarcal, se deslizaban los días de 
la familia, cuando otra vez el anuncio de guerra vino 
a interrumpir la felicidad que reinaba en el rancho de 
.Muniz. ! 

En una tarde de Otoño del año 70, un hombre de 
confianza de don Angel llegó al rancho de Justino, men¬ 
sajero de una invitación del caudillo para su sobrino. 

Lo que el viajero tuvo que decir, fué poco: que Apa¬ 
ricio invadía el Tais; que el partido le respondía, y que 


110 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


don Angel, ipor su .parte, necesitaba de su apoyo para 
reunir el paisanaje de aquellos pagos. 

' Nuestros gauchos no necesitaron jamás otras explicacio¬ 
nes; para marchar a ¡la guerra, bastábales con los en¬ 
cantos que esta (misma les ofrecía. Todo lo demás era 
cuestión secundaria. 

La respuesta de Muniz no podía ser, pues, sino afir¬ 
mativa, a pesar de los consejos 4e su esposa. 

Desde entonces, comienzo a reunir en torno suyo, al 
gauchaje de la comarca. 

Los chasques fueron de estancia a estancia, invitando 
a los soldados, mientras Justino visitaba a los caudillos 
que ya le reconocían supremacía en el mando. 

Ni uno solo de los invitados faltó a la cita. 

Tanto los estancieros, pequeños caudillos por su na¬ 
turaleza de tales, como los gauchos más humildes, todo 
el paisanaje acudió presuroso a reunirse con el caudillo. 

Unos, porque en las pasadas guerras habían apreciado 
cuánto era su valor; otros, porque tenían con él alguna 
deuda de gratitud, y los más, fascinados por su fama, 
que había traspuesto 'las fronteras del pago, todos, al 
recibir la invitación de Muniz, volvieron a empuñar las 
tercerolas que dormían en algún clavo del rancho, siendo 
admiración de los muchachos; casi cubiertas por el polvo 
y las telarañas. 

Y solos, o en pequeños grupos, para evitar toda sor¬ 
presa, los paisanos cruzaron los campos en dirección a 
la casa de Muniz, en espera de ver llegar a los rezagados 
para luego, ya formada la columna, emprender la marcha. 

No pasaron muchos días, cuando los anontes de Bañado 
de Medina fueron refugio de un centenar de guerreros 
y de grandes caballadas, prontos para marchar cuando 
el caudillo hubiera terminado de ordenar su gente. 

iSi alguien hubiera pasado por aquellos contornos, ja- 


CRÓNICA DE MUNIZ 


111 


más hubiese supuesto que toda una di-visión se hallaba 
oculta allí, tan cerca suyo. Hasta las propias caballadas, 
que se trajeron ipor la noche pasándolas por picadas 
conocidas sólo de los baqueanos, estaban bien guardadas 
contra la curiosidad de cualquier bombero, en las islas 
casi salvajes, o entre los altos pajonales de los bañados. 

Fácil tenía que ser el engaño del viajero, que sólo 
encontraría, al culminar una cuchilla, un gaucho que sin 
arma alguna permanecía en actitud indiferente ante su 
vista, para desaparecer de súbito, como si se hubiese 
hundido en las profundidades de la tierra. Y para com¬ 
pletar el engaño, el caudillo continuaba instalado en su 
rancho, como ajeno a los rumores, cada día más insis¬ 
tentes \ precisos, que corrían sobre los combates ya en¬ 
tablados por “adentro”. 

Una noche, después de hechos ilos últimos preparativos, 
Muniz se internó en el monte alejándose del rancho en 
cuya puerta la esposa, con la vista fija en las tinieblas, 
parecía querer arrancarles su silueta. 

De las sombras comenzaron a surgir los hombres y a 
alistarse bajo las órdenes de sus respectivos jefes. 

Formada la división, se emprende la anarcha. 

Adelante, a modo de vanguardia, caminan los baquea¬ 
nos; luego la columna, y por último las caballadas. 

No hay carretas con bagajes y ambulancias en esta 
columna. 

Estos legionarios, apenas si tienen cada uno su lanza 
o una <vieja tercerola. Por lo demás, así, sin nada que 
los embarace, pueden hacer sus correrías sin necesidad 
de escudos que guarden sus pedios, ni de medicamentos 
que les sirvan en los últimos instantes. 

Con su mejor traje campero; rodeado el cuello por la 
golilla blanca o celeste, y adornado el sombrero con la 
insignia partidaria; el trabuco y las boleadoras en la 



112 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


cintura; la “paba” para el cimarrón y el lazo a los 
tientos; empuñando la lanza sobre el caballo aperado 
como para una fiesta y llevando del cabestro al prefe¬ 
rido, que no se dejó en el ipago para que no lo arriaran 
los contrarios; fie ahí la silueta de aquellos valientes 
que atravesaron Las sombras en dirección al Cerro Largo. 

Incorporados al ejército de Angel Muniz, éste confió 
a su sobrino el mando de su escolta. 

Aún estuvo el ejército algún tiempo acampado en las 
sierras del Cerro Largo, mientras terminaban de alistarse 
los últimos caudillos que habían prometido su concurso 
y en tanto que se hacía acopio de caballadas. 

Del Cerro Largo los revolucionarios marcharon en di¬ 
rección hacia el Norte, con el objeto de buscar la incor¬ 
poración de los caudillos de la frontera. 

Lo más renombrado de aquellos pagos formaba en la 
columna de Angel Muniz. Entre los oficiales, Andrés 
Ybáñez, Jara, Justino y Fermín Yáfiez, destacábanse 
como altos exponentos de arrojo y de pericia. 

Andrés Ybáñez tenía fama de ser guerrillero astuto 
y tenaz'; implacable con sus enemigos y severo con sus 
soldados. 

Jara ya gozaba entonces de un bien saneado presti¬ 
gio, que luego acrecentó en guerras posteriores. 

Justino era, entre ese grupo de valientes, la personi¬ 
ficación del valor rayano en temerario. Tenía la alegría 
de su juventud y la astucia gaucha que tanto le sirvió 
en el porvenir. El día de pelea era para él como uu 
torneo en el que primaban el valor y la destreza. 

Frente al peligro, mostraba la misma jovialidad que 
le hizo popular en los fogones. 

Feranín Yáñez era como la antítesis del novel caudillo. 

Soldado de Oribe, era ya veterano y conocedor de 
antiguo del peligro. Correntino, tan falto de inteligencia 


CRÓNICA DE MUNIZ 


113 

como sobrado de coraje, el combate era para él el mo¬ 
mento en que al chocar contra el enemigo, se ganaba 
o se iperdía la vida; cosa que para él muy poco im¬ 
portaba. 

IIo9co y huraño, daba la sensación de un tipo nacido 
para el combate. 

Para él, el jefe del ejército no tenía autoridad para 
juzgar sus actos. Si seguía al caudillo como subalterno, 
no era, por cierto, porque reconociese en aquél más 
hoimbría ni más pericia; sino porque a causa de su pres¬ 
tigio relativo, él no podría formar una columna respe¬ 
table. 

Sobre su voluntad no toleraba la de nadie. 

Terminada 'la guerra, Angel Muniz no era más que 
su amigo y su igual. Por lo mismo, excepción entre el 
paisanaje, no admitía la más mínima imposición del cau¬ 
dillo. B1 se consideraba tan valiente y tan hombre 
como el que más; por lo tanto, no rendía acatamiento 
a nadie. 

Cierta vez, en unas carreras, Angel Muniz y Fermín 
Yáñez tuvieron una disputa ocasionada por la duda 
que sugirió un fallo de los sentenciadores. 

Próximos a desenvainar los puñales, hubieron de de¬ 
jarlos, gracias a la intervención de los presentes. Pero 
aquellos dos gauchos, acostumbrados a lavar sus ofensas 
con la sangre del contrario, no podían conformarse, 
de buenas a primeras, con una solución encontrada por 
la palabra. 

Es verdad que siempre habían sido amigos; que Yᬠ
ñez reconocía el valor de Angel Muniz, y éste el de su 
altivo adversario; pero allí no se trataba de eso, sino de 
saber cuál de los dos era más hombre. Y eso sólo 
podrían decirlo los puñales. 

Llevados, pues, por un mismo sentimiento, se apar- 



114 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


taron de Ja reunión sin que nadie -lo notara, y se diri¬ 
gieron a un bajo cercano, a ventilar el asunto. 

Fermín Yáñez fue el primero en llegar; por eso, cuan¬ 
do Angel Muniz se desmontó de su caballo, aquél ya lo 
esperaba de pie, puñail en mano. 

¡Inaudita audacia la del correntino que se atrevía a 
medirse cuerpo a cuerpo, con el caudillo a quien todos 
respetaban por su valor y su destreza! 

Desafiar a Angel Muniz era casi lo mismo que desafiar 
a la muerte. 

¿Quién no conocía sus 'hazañas, cuyas mentas se ha¬ 
cían en todos los fogones, entusiasmando ai paisanaje? 

¿Quién no había oído contar, siendo del pago, episo¬ 
dios de heroísmo del caudillo, que aparecía en ellos con 
perfiles de leyendas ? 

Todo eso lo sabía Fermín Yáñez; pero no era lo bas¬ 
tante para amedrentarlo. E,1 sólo pensaba en aquel ins¬ 
tante, que un valiente estaba frente a él, puñal en mano, 
y que él sabría también mostrar su coraje. Y para que 
el otro no dudara de su arrojo y su nobleza, para que 
Angel Muniz notara cuán poco le temía, di jóle, al verlo 
desmontarse: 

—Sacate las lloronas, Angelito, no te vayas a enredar. 

¡ Tanto era valiente Fermín Yáñez! 

Al ver a su adversario en inferioridad de condiciones 
por su olvido al no sacarse las espuelas, no quiso tener 
esta ventaja, y con palabras llenas de hidalguía criolla, 
llamaba la atención del otro para que no estuviera en 
malas condiciones para el combate. 

Angel Muniz, por su parte, haciendo caso omiso de 
la advertencia, dió la espalda a su adversario, como ha¬ 
ciéndole ver que no temía su traición, y púsose a ¡ma¬ 
near el caballo. 


CRÓNICA DE MUNIZ 


115 


En eso estaban, cuando los conocidos llegaron a todo 
correr, impidiendo que se mataran dos amigos. 

•Júaguese por este detalle, cuál sería el temple del ofi¬ 
cial que fonmaba entonces, en la columna de Angeü 
Muniz. 

Y en pos de estos héroes, marchaba una legión de sol¬ 
dados, tan escasos de medios de ataque como ansiosos de 
luchas y aventuras. 

Eos 'primeros días se marchó lentamente, dando tiempo 
a que se incorporaran los correligionarios de los lugares 
por donde pasaban. 

üuau.do la división se acercó a las Sierras de Kios, 
se tuvo noticias de la proximidad del enemigo. Los chas¬ 
ques habían descubierto una tuerte columna que avan¬ 
zaba precipitadamente, siguiendo las huellas de los rovo- 
lucionarios. 

Seguro de su imposibilidad para resistir al ataque, 
Angel Muniz trató de poner entre sus perseguidores y 
sus hombres varias jornadas que le permitieran ganar 
el tiempo necesario para completar en la frontera la 
organización de su columna. 

Con este fin, inicióse un período de marchas forzadas, 
caminan dase durante la noche y descansando con el ca¬ 
ballo por la rienda. 

Todo íué inútil, sin embargo; los adversarios, bajo él 
mando de Máximo Pérez, se empeñaron con ardor en la 
persecución, logrando, después de varios días de marcha, 
ponerse en contacto con la retaguardia de Angel Muniz. 

Desde entonces, el cansancio y el hambre se apodera¬ 
ron de los perseguidos, quienes, como único medio de 
salvarse, iniciaron una deserción que se hacía mayor a 
medida que la columna entraba en las sierras. 

Solas, o en pequeños grupos y hasta en escuadrone» 
enteros, quedaban los rezagados entre las cañadas de 


116 


JUSTINO ZAVALA MUN1Z 


Sierras de Ríos, mientras el caudillo ¡presentaba peque¬ 
ños combates para detener unas horas a los adversarios 
y dar tiempo, entre tanto, a que ganaran terreno sus 
huestes. Pero el hambre y la fatiga de los perseguidas 
podían más que la astucia y la energía de Angel M¡uniz. 

Mn la imposibilidad de realizar sus planes, el caudillo 
torció hacía Tacuarí, cuyos montes le prestarían refugio. 

Eli vano hizo todos los esfuerzos imaginables para 
salvar a su gente. A pesar de la estratagema de los 
fogones dejados encendidos durante la noche; a pesar 
■de los combates presentados por la retaguardia; a pesar 
del simulado desmembramiento de la columna, el adver¬ 
sario recrudecía en su persecución. 

El contacto evitado durante unos días tornaba a res¬ 
tablecerse, fatalmente. Y mientras tanto, las tilas revo¬ 
lucionarias mermaban de continuo, por obra de la muerte 
y de la deserción. 

¡Hasta Jara había abandonado el puesto de combate! 

Una mañana, Justino, que avanzaba con su escuadrón 
por la hondonada que formaban las cuchillas, guardando 
uno de los flancos de la colujmna para impedir la de¬ 
serción, vió en la cumbre de un cerro un grupo de 
compañeros que casi rodeados por el enemigo, habían 
echado pie a tierra dispuestos al sacrificio. 

Aquellos hombres no debían pensar en el peligro que 
los amenazaba. 

Permitirles realizar su intento era decretar la muerte 
de unos héroes. 

Se liacía, pues, necesario inducirlos a que desistieran 
de tal empeño. Acompañado por dos de sus soldados. 
Justino se dirigió al grupo. 

Grande fue su sorpresa cuando al llegar, conoció a su 
tío dirigiendo a un puñado de valientes. 

Sordo a los ruegos y consejos de su sobrino, el cau- 



CRÓNICA DE MUNIZ 


117 


dillo seguía empeñado en su afán por cumplir una re¬ 
solución temeraria. 

Desesperado ante la imposibilidad de salvar a su co¬ 
lumna, enardecido por la fuga de Jos suyos, el caudillo 
había decretado su muerte frente a'l enemigo. 

Justino, conocedor de la desesperación de don Angel, 
rogó primero; aconsejó luego; hizo ver cuánto tenía de 
estéril su sacrificio; habló del perjuicio que ocasionaría 
da desaparición del jefe, en un momento como aquel; 
mostró que el 'valor estaba en saber afrontar la adver¬ 
sidad. Pero todas sus palabras se estrellaban contra 
éstas, de su tío: 

—Quiero enseñarles a esos maulas cómo se muere. 

Justino propuso quedar él en el puesto del caudillo; 
mas el otro no cedía. 

La discusión se prolongaba y acaloraba demasiado, 
mientras las otros estrechaban cada vez más el círculo 
de fuego. 

No había, pues, momento que perder. 

Fue entonces cnando Justino, ya enardecido por la 
discusión, trajo el caballo de don Angel y le ordenó, con 
tono que no admitía réplica, que montara y se pusiese 
al frente de la dispersa eoluimna; a él lo encontraría en 
Tacuarí. A no ser oído, se liaría matar cargando contra 
el adversario. 

F51 caudillo comprendió las palabras de sil oficial, y 
sin detenerse a contestarle, lo abrazó enternecido y partió 
del grupo, mientras Justino, en guerrillas desplegadas, 
detenía durante todo ese día el avance del enemigo. 

Al caer la northe levantó su gente y fuese, burlando 
al adversario, cpie a la mañana siguiente no pudo dar 
con sus huellas como si se hubieran perdido en las 
sombras. 

\si fué cómo Justino Muniz. en un arrebato de he- 


118 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


roísmo, logró apartar a su tío de una muerte segura, y 
a sus compañeros de un desastre desmoralizador. 

El joven caudillo empezaba ya a mostrar las virtudes 
guerreras que luego desarrolló en alto grado, y eviden¬ 
ciaba la firmeza de su carácter j de su palabra ; con¬ 
diciones ambas tan necesarias para dirigir multitudes. 

Burlado Máximo Pérez ipor los revolucionarios, cuyas 
huellas ya no ¡pudo encontrar, vagó ¡por los rincones de 
las sierras, mientras aquéllos se organizaban en Tacuarí 
y emprendían de nuevo la campaña, incorporándose al 
jefe supremo de la revolución, Timoteo Aparicio. 

No transcurrió mucho tiempo, cuando ya en el pago 
corrió la nueva de que habiendo chocado el ejército 
gnbernista y el revolucionario, en el Paso de Severino, 
éste había vencido e iniciado la persecución del adver¬ 
sario, que se refugió en la Capital, seguido basta aque¬ 
llas inmediaciones por Aparicio. 



CAPITULO XII 


Combate «Icl Corrallto 


C AMBIADA la suerte de las armas, en el combate 
de Casavalle, Timoteo emprendió la marcha hacia 
el Norte en busca del general Caraballo, a quien encon¬ 
tró en las puntas del arroyo Corralito (Departamento 
de Soriano), el día 2Í) de Setiembre del año 70. 

El combate se inició en las iprimeras horas de la 
mañana. 

Caraballo, en mejores posiciones que los blancos, ame¬ 
nazaba cortar las divisiones de Timoteo, mal distribuidas 
a causa de la precipitación de este jefe por principiar 
la lucha. 

Entre esas divisiones, la que corría mayor riesgo, sin 
duda, era la de Cerro Largo, bajo las órdenes de Angel 
Miu n iz. 

Teniendo a su espalda un bañado y con fuerzas infe¬ 
riores, debía resistir el empuje de la caballería que con 
cargas sucesivas amenazaba exterminarlos en aquel cerco. 

Era un día de primavera; un viento cálido por el 
sol, que caía a plomo sobre la tierra, soplaba en la 
dirección en que se encontraban las fuerzas de Cara- 
bailo. 

Angel Muniz tuvo entonces una idea salvadora. Su 
astucia gauchesca iba a librarlo de un desastre, si con- 



120 


JUSTINO Z AVAL A MUNIZ 


taiba con un oficial capaz de exponerse a ser deshecho 
por salvar a sus compañeros. 

Ese hombre se encontró: era Justino Mhiniz. 

AH frente de la escolta de su jefe, Justino arremetió 
ñ lanza contra las divisiones enemigas. 

Al galope de sus caballos atravesaron las llanuras; la 
voz estridente del clarín vibraba confundida con los 
gritos de pelea de los gauchos. 

Hubo un momento trágico; remolinearon los escuadro¬ 
nes. mientras las balas abrían claros en la columna. 
T*na barrera de hierros ¡y de fuego detuvo el galope 
épico de los héroes. Y entre el humo; el brillar de los 
corvos y las lanzas; los gritos de dolor, y las voces del 
clarín que tocaba a degüello, aquéllos hombres enarde¬ 
cidos luchaban desesperados en el afán de dar la muerte 
o de morir. 

Largo rato duró el entrevero de muerte, basta que la 
gente de Muniz emprendió la retirada. Fue una reti¬ 
rada sin persecución; los otros formaban de nuevo sus 
cuadros. 

Vueltos al lugar de la partida, los revolucionarios vol¬ 
vieron a alistarse. 

Fue un momento de amargura; había muchos claros 
en la columna; los dejaron los caídos en el entrevero. 

Los héroes estaban solos. El resto de la división ha¬ 
bía ya traspuesto el bañado. 

Entonces vieron con claridad la suerte que les e.spe- 
raba. Pero no había tiempo para reflexionar; ya los 
escuadrones enemigos embestían con nuevo furor. Era 
necesario abrirse paso a través de ellos. 

•Nuevamente el clarín ordenó a la carga; y la embria¬ 
guez de muerte dominó en el entrevero. 

Desde la cuchilla cercana, Angel Muniz ordenaba a 
sus escuadrones que acudieran en socorro de los que 


CRÓNICA DE MUNIZ 


121 


perdían sus vidas por salvarlos. Pero era tanto el pe¬ 
ligro y tan traidor el bañado, que aquéllos llegaban 
hasta él, y retrocedían. Mientras tanto pasaban los ins¬ 
tantes y con ellos la esperanza de salvar a los amigos. 

Fue entonces cuando Andrés Ybáñez, obedeciendo a 
un impulso generoso, y sin haber recibido orden del 
caudillo, preparó su gente y al galope tendido pasó 
frente a los otros mientras les gritaba, poseído por la 
indignación: 

—Así se salva a los amigos. 

Fstos nuevos voluntarios se perdieron entre los pajo¬ 
nales del bañado, para caer de improviso sobre un flaneo 
de los colorados y obligarlos a rctroeeder. 

Oracias a este gesto de Andrés Ybáñez. Justino pudo 
volver con los pocos soldados que le quedaban, junto a 
los que le debían la vida. 

Los de Carabal'lo, entusiasmados por aquella retirada 
inexplicable, avanzaron sobre el bañado, creyendo que 
allí estaría encerrado Angel Mnniz. 

De pronto una gran humareda partió del otro extre¬ 
mo del bañado: se sintió el estallido de los caragua¬ 
taes resecos. La nube se bacía por momentos más in¬ 
tensa. surcada a veces por llamaradas que partían del 
pajonal. 

Al principio era un humo grisáceo, que se elevaba per- 
pendicularmente hacia el cielo; luego fue ensanchándose 
poco a poco, hasta convertirse en una inmensa nube, 
negra, compacta, que se elevaba unos instantes, para 
luego flotar casi a ras del suelo, haciendo ondular los 
pajonales que aún no habían prendido. 

K1 viento colaboraba entonces en los planes de Angel 
Mhiniz. 

No tardó mucho tiempo y ya el humo se bacía inso¬ 
portable. mientras seguían estallando los caragnatás 
v ardiendo los pajonales ^ 



122 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


El calor era sofocante. 

Los perseguidores comprendieron entonces, parte de la 
estratagema, de Angel Muniz. Desgraciadamente, aún 
faltábales algo por conocer. 

Al emprender la retirada, obligados por aquel ene¬ 
migo que se había levantado de pronto, como una visión 
del Infierno que cerraba el horizonte, los colorados se 
encontraron con que 'los revolucionarios los atacaban por 
la espalda. 

El pánico cundió entre ellos, que sólo pensaron en 
huir, dejando a los blancos dueños del campo de batalla. 

Así, por obra de la concepción astuta de Angel 
Muniz; gracias al valor de Justino y la noble indigna¬ 
ción de Andrés Ybáñez, la batalla de Corralito se había 
ganado en aquel terreno. 

Esa noche, de seguro, los nombres de Angel M:uniz, 
de Justino v de Andrés Ybáñez, serían glosados en los 
fogones, sugiriendo el de aquél comentarios risueños por 
su astucia, y el de los últimos, arrancando frases de 
admiración por aquellos dos oficiales que aparecían uni¬ 
dos por la amistad y el valor, entre el torbellino de 
muerte y en el pensamiento del gauchaje. 

A la mañana siguiente, los revolucionarios, que dur¬ 
mieron esa noolie sobre las armas, notaron la desapari¬ 
ción de Oaraballo. 

Timoteo Aparicio partió en busca del general Gre¬ 
gorio Suárez con el fin de batirlo; pero como éste hu¬ 
biera nasudo el Río Negro, dejando solo el Sur de la 
República, el caudillo blanco se dirigió sobre Montevi¬ 
deo. « la que puso sitio. 

Después de haber tomado la fortaleza del Cerro y 
de librar algunos combates parciales con las fuerzas del 
Gobierno, Aparicio tuvo que levantar el sitio, pues lo 
amenazaban por La espalda las fuerzas de Suárez.. 





CAPITFLO XIII 


En Sanee itlunlz eonquIMa la lanza «le Arbolito 

P or algún tiempo se buscaron los ejércitos enemigos, 
hasta encontrarse frente a frente el día 25 de Di¬ 
ciembre. 

Suárez había ocupado excelentes posiciones en el Sau¬ 
ce (Departamento de Canelones). Atacarlo allí era una 
imprudencia, según la opinión de la mayoría de los jefes 
revolucionarios, entre ellos Angel AFuniz, quien tuivo un 
serio resentimiento con Timoteo Aparicio, que se hallaba 
empeñado en dar la batalla. Parte del terreno era tierra 
arada \ surcado ipor zanjas; lo que dificultaba la acción 
de la caballería, arma casi única del ejército revolu¬ 
cionario. 

A pesar de todo, Aparicio inició el combate. 

La infantería de Suárez, formada en triángulo, ofre¬ 
cía una resistencia tenaz a los escuadrones blancos. 

Haciendo descargas sucesivas, unas y otras líneas, pro¬ 
ducían una enorme cantidad de bajas en las filas revo¬ 
lucionarias, sin que ellas, por su parte, perdieran gran 
cosa. 

Era aquello — según las impresiones que recogí de 
boca de Muniz — una barrera indestructible, 
lia batalla presentó bien pronto dos faces: 

En un frente, la infantería de Suárez, a pesar de est- 



124 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


tar rodeada por la caballería de Ajparicio, seguía ofre¬ 
ciendo una resistencia inquebrantable. En el otro frente, 
las dos caballerías chocaban en asaltos cuerpo a cuerpo. 

Entre estos estaba Justino Muniz. 

Al principio la caballería igubernista resistió con ardor 
a-1 avance de los revolucionarios; ipero luego empezó a 
ceder ante la avalancha de los escuadrones blancos. 

La retirada se inició defendiendo los colorados, palmo 
a palmo, el terreno. 

En un lugar de la línea ocurrió la escena que relato, 
siguiendo fielmente las palabras de Muniz y las de un 
testigo que presenció el episodio. 

Dos escuadrones de Angel Muniz. bajo las órdenes de 
Fermín Yáñez y de Justino, se batían encarnizadamen¬ 
te con fuerzas adversarias, obstinadas en no retroceder. 

Los blancos, desplegados en semicírculo, amenazaban 
encerrar a los contrarios, cuando éstos emprendieron una 
fuga precipitada, defendidos en su retaguardia por un 
grupo de compañeros. 

Al notarlo los perseguidores, arremetieron contra los 
pocos que les hacían frente. De pronto, del entrevero 
se vió salir dos hombres. Uno, oficial colorado, huía por 
las llanuras en dirección a sus compañeros que habían 
vuelto a alistarse, seguido inor un jinete que aguijoneaba 
*u caballo, empeñado en alcanzarlo antes de que se hu¬ 
biera reunido con los suyos. 

El primero era el jefe del escuadrón derrotado; el 
secundo, Fermín Yáñez. 

Por unos momentos, pareció que Fermín Yáñez no 
•tardaría en dar caza a su perseguido; pero su caballo 
emmezó a menguar en la carrera. 

El jinete, original en el modo de prepararse para lan¬ 
cear. soltaba los grandes estribos de campana que, con 
el movimiento del caballo, pegaban contra sus patas de¬ 
lanteras, imposibilitándolo para correr. 



CRÓNICA DE XIUNIZ 


125 


En vano el jinete 'hacía sangrar los ijares del pobre 
bruto, desesperado, aquél, al ver cómo se le escapaba 
su presa. El otro ganaba terreno, alejándose poco a 
poco de su perseguidor. 

Fermín Yáñez, imponente con su cuerpo de atleta y 
sus grandes piernas qiue golpeaban contra el caballo, 
llanuaba a grandes voces a su iperseguido, incitándole a 
que aceptara aquel combate singular que él buscaba. 
En su desesperación, tan ipronto castigaba a su flete con 
el rebenque, como lo golpeaba con su enorme lanzón que 
sacudía con rabia. 

De pronto, otro jinete partió del grupo que se había 
ucienido a contemplar *la escena. 

El nuevo jinete recogió las rieudas de su brioso ca¬ 
ballo o-vero, lo aguijoneó con sus lloronas y partió a la 
carrera en busca de los otros. 

En un minuto estuvo junto a Fermín Yáñez. Al pa¬ 
sar frente a él, le gritó, entre risueño y severo: 

—Así se lancea, viejo. 

Cuando el aludido miró a su lanío, sólo vió la pol¬ 
vareda levantada ipor el caballo del otro, que lanza en 
ristre, se acercaba por momentos a su perseguido. 

Yáñez detuvo su caballo, entre furioso y resignado. 
Aquel jinete que cruzó, como una extraña visión gau¬ 
chesca, había de consumar su intento. 

Un instante más, y el extraño caballero ya alcanzaba 
al perseguido. 

Fué un minuto, no más. 

Los caballos detenidos por breves momentos, empren¬ 
dieron de nuevo al galope, aguijoneados por las espue¬ 
las, mientras los frenos sujetábanlos fuertemente, ha¬ 
ciéndolos levantar la mitad del cuerpo. Los hombres, 
casi parados en los estribos y tratando de ocultarse de¬ 
trás del cuello del caballo, acometieron con las lanzas 
prontas. 



126 


JUSTINO ZAVALA MÚNlZ 


El ohoque fue instantáneo. 

Las lanzas surcaron como saetas el espacio, y mien¬ 
tras una caía bruscamente después de haber errado el 
golpe, la otra se hundía en el costado del oficial perse¬ 
guido, que tambaleándose sobre el caballo, cayó pesa¬ 
damente. 

Lo bárbaro y heroico de aquella escena enardeció a los 
compañeros del vencedor, quienes, con Fermín Yáñez al 
frente, acudieron en su ayuda, pues los amigos del ven¬ 
cido bajaban ya la cuchilla dispuestos a vengar la muer¬ 
te de su jefe. 

Al llegar Fermín Yáñez junto al vencedor que, des¬ 
montado, recogía ¡para sí la lanza de su víctima, pues 
la hoja de la suya había quedado en el pecho del otro, 
reconoció a Justino Muniz. 

Entonces comprendió el veterano caudillo la intrepi¬ 
dez de aquel jinete que pasó como una ráfaga por su 
lado y se atrevió a demostrarle cómo se lanceaba. 

Eso sólo podía hacerlo aquel temible muchacho que 
bajo la humildad de su traje de gaucho, llevaba un 
corazón de héroe. 

A pesar de la victoria parcial obtenida por las tropas 
revolucioaarias en las primeras horas de combate, fueron 
vencidas completamente, teniendo que abandonar el cam¬ 
po de batalla. 


* 

• * 

La guerra continuó asolando al País, sin que una 
batalla decisiva dejara entrever al vencedor en aquella 
ludirá cruenta y fratricida. 

La suerte de las armas, favorable unas veces a las 
(tropas legales y otras a las revolucionarias, no acababa 



CRÓNICA DE MUNI2 12? 

de decidirse francamente por ninguno de los dos adver¬ 
sarios. 

Aparicio, después de la derrota del Sauce, organizaba 
nuevamente su ejército, mientras transcurrían los meses 
en pequeños combates. 

El 17 de Julio del año 71 volvieron a encontrarse 
los ejércitos gubernista y revolucionario en los Manan¬ 
tiales de San Juan, Departamento de Colonia. 

Después de todo un día de combate, los colorados, bajo 
los órdenes de iSuárez, vencieron completamente a las 
fuerzas de Aparicio. 

En ese encuentro, uno de los más sangrientos de esta 
guerra, cayó el general Anacleto Medina, antiguo y 
prestigioso caudillo, cuyo nombre gozaba de una triste 
popularidad desde el día trágico de Quinteros. 

Después de este fracaso, Aparicio emprendió la reti¬ 
rada ¡hacia el Norte. 

Angel Muniz, disgustado con su jefe por razones de 
mando, se separó con su división y se dirigió hacia el 
Noreste, costeando el río San José. 

Seguido por los adversarios, la retirada fue difícil y 
penosa. 

El País, después ele una guerra tan prolongada, pre¬ 
sentaba un miserable aspecto de desolación y de tristeza. 

La miseria en los ranchos; sin existencia las pulpe¬ 
rías; los surcos cubiertos de yuyos; los campos desiertos 
de animales, sólo ostentaban los vestigios de algún cam¬ 
pamento; las caballadas desaparecidas; ese era el aspecto 
que presentaban jas reg.ones por donde pasaba aquel 
ejército de perseguidos, constituyendo ellos una nota más 
de dolor y de miseria. 

Acosados por el hambre y el sueño, aquella muche¬ 
dumbre atravesaba los campos de la patria, sin contar, 
siquiera, con un buen caballo en el que hacer grandes 



128 


JUSTINO 2AVALA MÜNtó 


jornadas y alejarse de los perseguidores. Harta dicha 
era entonces montar un flete. 

En uno de estos días tristes, ocurrió este sencillo epi¬ 
sodio: 

El ejército marchaba por da llanura, rodeando la me¬ 
seta en la que se alzaba el blanco caserío de una es¬ 
tancia. i 

En la manguera, una tropilla remolineaba entre la 
nube de polvo que levantaba al sentir el silbido de los 
lazos, que iban sujetando a los potros elegidos por los 
gauchos. 

lia manguera se fué despoblando poco a poco, mientras 
Jos soldados, ya dueños de un caballo, descendían la me¬ 
seta en dirección a la columna. En la puerta aún que¬ 
daban un coronel y dos ayudantes; adentro, los flacos 
rocines que no se llevaron porque apenas si mantenían 
en pie sus esqueletos, y entre ellos un petizo mozo, gor¬ 
do, que invitaba a iponerle lias “garras”. Aquellos hom¬ 
bres parecían esperar a alguien. 

Del bajo se vio llegar a dos jinetes; pero no debían 
ser los esperados, pues al llegar apenas si cambiaron un 
saludo con los que ya estaban. 

Eran los jinetes dos hombres altos, erguidos sobre el 
lomo de sus flacos caballos. Bajo el sol inmenso que 
blanqueaba las cordilleras, y cuya luz inundaba las cam¬ 
piñas, los gauchos presentaban un triste contraste y 
era porque en la alegría de la luz, hacíase más visible 
Ja pobreza de sus trajes. 

Uno de ellos, después de quitarle los arreos a su ca¬ 
ballo y de apoyar su lanza en el muro de piedra de 
la manguera, avanzó con el freno en la mano en direc¬ 
ción al petizo. 

Era el recién llegado un tipo alto, membrudo; vestido 
a la usanza gaucha, aunque con pobreza; llevaba gran 




CRONICA DE MUNI2 


129 


sombrero ceñido ¡por una divisa que había sido celeste, 
descolorida entonces por las lluvias y los soles; por 
debajo de las alas del sombrero, una melena lacia le 
llegaba hasta la golilla. 

i!Su cara, descubierta del todo por el ala del sombrero 
quebrada liaicia atrás, tenía los rasgos de un hombre 
enérgico y taciturno. Casi cubierta por una barba en 
Ja que ya se anunciaban las canas; de tez broncínea, 
tenía unos ojos de mirar severo y de una frialdad im¬ 
presionante. 

Por lo demás, en todos sus vestidos la impresión de 
miseria era la que se notaba más fuertemente. 

Cuando nuestro hombre se llegó junto al petizo, que 
aguardábale receloso, el coronel le gritó: 

—No agarre ese animal. 

El otro miró a su compañero, y como no recibiese 
•una palabra que reforzara las del coronel, volvióse tran¬ 
quilo hacia el petizo. 

Fué inútil que el oficia! mandara por dos veces dejar 
el rocín; el otro ya le había puesto el freno, y sordo 
a las voces que le dirigían, marchaba en dirección a su 
compañero. 

Iracundo el militar por la falta de respeto de aquel 
desconocido, di jale: 

—¿De quién serás soldado, gaucho atrevido? Así será 
tu jefe. 

No había terminado la última frase, cuando el que 
esperaba, irguiéndose en los estribos, le contestó: 

—Del misino que es capaz de bajarte de un lanzazo, 
si seguís gritando. 

Se volvió el aludido y de un rápido vistazo examinó 
a su interlocutor. 

Era éste un gaucho cuya edad parecía no pasar de 
los treinta años. Bajo sus ropas, raídas por el largo 


9 




JÜSTINO Z AVAL A MUNIZ 


i 30 

uso, se perfilaba un tipo en la plenitud de su juventud 
y de su fuerza. Tostada su cara por el sol, con una 
hermosa barba negra, tenía una expresión noble y ñrnie, 
a la vez. Pero lo que más inquietaba en él, era su 
mirada penetrante y su nariz recta y severa. 

Aún cuando aquel ihombre no llevaba ni sable ni ga¬ 
lones, ihabía de ser, sin duda, oficial de valor. Así lo 
probaba una cicatriz que naciendo en lo alto de su ancha 
frente, se perdía entre la crespa y renegrida melena, y 
su ademán resuelto al empuñar la lanza. 

El coronel lo comprendió así; por eso, como queriendo 
explicar, dijo: 

—Es que ese petizo es para un hijo de don Angel. 

Creyó que este nombre impresionaría al desconocido. 

No fue así, sin embargo. 

Con el aire imperativo de antes, el desconocido con¬ 
testó : 

—El hijo de don Angel tiene caballo y aquí no esta¬ 
mos para adulonerías. 

I$us palabras y su actitud hablaban elocuentemente 
de su resolución. 

El coronel reconoció en aquel gaucho harapiento, un 
hombre dispuesto a no ceder en sus palabras. Poseído 
de un íntimo y mal disimulado rencor, dió rienda a su 
caballo y fuese en busca de don Angel, a quien relató 
lo acontecido. 

El caudillo preguntó entonces las señas de los otros 
jinetes, y al reconocer en las palabras del oficial a uno 
de ellos, di jóle sonriente: 

—Hizo bien, amigo, en venirse; pues quien lo ame¬ 
nazó es muy capaz de Cumplir lo que promete. Ese 
es Justino. 

El otro, recién incorporado a la columna, recordó en¬ 
tonces lo que de Justino se decía en los fogones. Pero 




CRÓNICA DE MUNIZ 


131 


lo que no supo fué quién era el gaucho que lo acom¬ 
pañaba. 

Ese era Tomás Moreira. 

La historia de Tomás Moreira fué una historia trᬠ
gica. 

Gaucho valiente y altanero, era también dado a pasarse 
los días junto a la carpeta, jugando sus onzas. 

En el pago se le tenía por uno de los tantos valientes 
que a diario sacaban a relucir sus puñales en las rejas 
ue las pulperías. 

Domador y buen campero, vivía en todas las estancias 
sin parar en ninguna. 

j-.n la misma región habitaba un viejo, hermano de 
unos caudillos blancos, cuyo nombre no liay para qué 
citarlo. Poseedor de regular fortuna, tenía el anciano 
por compañía una parda tan vieja como él, y un niño. 

Una juañana se supo que aquél y su criada habían 
sido muertos en su rancho la noche antes. 

Las sospechas recayeron sobre algunos individuos cu¬ 
yas malas condiciones eran de todos conocidas, y entre 
ellos se incluyó el nombre de Tomás Moreira. 

A pesar de que nadie le conocía tan malos antece¬ 
dentes como para creerlo capaz de semejante crimen, 
las pruebas que se daban en su contra tenían aparien¬ 
cias aplastadoras. El niño, único sobreviviente de aquel 
crimen, acusaba a Tomás Moreira. 

Decía que esa noche, a la hora en que las sombras 
habían cubierto las lomas y cuando la oscuridad era 
completa, los perros ladraron con furia, como anuncian¬ 
do la llegada de gente desconocida. 

Los perros continuaban avanzando, y por la deses¬ 
peración de impotencia de sus ladridos era de suponer 
que los recién llegados atravesaban ya el patio. 

El silencio y la oscuridad eran completos; por eso 




132 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


los ladridos desesperados de los iperros, ante aquellos 
desconocidos que ocultos en la sombra parecían despre¬ 
ciarlos, tenía mucho de inquietante. 

Arrinconados, los canes ya no ladraban, sino que gru¬ 
ñendo enfurecidos, daban la impresión de que acosados 
¡por alguien, aún intentaban defender el rancho... 

De ¡pronto, unos golpes secos dados en la puerta, 
despertaron a la parda que se levantó sobresaltada. 

Desde entonces el niño no vio más, hasta el momento 
en que agazapado detrás de unos trastos, con los ojos 
abiertos por el espanto, vio a un hombre alto, fornido; 
cubierto con un gran poncho; y a la luz del candil que 
sostenía un compañero, la cara impresionante con su 
barba negra y sus ojos que dábanle un aspecto terrible. 
Y vió cómo el desconocido se agachaba sobre el lecho 
del anciano, al que oprimía el cuello con una de sus 
manos, mientras esgrimía en la otra un gran puñal. 

Después... él no sabía decir más. 

A la mañana siguiente, cuando acudieron los vecinos 
al rancho en el que había tenido lugar tan bárbara 
tragedia, encontraron junto a la puerta el cadáver de 
la pobre parda y en el lecho al anciano, con el cuello 
herido de feroz puñalada, conservando en el rostro una 
mueca de trágico espanto, y con las manos crispadas por 
el dolor de la agonía. V el niño aseguraba, nervioso 
aún por la impresión recibida la noche antes, que aque¬ 
lla cara terrible que vió alumbrada con la luz rojiza deí 
candil, que al tocarla dábale aspecto de diabólica visión; 
que aquella cara, con su barba espesa, que se períilaba 
en la penumbra del rancho en el cual se quitaba la 
vida de una mujer y un anciano, no era otra que la 
de Tomás Moreira. 

A pesar de estas declaraciones. Tomás Moreira soste¬ 
nía su inocencia. 





CRÓNICA DE MUNIZ 


133 


Lo cierto es que nunca se pudo saber la verdad, pues 
el miedo del niño y otras influencias extrañas, podían 
hacerlo acusar a un inocente. Pero es también cierto, 
que al poco tiempo se su'po en el pago que Tomás Mo- 
reira estaba en viaje para la ciudad, bien custodiado por 
la Guardia Civil. 

La guerra hizo olvidar la suerte del condenado. Sin 
embargo, Tomás More ira añn no debía desaparecer para 
siempre de la comarca. 

Como verdadero gaucho, amaba las cuchillas de su 
pago, tanto como a su novia. En ella sólo encontraba 
la alegría de su vida. Allí se conocían sus proezas; se 
sabía toda su historia, que era su mejor blasón y estaba 
el caudillo, conocedor de su valor, y los paisanos y las 
criollas, en los que había depositado todos sus afectos. 
Es verdad que Moreira era un vagabundo en sus pagos; 
pero también es verdad, que para sus correrías el límite 
se cerraba en las cuchillas que divisaba en lontananza. 
A no ser en las convulsiones guerreras, o por razones 
imperiosas, él, como sus conterráneos, no se atrevería a 
internarse más allá del horizonte que cerraban sus cu¬ 
chillas. Por eso, un día en que la división de Cerro 
Largo marchaba hacia el Norte, se presentó un gaucho 
preguntando por Justino Muniz. 

Llegado que hubo junto a éste, Moreira, que era el 
gancho recién venido, contóle en pocas palabras la his¬ 
teria de sus últimos tiempos: que ahora, libre de la 
Justicia, declaraba no haber muerto al anciano; pero 
que su cuchillo se había manchado no hacía mucho, de 
sangre. Dijo qne sacado de la prisión para el servicio 
de la guerra, lo pusieron en un batallón de línea, en el 
cual militaba un sargento que se había empeñado en 
vejarlo, porque lo sabía blaneo. 

El soportó en silencio aquellas ofensas, esperando la 



134 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


hora de la venganza. Esta no tardó en llegar. Cierto 
día, el sargento habíase apartado de la columna, en busca 
de caballos; Moreira, al saberlo, solicitó y obtuvo per¬ 
miso para accnrpañarlo. Se enconlraron en un bajo, y 
entonces, el gaucho ofendido vengó sus agravios con 
varias puñaladas mortales. 

Ahora, libre, pedíale a Muniz lugar en sus filas. 

Ese era el gaucho harapiento a quien gritó el coronel 
aquella mañana en la manguera. 

Más tarde, terminada la guerra y vuelto a sus pagos, 
Moreira tuvo que hacer vida de matrero. 

Durante la dictadura de Latorre, dos hermanos de 
su supuesta víctima desempeñaron el cargo de Comi¬ 
sarios en aquellas secciones. 

El deseo de venganza, no satisfecho por las razones 
que he dicho, renació con nuevo ardor en el seno de 
aquella familia. Era necesario que Moreira pagara con 
su vida la del otro. 

El sabía que sus enemigos eran tenaces e implacables; 
por lo mismo toda precaución era poca. 

Así pasaron para él los días, mientras su nombre se 
iba rodeando de leyendas. 

De tarde en tarde, un jinete llegaba a la pulpería, 
y después de haber tomado algunas ginebras y de ha¬ 
berse chanceado con los presentes, volvía a montar a 
caballo, dejando irónicos mensajes para el Comisario. 

Descubierto el incógnito viajero, aquella hazaña le¬ 
vantaba detrás suyo manifestaciones de aprobación y 
simpatía, mientras él se ocultaba detrás de las cuchillas, 
como un pequeño punto perdido entre las sombras. 

Otras veces era en el galpón de una estancia, donde 
el viajero de “pa dentro” estuvo amargueando con los 
policías y preguntándoles por la casa del Comisario, 
por el carácter de éste y otras noticias del pago. 





CRÓNICA DE MUNIZ 


4 “ 


135 


Y se contaba que, después de mucho hablar y oir 
las mentas del “bandido Tomás Moreira”, el viajero 
se había marchado, no sin antes jugarles una mala 
pasada a los asombrados perseguidores, que recién en¬ 
tonces cayeron en la cuenta de que habían estado con 
el propio Tomás Moreira. 

Así, como un fantasma que aparece en todos lados 
sin ser conocido, hacía él su vida de matrero. 

Por cierto que alejándose del pago, podría recobrar 
la tranquilidad perdida; pero él no lo pensaba así. 
Su alejamiento haría pensar en su temor al peligro, y 
acabaría con la leyenda que acerca suyo creaban los pai¬ 
sanos. Fuera de allí, no llenaría de asombro a los que 
desde la reja de la pulpería lo vieron apearse atando 
su caballo al lado de los de los “milicos”. Fuera de 
allí, no gozaría ya de aquel extraño renomfbre de audaz 
y de valiente, que dábanle los paisanos, entusiasmados 
por las verdaderas o supuestas hazañas de tan singular 
matrero. 

¿Que Moreira merecía aquella fama de que gozaba? 
Yo no he pod'ido saberlo. Quizá no fuera ni tan astuto, 
ni tan inocente como se decía. Pero lo que de todos 
modos es cierto, es que nadie dudaba de sus hazañas. 

Y era porque lo romancesco de su vida entusiasmaba 
al paisanaje, que había hecho de él un prototipo de la 
nobleza v de la astucia. 

En la imaginación de los gauchos, desaparecía el hom¬ 
bre para dar lugar al héroe de la leyenda. 

Su fama llegó al colmo, la tarde en que se atrevió 
a provocar a los policías delante de los paisanos. 

Se realizaban entonces grandes carreras en la Laguna 
del Negro. 

Nada de extraño había en ellas que señalar. 

Los grupos partidarios de los “parejeros” que corrían 




136 


JUSTINO ZAVALA MUNI7 


esa tarde, hablando con expresiones indirectas para 
evitar cualquier oyente importuno; junto a los “trillos”, 
donde “partían” hacía rato los caballos, las voces de los 
gauchos (proponiendo apuestas; en las carpas, las “qui- 
tanderas” y los payadores, solazando a los perdidosos 
que no tenían con qué aceptar los desafíos que les ha- 
ríam, de seguro, en la cancha. Bajo las enramadas, 
los ombúes o los mimbres, el flete “tapado”, cuya cus¬ 
todia hacía su compositor, esperando el turno, v por 
todos lados, algún borracho impertinente desaflando con 
apuestas que su cinto, exento del todo, no podría pagar. 

Hasta entonces, era una reunión como tantas de su 
índole. 

Al caer la tarde, cuando ya sólo corrían los “ma¬ 
tungos”, empezó a decirse que alguien había visto en 
una carpa a Tomás Moreira. 

Luego se aseguró que la policía 'le había preparado 
una. emboscada. Por eso, a ninguno de los que estaban 
en aquella enramada causó asombro cuando un recién 
llegado anunció que Moreira se alejaba perseguido. 

;Sólo uno pareció interesarse por el asunto. Era un 
mucihaohón de veinte años; de rostro alegre y fácil pa¬ 
labra. Tenía el aspecto de un gauohito humilde. Se 
llamaba Lino Pí. 

■Cuando oyó decir que Moreira era sólo contra tantos, 
arrojó las cartas sobre la carona que hacía de mesa, y 
cogiendo el rebenque, se dirigió a su caballo. 

Sorprendidos los otros por su inesperada actitud, pre¬ 
guntáronle dónde iba, y él, sin detenerse, mientras se 
afirmaba en los estribos, contestó: 

—Me voy con Tomás Moreira. Voy a probarme. 

Cuando partió, Moreira marchaba al trote de su ca¬ 
ballo, por la cuesta de una cuchilla. No parecía huir 
de aquel grupo de soldados que le seguían a unas cua¬ 
dras de distancia. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


137 


Los que jugaban con el recién partido, vieron cómo 
éste atravesaba al galope ilas distancias y llegaba junto 
a Tomás Moreira. 

En la cumbre de la cuchilla ; a corta distancia de sus 
perseguidores y a la vista de todo el concurso, el ma¬ 
trero y su nuevo compañero se estrecharon en un abrazo 
que fué como una. solemne promesa de cariño y de su 
inquebrantable resolución de morir luchando... 

Luego se alejaron poco a poco, siempre ladereando las 
cuchillas, a las que ya empezaban a, invadir las sombras. 

Los policías seguían sin mostrar precipitación por 
darles caza . Se diría que por cumplir un desafío ya 
aceptado, buscaban el terreno propicio para medirse. 

Sin embargo, no tardó mucho tiempo, cuando los per¬ 
seguidores volvieron con la nueva de que Moreira y Pí 
se habían perdido entre las sombras de la noche. 

Esta nueva hazaña del matrero conquistó para su 
fama los corazones gauchos que aún dudaban de su 
valor. 

En cuanto a Pí, fué mentado como el prototipo de 
la nobleza gaucha. En sus veinte años, aún no había 
tenido oportunidad de * Probarse”, y su espíritu inquie¬ 
to y aventurero encontró honrosa ocasión, aquella tarde 
en que a un valiente perseguían tantos enemigos. 

Pasaron los tiempos y Tomás Moreira aún continuaba 
inquietando a sus perseguidores y asombrando al pai¬ 
sanaje con sus hazañas. 

Gran satisfacción era para un gaucho el ser amigo de 
aquel hombre excepcional. Todos hubieran querido estar 
presentes cuando Moreira burló en alguna estancia o 
pulpería, a la Guardia Civil. 

La dictadura de Latorre se prolongaba demasiado; lo 
que hacía prever que ya tocaba a su fin. 

En uno de esos días, Moreira estuvo a visitar a su 





138 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


jefe, Justino Muniz. AJI despedirse, el caudillo le hizo 
notar la prudencia que ¡había en alejarse por un tiempo 
del pago. Latorre no tardaría en caer y sus enemigos 
aprovecharían la oportunidad para vengarse. 

Muniz sabía que estaban sobre su pista; no era, pues, 
prudente el exponerse a caer en sus manos. 

Al oir hablar así a su jefe, que aunque mucho más 
joven que él, merecía todo su respeto, el gaucho alta¬ 
nero se sintió conmovido. 

Tal vez pensó en su tranquilidad perdida para siempre. 

Con la voz temblorosa por Ja emoción, Moreira agra¬ 
deció al caudillo sus consejos y se despidió prometiendo 
cumplirlos. 

A'l poco rato se había perdido entre los bañados del 
Tacuarí. 

Dejaba a su espalda a sus amigos gozando de una 
plácida tranquilidad, mientras él volvía al seno de lo 
más huraño de la naturaleza, único lugar donde encon¬ 
traba un poco de reposo. 

Al otro día, los paisanos vieron pasar un jinete en 
dirección al Frayle Muerto. Era Tomás Moreira. 

Al llegar el mediodía, el viajero se bajaba en un ran¬ 
cho, dispuesto a pasar unas horas con unos parientes 
que allí habitaban. 

El astuto matrero cometía una imprudencia que había 
de serle fatal; se le odiaba demasiado para dejarlo irse 
sin intentar, los otros, consumar su venganza. 

No hacía mucho que Moreira descansaba en la casa, 
cuando la voz de su más temible enemigo le anunciaba 
desde fuera el último momento de su vida. 

El perseguido se levantó pronto para el combate. Por 
la naturaleza de su vida, dormía siempre dispuesto a 
defenderse. 

Viéndose perdido, escuchó sin contestar las amenazas 
que el otro le dirigía. 





CRÓNICA DE MUNIZ 


139 


Trataba de ganar tiempo para aprovecharlo discu¬ 
rriendo sobre la mejor manera de salir de aquel paso. 

Cautelosamente, escudriñó por las rendijas de las ven¬ 
tanas y las puertas. 

Hubieron de ser tristes sus pensamientos, cuando vio 
que doce o quince hombres rodeaban el rancho. 

A pesar de que el otro parecía no tener prisa por 
terminar aquella escena, Moreira notaba que su ingenio 
nada podría contra su destino. 

Nervioso, agitado, medía a grandes pasos el piso de 
su prisión, con el puñal en una mano y la pistola en 
la otra. 

Sn enemigo perdió por fin la paciencia, y le gritó: 

—Si no salís, prendo fuego al rancho. 

Estas palabras provocaron una corriente de odio en 
el ánimo del matrero. 

El no moriría así, acorralado en su refugio, como un 
cobarde que no se atrevía a hacerle frente a la muerte. 
Pensar en que él quedaría guardado por aquellas pa¬ 
redes de terrón, era inferirle un insulto que él iba a 
vengar bien pronto. 

Con la voz serena y firme, contestó: 

—No te apurés, que ya voy. 

Los momentos que precedieron al drama fueron de 
una calma impresionante. 

Mientras Moreira, adentro, hacía sus preparativos, los 
otros se colocaban estratégicamente frente a la puerta 
por la cual debía salir el gaucho. 

Bien sabían los perseguidores que se iban a medir con 
un valiente; era necesario, pues, tomar todas las precau¬ 
ciones, a fin de que no se les escapara una vez más. 
Por otra parte, su demora en salir era indicio de que 
Moreira se disponía a vender cara su vida. 

La plenitud de la luz solar parecía hacer más visible 
el ambiente de tragedia que rodeaba a aquel rancho. 





140 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Pocos instantes después, la puerta se abrió violenta¬ 
mente. En ella aipareció la figura altiva del matrero. 

Estaba remangado; en una mano llevaba un colchón 
que servíale de escudo; en la otra el puñal. 

Era tan serena y tan resuelta su actitud, que los 
otros dudaron un instante. 

El matrero clavó sus miradas en las de sus adversa¬ 
rios; en aquel duelo de sus espíritus, el perseguido do¬ 
minó a los policías. 

Fué un instante de calima, precediendo a la tragedia. 

T>espués, todo pasó en un minuto. 

Los otros se lanzaron contra el gauciho, mientras éste, 
con agilidad de tigre acorralado, echaba el colchón a la 
cara de sus atacantes, y con el puñal se abría paso 
entre ellos. 

A poco, se vió salir del entrevero a Tomás Moreira, 
pistola en mano, deteniendo el avance de sus enemigos. 

Corría en dirección al monte que estaba a pocas cua¬ 
dras de distancia. 

Si conseguía ganarlo, se habría salvado. Pero el lo¬ 
grarlo era entonces muy difícil. 

Los otros lo seguían de cerca, haciendo fuego con sus 
carabinas. 

Acababa de sonar una descarga. Tomás Moreira se 
detuvo de súbito; su cuerpo, tambaleándose, se inclinó 
hacia adelante; se doblaron sus rodillas y cayó. 

Tenía una bala en 'la cadera. 

Al notarlo los otros, corrieron hacia él, ansiosos de 
ultimarlo; pero el matrero, haciendo un supremo esfuer¬ 
zo, logró sentarse y volver a empuñar su pistola, cuando 
ya aquéllos estaban cerca suyo. 

€aído y todo, era temible aquel gaucho. 

Desesperado ante la imposibilidad de su venganza, 
mandaba, invitaba, rogaba a su enemigo a que se acercase 
a ultimarlo. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


141 


Por respuesta, sólo obtuvo una nueva descarga.... 

Cuando el humo dejó ver, Tomás Moreira yacía en 
tierra, con una oleada de sangre en los labios. 

Se había cumplido su destino. Había muerto con la 
heroicidad propia de su vida. 

Los otras, después de quitarle sus armas, dejáronlo 
en el campo, de donde lo recogieron unas manos amigas 
para darle piadosa sepultura. 

Su muelle se supo bien pronto en toda la comarca. 
Y entonces, el paisanaje tejió en torno suyo mil leyen¬ 
das acerca de su vida y de su muerte, y los payadores 
crearon nuevos romanees de heroísmo. 

Tomás Moreira dejaba de ser hombre para ser símhoib. 

Yo he recogido el eco de esas leyendas y de esos ro¬ 
mances, en momentos en que desaparecen para siempre, 
los héroes y los poetas que les dieron forma y vida. 

Piadosamente, he conservado la legendaria historia de 
Tomás Moreira, sin atreverme a separar la vendad de la 
poesía. 


Cansado el País de tanto sufrir el azote de aquella 
interminable guerra, los políticos se decidieron a iniciar 
tratativas de paz, que felizmente llegaron a su fín el 
día G de Abril de 1872. 

En cumplimiento de las cláusulas establecidas en el 
tratado de paz, disolviéronse los ejércitos revoluciona¬ 
rios y el País volvió a lu lucha por su engrandecimiento 
y prosperidad. 





CAPITULO XIV 


Díum «le paz 


N uevamente volvió Justino a dejar su lanza, para 
empuñar los útiles de trauajo. 

A su vuelta a los pagos encontró a éstos tristes y 
empobrecidos por ia guerra que recién terminaba. 

Dn miiuhos ranchos, las criollas lloraban ai gauoiio que 
quedo para siempre en los camipos de (Jorradlo, del ¡Sau¬ 
ce, o Manantiales... 

Durante dos años abrigaron la esperanza de verlo 
tornar de la ‘•patriada’ 7 , cansado de la vida andariega 
que llevó; pero ai lin libre para estrechar, después de 
tanto tiempo, a ia criolla entre sus brazos. 

Por desgracia, un amigo trajo la triste nueva de su 
suerte. 

Como un valiente había quedado entre los que cayeron 
en el entrevero. Y la pobre criolla, al ver alejarse su 
ultima esperanza, habrá maldecido nuestras guerras que 
a tantas esposas como ella dejaron desamparadas. 

Ya no volverá la guitarra a descolgarse del clavo, en 
el que durmió tanto tiempo, esperando a que las manos 
del gaucho la hicieran evocar sus tristezas y sus melan¬ 
colías. (Quedará para siempre allí, cubierta de polvo; 
adornada por la cinta que se irá tornando descolorida. 
Muda para siempre, dormirá la guitarra que pulsó el 






CRÓNICA DE MUNlZ 


143 


gaucho en las tardes del verano, cuando el sol se ponía 
en las lomas, o en los días del invierno, cuando la lluvia 
prohibíale salir. 

¡ t^uién sabe por cuánto tiempo habrán volado de su 
seno las armonías que guardaba ! Tal vez para siempre 
haya muerto la caja sonora, que ahora está ahí, muda 
y quieta, como ocultando en su seno el alma del gaucho 
que la hacía cantar. 

En las conversaciones del fogón o de la pulpería, 
saldrán a luz los recuerdos de los que ya no están y 
evocada por los guerreros, el alma de los muertos ilu¬ 
tará entre los amigos de siempre. 

Los compañeros de los caídos sabrán actos de heroísmo 
de aquéllos, y al relatarlos se encenderán, en el pecho de 
Jos hijos que quedaron sin padre, nuevos deseos de ven¬ 
ganzas. V la fama del ardor y coraje con que lucharon 
iiasta la muerte, se conservará a través de los tiempos, 
siempre recordada por las narraciones de los veteranos. 

En casa de ALuniz, su llegada se recibió con todo el 
regocijo con que se abraza al (jue por mucho tiempo 
se espera, con el temor de que no vuelva jamás. 

Empeñoso como siempre, Aluniz se dió al trabajo que 
tan necesario le era para reorganizar su hacienda. 

En eso estaba, cuando a mediados de Junio recibió una 
nota que decía así: 

“Alelo, Junio 21) de 1872. — El infrascripto tiene 
“ a bien comunicar a usted que con esta feuha ha sido 
“ nombrado Comisario General del Departamento del 
“ Cerro Largo. Al conferir a usted tan importante car- 
“ go, cuyas atribuciones están determinadas en las ins- 
“ trucciones que con esta misma fecha da a usted la 
“ Gefatura, espera que sabrá corresponder dignamente 
“ a la confianza en usted depositada. Dios guarde a 
“ usted mullios años.— Bernabé Jiivoru .—Al señor Co- 




144 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


UfcÓNICA DE MUNIZ 


145 


“ misario General del Departamento del Cerro Largo, 
“ don Justino Aluniz.” (*) 

La designación de que lúe objeto cambió en algo la 
vida campesina de Mumz. 

Uomo por la naturaleza de su cargo debía vigilar todo 
Cerro Largo, le era necesario, para cumipnr üeoiuamente 
con su cometido, el estarse ínueno tiempo alejado de su 
Hogar. 

i'or la propia idiosincrasia de la sociedad de aquellos 
tiempos, el Comisario tenia entonces muy poco que 
nacer, El abigeato, una de las plagas de la campana 
actual, era entonces poco menos que desconocida, Eli 
un medio donde las materias primas se encontraDan al 
alcance de todos; con estancias en las que jamas se 
negada la hospitalidad al viajero, y en cuyos campos 
las inaciendas se reproducían en gran numero, y coano, 
por otra parte, el gaucuio no amioicionaoa mas que vivir 
en liheriau, la tentación uei delito no contundía su men¬ 
te. l'ero si Píen es verdad que eu esto la tarea po¬ 
licial era escasa, no es menos cierto que su cometido 
era ingrato, cuando se tratada de delincuentes que se 
düüan a la vida de matreros. 

Alumz, sin embargo, veía facilitada en esto su tarea, 
a causa üei prestigio que gozaba entre el paisanaje. 
Los matreros teman buen cuidado de no merodear eu 
los lugares que estaban bajo la vigilancia del caudillo. 

Haciendo uso de una actividad que siempre lo dis¬ 
tinguió, éste iba de estancia en estancia, donde se le 
recibía, como en los comercios y los modestos ranchos; 
con el respeto y el cariño con que se recibe a un 
viego amigo, conocido de todos y apreciado por sus con¬ 
diciones de hombre honrado y de valor. 


l'j til orí nina i de e* U nota, eucou Irada en el archivo de Muniz, se halla eu mi 

poder» 


Su propio cometido servía al acrecentamiento de su 
prestigio. 

Como Comisario General tenía bajo sus órdenes un 
crecido número de inferiores, que en las tareas de la 
paz reconocían al jefe que los guiaba en la guerra; 
y los demás que al ponerse en contacto con él no po¬ 
drían resistir al indujo de sus palabras llenas de verdad 
y honradez, que daban, por sí solas, idea de la superio¬ 
ridad de su espíritu. Por otra parte, en una sociedad 
como aquella, cuando el que tiene en sus manos toda 
la autoridad, sabe emplearla con templanza y en bien 
de la justicia y el orden, logra, al cabo de poco tiempo, 
conquistarse el respeto y aprecio de toda la campaña. 
Eso fué lo que ocurrió con Mainiz. 

En tanto que él, alejado de su casa, se esforzaba por 
hacer más cómodo el pasar de su familia, en su rancho, 
Eufemia ayudábale con un tesón que mucho la hon¬ 
raba . , 

Sin esperar a (pie el sol apareciese por el lado del 
Cerro Largo, Eufemia ya estaba de pie, con toda su 
prole, entregada al arreglo de la casa. 

Sus tareas no se interrumpían luista el momento cu 
que sus hijos se recogían para la siesta. 

Libre la madre por algunas horas de su cuidado, em¬ 
prendía el camino del arroyo, dispuesta a gauar ese tiem¬ 
po lavando sus ropas. 

Allí, protegida a la sombra de algún sauce, junto al 
arroyo que corre por entre las losas y los sarandíes y 
ceibales, reflejando en las instables aguas el rostro su¬ 
doroso de la criolla y sus piernas que deja ver la 
falda recogida; bajo un cielo límpido e iluminado por 
un gran sol, cuyos rayos dan a la tierra y a las cosas 
un ambiente de sopor, menguado apenas por la débil 
brisa que se insinúa entre los árboles j escuchando el 

10 






146 


JUSTINO ZAVALa MUNlZ 


canto de los zorzales y los sabias, que se expande quedo 
y suave, y notando cómo a ratos pasa sobre las aguas 
la sombra que desde gran altura proyecta un cuervo en 
serenísimo vuelo, en ese ambiente de quietud y de so¬ 
siego — a pesar de la luz que ilumina las cucdiillas — 
Eufemia pasa sus horas hincada sobre la tabla en la 
que golpea las ropas. 

Llamada por el eco del llanto de sus niños, que llega 
desde el ranoho, vuelve a él, no sin antes dejar tendidas 
las rapas sobre las ramas de los arbustos y los pajo¬ 
nales. 

De nuevo en su casa, reanuda su labor, hasta que 
la noche iha caído sobre los campos y en el cielo se lian 
encendido las estrellas. 

Si el día es de lluvia, el trabajo es otro, aunque no 
menor. 

En vez de la escoba, coge su aguja y frente a la 
puerta que da al campo, donde todo es tristeza y quie¬ 
tud, ella se ocupa en componer las ropas de sus hijos. 
Y mientras la aguja va y viene entre las ropas, ella 
se ve asaltada por la preocupación de que sus niños 
vayan a los patios donde, mojándose, puedan enfer¬ 
marse. 

En vísperas de carreras en el pago, aquella mujer 
incansable multiplica sus trabajos. 

Desde muy de mañana, se la ve encorvada sobre la 
mesa, remangada y sudorosa, preparando la masa para 
los bizcochos y el pan, que al otro día uno de sus 
hijos ha de llevar a vender en las carreras. Y a todos 
los cuidados que de su parte requiere el aseo de la casa, 
se agregan los que da el ihorno, que no siempre se ca¬ 
lienta bien, y los panes y bizcochos que se debe cuidar 
de que queden a punto. 

Gracias a su espíritu de orden y de trabajo, Eufemia 







CRÓNICA DE MUNIZ 


147 


había logrado hacer de su humilde ranoho un lugar 
donde se respiraba un ambiente de sana alegría; alegría 
que dábanle los niños que, aunque pobremente vestidos, 
denotaban cuidado y pulcritud; los patios, de los que 
se extirparon los yuyos ipara dar lugar a las flores y 
hasta las -propias habitaciones, donde la decencia del 
aseo hacía agradable el estarse allí. No podíau ser sino 
felices los que ihabitabau aquel rancho de Bañado de 
Medina. 

Poseyendo medios eon que pasar holgadamente la 
vida; rodeados los padres de unos niños que crecían con 
toda la lozanía de los frutos de la tierra; contando con 
el alecto de los comarcanos, y viendo cómo en los cam¬ 
pos las haciendas propias iban en aumento y en las ca¬ 
sas, las gallinas y otras aves domésticas se multiplica¬ 
ban gracias a los cuidados de Eufemia, tenían todo cuan¬ 
to era necesario para ser felices en nuestra campaña. 

De tarde en tarde concurrir a la tiesta que daba al¬ 
gún vecino, con motivo del enlace o cumpleaños de una 
de sus hijas. Pasarse hasta el otro día en que, ya el 
sol afuera, recién se dejaba el baile iniciado al atarde¬ 
cer y continuado bajo el claro de luna o a la luz de los 
candiles. Luego, volver a reanudar el trabajo, mien¬ 
tras se recuerdan las ruedas del pericón en las que un 
gaucho, infeliz en sus amores, fué despreciado por la 
criolla a quien di jóle aquél vehemente ruego de amor; 
los relatos de otros tiempos que se oyeron en una rueda 
de viejas, o las crónicas guerreras que a la hora del 
asado contaron los veteranos allí reunidos. 

En esa apacible tranquilidad, veía pasar sus días la 
familia de Muniz, gozando de la vida que siempre amó 
tanto nuestro gaucho; vida llena de emociones, en las 
que, además de las recibidas por el contacto con los hom¬ 
bres, se hallan las que produce la naturaleza. 





148 


JUSTINO ZAVALA MUNXZ 


Porque nuestros gauchos amaron siempre, con una de-> 
voción religiosa, a la naturaleza que los rodeaba. Por 
eso en sus payadas, el cielo inmenso y azul de la patria, 
es cantado con tanta asiduidad, y ipor ello misino, el 
payador evoca a cada instante los montes y las cuchillas 
que dan carácter a sus tierras y las aves y las flores 
que les dan su alegría. 

Por ese amor a la Naturaleza, no era raro, ni aún lo 
es hoy mismo, encontrar, al caer de las tardes, en la 
puerta del galpón o debajo de la enramada o del ombú, 
a un gaucho que, en actitud de místico ensimismamien¬ 
to, contempla las puestas del sol, que lentamente se va 
ocultando tras una loma, mientras la tierra se recoge 
en una quietud serena. Y por ese amor, también es 
que en los atardeceres, el gaucho coge su guitarra para 
dejar que sus palabras, llenas de fuego como los anhelos 
y las desesperanzas que las inspiran, se eleven en la se¬ 
renidad de la tarde, siendo una nota más de belleza 
puesta en aquel cuadro campesino. 



I.a Tricolor 



CAPÍTULO XV 


La Tricolor 


C orría el año 75, en medio de convulsiones internas 
provocadas por el despótico gobierno de don Pedro 
Várela, anunciando con desgraciada evidencia, una nue¬ 
va contienda civil. 

El estado de alarma dominaba en todo el País, cuando 
la libertad personal amenazada y las garantías constitu¬ 
cionales desconocidas, precipitaron los acontecimientos. 

Reunidos entonces los hombres dirigentes de los par¬ 
tidos políticos, decidieron el levantamiento en armas, y 
nombraron, a causa de la negativa de Timoteo Aparicio 
de servir a esta causa justa y popular, a don Angel Mu- 
niz, jefe de las fuerzas revolucionarias. 

Esto ocurría en el mes de May'o del 75. 

Sabedor el caudillo cerrolarguense de la misión con 
que se le honraba, dio el anuncio de guerra, que cundió 
rápido entre el paisanaje, el que acudió a reunirse con 
el caudillo al Paso de la Arena, de Frayle Muerto. 

A pesar del prestigio del coronel Angel Muniz y de 
la justicia de la causa que iba a defender, pocos fueron 
las jefes que se agruparon en torno suyo el día conve¬ 
nido. 

Alejados unos, por los escrúpulos que se les presen¬ 
taban al pensar que irían a combatir junto a los colo¬ 
rados. y alejados los más, por la proclama que desde 


152 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Montevideo dirigió a sus correligionarios Timoteo Apa¬ 
ricio, en la cual intentaba desautorizar a sus compañe¬ 
ros y soldados de siempre, lo cierto es que Angel Mu- 
niz vio con pesar, que tendría que lanzarse a la lucha 
con un puñado, a penas, de voluntarios- 

Los días pasaban sin que el caudillo blanco viera au¬ 
mentar sus filas con nuevos contingentes. 

Parecía ser que sus legiones habían olvidado sus ha¬ 
zañas. Pero lo que por sobre todas las cosas lo inquie¬ 
taba más grandemente, era el notar que el mejor de sus 
hombres aun no se había alistado. Justino Muniz no 
había contestado a la invitación que le hiciera, antes 
que a nadie. 

¿Por qué no estaba allí, el valiente que siempre fue 
el primero en presentarse? 

¿Qué razones lo alejaban de su jefe, hasta hacerle 
no contestar a un llamado que para él fue siempre un 
imperativo ? 

¿Es que acaso ya no creía en las revoluciones y por 
lo mismo en su coronel, (prototipo del caudillo inquieto 
y aventurero? 

Todas estas amargas conjeturas debió hacérselas don 
Angel, al ver cómo transcurrían los días sin que Jus¬ 
tino se presentara con sus gauchos del Zapallar, pronto 
a servirle de escolta. 

Ya estaba decidida la marcha, visto el silencio de los 
que se esperaban, cuando pna mañana se vió llegar al 
campamento al oficial más respetado después del cau¬ 
dillo. 

Grande fué la sorpresa de los que esperaban, al notar 
que el sombrero del recién venido no ostentaba la divisa 
partidaria. 

¡Y había razón para sorprenderse! 

El guerrero romántico de Corralito y Sauce venía a 
protestar contra la nueva revolución. Estaba resuelto a 
permanecer en su casa, cuidando de sus haciendas, 



CRÓNICA DE MUNIZ 


153 


mientras sus amigos tornaban nuevamente a la vida 
aventurera. Y eso pensaba hacer, el mismo que cuando 
niño burló el cuidado de su abuela para ir a pelear en 
Las Rengas- 

Él, que había conquistado tan envidiable prestigio a 
fuerza de ser héroe, venía a renegar de su pasado, para 
tornarse un frío calculista, indiferente a todas acuellas 
aventuras que constituyeron sus sueños. Y era tanta la 
fuerza que aquella mentira había cobrado en su espíri¬ 
tu, que frente al jefe inquieto, aún a pesar de sus años, 
y a quien vio detenerse frente a Máximo Pérez para 
mostrar a sus soldados cómo se moría; delante de aquel 
caudillo a quien veneraba y en el que creía como en un 
elegido, Muniz tuvo la firmeza de declarar sus inten¬ 
ciones. 

El viejo coronel escuchó de pie y mudo de asombro, 
las palabras de su sobrino, y luego, cuando pasó revista 
en torno suyo a los pocos amigos que aún le eran fieles 
y vio cómo habían mermado sus huestes desde la última 
convulsión, dijo al mentido apóstata: 

—“Hasta vos, Justino, me abandonas”. 

Más que un reproche, estas palabras eran un ruego; 
más que el desprecio del caudillo para el soldado que 
desertaba de sus filas, fue una imprecación contra su 
suerte, que le alejaba al oficial en quien había cifrado 
todas sus esperanzas. 

Fué tanta la emoción con que habló el encanecido 
guerrero, tanta era la tristeza que había en sus pala* 
bras, que Justino, vuelto a ser el de siempre, echó lejos 
de sí aquella impostura que se había apoderado de su 
espíritu, para presentarse en toda la plenitud de su 
altivez y' su entusiasmo, jurando, con la voz insegura 
por la emoción que le produjeron las palabras del cau¬ 
dillo, volver a su puesto de combate. 

En medio del grupo entusiasmado, aquellos fuertes 



154 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


varones sellaron con un abrazo su amistad inconmo¬ 
vible. 

Muniz volvía a ser el guerrero que burló a Máximo 
Pérez y detuvo a Carabaílo. Sólo que ahora, para lan¬ 
zarse nuevamente a las azarosas correrías, debía antes 
cumplir una palabra empeñada. Por eso fue que pasado 
el regocijo surgido al verlo tornar a su puesto, dijo al 
caudillo: 

—“Antes de irme debo avisar a Uturbey ( # ) que he 
dispuesto levantarme, pues estoy comprometido a de¬ 
cirlo”. 

No faltó quien encontrase el modo de esquivar el cum¬ 
plimiento de tal compromiso, sin arriesgar impruden¬ 
temente la vida- Pero en esto fue inflexible Justino; 
para él, una palabra empeñada era compromiso cuyo 
cumplimiento no se debía eludir, pues iba en ello su 
honor y su orgullo. 

Viendo don Angel que su sobrino estaba dispuesto 
a ser fiel a su palabra, y sintiendo satisfacción orgullo- 
sa al notar en el joven caudillo tal prueba de hombría 
de bien, le propuso darle una escolta para que lo acom¬ 
pañase. 

Muniz aceptó en parte el ofrecimiento, pues sólo rogó 
a su jefe que le dejara escoger entre sus soldados uno 
que sirviérale en la empresa. 

l T n humilde moreno de Tacuarí, llamado Mandila, 
filé el honrado en la elección. 

Como verdadero caudillo, Muniz conocía a todos los 
hombres de su pago y al elegirlo para acompañarlo en 
tan grave riesgo, estaba seguro de que, como él, vende- 
ría cara su vida. 

En la tarde de ese mismo día, Muniz viajaba hacia 
su rancho, al que llegó ya entrada la noche. 


O Jefe Político de Cerro Urgo. 




CRÓNICA DE MUNIZ 


155 


A la mañana siguiente volvió a partir. 

Quizá fuera la última vez que veía levantarse el sol 
en las sierras del Cerro Largo y' que en su caballo de 
confianza recorriera las lomas y hondonadas de su pago. 

Bien sabía él que al cumplir su compromiso de honor 
arriesgaba en mudho su existencia. 

Uturbey, aunque blanco, no se había declarado por 
la revolución- Además, se hallaba disgustado con don 
Angel y tenía en el pueblo al famoso coronel brasilero 
Manduca Cipriano y fuerzas bastantes como para batir 
a los pocos revolucionarios que se habían alistado. 

A pesar de todo, el revolucionario no cedía en su 
empeño. 

Había dado su palabra, y marchaba resueltamente a 
cumplirla; lo demás, allá se vería cuando él hubiese 
dado satisfacción a su nativo orgullo. 

No tardaron mucho los jinetes en llegar junto al paso 
del Conventos, anchuroso arroyo que circunda a la ciu¬ 
dad de Meló por el lado oeste y sur. 

Ya avanzaban por la calle de Mayo,—angosta y 
recta como todas las de los pueblos de tierra adentro,— 
entre las bajas construcciones de paredes pintadas con 
vivos colores y de .techos de teja, cuando Muniz, vol¬ 
viéndose hacia Mansilla, di jóle: 

—“Yo me bajaré. Vos te quedas en la puerta con mi 
caballo de la rienda y la pistola dispuesta. Si sentís un 
tiro, apróntate porque saldré peliando”. 

Ni Mansilla ni él necesitaban decirse más. 

Noblemente iba Justino a cumplir lo prometido; pero 
con la firmeza de ánimo de un hombre acostumbrado al 
peligro, se preparaba para afrontarlo resuelta y valien¬ 
temente. 

En cuanto a Mansilla, iba allí para pelear, y él sabría 
hacerlo cuando fuera necesario- 

Desmontado ya Muniz, y al penetrar en la Jefatura, 
encontróse con üturbev y el coronel Cipriano, 



156 


JUSTINO ZAVALA MUN7Z 


La noticia del levantamiento de don Angel había 
precedido a su llegada ; por eso Uturbey, al verlo avan¬ 
zar con la altivez que siempre le fué característica y 
vestido con su traje de guerra, supuso el motivo de 
aquella visita. 

Con el tono socarrón de un hombre que conoce el 
espíritu firme de su interlocutor v la gravedad de las 
circunstancias, díjole, tendiéndole la mano: 

—“/.Qué te trai por aquí, muchacho?”. 

Muniz quería ser breve, para aprovechar las venta¬ 
jas de su encuentro tan cerca de la calle; por eso, sin 
andarse con indirectas: 

“Usted sabe,—contestó,—que yo le prometí avisarla 
cuando me fuera a la revolución. Pues bien: ha llegado 
eso momento’’. 

Uturbey ganaba tiempo, también, para reflexionar, y 
así, a pesar de que recordaba las palabras del subalter¬ 
no, preguntóle con fingida inocencia: 

—“/.Pero de qué palabra hablas, muchacho? Yo no 
la recuerdo’’. 

Mal de su grado, Muniz hubo de explicarse. 

'Cuando terminó, Uturbey ya sabía qué partido to¬ 
mar v' dirigiéndose nuevamente, le presmntó: 

—“/Tiene muchos hombres tu tío? /Dónde están?”. 

Era una pregunta astuta, que Muniz supo aprove¬ 
char en su favor, diciendo que en efecto eran muchos 
y nue marchaban sobre Meló. 

La respuesta había dado en el blanco- El Jefe Polí¬ 
tico permaneció silencioso. 

Entonces fué cuando Muniz, dominando las circuns¬ 
tancias. invitó a sus interlocutores para acompañarlo 
en la empresa. 

El golpe era seguro. Los otros, luego de oponer como 
pretexto a su negativa su disgusto con don Angel, 
cedieron bajo la promesa de Justino, de dejarlos con 
entera libertad, si no se resolvían definitivamente. 




CRÓNICA DE MUNIZ 


157 


Cumplido con tanta felicidad su compromiso, Muniz 
salió esa misma mañana del pueblo, para dirigirse a su 
rancho a dar el ¡adiós! a su familia y marcharse luego 
al Zapallar en busca de sus gauchos. 

Mientras en las trastiendas de las casas de comercio 
los notables del pueblo comentan con fruición y lujo do 
detalles la escena ocurrida horas antes en la Jefatura, 
el héroe de la acción cruzaba los campos camino de su 
casa. 

No hacía mucho que Muniz había adquirido, gracias 
a la protección del general brasilero Astrugildo Perei- 
ra da Costa, los campos que circundan el Taeuarí, 
í añado de Medina y las puntas de la Laguna del Negro. 

Sobre la cumbre del Cerro de Medina, Muniz había 
construido su rancho; en el lugar donde hoy se levanta 
la casa en la cual pasó el resto de su vida. 

El paisaje que desde esa altura se divisa es de una 
tranquila belleza. 

Con una altura relativa de cuarenta metros, el Cerro 
de Medina, formado por una masa compacta, se levan¬ 
ta sobre las llanuras que a sus pies se extienden con 
suaves ondulaciones hasta el Cerro Largo, que se divisa 
al fondo como un inmenso marco- 

En los bajas, el Taeuarí con sus montes pone una 
nota de alegría y de color, mientras a la distancia so 
suceden las ondulaciones de las cuchillas, coronadas por 
el blanco caserío de una estancia o por la graciosa copa 
de un ombú. 

Hacia el norte y oeste, la Cuchilla Grande es una in¬ 
mensa curva cerrando el horizonte, Y por el noreste, 
cuando el día es de sol, se ven blanquear a la distancia 
las casas de la ciudad de Meló, sobre las que se destaca 
la torre de la capilla. 

A poco de haber llegado Muniz a su casa, Eufemia 
tuvo que suspender de súbito el arreglo de las ropas 
que su hombre llevaría para el largo viaje que iba a 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


LIS» 

iniciar, al anuncio de que por el lado del camino nació* 
nal avanzaba una partida adversaria. 

Imagínese la angustia de la esposa al conocer el ries¬ 
go que corría Justino. 

Era indudable que aquellos hombres venían en su 
busca. Sabedores de su paso para Meló, habían supues¬ 
to con razón, que antes de irse a la guerra vendría a 
despedirse de su familia. 

Era de presumir, pues, que todas las precauciones 
estaban tomadas para que la presa no se les escapase. 

Mientras los perseguidores se acercaban confiada¬ 
mente, sin sospechar que se hallaban tan cerca del cau¬ 
dillo, en la casa de éste, su esposa y sus hijas corrían 
de uno a otro lado, ansiosas por arreglar antes de que 
llegaran los otros las maletas de Justino, y éste pre¬ 
paraba sus armas y prevenía a Mansilla del peligro eu 
que se hallaban. 

Ya los perros anunciaban la llegada de los adversa¬ 
rios, cuando Muniz montaba a caballo, con todos sus 
arreos de campaña- 

La distancia de una cuadra, escasamente, separaba a 
los perseguidores del caudillo. 

La más pequeña indiscreción y todo estaba perdido. 

Entonces fué cuando Eufemia, haciendo esfuerzos 
supremos, trató de borrar de su semblante las señales 
de la angustia que sufría en esos momentos. 

Como si no estuviera jugando su felicidad, salió en 
recibimiento de sus huéspedes, que para ella debían 
serle tan odiosos. Y haciendo uso de todos los recursos 
de su espíritu de mujer; tratando de secar en sus ojos 
las lágrimas que hicieron brotar los últimos besos del 
viajero, los invitó a detenerse hasta el mediodía, ofre¬ 
ciéndoles un baile improvisado entre ellos y las mayo¬ 
res de sus hijas. 

Los otros, satisfechos de ver cómo la esposa del cau¬ 
dillo los agasajaba tan cumplidamente y gozándose eu 



CRÓNICA DE MUNIZ 


159 


aquel agravio que inferían al prestigioso adversario, 
cedieron a la astuta invitación de Eufemia, sin sospe¬ 
char, siquiera, que el amor de aquella mujer habíale 
dado el ingenio necesario para salvar a su esposo. 

En tanto que ellos, vencidos por la mujer, se creen 
dueños de la casa de Muniz, él va descendiendo al trote 
lento de su caballería, la cuesta del Cerro de Medina. 

Al verlo cómo atraviesa la llanura seguido de Man- 
silla, con la misma tranquilidad con que recorría esas 
praderas en los días de paz, nadie hubiese pensado que 
aquel hombre se alejaba de unos enemigos que aún es¬ 
taban a tiempo de detenerlo. 

Poco a poco, con la misma lentitud con que atravesa¬ 
ron las llanuras, los dos jinetes se fueron perdiendo en 
el bañado. 

Ya en su seno, detuvieron la marcha; allí podían 
esperar, seguros de que los caraguatás y los “tem¬ 
bladerales’’, siempre traidores para quienes no los co¬ 
nocen, los ponían a salvo de toda sorpresa- 

Tratando de dominar su inquietud, Eufemia hacía 
que prosiguiera la improvisada tiesta, en la que la ale¬ 
gría de los intrusos era un insulto más que añadían a 
su presencia en la casa. 

¡ Cuánta amargura no tendrían las frases corteses eon 
que ella contestaba a las palabras de sus huéspedes! 

A seguir la voz de su indignación difícilmente con¬ 
tenida, ella hubiera expulsado de su casa a los odiosos 
visitantes que venían en busca de su esposo; pero el 
amor filé más fuerte que su propia indignación y’ la 
sonrisa—aunque amarga—hubo de ser la máscara eon 
que cubrió su impaciencia y su odio. Y mientras la ma¬ 
dre ofrece sus atenciones y las de sus hijas a los intru¬ 
sos, Muniz y Mansilla, al galope cadencioso de sus ca¬ 
ballos, avanzaban por las cañadas y las lomas en direc¬ 
ción al rancho de Andrés Ibáñez. 

Ya empezaba a caer la tarde en el poniente, cuando 





160 


JUSTINO ZAVALA MUNtí 


los dos jinetes coronaban la cuchilla en la cual se alza¬ 
ba el rancho del caudillo del Tacuarí. 

Para llegar hasta él, Muniz tuvo que perder todo ese 
día; pero lo daba por bien empleado ya que iba a invi¬ 
tar a uno de los jefes más renombrados de la comarca. 

Como si el País gozara de la más completa tranquili¬ 
dad, sordo al llamado de Angel Muniz, Andrés Ibáñez 
continuaba en su casa, viviendo una vida de sosiego, sin 
que sus montes ocultaran al paisanaje que siempre le 
seguía. 

Por eso fue grande la sorpresa de Justino, al ver 
cómo el semblante del caudillo amigo no se volvía alegre 
y entusiasta al recibir su invitación y al oir de sus pro¬ 
pios labios su resolución de no participar en la aven¬ 
tura. 

[La razón que oponía para su negativa era un ligero 
resentimiento que desde la última “patriada” existía 
entre él y don Angel. 

De poco valieron las razones que pudo invocar Muniz 
para decidir a su prestigioso compañero. 

Disgustado con su jefe inmediato, él no podía sentir¬ 
se complacido en las filas del ejército revolucionario- 
Pero su espíritu guerrero fué más fuerte que el enojo 
que pudiera sentir contra el jefe a quien admiraba a 
pesar de todo. Y antes de quedarse alejado de aquellas 
columnas, en las que tantas veces oyó glosar su nombre, 
y de desechar una empresa en la que encontraría tan¬ 
tas emociones intensas, prefirió buscar una solución que 
sin lastimar su orgullo, diera asimismo satisfacción a 
sus deseos de soldado. 

Movido por tal idea, propuso a Justino acompañarlo 
en la revolución, pero bajo sus órdenes inmediatas. 

Al principio pareció desecharse esta idea. Muniz no 
podía aeeptnr que un caudillo de la talla de Andrés 
Ibáñez, veteiano en la pelea y dueño de un gran pres¬ 
tigio en las huestes blancas, descendiera hasta el punto 



CRONICA DE MUNIZ 


161 


de ponerse bajo las órdenes de un oficial tan nuevo aún 
en los campos de batalla, l’ero la nobleza del veterano 
pudo mas que todos sus escrúpulos y aceptando una ley 
latal de su vida, accedió, al un, a mandar a un jele 
superior en graduación militar y también en prestigio. 

La resolución de Andrés lbañez no era sino una con¬ 
secuencia de los méritos que Justino había evidenciado 
desde que se alistó como voluntario en la columna que 
íué deshecha en Las Rengas. Sin que Muniz mismo 
lo notara, su prestigio había acrecido rápidamente, has¬ 
ta ser reconocido entre sus compañeros de armas, como 
el único oficial capaz de dirigirlos cuando faltase su 
tío. Y lo que Andrés lbañez declarp en aquella entre¬ 
vista, ya se decía en los fogones camperos y en las rejas 
de las pulperías. 

Comprometido desde entonces el caudillo de Tacua- 
rí, Muniz siguió viaje en busca de sus gauchos del 
¿upallar- 

Kn tanto que él corría estas aventuras, don Angel, 
luego de impartir las órdenes necesarias, se trasladó a 
Meló en espera de los voluntarios que allí se reunirían 
paru dar comienzo a la guerra. 

Seguro de la adhesión de Uturbey y' por lo mismo de 
las tuerzas que éste tenía bajo su mando, el caudillo 
permanecía confiadamente en la población, cuando una 
tarde se le dijo que el Jefe Eolítico y sus tropas acaba¬ 
ban de proclamar su fidelidad al Gobierno. 

Kra la declaración de guerra hecha al caudillo. 

Usté lo comprendió así y adelantándose a sus nuevos 
enemigos ensilló su caballo y cruzó al galope las calles 
del pueblo, rumbo a la frontera. 

Aun no se había apartado a gran distancia de Meló, 
cuando notó que un grupo de jinetes galopaba en su 
misma dirección. 

Uturbey, dispuesto en contra suya, trataba de apo- 


u 



162 


JUSTINO ZAVALA MUNIJ5 


derarse de su persona, lo cual sería un golpe de muer¬ 
te para el movimiento que recién se iniciaba. 

Angel Aluniz comprendió que todo se había perdido. 
Aquellos hombres no tardarían en darle alcance y en¬ 
tonces él, antes de caer prisionero, se haría matar. 

A j)esar de que la distancia que separaba al caudillo 
de sus perseguidores era bastante reducida, ni el uno 
trataba de aumentarla, ni los otros de disminuirla. 

He diría que aquellos hombres accionaban obedecien¬ 
do a un prefijado convenio- 

De esa manera galoparon largo rato sobre la arenosa 
frunja del camino, sin que se notaran indicios de un 
trágico desenlace. 

Ya la tarde moría sobre las lomas, cuando el grupo 
de perseguidores se detuvo y de él se vio adelantarse 
un hombre que avanzaba vertiginosamente hacia el 
perseguido. 

En poco tiempo fue dejando detrás de s*í las cuchi- 
Jlns que lo separaban del caudillo, que seguía ganando 
terreno sin parecer preocuparse por su decidido perse¬ 
guidor. 

Oculto por la curva de una loma, desaparecía el som¬ 
brero de Angel Aluniz, cuando el otro jinete comenza¬ 
ba a subir la cuesta. 

Al llegar a su cumbre, vió al caudillo que lo esperaba 
con el caballo de la rienda y empuñando su revólver. 

Era llegado el momento propicio para librarse de tan 
tenaz persecución. Pero fué grande la sorpresa que re¬ 
cibió Angel Aluniz, al ver llegarse al otro jinete—el 
“pardo Sinforoso”—en amistosa actitud, y saber que 
lo había seguido para facilitar su huida y darle las no¬ 
ticias que corrían en el pueblo. 

Libre el caudillo de sus perseguidores, continuó su 
viaje hasta el Brasil, en espera de que los aconteci¬ 
mientos le permitieran invadir nuevamente el País. 

A pesar de tantos contrastes, de la indiferencia con 



CRÓNICA DE MUNIZ 


163 


que el País recibió su grito de guerra y de la traición 
de sus amigos, el viejo coronel no desmayaba en la em¬ 
presa que había acometido. 

Era Angel Muniz uno de aquellos caudillos inquietos 
que tantas veces conmovieron el suelo de la Patria con 
sus continuos levantamientos. 

El estado de guerra era para ellos algo tan natural, 
que se lanzaban a una revolución aún cuando sólo con¬ 
tasen con el apoyo de los gauchos de sus pagos. 

Uuerreros por ley de sangre y por las necesidades 
del ambiente, la guerra fué para ellos una oportunidad 
para lucir el coraje y sus condiciones de caudillos. Y 
a cuando muy' contadas fueron las veces en que sus 
esfuerzos les dieron una victoria, nada era bastante 
para hacerlos desistir de la fuerte pasión que sentían 
por las míseras correrías y los entreveros. 

En su infancia, exaltaron su imaginación las cróni¬ 
cas guerreras y admiraron al gaucho cuyo cuerpo osten¬ 
taba, como timbre de honor, cicatrices de heridas de 
pasadas convulsiones; y soñaron con verse entre el galo¬ 
par de una carga de lanza y con oir, más tarde, pro¬ 
nunciarse con respeto su nombre en lu comarca. 

Sus abuelos les legaron una herencia de heroísmos 
y de odios, y ellos, basta en sus tareas camperas, hacían 
el aprendizaje que más tarde les servía para las gue¬ 
rras. 

Angel Muniz era de esa talla. Por eso, a pesar de sus 
reveses y sus años, aún alentaba en su pecho ese fuego 
pasional que mantenía a su espíritu en una eterna ju¬ 
ventud, que con tanta fuerza se manifestaba en el enca¬ 
necido guerrero, hasta hacerlo popular bajo el cariñoso 
mote de *’E1 Manco Angelito”. 

Esta vez había logrado conmover por unos días el 
ambiente de Cerro Largo. 

Desaparecido un instante de la escena, todo quedó 



104 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


en paz, excepto en el Zapallar, donde su sobrino aún 
continuaba la aventura. 

Fué entonces cuando llegó a Cerro Largo el coronel 
Modesto Polanco, comisionado del Gobierno para ins¬ 
truir un sumario y' castigar a los culpables- 

Era voz corriente en el pueblo, que Polanco traía 
órdenes severísimas y la firme resolución de cumplirlas. 

La faina que precedía a su nombre, hizo que se le 
mirara con temor cuando inició la investigación. 

Las hombres que estaban comprometidos en el movi¬ 
miento, fueron uno a uno a protestar de su inocencia 
ante el temible comisionado. 

Nadie se atrevió entonces a declarar su amor a la 
causa que defendía el cauddlo emigrado, sino que, por 
el contrario, todos cometieron la debilidad de negar al 
viejo guerrero en sus días de desgracia. 

Bien pronto se supo en el pueblo que Justino Muniz 
había sido llamado a prestar declaración. 

En todas las mentes surgió idéntica pregunta: ¿Qué 
liará el caudillo; negará, como los otros, a su viejo co¬ 
ronel? ¿Declarará, también él, que no cree en “Ange¬ 
lito”? 

Difícil era el saberlo. Polanco intimidaba demasiado 
y Justino era, a su vez, de una nobleza intachable. 

En esta incertidumbre estaban los pacíficos vecinos 
de la villa, cuando una mañana Muniz entró en Meló 
con la arrogancia de un hombre que desconoce el pe¬ 
ligro. 

Había recibido la orden del Jefe Político, y llegaba 
a deponer su declaración. 

Polanco se hallaba en la Jefatura, en la que había 
instalado su deapacho contiguo al de Uturbey, del cual 
lo separaba un tabique de madera- 

■Cuando Muniz estuvo frente al que debía ser su juez, 
en nada cambió la altanería de su actitud. 


CRÓNICA DE MUNIZ 


165 


Hubo un momento en que los dos hombres se midie¬ 
ron con la mirada. 

Frente al coronel investido de tan terrible poder, 
estaba el caudillo, hombre de nuestros campos, vestido 
con el romántico traje de la tierra. Hermosa la presen¬ 
cia y respirando un aire de altivez y libertad, del que 
daban justa idea aquella cara fuerte y severa, con su 
nariz aguileña, su barba espesa y ancha frente hermo¬ 
seada por la cicatriz que le hizo Felisl>erto. 

No cabía duda de que aquel hombre era el represen¬ 
tante genuino de la raza. Poseía en toda su apostura, 
el desenfado que le daba su vida en medio de la sole¬ 
dad de los campos y el continuo contacto con la Natu¬ 
raleza. 

Polanco lo comprendió así, y ajustándose a la fórmu¬ 
la de su interrogatorio, preguntó: 

—“¿Usted estaba en la revolución?” 

Con la voz íirme, digna y noble la apostura, Muniz 
contestó secamente: 

—“Estaba y estoy”. 

Polanco dudó un instante; jamás hombre alguno 
había mostrado mayor valentía y nobleza en sus pala, 
bras, en semejantes circunstancias. 

Dominado por la actitud de aquel gaucho, Polanco 
insistió aún en su interrogatorio y afectando severidad, 
dijo: 

—“¡Cómo dice usted que está en la revolución?” 

Muniz pareció no reparar en la severidad de estas 
palabras, y con el tono resuelto de siempre, contestó: 

—“Digo estoy', porque “El Manco” está ahí, en la 
frontera. Y en cuanto pase me voy con él- Y estaba, así 
como estaban también ese maula del Jefe Político y 
ese portugués Manduca Cipriano”. 

Polanco notó que aquel hombre no se preocupaba de 
su fama y que hasta parecía no pensar en el riesgo que 
le amenazaba; y tratando de terminar pronto con tan 






166 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


enojosa entrevista, preguntó a Muniz si era capaz de 
.declarar lo dicho, por escrito. 

Con el desprecio de un hombre de campo de aquellos 
tiempos, u lo que ellos llamaban “papeles”, Muniz, 

—“Ponga lo que quiera, dijo, siempre que no 
mienta”. 

Terminada la entrevista, el comisionado del Gobierno 
dio autorización a Muniz para volver a su puesto, 
haciéndole notar que debía presentarse cuando él vol¬ 
viese a llamarlo. 

Bien pronto se supo en el pueblo lo ocurrido esa ma¬ 
ñana en la Jefatura. Y en tanto que el temor que in¬ 
fundían el nombre y los poderes del coronel Modesto 
Polanco desaparecían por completo, la actitud de Justi¬ 
no Muniz se comentaba entre exclamaciones de admira¬ 
ción y de sorpresa. 

El soldado de Angel Muniz acababa de dar muestras 
de su hidalguía criolla, afirmando ante el temible 
adversario su adhesión a la causa revolucionaria. 

Tanto en las esquinas de las aceras como en las ter¬ 
tulias del hotel y de las casas de comercio, las palabras 
de simpatía se prodigaban a Muniz con tal generosidad, 
que bien probaban que en aquel pueblo blanco se le 
agradecía el homenaje que él tuvo el valor de rendir al 
popular y amado “Angelito”. 

Mucho tiempo después de ocurrido este episodio, v’ 
haciendo un viaje en el ferrocarril que los conducía 
hasta Montevideo, se encontraron el ya anciano caudi¬ 
llo Uturbey y el entonces general Muniz- 

En la charla afectuosa que entablaron acerca de sus 
tiempos idos, Uturlrt*v recordó el episodio que he narra¬ 
do. Y cuando comentaba las contestaciones que Muniz 
diera entonces a Polanco, díjole que en ese momento 
él y Manduca Cipriano se paseaban por detrás del tabi¬ 
que que los separaba de la escena, y que por cada con¬ 
testación que Muniz daba a Polanco, ellos se decían: 




CRÓNICA DE MUNIZ 


167 


“¡Para qué habrán llamado a este gaucho bárbaro?” 
¡No sólo se pierde él, sino que hasta nos compromete 
a nosotros!” 

Una ruidosa carcajada, hija del regocijo que produ¬ 
cíanles aquellos recuerdos, epilogó jovialmente el re¬ 
lato. 






CAPÍTULO XVI 


Sorpresa de Prayle Muerto 


C omo lo había asegurado Muniz a Polanco, don 
Angel invadió nuevamente el País y Justino se 
levantó de inmediato con sus gauchos de Cerro Largo. 

Imposibilitado para invadir la República por el 
Departamento de Cerro Largo, Angel Muniz tuvo que 
hacerlo por el sudeste. 

Sabedor el Gobierno de esta nueva tentativa del cau¬ 
dillo blanco, se dispuso a perseguirlo tenazmente, con 
el fin de impedir que los revolucionarios realizaran su 
incorporación y forniaseD entonces una columna respe¬ 
table. 

Justino Muniz, por su parte, organizaba su división 
para dirigirse al encuentro de su jefe, a quien suponía 
operando en los departamentos de Minas y Treinta y 
Tres. 

En estos preparativos fue necesario perder un tiempo 
considerable que sus adversarios supieron aprovechar. 

Rodeado por un centenar de eruerreros. Muniz se 
hallaba en los campos del Fravle Muerto. 

Seguro de que no tenía nada que temer, pues sus 
“bomberos” estaban de vigilancia en una extensión de 
cinco leguas a la redonda, había establecido su campa¬ 
mento en espera de los voluntarios que prometieron su 
eoneurso. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


169 


Diseminados en las hondonadas de las cuchillas, sin 
más orden que el que exige una rudimentaria organi¬ 
zación militar, las carpas de aquella división, hechas 
con ramas que se trajeron de los montes cercanos y 
cubiertas por los ponchos o los cojinillos, ocupaban 
una reducida extensión en las praderas- Dando frente 
al camino que debían seguir, la carpa del caudillo, en 
cuya puerta la lanza de tanjas guerras anunciaba su 
aposento; y siguiendo en el orden de marcha, las car¬ 
pas y fogones, donde los soldados ven pasar las horas, 
distraídos junto a la “carona” que sirve de carpeta, o 
haciendo pasar el cimarrón, mientras un veterano habla 
de sus campañas en las “provincias” (•), o de su aven¬ 
turada travesía por las selvas del Paraguay, o rodean¬ 
do entusiastamente a un payador que por centésima 
vez canta unas décimas que mucho gustan al paisanaje 
por lo que tienen de regocijadas y picarescas. 

Kn el recodo que forma la curva del monte, las caba¬ 
lladas pacen tranquilamente, prontas para servir cuan¬ 
do sean necesarias. 

'Más que un campamento de guerreros, aquello pare¬ 
ce un pueblo nómade que se ha detenido junto al monte, 
después de una larga jornada. 

Nada de todos los aprestos bélicos que tiene un ejér¬ 
cito regular, se notaba en aquella división improvisa¬ 
da. Cada guerrero, desde el caudillo hasta el más 
humilde soldado, tenía por todo bagaje, sn lanza, el 
trabuco y* el sable, cuando no el gran facón, que tam¬ 
bién servía para la vida ordinaria. 

Junto al fogón, sólo en la divisa del sombrero se po¬ 
dría reconocer al hombre de guerra. 

Tampoco se aprovechaban los días instruyendo a los 
reclutas. Allí todos sabían lo miwno del arte de la gue- 


O A,í nuestros paisano* * las guerra* argentinas. 




170 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


rra. Se hacía ésta entonces a la usanza gaucha; utili¬ 
zando las condiciones que poseían los improvisados gue¬ 
rreros como hombres de campo. 

Y como todos los que allí estaban sabían pasarse todo 
un día encima del caballo, atravesando sierras y llanu¬ 
ras, y sabían también detener y dirigir a su antojo la 
carrcTa de un potro, nada nuevo había que enseñarles- 

Mientras tanto el caudillo enviaba “chasques” por 
toda la comarca y recibía las visitas de los amigos, que 
traían nuevas sobre el estado del País. 

Más de uno de esos visitantes advirtió al jefe que 
una columna, considerable por su número y el arma¬ 
mento de sus componentes, avanzaba en su busca. A 
pesar de que los datos parecían coincidir en su veraci¬ 
dad, Muniz no dio importancia a esas voces de alarma, 
seguro de que sus “bomberos” le avisarían cuando 
hubiese algo de cierto. 

No pensaba el caudillo que se le pudiera sorprender 
en su propio pago, del cual conocía todos los senderos 
y picadas. Rabia él, muy bien, que los pasos de sus 
enemigos los conocería muy’ pronto en el campamento, 
gracias a que nadie más que él y los suyos, contaban 
con el cariño y la protección de la gente de aquel lu¬ 
gar, dd que dijo Máximo Pérez que: “...hasta las 
ehireas son blancas”. 

iSin embargo, esta vez la astucia del caudillo se equi¬ 
vocaba gravemente. 

No tardaron muchos días, cuando los revolucionarios 
vieron que empezaban a coronar las cumbres de las 
cuchillas cercanas, grandes partidas de gente de guerra. 

A poco de examinar a los que se acercaban, Muniz 
comprendió que había sido sorprendido y que los instan¬ 
tes eran preciosos. 

Inusitada actividad notóse de inmediato en su cam¬ 
pamiento. Mientras a la puerta de su carpa. “Fusil”, 
antiguo y fiel asistente, ajustaba la cinoha a su caballo 



CRÓNICA DE MUNIZ 


171 


de pelea, en otras partes unos enfrenaban sus fletes, 
en tanto que otros inquietaban la caballada con el sil¬ 
bido de los lazos, o terciaban el poncho en la cintura, 
firmes ya er los estribos y la lanza en la mano* 

l T nos instantes más y ya las balas silbaban sobre las 
cabezas de los gauchos, que emprendían la retirada 
haciendo esfuerzos por detener el avance del adversa¬ 
rio, que ya entonces había aparecido en su totalidad 
sobre las laderas. 

Un rezagado que pudo escapar gracias al conoci¬ 
miento del lugar, trajo la noticia de que los persegui¬ 
dores formaban el ejército de Latorre. 

Entonces se perdió toda esperanza de resistencia. 

Aluniz sabía que Latorre, operando en combinación 
con Timoteo, acababa de batir completamente a don 
Angel; intentar derrotarlo era un sueño que él estaba 
muy lejos de concebir. Además, sus hombres sorpren¬ 
didos por aquel ataque tan fuerte como inesperado y 
por la persecución tenaz que sufrían, iniciaron una 
deserción que amenazaba generalizarse en las tilas. 

Con la visión clara de un hombre acostumbrado a 
estos reveses. Muniz trazó su plan de campaña, que 
debía librarlo de una pérdida segura y ponerlo en con¬ 
diciones de ser él el atacante. 

Alai servido por dos de sus “bomberos” que estaban 
situados en los lugares por donde debían pasar los ene¬ 
migos y que olvidando sus deberes se dejaron hacer 
prisioneros, mientras asistían a un baile en casa de 
una “comadre”, Muniz pensó en el apoyo que le pres¬ 
taban los montes y las sierras de sus pagos, para burlar 
y batir a los que se atrevían a buscarlo en su propio 
elemento. 

En esa hora aciaga, surgió el caudillo armado de su 
instinto guerrero y de su conocimiento de los lugares 
que atravesaban. 

Como el día en que tuvo que verse frente a Máximo 



172 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Pérez, tenía en su favor los montes y bañados, que le 
ofrecían un seguro lugar de defensa. Y así, mientras 
los perseguidores tendrían que detener el avance a 
cada momento, obstaculizados! port las lagunas y los 
pajonales, él y sus gauchos se perderían entre ellos, 
deslizándose con seguridad y ligereza desconcertantes- 

■Combinado de este modo su plan, Muniz siguió viaje 
rumbo al Rincón de Ramírez, lugares que desde niño 
había aprendido a conocer. 

Latorre, por su parte, no cejaba en su empeño, segu¬ 
ro de que muy pronto algún arroyo detendría la mar¬ 
cha del caudillo. 

En ese duelo, en el que de una parte estaba la supe¬ 
rioridad numérica y de la otra la astucia, transcurrió 
el resto de ese día sin mayores acontecimientos, como 
no fueran otras deserciones que sufrió la columna do 
revolucionarios. 

Dominaron las sombra? en los campos y con ellas el 
elemento que Muniz esperaba utilizar en su favor. 

En tanto que Latorre detenía la marcha, Muniz po¬ 
nía en ejecución la segunda parte de su plan. 

Bajo el manto de la noche, y cuando los guerreros 
esperaban gozar del descanso de que tanto habían me¬ 
nester después de una marcha como la que hicieron 
durante ese día, el caudillo ordenó seguir andando. 

Guiados por aquel hombre, semejante entonces a un 
alucinado que avanza en medio de las sombras, llevan¬ 
do dentro de sí el derrotero de su viaje y alentado por 
una voluntad que lo hace superior a las fatigas y al 
sueño, los perseguidos cambiaron de rundió y se per¬ 
dieron bien pronto en dirección al Bañado de Medina. 

Silenciosamente, sin exhalar una queja, aquellos 
hombres que no habían probado un bocado seguían a 
su jefe que caminaba a su frente acortando las distan¬ 
cias de un trayecto que él llevaba marcado en la me¬ 
moria. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


173 


Así marcharon durante largas horas, semejando una 
procesión de sombras viajando en la soledad de los 
campos. 

Mientras en el campamento enemigo sólo los centine¬ 
las permanecen de pie, la columna derrotada sigue al 
caudillo que le sirve de baqueano, atravesando por 
lugares que sólo para él pueden dar paso- 

J/os campos de su pago lo defienden esta noche de 
sus perseguidores. 

Y a pesar de la oscuridad reinante, ni las chircas, ni 
los bañados, ni las lagunas tienen para él misterios; se 
diría que la Naturaleza de su comarca quiere merecer 
el n ole que el despecho de vencido inspiró a Máximo 
Pérez. 

A medida que avanzaban iban dejando a su espalda 
los montes del Frayle Muerto, para acercarse a la Cu¬ 
chilla Grande, que atravesaron a corta distancia del 
Tacuarí. 

Con la seguridad de siempre, el caudillo seguido de 
sus gauchos aventuróse por aquellas llanuras, cuya 
configuración él llevaba presente en su memoria. Y en 
tanto que ellos van dejando detrás suyo las lomas y 
los llanos, el ladrido de los perros se siente, en el silen¬ 
cio de la noche, partir de un rancho hasta el que llega 
el eco del trotar de los caballos. 

En el monte, que se extendía sobre la tierra como un 
gigante deforme y silencioso, volaron asustarlas las 
aves, al mide de las ramas que quebraban las caballe¬ 
rías. 

Por el límpido espejo de las lagunas se vieron pasar 
las siluetas de los viajeros, cansados y soñolientos, pero 
llenos de esperanza en la astucia del caudillo. 

Ya los tintes de la madrugada cercana se anuncia¬ 
ban en el cielo, y ellos aún cruzaban los campos, de los 
que huían sorprendidos los ganados a su vista, o deja¬ 
ban a su espalda loa bañados, en los que las pajas vol- 




174 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


vían a levantarse y unirse, borrando las huellas del 
último jinete que acababa de pisarlas. 

Cuando la claridad del día se hizo en el cielo y en 
las cuchillas, la legión de revolucionarios se detuvo al 
abrigo de los mentes de una isla que forma el Tacuarí, 
a una legua de la estancia de Justino. 

Ailiora podían descansar libremente y cobrarse de los 
trabajos realizados en aquella noche meinoruble 

La empresa se había llevado a feliz término. 

El caudillo había mostrado esa noche que era tan 
capaz de dirigir una carga de lanza, como de librar a 
sus hombres de caer en el círculo de fuego en el que 
sus enemigos pretendían haberlos cogido. 

Típico guerrero de nuestro suelo, contaba con su va¬ 
lor pura las peleas, y con su astucia para deslizarse 
inadvertido por entre las líneas de sus adversarios. 

■Sin mapas geográficos del País que le sirvieran en un 
momento de peligro, el caudillo recurría a su conoci¬ 
miento de las comarcas y se arriesgaba en una larga 
travesía, aún en la oscuridud de la noche, seguro de 
que su instinto lo conduciría al punto que buscase. 

Nadie como él sabía de los pasos ocultos que ofrecían 
los ríos de su tierra y que permanecían disimulados para 
el extraño, por un extenso y gracioso pajonal; nadie 
como él sabía dónde se cortaban los precipicios de las 
sierras, traidores para otro, que al intentar salvarlos 
caería en sus lazos; y nadie como él, en fin, sabía dónde 
llevaba el angosto y tortuoso sendero que se arrastraba 
a través de los chircales y que, internándose en el ba¬ 
ñado, iba a morir en una laguna anchurosa y de escasa 
profundidad. 

Él también, como lo que cuenta la leyenda de aquel 
otro caudillo, KJvera, conocía por la calidad del pasto 
que palpaba, la región en que se hallaba. 

Y toda esa sabiduría campera, que sólo se aprende 
viviendo como él vivió, fué el arma de que se sirvió para 



CRÓNICA DE MUNIZ 


175 


burlar a los de Latorre, quienes, a la mañana siguiente, 
no volvían de su asombro, al notar que habían desapa¬ 
recido los revolucionarios y que hasta el rastro de su 
marcha se había borrado en las gramillas. 

Así, pues, a pesar del éxito que alcanzó Latorre, le 
fué imposible a proveedla rio, porque la astucia del gau¬ 
cho había hallado muy pronto el modo de escaparse del 
círculo en el cual pretendían haberlo encerrado. 

Desesperado de darle alcance, Latorre siguió viaje 
hacia el Norte, con ej objeto de entrar en la ciudad de 
Meló. 

En la mañana del segundo día de marcha, su ejército 
campaba en las costas de la Laguna del Negro. 

Muniz, ya repuesto de la sorpresa y dueño de nuevas 
caballadas que le envió su esposa, se preparaba para 
atacar a Latorre en la primera oportunidad que le fuese 
posible hacerlo. 

A la espera de los acontecimientos, campaba Muniz 
en el monte, cuando a la mañana siguiente, el general 
brasilero Astrugiído Pereira da Costa llegó a su campa¬ 
mento. 

Venía el recién llegado del campo de Latorre, a quien 
había prometido lograr una entrevista entre él y Muniz. 
Traía, asimismo, la nueva y detalles de la derrota de 
don Angel y su retirada al Brasil. 

Por los detalles que le suministró el general visitante, 
y en quien depositaba toda su confianza, Muniz com¬ 
prendió que la eausa estaba perdida y que sólo en aque¬ 
lla entrevista podía obtener una paz honrosa para los 
guerreros que le acompañaban. Y sin pensar en el ries¬ 
go que corría al presentarse en un campamento adver¬ 
sario y frente a un jefe a quien la fama presentaba 
como temible, resolvió acceder al petitorio del emisario. 

La distancia que separaba los dos campos enemigos 
era muy reducida; por lo cual, a poco andar, llegaron 
los dos jinetes a la carpa del jefe colorado. 





176 


JUSTINO 3AVALA MUNIZ 


Sabedor Latorre de las altas condiciones y del mucho 
prestigio de que gozaba en la comarca el caudillo que 
tenía en su presencia, no escatimó atenciones ni halagos, 
enderezados a producir en el ánimo del huésped la im¬ 
presión que él deseaba, para conquistar su afecto. 

Sentados sobre el césped; frente a la tienda del jefe 
y en derredor del fogón, platicaron amistosamente lar¬ 
go rato los oficiales gubernistas y el caudillo blanco. 

Latorre informó a Muniz sobre el fracaso de la se¬ 
gunda tentativa de don Angel y de las ideas que a él 
lo animaban con respecto al partido en que militaba 
Justino. Este, por su parte, que ya conocía la desgracia 
de su jefe y sus amigos, prometió dar por terminada la 
campaña, siempre que se respetase la vida y tranquili¬ 
dad de sus hombres. 

Solucionado el motivo de la entrevista, la conversa¬ 
ción se entabló sobre temas políticos y guerreros, con 
una afectuosidad digna de viejos camaradas. 

Entre los militares que formaban en el corro, asistía 
un olicial—cuyo nombre no he podido recoger con exac¬ 
titud—que después de mucho examinar al caudillo, le 
ofreció un cigarro. 

Muniz, que no fumaba, rechazó agradecido el ofreci¬ 
miento, sin reparar en el tono con que el otro lo hacía. 
l*ero he aquí que el militar insiste en su atención, con 
una frase de dudoso sentido: 

—¡Fume, coronel, (•) un blanco flojo. 

Al oir estas palabras, el semblante del caudillo cam¬ 
bió de súbito. Sus ojos centellearon de indignación, y 
sin detenerse a medir la gravedad de su actitud en 
aquel ambiente adverso; desbordante de altanería, ante 
la ofensa que creyó haber recibido, se irguió de pronto, 
y avanzando hasta su adversario, díjole, amenazante: 

—Flojo; pero ningún salvaje como usted, lo insulta. 


(*) A Maní* »e le reconocí» el grado de coronel, en l»s filas blancas. 





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CRÓNICA DE MUNIZ 

Todos los que rodeaban el fogón se levantaron a su 
vez al notar la actitud decidida de *viuniz, mientras el 
imprudente ofensor se retiraba ante aquel gaucho de 
mirada imponente, que lo seguía con el ademan resuel¬ 
to y la mano en el puñal. 

Cegado por la indignación, Muniz pensaba que las 
palabras del oficial eran el sentir de toaos los presentes, 
que aprovechaban la oportunidad para vejarlo. Y ani¬ 
mado por su audacia, atento sólo a la veugauza de la 
ofensa recibida, se aprestó a enseñarles el respeto que 
su valor merecía. 

Es verdad que se encontraba frente a un grupo de 
hombres armados y rodeado por todo un ejército; pero 
él aun no había aprendido a detener su brazo venga¬ 
dor ante el más impresionante de los peligros. 

"Blanco flojo" habían dicho, y él les probaría cuáai- 
to se equivocaban en el insulto. 

Nada era bastante a detenerlo en su intención, cuando 
Eatorre, comprendiendo sus ideas, se interpuso entre 
él y el corrido ofensor, a quien reprimió duramente su 
actitud descortés y cobarde, puesto que no se atrevía a 
medirse con el caudillo a quien acababa de ofender. 

En vano intentó el otro disculpar sus palabras, pro¬ 
testando que al decir blanco, quiso referirse a la cali¬ 
dad del cigarro; Latorre le ordenó pasar a su carpa en 
condición de arrestado. 

La actitud justa de Latorre y las protestas que hi¬ 
ciera de su amistud, calmaron el ánimo de Muniz, quien 
permaneció algunas horas más en el campumeuto; del 
cual se alejó con la promesa de que ferian respetados 
sus guerreros. 

Ya en su campo, el caudillo reunió por última vez a 
su alrededor a los guuchos que lo acompañaron en aque¬ 
lla campaña y dirigiéndoles un lacónico y emocionado 
discurso, les anunció el fin de la revolución quizá más 


i: 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


¡ 178 

popular ile la Historia, al mismo tiempo que los invitaba 
a volver al trabajo reparador. 

Enternecidos, escucharon los soldados la voz del gue¬ 
rrero, y sin exhalar una queja contra la adversidad de 
la suerte, estrecharon respetuosos la mano del caudillo, 
para rumbear hacia sus hogares. 

En pequeños grupos o solos, fueron surgiendo del 
monte las siluetas de los gauchos, de cuyos sombreros 
ya se habían quitado las divisas. 

Por unos instantes animóse la soledad de los campos, 
con la presencia inopinada de los jinetes que los atra¬ 
vesaban; y cuando se hubo perdido detrás de las lomas 
el último guerrero, se borró con él la efímera alegría 
del lugar y la postrera imagen de la guerra que allí 
terminaba. 

Con ellos desapareció el caudillo para dirigirse a su 
rancho, en el cual lo esperaban ansiosos los brazos abier¬ 
tos de su esposa y las frentes de sus hijos, para que en 
ellas estampara el ósculo tanto tiempo deseado. 

En la cumbre del cerro, el relincho feliz del caballo 
de pelea anunció a los campos la vuelta del guerrero. 



El Coronel ¡tlnulz 



CAPITULO XVII 


El Coronel Miinfz 


L os campas recobraron su tranquilidad habitual, 
cuando la última columna de guerreros desapareció 
en el horizonte. 

Los gaudhos que por tanto tiempo permanecieron ale¬ 
jados de sus hogares, volvieron a ellos felices de poder 
iniciar la vida de paz y sosiego que soñaron en las 
roches cruentas de la lucha. 

Kn toda la comarca, los indicios del trabajo alegra¬ 
ron los campos. Después de una existencia plena de vi¬ 
cisitudes v de sacrificios, renacía la vida serena y pací¬ 
fica. con la cual se elaboró la grandeza nacional. 

Cuando recién se anunciaban los resplandores del 
alba, el guerrero, entonces rudo campesino, recorría el 
área de la huerta, abriendo nuevos surcos y caminando 
detrás del arado que arrastran los t a rijos bueyes. Y en 
la patriarcal tarea continúa empeñosamente, mientras 
el sol proyecta su sombra sobre la tierra que él acaba 
de fecundar, hasta que el mediodía llega, luminoso, so¬ 
bre los campos, y ¿1 retorna a las casas donde lo esperan 
el almuerzo frugal y unas horas de descanso antee de 
iniciar de nuevo su labor. 

T.os días se suceden lentamente, mientras el campesi. 
no continúa su fecunda tarea, hasta que en el cercado 
el negro seno de la tierra desfigura el paisaje que en¬ 
verdecían las granadlas. 


182 


JUSTINO ZAVALA MUNTZ 


Como él, todos los paisanos han vuelto a sus labores. 

La aparición del sol sorprende a diario al jinete que 
salta sobre los lomos de un potro; al labriego que rom¬ 
pe la uniformidad de las gramil las; a la diligencia que 
avanza por el camino seguida por la espesa nube de 
polvo que levanta, o al andar tardo y pesado de una 
carreta que cruza los llanos. 

A esa hora, el cuadro se anima de vida y de color; 
los campos se alegran con el pasar de los viajeros y el 
•blanquear de las estancias sobre las cuchillas. 

Las lanzas permanecen olvidadas en los ranchos, 
mientras el arado triunfa en las lomas. 

Si p! día es de verano, desde la madrugada los gau¬ 
chos están ya de pie, gustando el cimarrón antes de 
iniciar sus trabajos. 

Después ciñen el recado sobre los caballos, para 
montar v marcharse al campo donde pasan la mañana 
ocupados en recorrerlo y revisar los ganados, o en el 
monte, donde el hacha corta los altos sauces o los mim¬ 
bres coposos. Y mientras éstos cuidan de los animales 
y de aprovisionarse de leña para el próximo invierno, 
otros levantan la tierra en la que nacerán los verdes 
tallos de los maizales. 

En el corral, las mujeres se ocupan en ordeñar las 
vacas une. libres luego de habérseles privado de su le¬ 
che espumosa, desfilan perezosamente por la cuchilla, 
ímnertunndns por sus terneros nue gozan, con brinco y 
balidos, de su libertad y de la frescura del ambiente. 

En las pulperías, el comerciante abre las puertas a 
la luz. en espera del viajero que se detendrá para to¬ 
mar unas ginebras une le den calor y energía, y para 
dar descanso a su cabalgadura. 

Durante el resto del día. balo la luminosidad inmen¬ 
sa nue alegra y da color al paisaje, pasan las horas del 
trabajo, une se deja al caer la tarde para reanudarlo a 
la mañana siguiente, 



CRÓNICA DE MUNIZ 


183 


El sol se lia puesto va. I T n lento crepúsculo domina 
en el cielo y en el campo. El silencio comienza a reinar 
sobre las cosas. El balido de las ovejas que van llegando 
al rodeo, se acalla poco a poco, mientras en el monte 
los pájaros se recogen silenciosos. 

Recostado al palenque, donde su caballo espera el 
instante de partir, un gaucho apura unos amargos, 
aguardando a que en el cielo se enciendan las estrellas 
y que la luna, con su luz pálida, bañe los campos y las 
cosas. 

Precisado a hacer una larga jornada, el viajero Im 
esperado la noche, para librarse así de los rayos ar¬ 
dientes del sol de verano v' gozar de la frescura que a 
esa hora se siente en la tierra. 

Yo no sé s ; en esa resolución hay algo también, de sen¬ 
tido y emoción poéticos; pero es lo c'erto míe nuestros 
paisanos prefieren, con marcada Preferencia, el hacer 
esos viajes en la tibieza de las noches de estío. 

fhiando las sombras se han extendido sobre los cam¬ 
pos. el viajero inicia su maroha al trote lento de su ca¬ 
ballo. 

A su alrededor todo es silencio y reposo; en medio 
del raisaje que duerme, el jinete es el único que pare¬ 
ce vivir en armella hora. 

Sobre la quietud de muerte de las cumbres v los lla¬ 
nos, ataviada de astros, se muestra la bóveda celeste, 
impasible y eterna. 

T,a luna semeja una lámpara encendida en la azul 
inmensidad del espacio. 

Rajo anuel espectáculo grandioso, el jinete continúa 
cruzando los campos, al galope cadencioso de su caballo. 
Y las cuchillas que deja a su espalda se van borrando 
como negras curvas, mientras atraviesa los llanos en los 
nue se siente el golpear de los cascos de su flete, sobre 
el piso endurecido. 

Acariciado por una brisa tibia, el viajero recorre las 



184 


JUSTINO ZAVALA MUNTZ 


distancias bajo el palio azul de la noche, en la que se 
diría que el espíritu de Dios, inmensamente lírico, se 
anuncia en la poesía maravillosa del Infinito. Y es tan¬ 
ta la emoción que hay en esa hora, hora en la que yo no 
sé qué extraño misticismo se apodera de nosotros, hasta 
hacernos asomar láprimas a los ojos cuando contem¬ 
plamos la mudez imponente de los cielos, que nos pare¬ 
ce sentirnos abrasados por un irresistible deseo de vo¬ 
lar. en un vértigo de Azul, a hundirnos en la profundi¬ 
dad infinita de la noohe. 

El pancho siente en su espíritu el encanto de la hora, 
y sin saber por qué, canta; son canciones del terruño 
en las que palpita su alma criolla, con todos sus sueños 
y melancolías. 

En el silencio de las cosas, sus palabras van pasando 
hasta morir en 1a. soledad. 

Y en tanto él sipue su viaje, y pasan las horas lenta¬ 
mente, frente a la quietud inmutable de los astros, la 
luna va describiendo la parábola de su viaje. 

Ya no reeuerda cuánto tiempo lleva andando, cuando 
el eco de sus canciones provoca el ladrido de los perros, 
al pasar junto a un rancho. 

Su voz y los ladridos son los únicos sipnos de vida 
que se advierten en la noche. 

El jinete sipue recorriendo las distancias, mientras 
los ecos de las voces se apapan paulatinamente, hasta 
perderse en el silencio de la hora. 

Por los parajes que atraviesa, el viajero supone lo 
que falta aún para que venpa la anunciación del alba. 

Ya ha dejado a su espalda muchas lomas y llanuras, 
y la quieta superficie de una lapuna se apitó un mo¬ 
mento a su paso. 

Aún no ha terminado de hundirse en la curva del 
Espacio el ai tro de la noche, cuando sobre la cumbre 
del Cerro Largo se anuncian en el cielo los tenues res-, 
plandores del nuevo dí&. 




CRÓNICA DE MUNIZ 


185 


Poco a poco el azul se tiñe de un rosa pálido que 
invade su inmensidad, y mientras en los campos se 
hace una luz difusa, en el cielo comienzan a apagarse 
las estrellas. 

En la enramada de un rancho que se levanta al cos¬ 
tado del camino, el jinete distingue el rojizo resplandor 
del fogón junto al cual “amarguean” los paisanos 
madrugadores. 

Al pasar oye el canto de los gallos que saludan ia 
llegada del día. 

í,.a noche se defiende aún. hasta el instante en que 
sobre la cumbre del cerro, el sol asoma sobre los cam¬ 
pos produciendo una eclosión de luz. Y la quietud de 
muerte que dominaba en la tierra se ha ido con la no¬ 
che. para que reine la claridad del día. 

Entonces el viajero suspende su viaje, para dar des¬ 
canso a su caballo y esperar el nuevo declinar de la 
tarde, en el que proseguirá su marcha. 

Así, todo es paz y trabajo en la campaña. 

Al ver cómo los hombres retornan, al descender el 
sol, de sus tareas, las mismas cpie los ocuparon el día 
anterior, se diría que todo se sucede idénticamente, sin 
que un solo cambio se opere en los hombres y las cosas. 

No es así, sin embargo; una vida nueva empieza en¬ 
tonces en la comarca. 

i De dónde viene? ¿Cuándo se inició? ¿Quién la 
hace? 

Difícil fué entonces, y lo es a/hora, el saberlo. 

¿*¡n grandes revoluciones, obedeciendo a una ley na¬ 
tural y por lo mismo fatal, la campaña de aquellos lu¬ 
gares experimentaba una extraña transformación que 
se acentuaba con signos cada vez más visibles. Era algo 
así como el cumplimiento de una voluntad superior y 
desconocida, que el gaucho aceptaba resignado, y sin 
percatarse, en mucho, de su trascendencia. 

Sobre las cuchillas, hasta entonces libres, las líneas 



186 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de los alambrados comenzaron a extenderse, señalando 
la propiedad de cada uno. 

La tierra, que fué patrimonio de todos y que se abría 
generosa para todos, fué limitándose por aquellos mu¬ 
ros que señalaban los caminos y hacían notar las rique¬ 
zas de los estancieros. 

En derredor de los ranchos, donde hasta entonces por 
lo general sólo se extendían las verdes gramillas, los 
rubios trigales pusieron una nota de color. En las cu¬ 
chillas aumentaron las majadas, que alegraban los cam¬ 
pos con sus múltiples balidos y la limpia blancura de 
sus vellones. 

Entonces, ya no le fué dado al gauoho recorrer los 
campos al capricho de sus deseos y siguiendo la ruta 
que le indicaba su conocimiento del paraje. La tierra 
tenía desde ahora su dueño, que le privaba hacer por 
ella sus correrías asustando los ganados que pacían en 
la pradera. 

Hasta el gaucho sufría en su traje tradicional, las 
consecuencias de aquella nueva vida. 

La ruda bota de potro, que tan bien le servía para 
afirmar los dedos del pie en el estribo, como para bailar 
un pericón, fué reemplazada por una nueva, toda ente¬ 
riza, que se hacía en las ciudades. Con el tosco calzado 
se fueron también las lloronas que lo acompañaban, 
ante la invasión de una espuela más delicada y peque¬ 
ña. Pero, no sólo aquí se detuvo el impulso transfor¬ 
mador del progreso que avanzaba en el pago. Aún fal¬ 
taba despojar al gaucho de otros típicos atributos de sus 
vestidos. La invasión de esta nueva vida tuvo para los 
tradicionalismos una crudeza implacable 

Así fué cómo, poco a poco, desaparecieron de los cam¬ 
pos el chiripá y los ribeteados calzoncillos que le ser¬ 
vían de complemento, para dar lugar a la bombacha, 
nueva prenda que pronto se aclimató en la comarca. 



CRÓNICA’ DE MUNIZ 


187 


porque respondía al espíritu y las necesidades del hom¬ 
bre de campaña. 

Focas, hasta desaparecer por completo, fueron las 
melenas agitadas por las auras campesinas. Y el tra¬ 
buco, que sólo servía para disparar una vez en la 
ludia; esa arma gaucha, por lo que tiene de tosca y de 
inútil, propia para aquellos valientes que sólo fiaban 
su vida en el puñal, fui también desterrado por el re¬ 
vólver. rápido y certero, adecuado para los que enton¬ 
ces sentían poco fuego de coraje en sus venas. Y como 
elocuente indicio de que nada permanecería en su pues¬ 
to ante aquella invasión, hasta la guitarra tuvo que 
discutir méritos, en las pulperías v las enramadas, con 
la ramplona acordeón. 

¿Cuánto tiempo necesitó para gestarse este cambio? 

Bastante, en verdad; pues como todos los cambios 
duraderos, éste fué lento y' discreto. 

¿Qué pensaba el gaucho de esta nueva vida? 

Yo creo que él entró en ella, sin apercibirse siquiera 
de la faz extraña que tomaba la campaña y del destie¬ 
rro fatal en el que desaparecían sus vestidos y sus cos¬ 
tumbres. Y era porque sus propias necesidades y la 
civilización que invadía su pago, así lo exigían. 

Sumisos a esta lev de su existencia, los paisanos aca¬ 
taban aquella voluntad desconocida, sin notar que los 
cambios eran el principio de una nueva época, en la 
que. con el correr de los años, muchos de ellos se verían 
reducidos a la vida de parias en su propia tierra. 

Entonces comenzaba en la comarca el reinado de la 
época de mansedumbre y de paz, que en los campos de 
Laguna del Negro, anunció don Ramón Mundo con la 
alegría de sus huertos cultivados. 

En el hogar del caudillo se había operado también 
una sensible transformación. 

Con la seguridad de la paz y gracias al trabajo, la 
hacienda mejoraba notablemente. 



188 


JUSTINO Z AVAL A MUNIZ 


Las praderas de sus campos se poblaron de ganados, 
y la chacra volvióse alegre con las plantas que en ella 
crecieron. 

En el lugar donde antes existía el modesto rancherío 
de la estancia, levantábase ahora una moderna y con¬ 
fortable casa cuyo altillo hacía las veces de mirador, 
desde el cual se abarcaban con la vista grandes exten¬ 
siones de la comarca. 

Los vestidos criollos de la esposa y los hijos, como 
los del caudillo, se dejaron por los que exigían los tiem¬ 
pos y la posición social que entonces ocupaban. 

Por esa época ocurrió un suceso trascendental que 
vino a favorecer el crecimiento del prestigio de Justino. 

Don Angel Muniz, desilusionado por el fracaso de la 
Revolución Tricolor, y aconsejado por altos perso¬ 
najes políticos de Montevideo, acababa de vender sus 
propiedades en el Departamento y de trasladarse a la 
Capital. 

(ion la desaparición del caudillo del escenario políti¬ 
co. la figura de Muniz se levantó en el ambiente, domi¬ 
nando a las de todos los demás jefes de algún prestigio. 
Sus cualidades de guerrero y la popularidad de sus fuer-, 
tes condich nes morales, lo hacían, sin duda, digno do 
ocupar la jefatura que acababa de dejar el anciano co¬ 
ronel. 

En la plenitud de su vida; valeroso en los combates, 
como sereno y lleno de recursos en la derrota: honrado 
en sus palabras y noble en su amistad, Muniz era el 
prototipo del caudillo nuestro, en lo que tiene de fuer¬ 
za moral y de nobleza. 

Por eso fué que nadie osó entonces discutirle sus de¬ 
rechos en la dirección del gauchaje de Cerro Largo. 

Hacia él se volvieron todas las miradas y las espe¬ 
ranzas, cuando se supo en el pago el alejamiento del 
antiguo caudillo. Y él fué desde entonces su guía, hasta 



CRÓNICA DE MUNIZ 


189 


el momento trágico en que la Fatalidad lo puso frente 
a sus viejos camarades y soldados. 

En las taieas de la paz no se adormecieron las condi¬ 
ciones guerreras de Muniz, en una vida ociosa y libre 
de trabajos. Y íué porque en aquella época las tareas 
del campo exigían del hombre, ademas de su inteligen¬ 
cia, el concurso de su fuerza y su habilidad. Por esta 
razón, eran nuestros paisanos una mezcla de hombres 
de labor y de guerra, pues privado del auxilio de la 
máquina, el hombre debía dominar a la Naturaleza con 
su esfuerzo propio. 

En Muniz sus altas condiciones de campero eran pro- 
rerl ales en todo el pago. 

criado desde su infancia, lidiando con los potros y 
los toros cerriles, había adquirido verdudera maestría 
en esas labores. 

Nadie podía decir que un bagual lo hubiese despedi¬ 
do de sus lomos en medio de la lucha; y cuando en el 
rodeo uua res se escapaba para esconderse en los baña¬ 
dos, siempre el lazo de Justino cayó justo sobre sus as 
tas, antes de que en su loca carrera el animal hubiese 
recorrido mucha distancia. 

En la paz, como en la guerra, él era el hombre más 
capaz de toda la comarca. V esa superioridad que se 
hacía sentir tanto en las tareas fuertes de la hierra, en 
la que ios lazos sujetan bruscamente a las reses, como 
en las domas cuando los potros remolinean y brincan 
espantados en la manguera por los lazos que cruzan 
sobre sus cabezas, era lo que había contribuido en gran 
modo a su inmenso prestigio, que, naciendo en el pago, 
había terminado por trasjMisar los límites del Departa, 
mentó, correr por las campos del País y llegar a la ca¬ 
pital, donde los “ dotares” pensaron en conquistarse la 
amistad de aquel gaucho que había labrado su fama 
llevado por su temperamento y su coraje. 

No eran los grados militares que Muniz pudiera 



JUBTINO ZAVALA MUNIZ 


£190 

ostentar, los que hacían al paisanaje rendirle homenaje 
de respeto, toda vez que se encontraban a su lado. 

No eran, tampoco, los favores que pudiera dispensar, 
lo que hacía de aquel hombre el único capaz de impo¬ 
ner su voluntad a toda una sociedad cuyo más alto or¬ 
gullo fué siempre su libertad y su altivez. 

Es que Muniz era la síntesis de todos los valores que 
el gaucho aspiraba a poseer para llegar a lo que él 
entendía como la más alta perfección personal. 

'Muniz era para ellos, un ideal heaho carne; un héroe 
de romance a quien se podía reconocer hasta en el me¬ 
nor de sus gestos. Era el sueño de su vida de gaucho, 
realizado en un hombre salido de su ambiente. El valor 
tin mengua; la altivez perenne y la superior inteligen¬ 
cia que descubre el pensamiento del interlocutor, cuan¬ 
do con sus ojos severos parece sondear el espíritu del 
que le hablu. 

El caudillo de entonces era el sucesor glorioso del 
encanecido guerrero que por última vez esgrimió su 
lanza en la Revolución Tricolor. Y para que sus paisa¬ 
nos aún lo admiraran más, él apareció en el alto puesto 
que su tío dejaba vacante, pleno de juventud de cuerpo 
y de espíritu; hombre símbolo de aquella sociedad toda 
acción y vida. 

Por ello, mientras él proseguía laborioso sus traba¬ 
jos, una adhesión religiosa lo circundaba y se extendía 
por todo el Departamento. 






CAPÍTULO XVIII 


t oa riendo «le la naya. Manlz salva la vida «le un 

amlxo 



uy de mañana, cuando aún la cerrazón tendía su 


1 i m. blanco velo sobre los campos, Muniz montaba a 
caballo para realizar su (habitual paseo por sus domi¬ 
nios, hasta lu hora en que ya el sol abrasaba a la tierra 
con sus rayos. 

En una de esas mañanas, Muniz, que recorría como 
de costumbre sus praderas, dirigió el caballo hacia uua 
carreta que esa madrugada había desuncido en la cu¬ 
chilla cercana al Paso de Medina. 

El sol empezaba a iluminar con sus rayos oblicuos, 
que se reflejaban en las gotas de rocío que humedecían 
las gramillas. 

Diseminados en la pradera, los ganados pacían tran¬ 
quilamente, sin que un solo viajero les hiciera levantar 
el extendido cuello. Por los alrededores, sólo las casas 
de Muniz blanqueaban a distancia de una legua; lo 
demás, todo era soledad y silencio en la inmensidad 
abierta de los campos. 

En la dirección que él avanzaba, sobre la línea grisᬠ
cea y ondulante del camino, la carreta ponía una nota 
de vida. 

Al llegar junto a ella, Muniz saludó al viajero, que 
sentado sobre un “cojinillo” junto al fogón donde her- 






192 


JUSTMO zavala muniz 


vía el agua para el mate, contestó a su saludo invitan* 
dolo a desmontarse. 

En viaje para la capital, el carrero había llegado al 
lugar esa madrugada, y saboreaba entonces unos 
“amargos”, antes de uncir de nuevo.y continuar la 
marcha. 

Antiguos amigos, Muniz y el viajero departieron lar¬ 
go rato junto al fogón, hasta que éste fué a arrimar 
sus bueyes, que pastaban diseminados en torno de la 
carreta. 

Pacientemente, el carrero fue acercándolos junto al 
pértigo del vehículo y ayudado por su huésped, emén¬ 
deles el yugo sobre la cerviz. Como hombre acostum¬ 
brado a los caprichos de sus animales, el carrero sufría 
sin impacientarse las impertinencias de los bueyes que, 
perezosos, se resistían a colocarse junto al yugo, a pesar 
de las voces incitantes del hombre. 

Con esa tranquilidad fueron quedando uncidos todos 
los animales, excepto uno que se negaba a dejarse suje¬ 
tar por la coyunda. 

Era un novillo colorado, pequeño, de astas cortas y 
afiladas, de mirar inteligente y nerviosa y fuerte apos¬ 
tura. 

Iniciado hacía poco en el trabajo, el animal resistía 
ante acuella mansedumbre a que lo condenaba el yugo, 
y al martirio de recibir sin rebelarse, el acerado agui¬ 
jón de ia picana. 

En los primeros tiempos de su apresamiento había 
tenido que seguir a la carreta a través de lodazales y 
de los caminos polvorientos y abrasadas por el sol, uni¬ 
do por un fuerte anillo a un manso buey que le impedía 
correr por los campos e ir a confundirse con los gana¬ 
dos que lo vieron pasar, humillada la cerv'iz, siguiendo 
el tardo pase, de la carreta. 

Miserablemente, durante los días interminables del 
verano y las lluvias del invierno, él había arrastrado 



CRÓNICA DE MUNIZ 


193 


por los eair.pos la pérdida de su libertad, siempre unido 
u aquel buey de aspecto humilde, qne lo obligaba a se¬ 
guir paso a paso las huellas de la carreta. Y cuando en 
un arranque de juventud intentó emanciparse de aque¬ 
lla vida, siempre abocó con la irritante resignación de 
su compañero que marchaba, baja la cabeza y rumian¬ 
do tranquilamente, como agobiado por un enorme can¬ 
sancio de vivir. 

Así pasaron para él largos días de aburrimiento y do 
martirio, en los que ni siquiera le era dado saltar y 
correr u su antojo en las horas de descanso, hasta (pie, 
ya más sumiso, lo libraron por tín de aquel compañero 
que no parecía de su casta, y que sin embargo era uu 
anuncio vivo de su porvenir. 

Entonces vinieron para él los trabajos. 

Humillada La cerviz por el yugo, hubo de tirar días 
enteros agobiado por el peso de la- carreta y martiriza¬ 
do por las voces y la picana del hombre. 

A pesar de esto, el novillo aún ensayaba resistir. 

En medio del grupo miserable de sus coinpuñeros, 
resignados y hasta indiferentes ante sus trabajos, él era 
el único que defendía su libertad que el hombre inten¬ 
taba quitarle para reducirlo a la condición de mudo 
servilismo, a que había reducido a los otros bueyes. 

Esa mañana, la frescura del ambiente y la alegría 
de los campos pusieron en su sangre desusada nervio¬ 
sidad. 

i>esde el día en que lo sujetaron al yugo, nunca como 
entonces había sentido tantos deseos de ser Libre. Hasta 
el carrero, viendo su resignación, había supuesto idas 
para siempre sus rebeldías. Pero esa mañana su instin¬ 
to se rebeló desde Lo más íntimo de su ser, y lo incitó a 
volver a su libertad. 

Al verse junto a sus compañeros que, uncidos ya, ru¬ 
miaban en espera suya para iniciar el trabajo, quiso 


u 



194 


JUSTINO Z AVAL A MUNIZ 


gozar de la libertad que respiraba el ambiente fresco y 
luminoso de la campaña. 

Durante largo rato esquivó la coyunda con que el 
carrero intentaba sujetarlo, basta que impaciente por 
la insistencia del hombre, que lo golpeaba con violen¬ 
cia, revolvióse furioso y avanzó con inesperada preste¬ 
za, deseando terminar de una vez. 

Tanta fué la rapidez con que atacó, que el carrero, 
sorprendido, apenas pudo desviarse del camino del ani¬ 
mal que, viéndose burlado, se aprestó para atacar de 
nuevo. 

El momento era propicio para realizar su venganza; 
distante unos pasos de la carreta, el hombre no tendría 
dónde esconderse para librarse de sus astas. El animal 
pareció entenderlo así. Miró nerviosamente; olfateó el 
suelo, sobre el que dejó caer la baba que salía de su 
boca, y con la cabeza gacha, encorvado el lomo y’ enarca¬ 
da la cola, arremetió ciego de furia, dispuesto a levan¬ 
tar en sus astas a su victimario. 

Difícilmente el carrero, hombre ya anciano, hubiese 
podido librarse de aquella arremetida violenta que 
amenazaba cogerlo. Pero he aquí que desde el fogón 
donde estaba sentado, Muniz dió un salto y se interpu¬ 
so entre la bestia y el carrero. 

Fué un choque violento, brutal. 

Da bestia detuvo de súbito su carrera; movió brusca¬ 
mente la cabeza intentando librarse del obstáculo que 
la detenía, mientras afirmaba sus patas en el suelo para 
saltar nuevamente. 

Al notar que las manos del hombre le impedían avan¬ 
zar, el animal retrocedió unos pasos para tomar impul¬ 
so; entonces, mugiendo de furia, levantó bruscamente 
la testa y dió un salto hacia adelante, queriendo arras¬ 
trar en él a su adversario. Todo fué en vano, sin em¬ 
bargo. Con agilidad sorprendente, Muniz esquivó el 



CRONICA DE MUNIZ 


195 


ataque del animal, y haciendo un supremo esfuerzo 
sujetó su carrera haciéndole torcer el cuello. 

Este nueve fracaso terminó de enceguecer a la bestia. 

Entonces se trabó la gigantesca lucha cuerpo a 
cuerpo. 

En la amplitud del escenario, en medio de la inmen¬ 
sidad de los campos, el hombre y la bestia medían su 
fuerza brutal, en una lucha de la que podría resultar 
la muerte del hombre. 

En sacudidas violentas, Muniz y el novillo remoli¬ 
neaban de uno a otro lado, sirviéndose el primero de su 
inteligencia para dominar aquella fuerza bruta que 
amenazaba aplastarlo. V sus meimbrudos brazos eran 
como tenazas que aprisionaban las astas afiladas y te¬ 
mibles. 

A pesar de los saltos que se veía obligado a dar, im¬ 
pelido por el furioso empuje de su atacante, el hombre 
continuaba la lucha, pareciendo que su afán no fuera 
el librarse de aquella testa armada que tenía junto a 
su pecho, sino el de dominar completamente a su extra¬ 
ño y fuerte enemigo. 

¿Cuánto tiempo duró aquel duelo singular? 

Yo no puedo decirlo. Pero es lo cierto que fue nece¬ 
sario largo rato de lucha para que las fuerzas del ani¬ 
mal comenzaran a menguar ante la resistencia de aque¬ 
llas manos que lo sujetaban a pesar de su empuje. Has¬ 
ta «pie al fin, como resignado ante su derrota, el novillo 
inclinó humildemente la cerviz bajo el yugo, en el que 
le aprisionaron las coyundas. 

Al poco rato desaparecía el techo de la carreta detrás 
de una curva del camino, por el cual el novillo sigue 
su marcha fatigosa, confundido entre el grupo de sus 
resignados compañeros. 

En tanto que él arrastra, a través de los campos su 
vida miserable, hasta el momento en que la muerte ven¬ 
ga a sorprenderlo en medio de su viaje, el carrero con- 



196 


JUSTINO ZAVALA MUNTZ 


tari a los transeúntes que se detengan junto a su fogón, 
la historia de atjuel buey que un día sintió deseos de 
ser libre, movido por la frescura de una mañana de 
estío y la alegría de los campos, y cuyos deseos hubiera 
realizado, a no ser por el caudillo Justino Muniz, que 
con sus membrudos brazos le hizo sentir la debilidad de 
sus fuerzas. 




CAPITITLO XIX 


Nuniz j *‘KI Mellizo" 


A quel (lía, el trajín de una afanosa tarea ponía 
una nota de desusada actividad en la estancia del 
caudillo. 

Desde el atardecer anterior, hora en <|ue llegó la com¬ 
parsa de esqudadores, los aprontes para el trabajo pu¬ 
sieron en movimiento a todos los habitantes de la es¬ 
tancia. 

Ksa mañana, cuando aún el sol dormía entre las nu¬ 
bes que envolvían la cumbre del Cerro Largo, las maja¬ 
das avanzaban lentamente por el Cerro de Medina, en 
dirección a los bretes. 

Eran como una extraña caravana, subiendo en des¬ 
orden por los senderos que se arrastraban en las cu¬ 
chillas. 

Los campos, hasta entonces dormidos y desiertos, S3 
alegraron con aquel destilar de blancos vellones (pie en 
caprichosas columnas los cruzaban, entonando a lo* 
aires el concierto múltiple de sus balidos, entre los que 
se oyen las voces de las ovejas que en la precipitación 
de la marcha olvidaron a sus hijos, extraviados en la 
multitud; los llamados de los corderos que por brincar 
perdieron a la madre; y entre tantas voces suaves, que 
se suceden y multiplican, el ronco balido de los carne¬ 
ros que cortejan a las tiernas borregas, que marchan a 



198 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


prisa por esquivar los requiebros de sus austeros ga¬ 
lanes. 

Así, como un pueblo o un ejército en marcha, llega¬ 
ban las majadas al corral, siguiendo a las más audaces 
ovejas que avanzaban describiendo las caprichosas cur¬ 
vas de los senderos. 

Cuando toda aquella multitud estuvo encerrada en 
los bretes, ya las esperaban los esquiladores en el gal¬ 
pón, barrido y preparado prolijamente para la faena. 

En tanto que el sol ascendía sobre la tierra, en el 
gal'pón las tijeras entonaban un canto de trabajo, y en 
el corral las ovejas remolineaban levantando una nube 
de fK>lvo que las envolvía. 

La tarea, abandonada durante las horas del almuer¬ 
zo, se reanudó en las primeras horas de la tarde. 

Era una tarde de Octubre, cuando recién los campos 
renacían del sueño letárgico del invierno. 

A pesar de que aún no era normal en aquella época 
del año, la tarde tenía todo el sopor de los días esti¬ 
vales. 

¡NucMra primavera, tan variable, tiene menudo 
esos cambios bruscos y' acentuados; así, a un día ventoso 
y frío, sigue otro quüeto y cálido. 

El de entonces era así. 

En el cielo, límpido con una rara transparencia, el 
sol estaba radiante de luz. 

Como suspendidas en el espacio, densas y quietas, 
nubes todas blancas se hallaban dispersas a grandes dis¬ 
tancias en le diafanidad luminosa del azul. 

Por lo demás, la bóveda celeste presentaba un aspec¬ 
to de inmutable quietud. Hasta el sol mismo parecía 
moverse con mayor lentitud que los demás días. 

Por los campos florecidos difundíase idéntico sopor. 

La luminosidad que bañaba las cuchillas tornaba des¬ 
coloridas y sin vida a las margaritas que en los cre¬ 
púsculos matizaban la verde alfombra con manchas de 



CRÓNICA DE MUNIZ 


199 


sangre o con sus tintes violáceos. Hasta las propias 
gramillas, verdes con la juventud de sus primeros días, 
que horraron el ambiente de muerte que dominaba e:i 
los campos, se habían tomado amarillentas bajo los ra¬ 
yos solares. 

En los montes, los árboles aún desnudos mostraban 
sus ramas enrojecidas por la savia que volvía a correr. 

Ni un canto, ni un ruido rompía el enervante silencio 
de aquel mediodía. 

A veces, una paloma con volar lento, cansado, abierto 
si pico por el calor, viajaba por los aires en los que 
reverberaba la luz. 

En el corral las ovejas se reunían en grupos, agita¬ 
das, temblorosas por el calor sofocante que las abrasa¬ 
ba. defendiendo sus cabezas entre las patas de las demás, 
del sol que pesaba sobre sus lomos. 

En la amplitud del corral, aquellos animales que es¬ 
peran a los “agarradores” que los han de llevar para 
que los trasquilen, dan una impresión de doloroso can¬ 
sancio. 

Ni un balido, ni un salto. Sólo se oía el agitado res¬ 
pirar que convulsionaba los cuerpos, o la ronca tos quo 
provocaba el polvo levantado por las ovejas que remo¬ 
lineaban cuando los “agarradores” elegían una de ellas. 

En el ambiente, que no refresca la más pequeña bri¬ 
sa. se levanta un acre olor a estiércol. 

En el galpón, el mido incesante y monótono de las 
tijeras que hienden los vellones abriendo anchurosas 
franjas, eleva un himno de trabajo. 

Hay el nrmmo sopor que en el campo y en el corral. 

Alineados a lo largo de las paredes, sobre el piso 
prolijamente barrido por la escoba que maneja sin des¬ 
canso el “canchero”, vestidos de chiripá y remangada 
la camisa por encima del codo, los esquiladores tienen 
entre sus piernas a las ovejas que trasquilan. 

1 Lineados sobre el animal que yace, maniatado, a sus 




200 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


pies, los hombres, con el rostro sudoroso y' enrojecido 
por el calor, manejan diestramente las tijeras que van 
desnudando de sus vellones a las ovejas. 

Es un trabajar continuo, en el cual se aprovechan 
los minutos que entonces valen oro. 

A veces, entre el monótono ruido de las tijeras, se 
levanta el quejido de una oveja que ha sido herida. 

Se oyen entonces las voces irónicas de los esquilado¬ 
res, mientras el que ha lastimado a su animal lanza una 
imprecación contra la pobre víctima, en cuyo costado 
un hilo de sangre enrojece el vellón recién cortado. 

J)c los animales se desprende un fuerte olor a sudor 
míe domina en el ambiente, haciendo más enrarecido el 
aire que se respira. 

A ratos, una oveja toda blanca se ha levantado de 
entre las manos grasicntas del hombre, que le quita los 
últimos mechones de lana. 

Tiene el aire extrañado. Al sentirse libre parece no 
reconocerse bajo si nuevo estado. Llegó en los brazos 
del “agarrador” toda cubierta de largo vellón ennegre¬ 
cido por la tierra del corral, y sale toda blanca, con una 
blancura amarillenta en la que hay algunas listas rojas 
do su sangre. 

'Al sentirse libre, yerguese nerviosamente sobre sus 
patas que golpean el suelo; mira sorprendida a su alre¬ 
dedor, y emprende su carrera dando brincos de alegría 
al verse más ágil y más joven. 

Tnmediatame.nte su lugar es ocupado por otra, ope¬ 
rándose de este modo la transfiguración de la majada. 

Así se continuaba la esquila, en medio del canto de 
las lijeras, dominado a intervalos por los quejidos de 
las ovejas y las voces de los hombres, (pie sin levantar 
siquiera la cabeza dirigían irónicas humoradas a los que 
herían a sus animales. 

En las casas, todo era entonces pensar en aquella fies¬ 
ta del trabajo. 




CRÓNICA DE MUNIZ 


201 


Mientras las mujeres trataban de que nada faltase en 
el galpón, los muchachos, alegres de poder solazarse a su 
antojo, hacían de agarradores, encontrando en esta ta¬ 
rea grandes motivos de esparcimiento y de solaz. 

Autorizados para ello, se confundían en el polvo de 
la playa del corral, andando a veces en cuatro pies, em¬ 
peñados en la caza de la pata de la oveja que habían 
de llevar. Y a pesar del sol que caía sobre sus cabezas 
y del polvo levantado por los animales, que les desfigu¬ 
raba el rostro, ellos seguían con la jovialidad de sus 
pocos años y el encanto de lo singular de la tarea, revol¬ 
eándose entre los animales y cubriéndose de tierra las 
ropas y los rostros sudorosos; todo ello entre alegres y 
Ronoras carcajadas, provocadas por los cómicos inciden¬ 
tes de sus juegos. 

Así, con la alegría sana que surge del trabajo, conti¬ 
nuaba la esquila, cuando una nota extraña vino a dete¬ 
ner por unos instantes el canto de las tijeras y las risas 
de los muchachos en el corral. 

Hallábase el caudillo sentado en el zaguán de la casa 
en compañía de un antiguo camarada, cuando uno de 
sus hijos, Santos, niño de pocos años, llegóse con el ros¬ 
tro lloroso a contar el motivo de su llanto. 

Estando en el galpón, y al pretender ayudar a uno 
de los esquiladores, éste le había dado una grosera bofe¬ 
tada. 

Agitóse Muniz en la silla, como si en su rostro hubie¬ 
ra sentido caer la bofetada recibida por su hijo. 

Centellearon sus ojos de rabia, mientras ya de pie 
y el ademán resuelto, inquiría el nombre del que había 
osado insultarlo en su casa y en su carne. 

“El Mellizo ’' se llamaba el audaz ofensor. 

Era “El Mellizo” un tipo singular en el pago. 

Venido de Treinta y Tres, donde había muerto a un 
enemigo v ahuyentado a los policías que intentaron 
prenderlo, ambulaba por los campos del lugar, cireun- 



202 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


dado por una aureola de leyenda trágica que dábale 
singulares contornos en el ambiente. 

Aunque sin llegar a la valentía y audacia que la ima¬ 
ginación popular continuaba atribuyendo a la figura 
desdichada de Tomás Moreira, muerto en un mediodía 
de tragedia, él gozaba, sin embargo, de renombre de 
valiente. Y decía la fama de su incipiente ley'enda, que 
más de una pulpería del pago había sido teatro de sus 
hazañas. 

Conocedores de tales nombradías, el amigo y la espo¬ 
sa de Muniz intentaron disuadirlo de su empeño en 
castigar por sí mismo la ofensa recibida. 

No era prudente arriesgar un combate singular con 
un hombre de la catadura de “El Mellizo”, quien nada 
tenía que perder, como no fuera su fama de valiente, 
para cuya defensa contaba con la fuerza y destreza de 
su juventud. 

Inútiles fueron los sanos consejos de los amigos. 
Prudencia fué palabra que nunca guió a aquel hombre 
en cuya gloria la audacia tuvo tan grande participa¬ 
ción. 

En tanto (pie esta escena se iniciaba en el zaguán y 
continuaba en el patio, en el galpón seguían sonando 
las tijeras. 

Como si una voluntad unánime hubiera paralizado 
todas las manos, cesaron las tijeras de cantar alegre¬ 
mente, mientras las miradas se dirigían hacia la puer¬ 
ta en la cual acababa de aparecer la figura del caudillo. 

Un gesto de inquietud dominó en aquel silencio dra¬ 
mático, al ver surgir la silueta del héroe. 

Adivinábase en el mirar severo que fruncía su entre¬ 
cejo y en el ademán resuelto que anunciábase en todo 
su cuerpo, la cólera, difícilmente contenida, que le agi¬ 
taba. 

Todas las miradas lo siguieron, cuando con andar re¬ 
posado, como si una firme voluntad lo guiase, atrave- 



CRÓNICA DE MUNIZ 


203 


saba el ancho espacio que lo separaba del rincón en el 
cual “El Mellizo” esperábalo con el mirar hosco y la 
ambigua actitud de un hombre que no sabe si huir o 
atacar. 

En el silencio de la escena levantóse la voz enérgica 
del caudillo, mientras sacando el puñal que ofrecía a 
“El Mellizo”, agitaba su rebenque: 

—“Agarra ese puñal—dijo—y defendete”. 

En el galpón dominó un sobrecogimiento de terror. 

La actitud de fría resolución de aquel hombre que 
parecía entonces en la plenitud de su fuerza, y' el laco¬ 
nismo y la firmeza de su frase, presagiaban la tragedia. 

Como si hubiera sentido en sus músculos un choque 
eléctrico; nervioso, vibrando todo él de emoción, irguió¬ 
se “El Mellizo”, sin apartar su mirada de los ojos del 
caudillo, que parecían dominarlo con la luz extraña que 
irradiaban. 

Sereno el uno, con la serenidad dominante de un 
hombre dispuesto a oumplir su voluntad, cueste lo que 
cueste; firme sobre sus pies, semejando un genio do 
venganza surgido del seno de la tierra; nervioso el otro, 
con la mirada vaga de un hombre que busca en su cere¬ 
bro atormentado, una palabra, un gesto, una actitud 
salvadora; inclinada la cabeza bajo el peso de la mira¬ 
da que se le adentra hasta las entrañas, así lo vieron 
los paisanos, cuando la voz de “El Mellizo”, semejante 
a un hálito de muerte, pronunció: 

—“Con usted no peleo, coronel”. 

El puñal de Muniz estaba a sus pies, esperando n 
que la mano del gaucho tantas veces mentado en los 
fogones por «u valentía, lo recogiera para la lucha. Pero 
“El Mellizo”, a quien la fama colocaba entre los arque¬ 
tipos del valor, no se movió. 

Apenas si osó mirar a los ojos del caudillo. 

En el galpón se sentía la angustia del silencio. 



204 


JUSTINO Z AVAL A MUNIZ 


Hubo un gesto de espanto. En todas las gargantas se 
ahogó un grito de asombro... 

El rebenque de Muniz, después de cruzar los aires, 
había caído sobre la espalda del otro. 

Una convulsión de odio hizo temblar su cuerpo; cris¬ 
páronse las manos, centellearon de rabia los ojos del 
matrero, que, ante el insulto recibido, no acertó más 
que a dar un salto hacia la puerta. 

Impávido, ocultando el odio que le dominaba, sin me¬ 
dir siquiera el extraño renunciamiento del otro, Muniz 
recogió su puñal y tirándolo nuevamente a los pies de 
“El Mellizo”, habló: 

—“Defendete porque te voy a matar”. 

Con sonoridades extrañas, quedaron vibrando los ecos 
de sus palabras, en el galpón que servía de teatro a 
aquel drama. 

Bajo el dominio fatídico que la presencia del adver¬ 
sario infundía en su espíritu, “El Mellizo” continuó 
en su sitio, sin hacer ni un ademán, ni un gesto... 

Se diría que más le lastimaban los ojos de Muniz que 
su propio rel>enque. 

Daba la sensación de una paloma, cuyas alas no sa¬ 
ben volar bajo el mirar de la víbora. 

Y mientras él se empequeñecía bajo el influjo de su 
espanto, el caudillo parecíale transfigurado de majes¬ 
tad sobrehumana. 

Repetidas veces sonó, en el completo silencio del gal¬ 
pón, el rebenque de Muniz al caer sobre las espaldas de 
“El Mellizo’ . 

A pasos vacilantes, como si sintiera flaquear sus 
piernas bajo el peso de la mirada que lo seguía lasti¬ 
mando, “El Mellizo” retrocedió basta la puerta del 
galpón, por la que desapareció de súbito. 

Serenamente, con la serenidad con que ejecutó su 
venganza, el caudillo recogió su puñal sobre el que no 
se atrevió a ponerse la mano del matrero, y dejó el gal- 



CRÓNICA DE MUNIZ 


205 


pon donde volvieron a cantar alegremente las tijeras, 
mientras los esquiladores trataban de explicarse la 
extraña cobardía de “El Mellizo”. 


# 

* ♦ 

No transcurrió mucho tiempo, cuando un viajero de 
Treinta \ Tres trajo la nueva de la muerte de “El 
Mellizo”. 

Vuelto a su pago, después de hal>er sido humillado 
por el caudillo a quien se atrevió a insultar en el rostro 
oe su hijo, tuvo que tornar a su errante vida de ma¬ 
trero. 

Hasta que una tarde, platicando con un amigo en su 
ranoho, supo que veinte hombres de policía lo rodeaban. 

Sin esperar más, despreciando sus astucias y su inge¬ 
nio, pareciendo más bien que buscaba a la muerte en 
vez (ie huirle, “El Mellizo” se internó en el monte, 
donde sabía que le esperaban sus enemigos. 

Durante largo rato resonaron bajo la bóveda verde 
de los árboles los disparos de los contendientes. 

Al otro día supieron los paisanos que el rebelde de la 
comarca había muerto con la honra con que había vivi¬ 
do. Y no sería poco, de seguro, el asombro de las tran¬ 
quilas gentes del lugar, al saber cómo se había dejado 
coger aquel hombre que tantas veces burlara a los poli¬ 
cías. 

Pero en Cerro Largo, donde se conocía su humillante 
derrota, los paisanos juzgaron la muerte acuella como 
el sueño liberador de la vergüenza que roía las entra¬ 
ñas del matrero, desde la tarde en que el rebenque del 
caudillo cayó brutalmente sobre sus espaldas. 




CAPÍTULO XX 


Luchas políticas 


L os ecos de las hazañas de Muniz repercutían en el 
pago, rodeándose de lujosos detalles que contri¬ 
buían a hacer más relevante la personalidad del cau¬ 
dillo. 

Como consecuencia lógica de este prestigio que llena¬ 
ba todo el Departamento, ocurrió que los “dotores” 
fijaron sus ojos en el hombre que, nacido y encumbra¬ 
do en un ambiente de fuerza y de incultura, se había 
impuesto por sus condiciones de guerrero y su inteli¬ 
gencia, que tenía toda la vivacidad necesaria para adi¬ 
vinar ajenos pensamientos y dominar en el ambiente 
donde se empleaba. 

Fruto de la sociedad gauolia en la cual había nacido, 
él era a la vez su síntesis. 

Como los grandes árboles de nuestra tierra, su pres¬ 
tigio hundía sus raíces en lo más hondo del alma popu¬ 
lar y, alimentándose con su savia, crecía fuerte y copo¬ 
so, hasta sobresalir por su tamaño y por la sombra que 
prestaba. 

En el ambiente en que actuaba, él era una nota más 
en el armónico conjunto social. 

Alma generosa, estaba bien allí donde los hombres 
morían esclavos de la palabra empeñada y' donde la con¬ 
ciencia de cada uno era el juez de su vida. 



CRÓNICA DE MÜNIZ 


207 


Sin nociones de una amplia preparación cultural, re¬ 
gía su destino de acuerdo con su corazón, siempre abier¬ 
to para los hondos afectos humanos, capaz de compren¬ 
der la grandeza de un corazón amigo y de llorar con 
sus penas y alegrarse de su fortuna. 

Libre su inteligencia de las complicaciones que trae 
consigo la civilización, juzgaba los hombres y los acon¬ 
tecimientos con la sencilla rudeza del hombre que aqui¬ 
lata los méritos ajenos según el sentir honrado de su 
conciencia, sin perderse en cálculos egoístas o utilita¬ 
rios. 

Blanco por tradicionalismo y por las luchas que en 
defensa de su partido había afrontado, su política era 
la del rudo caudillo de nuestra tradición, que sólo pien¬ 
sa en obedecer al llamado de la causu de sus amores, 
para volver a las cuchillas en su defensa. 

Y así, sencillo y noble, fuerte en sus amores como en 
sus odios, se había levantado en medio del ambiente 
campesino, con fuerza tanta, que atrajo sobre sí las 
miradas de los políticos que pensaron en aprovechar el 
apoyo de su brazo, para satisfacción de altos ideales o 
de mezquinos intereses. 

l>espués de la desgraciada Revolución Tricolor, el 
País .parmanecía en una paz que, si bien efa intranquila 
por las pequeñas revueltas que se sucedían a intervalos, 
no había sido interrumpida, sin embargo, por una gue¬ 
rra formal. 

Ks verdad que de tiempo en tiempo llegaban hasta 
la campaña de Cerro Largo los estremecimientos fuga¬ 
ces de una conspiración, fracasada en la propia capital 
o en el departamento donde se iniciara. Pero, desapare¬ 
cidas entonces del escenario guerrero las figuras de 
Aparicio y de Angel Muniz, el Partido Blanco perma¬ 
necía en paz, tratando de conquistar en las urnas los 
puestos directivos que no pudo lograr en los campos de 
pelea. 



208 


JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


Fue entonces cuando hasta la estancia del caudillo 
llegaron los políticos solicitando su concurso, ofrecido 
generosamente cien veces en los combates. 

Y el hombre de los campos, que sólo entendía la polí¬ 
tica a la manera sencilla de sus soldados, cometió la 
imprudencia de aceptar sobre sí una carga que había 
de serle fatal. 

Fuera de su órbita, alejado del centro en que impe¬ 
raba por más fuerte y por más sabio, iba a aceptar h 
lucha en un ambiente desconocido, frente a los adversa¬ 
rios que, conocedores de ocultog resortes y hábiles en el 
manejo de la palabra y de la pluma—armas de esta 
lucha—habían de atacarlo rudamente, deseosos de domi¬ 
narlo. 

Por desgracia, el principio de su nueva vida ofreció- 
sele con grandes esperanzas y con fingidas apariencias 
de triunfo. 

Teniendo su prestigio enclavadas las raíces en el cam¬ 
po, el gauchaje lo seguía con la misma fe con que lo 
había rodeado en la hora del triunfo o de la derrota. 

Por eso su palabra fué escuchada con el respeto que 
infundía su alto renombre. 

Mientras tanto, los políticos, los bien intencionados 
y los que se prometían medrar a su sombra, rodearon 
al caudillo envolviéndolo en un ambiente que si bien 
aún no era del todo asfixiante, érale, por lo menos, 
extraño. 

No diré yo que todos los que rodeaban a Muniz fue¬ 
ran calculistas dispuestos a robarle las prebendas que 
él pudiera lograr. Pero es la verdad que desde que 
Muniz surgió en el Departamento como una fuerte co¬ 
lumna cívica, se anunciaron a su alrededor esos come¬ 
diantes de la política; seres despreciables, capaces de 
todo servilismo, siempre que logren con ello la mísera 
recompensa que no pueden aspirar por sus propios mé¬ 
ritos. 



CRÓNICA DE MUNIZ 209 

Y «s también la verdad que ocurrió lo que fatalmen¬ 
te debía suceder. 

Puesto en uua lucha para la cual no contaba con la 
más elemental ilustración; desconociendo el ambiente 
político, hubo menester de consejeros que avivando sus 
pasiones—nobles siempre, y no bajos apetitos como han 
dicho sus detractores—hicieron de él, con el correr de 
los años y según convenía a sus intereses (que ellos con¬ 
fundían con los del partido), un instrumento cada vez 
más privado de voluntad propia. 

¡ Es amargo decirlo, pero es la verdad! 

¡Sin embargo, aún le quedan al caudillo algunos unos 
de verdadero dominio sobre sí mismo. V eainos cómo se 
comporta en esta nueva vida, que le llama para ini'rin- 
gule la más grande y dolorosa de sus derrotas. 

Corría el ano 18bU. K1 País, en paz, continuaba en¬ 
tregado al trabajo, sin que en el horizonte político aso¬ 
mara ningún indicio de una nutíva convulsión nacional. 

Kn su departamento, Muniz cuidaba de su hacienda, 
tan venida a menos durante las pasadas guerras, mien¬ 
tras la leyenda de sus hazañas vagaba por los campos. 

Jira el mes de Julio, cuando un decreto del Gobierno 
lo declaró incorporado al ejército nacional con el grado 
de teniente coronel y antigüedad del 14 de Octubre de 
lbÜ3. 

El Gobierno de entonces, con el doctor Francisco A. 
V'idal como Presidente, estaba, según la opinión de los 
contemporáneos, en manos del general Máximo Santos. 
Era, pues, un gobierno colorado. 

Muniz aceptó, sin embargo, el empléo que le decreta¬ 
ban sus adversarios políticos. 

En este acto del caudillo han querido ver sus enemi¬ 
gos “el primer acto de sumisión a los gobiernos”. 

Eso no es verdad. 

Muniz aceptó el grado de teniente coronel en el ejér- 


14 


210 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


cito nacional, lo que no es lo mismo que decir: en el 
ejército colorado. 

En aquella época los gobernantes colorados dieron 
grados militares a más de un caudillo blanco, sin que 
esto significara, en ningún modo, el declararlos miem¬ 
bros de su partido político. Y los caudillos de la llanu¬ 
ra que tales grados aceptaron, se consideraron entonces, 
como siempre, sostenedores de la causa a que habían 
servido siempre. Y sus correligionarios no pensaron otra 
cosa. 

Muniz fué uno de esos caudillos. Nada más. 

Prueba de ello es que continuó en su Departamento 
luchando por la causa blanca, y ocupando en las colum¬ 
nas cívicas y guerreras de su partido los puestos más 
prominentes. 

Tan verdad es lo que afirmo, que algunos años más 
tarde — en Agosto de 1887 — recibía el caudillo, de la 
Comisión Directiva del Partido Nacional (*) una invi¬ 
tación “para resolver sobre la legalidad de la elección 
del Directorio del Partido Nacional, celebrada por la 
Convención el día 18 de Julio ppdo”. (1) 

La posición política del caudillo fué entonces un ele¬ 
mento más, aprovechado en bien de sus correligiona¬ 
rios. 

Contemplado en su9 deseos por los gobernantes, que 
no querían tener frente a ellos al temible guerrero, uti¬ 
lizó las ventajas que le ofrecía su prestigio, para exten¬ 
der la mano en ayuda de sus amigos de siempre. 

No dicen verdad quienes afirman que Muniz ador¬ 
meció sus rebeldías cuando Santos sació sus apetitos 
con las prebendas de grados y consideraciones perso¬ 
nales. 

Muniz era demasiado noble y por demás altivo, para 


O Nueva denominación que se habla dado al Partido Blanco. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


211 


permitir que la mano de un Dictador lo tuviese sujeto 
al precio de bajos premios de servidumbre. 

¿Noble y desinteresado, sólo callaba en bien de sus 
amigos políticos, y era este silencio el «pie aconsejaban, 
por otra parte, altos personajes de su partido, eu quie¬ 
nes él tenía depositada toda su confianza y de cuya 
honradez partidaria nadie se atrevía a dudar. Eran 
éstos los doctores Martín Aguirre y «Juan José Segundo. 

Kn ellos tenía Muuiz su más íntima conlianza y ellos 
fueron desde entonces quienes le indicaron su conducta, 
sirviéndose de su prestigio para lo que llamaban “com¬ 
binaciones políticas”. 

Por lo demás, Muniz era el protector de los compa¬ 
ñeros (jue llegaban hasta él en demanda de su ayuda 
pura solucionar sus conflictos con el (.Jobierno, o para 
emprender cualquier empresa. 

Así, en el año 1887, el coronel José Muría Pumpi- 
llón recomendaba a la protección del caudillo a “su 
pariente el coronel Benjamín Olivera, que ha sido nom¬ 
brado Jete Político de ese Departamento”. (2). 

Luego, pues, el grado que Santos reconoció a Muniz, 
en vez de ligarlo servilmente a su dictadura, fue, más 
bien, un auxilio poderoso que él utilizó en favor de su 
departamento y de sus amigos. 

Por aquellos tiempos el Partido Nacional, como se 
llamó desde entonces al Parttido Blanco, volvía a pre¬ 
ocuparse de organizar sus columnas cívicas en vista del 
resultado negativo de tantas revoluciones. 

Kn Cerro Largo agitóse bien pronto el ambiente, 
ofreciendo el promisor espectáculo de un resurgimiento 
sereno y pacífico de los hombres que tantas veces pre¬ 
tendieron imponer soluciones políticas a fuerza de 
lanzas. 

Como respondiendo a una necesidad de mejoramien¬ 
to social, todo el paisanaje se prestó entusiasta a cola¬ 
borar en la obra de loa hombres dirigentes del partido. 



212 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Muniz ocupó el puesto que sus virtudes partidarias 
le señalaron. 

Se diría entonces que el País entraba en una era de 
ininterrumpida tranquilidad, y el Partido Nacional eu 
una de sus mejores épocas. Pero lie aquí que por razo¬ 
nes que no es ahora del caso explicar, surge dentro del 
partido una honda disensión que fué acentuándose a 
medida que las pasiones y los intereses adquirían ma¬ 
yor importancia en la lucha. 

Realizada la elección del Directorio partidario, los 
personajes políticos se dividieron en dos fracciones, a 
las que se llamó: Mayoría y Minoría. 

Entre los primeros se contaban los amigos de Muniz; 
desde luego, fácil era suponerlo a él también alistado 
en sus lilas. 

Empeñada la lucha, el Departamento de Cerro Lar¬ 
go ¡hubo de ser teatro de los más afanosos trabajos que 
en favor de sus ideas realizaron los dirigentes de ambas 
fracciones. 

Al principio, la división no significaba en aquella re¬ 
gión una fundamental divergencia de ideas o progra¬ 
mas políticos. Era fácil ver que detrás de cada grupo 
se agitaban únicamente pequeños intereses de partido. 

Tampoco podía decirse que significara una ruptura 
definitiva entre las dos fracciones en pugna. 

El fenómeno se presentó como una transitoria divi¬ 
sión, llamada a desaparecer cuando hubieran desapare¬ 
cido las circunstancias especiales que la provocaron. 

Pero he aquí que la buena voluntad con que los go¬ 
biernos colorados acogieron a las fracciones blancas (pie 
les prestaban su concurso, cambió la faz del problema 
hasta ocasionar una anarquía dentro del Partido Nacio¬ 
nal y de la que sólo pudieron escapar los hombres de 
serenas actitudes, que colocaron el interés del partido 
por encima de pequeñas conveniencias, 
i Quién fué el culpable? 


CRÓNICA DE MUNIZ 


213 


Difícil es el decirlo. 

En lo que respecta a Muniz, trataremos de analizar¬ 
lo con la detención que nos permite la naturaleza de 
esta obra. 

Era en el año 1890, cuando en Cerro Largo Muniz 
dirigía la política nacionalista, de acuerdo con los doc. 
toros Aguirre y Segundo. 

La pasión de partido ya entonces volcaba eu las pᬠ
ginas de los periódicos y en los discursos, todo su odio 
contra el caudillo que proseguía sus trabajos, inspirado 
en el bien de su departamento y llevando a él o a sil 
representación nacional, a los hombres que en su sentir 
podrían hacer su prosperidad. (3 y 4) 

Perdida la serenidad en el examen crítico, la agita¬ 
ción de la lucha trajo conmigo el desbordamiento de pa¬ 
siones. entre las que era fácil descubrir, también, des¬ 
preciables intereses personales. 

Muniz. aconsejado por sus amigos e injuriado por 
sus ocasionales adversarios, seguía la ruta en la cual lo 
precipitaban los acontecimientos. Por otra parte, la po¬ 
lítica de entonces presentaba un extraño aspecto caótico. 

En tanto que los colorados se dividían en grupos 
obedientes a tal o cual caudillo, los nacionalistas, rota 
la unidad de miras v de acción, trataban de obtener de 
los gobiernos ventajas locales, ofreciendo, en cambio, su 
concurso de colaboración en la obra que desarrollaba el 
Presidente de la República, único director de la eues- 
tfón política del País. 

En Perro Largo la fracción de Muniz estaba encau¬ 
zada en esa tendencia, que si bien puede justificarse en 
un principio, tuvo luego consecuencias fatales para el 
caudillo. 

Así. impulsado por distintas ideas, Muniz se desliza¬ 
ba por el error que, nutriéndose de la generosidad de 
su espíritu, lo conducía a un amargo renunciamiento 
de gran parte de su personalidad. 











214 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Pero, ¿quien hubiera dicho entonces que aquellos 
acercamientos suy'os al Gobierno vendrían, a fin de 
cuentas, a distanciarlo de su partido político? 

¿Gomo pensar que hombres tan íntegros en sus con¬ 
vicciones y en sus procederes—como lo eran algunos de 
los que le rodeaban—habían de llegar más tarde a una 
desairada actitud política? 

Entonces toda la lucha se resolvía dentro del Partido 
Nacional, y si en algo se mostraba la infuencia guber¬ 
nativa. era en el conceder ventajas a los departamentos 
cuyos caudillos le aseguraban la paz pública. Y en la 
mente del caudillo, como on la de los nacionalistas de 
la región, el problema a resolver era puramente de orden 
interno dentro del partido. 

Pa participación del Gobierno no era, pues, otra cosa 
que un elemento más—-sí que precioso — aprovechado 
en favor de la fracción que lo recibía. (5) 



CAPITULO XXI 


Jínorte «I«» Hufcmln 


E n medio de la agitación que la lucha política pro¬ 
ducía en su ánimo, un acontecimiento íntimo vino 
a poner su nota luctuosa en el alma de Muniz. 

En la paz que gozaban, la familia del guerrero sólo 
había sentKdo amargados s*s días por la muerte de uno 
de sus hijos, Antolín, muy joven aún cuando dejó vacío 
su puesto en la casa paterna. 

Con la muerte de este hijo pudiera decirse que empe¬ 
zaron los días tristes del caudillo. Desde entonces co¬ 
menzó a sentir el alma de aquel fuerte luchador, que la 
dicha se alejaba de su lado. Y su vida, que era como un 
canto de acción y de alegría, empezará a tornarse 
amargamente trágica. 

En tanto que él cobraba una creciente importancia 
política, a fuerza de trabajos, en la tranquila vida del 
hogar, Eufemia continuaba siendo la hacendosa compa¬ 
ñera que intervenía a menudo en los asuntos públicos 
de su marido, aplicando a estas cosas el sencillo crite¬ 
rio con que dirigía los pequeños cuidados de la estan¬ 
cia. Y unida a él, como una segunda conciencia a quien 
todo se consultaba, derecho adquirido a fuerza de ser 
discreta y de naturaleza talentosa, recorría ella el cami¬ 
no de la gloria que inició con el caudillo, cuando, ro¬ 
mánticos por la juventud y el amor, huyeron de la casa 
paterna en una oocihe lunar. 






216 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Si no fuera por aquel hijo que perdieron de manera 
tan desgraciada, ella podría creerse dichosa al ver cómo 
dormían en el pensamiento de Muniz las visiones gue¬ 
rreras, mientras la hacienda prosperaba y' la leyenda de 
sus hazañas flotaba en el ambiente, dando tema a las 
décimas de los payadores y a las charlas del fogón. 

¿Qué dicha mayor podría soñar aquella criolla, que 
ver cómo su hombre ocupaba al fin el puesto que por 
sus virtudes merecía, y ver ella también, disputándose 
su amistad con idéntico empeño, a los doctores ciudada¬ 
nos y las sencillas gentes del lugar? 

La vida dábale entonces la razón que ella adujo cuan¬ 
do despreció los galanteos interesados del gallego. Y 
los sacrificios hechos en las pasadas guerras estaban en¬ 
tonces bien recompensados con la tranqu'ila paz de la 
vida presente. 

Aunque aceptando los deberes impuestos por su nue¬ 
va situación social. Eufemia no olvidaba, sin embargo, 
los antiguos afectos de sus convecinos, en quienes en¬ 
contró muchas veces el apoyo que no podía prestarle el 
caudillo, viajero quién sabe por qué lejanos lugares. 

En Setiembre de 1893 se separaban los dos esposos, 
por el nombramiento de Mun'iz oara jefe de las fuerzas 
de la frontera, expedido por el Gobierno el día 4 de 
ese mes. 

Era la última vez que se abrazaban dichosos, aquellos 
seres que habían vivido juntos una vida tan llena de 
emociones. 

Pocos días después de esta separación, Eufemia se 
sintió enferma y necesitada a trasladarse a Meló en bus¬ 
ca de los auxilios médicos. 

Penosa fue la lucha que tuvo que afrontar aquella 
naturaleza aún joven y fuerte, para Tibrarse de la muer¬ 
te que se mostraba empeñada en doblegarla. A medida 
eme pasaban los días, la enfermedad parecía avanzar 
fatalmente, sin que fueran bastante a detenerla los es- 




CRÓNICA DE MUNIZ 


217 


fuerzos de la ciencia. Bien comprendía el caudillo, en¬ 
tonces a Ja cabecera de su cama, lo inevitable que cerca¬ 
ba el lecho de su compañera. 

Interminables horas de angustias y ludias, en las que 
a veces asomaba una esperanza muy pronto desvaneci¬ 
da, pasaron en aquella casa donde la naturaleza de la 
criolla intentaba resistir a sn eterno aniquilamiento. 
Todo era en vano, por desgracia. 

Llegó el 26 de Setiembre, día primaveral, en el que 
se aquietaron para siempre aquellas manos hacendosas, 
y perdieron su última luz los ojos de la mujer que tanto 
había vivido. 

¿Cómo habrá sufrido el noble pecho del guerrero, 
aquel nuevo golpe de su suerte? 

¿Qué silencio tan grande no habrá sentido a su al¬ 
rededor, cuando va sus oídos no escucharon la voz que 
tantas veces lo alentó en las noches de incertidumbre, 
cuando solos, en el humilde lecho conyugal, el caudillo 
desesperaba de su suerte para él tantas veces mezquina? 

¡ O’h dolor; la que alegró los ranchos con sus hijos y 
sus flores, cuando los días del tranquilo laborar; la que 
curó sus heridas y veló sus sueños en la selvática isla 
del Fray le Muerto; la que tantas veces regó con sus 
lágrimas la blanca divisa; que desafió por él el desamor 
de sus padres y el odio de sus enemigos; que embelle¬ 
ció su vida con el calor de sus besos, se fué de sil lado 
en el momento en que la vida parecía ofrecerle el pre¬ 
mio a tantas virtudes! 

Sin luz para siempre, se cerraron los ojos que cauti¬ 
varon su corazón de niño rebelde, y’ lo vieron dichoso la 
mañana aquella, cuando vistió su traje de fiesta para 
legalizar la unión que ya habían santificado sus hijos. 

¡ Cómo se volverá triste su estancia, cuando en los 
patios no ponga ya Eufemia la nota amable de su ner¬ 
viosa silueta y de su charla!... 

Desde el galpón, donde el viejo “Fusil” sólo admitía 



218 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


compartir con ella el amor del caudillo, hasta los más 
humildes ranchos del lugar, correrá haciendo verter lᬠ
grimas a su paso, la nueva de la muerte de aquella que 
para todos tuvo una palabra amiga y un auxilio gene¬ 
roso. 

¡Cuán llena de sus recuerdos quedó la estancia, y, gin 
embargo, qué vacío dejó en pos de sí la hacendosa due¬ 
ña, a quien nunca sorprendió el sol, en sus amaneceres, 
sin la alegría de sus patios barridos! 

Desde ahora, 1a. vida del caudillo será incompleta; a 
la rudeza de sus trabajos y de sus guerras, no podrá 
hacer amable con los besos de la criolla, que lo dejó en 
la plenitud de su gloria, como si quisiera llevarse en 
los ojos la triunfante figura de su hombre. 

Ahora qur su cabello comienza a encanecer y que la 
Vida lo azotará reciamente, le ha de faltar el rpgazo de 
la mujer que también llevaba en su sangre ardores de 
guerrero. 

El 2fi de Setiembre de 1893, la tragedia que empeza¬ 
ba a cercarlo, le tendió un lazo más. 

* 

• * 


Vuelto Muniz a la vida pública, que abandonó duran¬ 
te la desgraciada enfermedad de Eufemia, repartía su 
tiempo entre la vigilancia de la frontera y sus asuntos 
políticos. 

La situación se agravaba por momentos, siendo de 
notar los signos de descomposición que se anunciaban 
dentro de las filas del Partido Nacional. El curso que 
habían tomado los acontecimientos hacía ver que Mu¬ 
niz se alejaba por grados de su partido, para prestar su 
apoyo al Gobierno. Ya hemos visto las causas que deter¬ 
minaban esta actitud del caudillo. Sin embargo, aún era 
tiempo de reaccionar. Bastaba con que una voz amiga 


CRÓNICA DE MUNIZ 219 

£ 

le hiciese ver el peligro que corrían sus prestigios y su 
nombre, aceptando la no siempre honrosa carga de obe¬ 
decer a los gobiernos que se sucedían en el País. Por su 
desgracia, los hombres de Montevideo, entre los que el 
doctor Secundo ocupaba el primer puesto, y sus ami¬ 
gos de Cerro Largo, principalmente Juan y Gumersin- 
do Collazo, le aconsejaban perseverar en su actitud. 

A raíz de las elecciones de Noviembre del 93, y en el 
calor de la lucha, los amigos de Muniz lo incitaban a 
continuar en el peligroso papel que deseaban hacerle 
representar. Y por medio de empeñosos trabajos trata¬ 
ban de ligarlo estrechamente al doctor Julio Herrera 
y Obes, en la actualidad Presidente de la República, 
cuya amistad convenía conservar para bien del depar¬ 
tamento r del partido. Como comprobación de estas 
afirmaciones erróneas, el propio Presidente atendió los 
insignificantes pedidos del caudillo en favor de sus co¬ 
rreligionarios, en tanto que los intercesores lo acerca¬ 
ban a su gobierno, (fi-7-8-9) 

El 17 de Febrero de 1894, Herrera y Obes otorgaba 
el grado de general de brigada a Muniz, sellando así, 
pocos días antes de terminar su mandato presidencial, 
una vez más su amistad con el caudillo. (10) 

Poco después, el señor Juan Tdiarte Horda asumía la 
presidencia de la República. Como lo había hecho con 
los gobiernos anteriores, el doctor Segundo se apresuró 
a acercar a Muniz y al nuevo mandatario. (11) 

Si bien es verdad que colaborar en el gobierno de 
Herrera no significaba, por las circunstancias va anali¬ 
zadas. un renunciamiento de su personalidad, no así 
ocurrirá cor. el Gobierno de este nuevo Presidente, que 
llevó su incapacidad gubernativa basta precipitar en la 
revolución a gran parte del Partido Nacional. 

Podría decirse, sin analizar profundamente los he¬ 
chos. que la situación del Partido Nacional frente a 
Borda, era la misma que ocupaba cuando Herrera. Pero 


220 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


si esto pudo ser verdad al principio del nuevo gobierno, 
bien pronto debió verse el error. Sin embargo, los ínti¬ 
mos de Muniz no le descubrieron esta verdad, haciendo 
aparecer, por el contrario, ante sus ojos al nuevo Pre¬ 
sidente como un aniügo de los “blancos” y de cuya 
amistad no era prudente prescindir, si se deseaba con¬ 
servar en Cerro Largo las ventajas que se habían obte¬ 
nido de ios gobiernos anteriores. (11) 

Dentro del Partido Nacional, los adversarios de Mu¬ 
niz, por su parte, no escatimaban sus violentos ataques 
contra el caudillo que tantos sacrificios contaba en su 
Vida revolucionaria. 

iSi bien e.i verdad que aún conservaba en sus lilas 
grandes arraigos y merecía deferentes consideraciones 
(12), no es menos verdad también que sus violentos 
adversarios, entre los que se contó el doctor Eduardo 
Acevcdo Díaz, hoy alejado de su propio partido, olvi¬ 
dando todos los servicios que Muniz había prestado a la 
causa “blanca” sin exigir la más pequeña recompensa, 
divulgaron calumnias que sólo lograron ahondar la di¬ 
visión existente en las lilas nacionalistas. 

Pon una administración pública vergonzosa, el “bor- 
dismo” se enajenaba las simpatías de la opinión públi¬ 
ca. que comenzó a serle cada día más adversa. 

Mi malestar general se extendía por todo el País, le¬ 
vantando voces de protesta contra un Presidente que 
desconocía las más elementales funciones gubernativas. 

Muniz, desde su estancia de Cerro Largo y oyendo 
únicamente a sus consejeros, no podía comprender la 
situación del Gobierno al cual prestaba su apoyo. 

Para él sólo existían amigos y' enemigos. 

Estos, calumniándolo cruelmente en la tribuna públi¬ 
ca y en las columnas de los diarios, sin detenerse a 
hacer llegar basta el caudillo las verdaderas palabras 
de compañerismo que estaban obligados a pronunciar 
para volver a la verdad a qúien, incapacitado intelec- 


CRÓNICA DE MUNIZ 


221 


tualmente para descubrirla, siempre había sido de los 
primeros en responder al llamado de su causa. 

Desgraciadamente, “la sana moral”—según la expre¬ 
sión de un escritor nacionalista—hizo que los insultos 
postergaran a las razones. 

En cuanto a sus amigos, ¿por qué no hablaron de 
acuerdo con la opinión pública? 

¿ Por qué la palabra de aquellos hombres no llegó a 
Muniz—que en ellos confiaba—con la verdad que todo 
el País proclamaba en alta voz? 

-Misterio en el cual, acaso, se escudara un renuncia¬ 
miento. 

Ya en el mes de Noviembre de 1896, el doctor Martín 
Aguirre, que ocupaba un .puesto digno frente al hur¬ 
dís mo, había insinuado a Muniz la realidad de la si¬ 
tuación. Sabedor de ello el doctor Segundo, que enton¬ 
ces merecía la más absoluta confianza del caudillo, negó 
las afirmaciones del doctor Aguirre, asegurando la hon¬ 
radez de miras del Presidente de la República. (13) 

La conducta política del doctor Segundo y de sus 
amigos de Cerro Largo era, pues, francamente favora¬ 
ble al Gobierno. Encaminados ya en esa errónea situa¬ 
ción, les era imposible volver sobre sus pasos y defen¬ 
der al Partido Nacional—y entonces al País también— 
de los incorrectos procederes del bofiliniHO Y ya en 
esa corriente de adhesión, no escatimaron denigrantes 
juicios para los correligionarios que. viendo la verdad 
del momento, seguían una política de franca hostilidad 
para el Gobierno. 

Fruto de esa desgraciada pasión es la carta que el 
doctor Segundo escribió a Muniz con el propósito de 
distanciarlo del doctor Aguirre, y ocultándole la gra¬ 
vedad de los momentos en que se gestaba una revolu¬ 
ción. (13) Y es también producto de esa política, el 
consejo que daba a Muniz Gumersindo Collazo—.Jefe 


222 


Justino davala mUniz 


Político de Cerro Largo—diciéndole: “es necesario pre¬ 
venirse contra el malón iniciado”. 

Aunque sin descubrir claramente el alcance que po¬ 
dría tener para él y su partido político la situación a 
que lo empujaban sus adversarios y' sus consejeros, el 
caudillo había adoptado una actitud de prudente expec¬ 
tativa, esperando a que los hechos le indicaran el cami¬ 
no a seguir. 

En vista de los rumores de guerra que circulaban por 
el departamento, reunió en torno suyo a sus soldados 
de la región—para lo cual estaba autorizado por su 
grado militar—pero sin comprometerse de ningún modo 
a sostener o combatir la situación oficial. 

Despreciando los insultos de muchos arrivixtax de su 
partido, él esperaba el llamado de sus camaradas de 
otrora para decidirse en la lucha. 

Desgraciadamente, una inesperada tragedia lo llevó 
con violencia por el camino contrario a sus deseos. 



ISIIO 



CAPÍTULO XXII 


l&OÜ 


J unto al camino nacional y sobre una elevada cu¬ 
chilla, se levantaba la señorial vivienda de don 
Ramón Mundo. 

Ya en capítulos anteriores hemos dicho quién era 
este hombre, que para asombro de los vecinos do la 
Laguna del Negro, construyó aquella casa cuyo as¬ 
pecto recordaba los feudales castillos del Medio-Evo. 

Mirando hacia el Este y frente al camino, la casa 
presentaba un aspecto pesado, dando la sensación de 
que se había construido como una fortaleza donde 
pudieran guarecerse en busca de refugio, sus dueños, 
frente a una sociedad bárbara. 

Rodeada por la parte Oeste por varios galpones, el 
edificio central podría dividirse en tres partes, de las 
cuales dos se separaban únicamente en el interior, 
por estar destinadas a distintos moradores. 

Examinado desde el camino, el edificio consta de 
dos partes. I>a primera, o sea la central, y mas fuerte, 
ocupa el lado Sur, dando frente por un lado al cami¬ 
no en una extensión de veinticinco metros. 

Desde allí hasta su parte posterior, el edificio se 
prolonga en una extensión poco mayor que la del 
frente. 

Dominando sus cercanías, dos torres surgen en las 



220 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


esquinas levantándose unos metros por encima de las 
azoteas. I i .¡.L*. J 

La parte que oeujpa el costado Norte, es monos im¬ 
ponente en su aspecto. 

Unida al edificio central por un muro que partien 
do de su pared Norte y a unos quince metros de la 
torre, cierra el frente Este y dobla hacia el Oeste, ter¬ 
mina en una puerta que da aciceso al jardín, situado 
en el espacio que dejan el muro y las habitaciones que 
dan al Oeste. 

En el espacio que cercan el muro y las habitado 
nes, las rosas y las azucenas, mezcladas con flores in¬ 
dígenas, alegraban el reducido jardín. 

liemos dicho anteriormente, que este edificio podía 
dividirse en tres partes. La que miraba hacia el Sur, 
habitada en el momento histórico que estudiamos, por 
don llamón, y das que daban al camino por el Este y 
Norte, ocupadas entonces por mi señor padre. 

Siendo estas dos últimas las que nos interesan des¬ 
cribir, intentaremos hacerlo detalladamente, para fa¬ 
vorecer la justa comprensión de la tragedia que allí 
se va a desarrollar. 

Formando en el núcleo central del edificio y miran¬ 
do hacia el Este, se baldan cuatro habitaciones comu¬ 
nicadas entre sí por puertas interiores. Las tres pri¬ 
meras, dedicadas entonces al comercio, se sucedían en 
primer término, comunicándose con la última, que 
daba acceso a la quinta de don Ramón, que se exten¬ 
día a su espalda. 

Esta habitación, dedicada a dormitorio, se comuni¬ 
caba con la pieza que iniciaba el otro lado del ángulo 
y que servía de comedor. 

Luego, y sin comunicación interior con las restan¬ 
tes, seguían otras dos piezas que terminaban el cua¬ 
dro de casas cerrado por el muro. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


227 


En la sala que ciaba al camino y en la cual estaba 
la tienda, una puerta, entre dos ventanas de rejas, co¬ 
municaba con el exterior, por su frente. 

Casi junto a la torre que se levantaba on la esqui¬ 
na y mirando hacia el Norte, un gran ventanal enre¬ 
jado de más de dos metros de largo por uno de ancho, 
servía para atender al público cuando el comerciante 
tenía cerrada la puerta del frente. En esta misma pu- 
red y antes del lugar de donde partía el muro, una 
nueva ventana de rejas, daba luz a la pieza contigua, 
que a su vez comunicaba con el jardín por una puerta. 

La pieza inmediata, donde se hallaba el escritorio, 
sólo recibía la luz exterior por una ventana. 

El dormitorio tenía una puerta al jardín, situada 
en el ángulo formado entre esta pared y las demás 
habitaciones, que a su vez poseían puertas de acceso 
al jardín. 

En la pared posterior, que miraba a la quinta, y 
exceptuando el comedor, (jue poseía una puerta, las 
demás piezas recibían luz y aire por pequeñas venta 
ñas. 

Agregúense a este edificio, ranchos que lo rodeaban 
por el Noroeste y iSuroeste, y varias paraísos que ser¬ 
vían de sombra a los caballos, y se tendrá una idea 
aproximada del escenario donde se -va a desarrollar 
una extraña tragedia. 

El panorama que se divisa desde las torres, a las 
cuales se puede penetrar por puertas interiores y por 
las que dan acceso a la azotea, es abierto y risueño. 

Por un lado, se ve salir el sol, de las sierras del 
Cerro Largo. Hacia el Sur, Cerro de las Cuentas, se¬ 
meja una puerta gigantesca abierta entre los dos ce¬ 
rros que se divisan con coloridos azulados o grisáceos, 
según la hora en que se les mire. Por el Noroesle, la 
Cuchilla Grande y por el Norte, los montes de la La- 


228 


JUSTINO ZAVALA MUNlZ 


guna del Negro y el Tacuarí, a cuyas espaldas se ve 
el Manco caserío de la estancia de Muniz, semejante 
a un bombero apostado en la cumbre del Cerro de 
Medina. 

Observado a la distancia, el edificio se recorta vi¬ 
goroso y extraño en el horizonte, coronando la cuchi¬ 
lla por la cual se arrastra la cinta roja del camino na¬ 
cional bordeado por una hilera de eucaliptos que en 
los atardeceres se creerían una procesión de fantas¬ 
mas ascendiendo lentamente a las alturas. 

Desde hacía algunos años, mi padre—don José A. 
Zavala—tenía establecida allí una casa de negocios, 
cuyos prestigios se extendían por toda la comarca. 

Unido a Muniz por lazos de parentesco, por su ca¬ 
samiento con una de las hijas del caudillo, Eugenia, 
vivía dedicado a su comercio, aunque como todo 
criollo, militaba también en política cuando las cir¬ 
cunstancias lo obligaban. Pero, en la paz que gozaba 
entonces el País, esta pequeña distracción de sus ne¬ 
gocios, nunca había tenido para él, otras molestias 
que las que ocasiona una lucha electoral entre ami¬ 
gos, donde los odios no oscurecen virtudes ni afectos. 

Ocupados en el trabajo, pasaban los días de mi fa¬ 
milia, sin que nada hasta entonces hubiera perturba¬ 
do su felicidad. 

En aquellos días de Noviembre del 96, todo era 
nervioso movimiento en el comercio de la Laguna del 
Negro, producido por la llegada del mayor surtido de 
mercaderías comprado hasta entonces, y por el apuro 
en tenerlo todo pronto para los próximos días en que 
habían de efectuarse grandes carreras en el lugar. 

No obstante los rumores de guerra que corrían in¬ 
sistentemente, mi padre se hallaba visitando las ca 
sas de sus clientes, cuando llegó el 26 de Noviembre. 

Amaneció un claro día estival. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


220 


El sol que calentaba a la tierra, daba a la atmósfera 
una pesadez que se iba tornando con exceso molesta, 
cuando llegaron las diez de la mañana. 

!En tanto que en las casas se continuaba la labor, 
comenzaron a surgir por el lado Sur de la comarca, 
jinetes que acortaban las distancias al galopar ligero 
de sus caballos. Al principio, fueron poco nutierosos 
los que alegraron inusitadamente el cuadro. A la dis¬ 
tancia desde la cual se les veía aproximarse, no se 
distinguía más que el grupo que trasponiendo cuchi¬ 
llas, levantaba nubes de polvo en la franja del camino. 

Muy pronto detuvieron su galope junto a la reja 
del comeroiio, aquellos extraños viajeros cuyos ani¬ 
males sudorosos hacían sospechar un viaje precipi¬ 
tado. 

No bien los recién llegados hubieron detenido sus 
fletes bajo los paraísos, cuando comenzaron de nuevo 
a huir los ganados, al ruido que producían grupos de 
jinetes, que desviándose del camino para abreviar el 
trayecto, corrían por los campos en dirección a la 
casa de Mundo. 

Bastaba fijarse un instante en su número y atavíos, 
para ver que aquella era gente de guerra. 

Por el desorden con que avanzaban, cortando alam¬ 
brados sin tenor necesidad de ello, podía conjeturarse 
también, que no era de fiarse de sus intenciones. 

Mi madre, que lo comprendió así, ordenó a los em¬ 
pleados Victoriano Martínez y Luis Lamas (hijo), 
que cerraran la puerta que daba al camino y atendie¬ 
sen a aquellos hombres por el ventanal enrejado. Era 
una medida de prudencia que aconsejaba la inspec¬ 
ción de aquellos desconocidos. 

Según el poder de sus cabalgaduras puestas a toda 
carrera, fueron llegando a la reja los nuevos viajeros, 
capitaneados por un pardo de nombre Juan Sosa, 
aunque conocido vulgarmente por Juan “Garras”. 


230 


JUSTINO Z AVAL A MUNIZ 


Vestidos para la guerra; ceñida en el sombrero la 
divisa blanca, y empuñando diferentes armas, desde 
el trabuco y la lanza basta la carabina, aquellos hom¬ 
bres tenían en sus rostros una alegría siniestra. 

Desde su capitán, de quien se contaba la infamia de 
haber asesinado a una familia durante la guerra del 
Brasil, hasta sus soldados, todos ellos tenían un as¬ 
pecto amenazador. 

Los moradores de La casa, en su mayoría, habían 
visto muchas guerra»; pero no era aquel el aspecto 
que ellos habían conocido en los nobles paisanos qne 
marchaban a la revolución, alucinados por el genero¬ 
so deseo de servir a su causa y a su caudillo. 

Entre los que ahora se agolpaban junto a la reja, 
mandando, más que pidiendo que beber, la mayor 
parte eran brasileros, enrolados quién sabe por qué, 
en las filas de la nueva revuelta. 

Por la propia declaración de los llegados, se supo 
que formaban en la división de Florencio Aparicio 
(a) 'Chiquito Suravia, cuyo segundo era Benito Vira- 
monte. 

A medida que su número crecía con los que iban lle¬ 
gando, crecían también sus exigencias y sus bromas 
insultantes dirigidas entre estrepitosas carcajadas, a 
los aturdidos empleados que no acertaban a satisfacer 
tantas órdenes dadas a un mismo tiempo. 

Por la naturaleza de sus imperativos, se compren¬ 
día que aquellos hombres deseaban que les abriesen 
las puertas del negocio; y como no pudieran lograr 
su intento, infligieron a los empleados y a la propia 
familia, el insulto de que ésta les sirviera su aimuer 
zo y de que aquéllos acarrearan agua para sus ca¬ 
ballos. 

No sino un cobarde deseo de insultar a los mora- 


CRÓNICA DE MUNIZ 


231 


dores de la casa, dictaba los mandatos de los descono¬ 
cidos y las procaces bromas con que humillaban a los 
empleados que no cesaban un instante de servirlos. 

Esto ocurría en el negocio, cuando Segundo Muniz 
—niño de diez y seis años e hijo del caudillo—-vio 
desde lo alto de la torre de la tienda, llegar un ca¬ 
rruaje acompañado por dos hombres. 

Bajo el sol del mediodía que se acercaba; al trote 
cansado de los caballos, llegaban los nuevos viajeros 
por el lado opuesto al une trajeron los guerreros. 

No bien habían detenido su marcha bajo los pa¬ 
raísos, cuando de entre los que se hallaban junto a la 
reja, partieron diez hombres en su reconocimiento. 

Los que acompañaban al carruaje, en el cual via¬ 
jaba la esposa do uno de los hijos de Muniz, Pablo, 
eran Alberto Muniz, biio también del caudillo y sub¬ 
comisario de la Sección, y su asistente Epifanio Silva. 

Joven de veinte años, blanco como su padre y todo 
el paisanaje del pago, era entonces Alberto, un mn- 
ehachón fuerte y alegre, si por alero conocido en la 
región, por su carácter travieso y abierto a la amistad 
de todos. 

Corta era la distancia que separaba los dos grupos; 
por ello muy pronto estuvieron en contacto. 

Ya frente a frente, dos mulatos de mirar atre¬ 
vido, interceptaron el paso de Alberto Muniz que se 
dirijría a las casas. Era necesario que respondiese al 
interrogatorio a que sería sometido por el “capitán” 
Juan “Garras”, en cuya búsqueda fueron los mulatos. 

Desde la reja donde capitaneaba a los suvos en los 
insultos que ahora dirigían a Muniz. se adelantó el 
famoso “capitán”, con alegTÍa mal disimulada. 

Como si hablara a los de su partida; con la apos¬ 
tura insolente de los que nunca han podido ordenar, 


232 


JUSTINO Z A VAX/A MUNlZ 


sino en tales circunstancias, Juan “Garras” pregun- 
tó al joven Muniz: 

—‘‘¿De qué sesión son ustedes?” 

—“De ésta—”, contestó seeaTnente el interrogado, 
clavando sus miradas en los ojos del capitán que los 
bajó en actitud de pensar. 

És probable que aquella allanera respuesta le hu¬ 
biese desconcertado un tanto. Pero él no estaba allí 
para divagar. Y levantando su achatada frente, or¬ 
denó : 

—''‘Monten a caballo, desordenaos.” 

—“No montamos”, — fué la respuesta. 

Avanzó Juan “Garras” ron el ademán resuelto de 
sujetar al mucharhón que *0 atrevía a desobedecerle; 
pero éste que conoció su intención, esquivó sus brazos 
y corriendo traspuso la puerta que daba al jardín 

Tras él corría Juan “Garras” seguido de Epitomo, 
a quien perseguían tres hombres. Al trasponer la 
puerta' del jardín, Epifanio, con su resuelta ac¬ 
titud, logró detener a sus perseguidores; quienes vol¬ 
vieron a sus caballos para presenciar por encima del 
muro el espectáculo de la muerte d’el joven Muniz, 
que ellos se prometían. 

Entre tanto. Juan “Garras” había llegado junto a 
Alberto, que se había detenido a la puerta del al¬ 
macén. 

Un golpe recibido en la piorna, le hizo notar la pre¬ 
sencia de Juan “Garras”. 

Volvióse súbitamente el perseguido, empuñando su 
revólver; pero al intentar disnarar, una oleada de 
sangre nubló su visita. Su enemigo acababa de partir¬ 
le la frente con un golpe de carabina. 

Enardecido por el odio y la sangre, el muchacho 
abrazó fuertemente al “capitán”, intentando dispa¬ 
rar su arma. 


1 


CRÓNICA DE MUNIZ 


233 . 


Entonces se trabó la lucha cuerpo a cuerpo. 

Aquel famoso guerrero que toleraba con evidente 
complacencia su leyenda de asesino de familias, se 
encontraba ahora sujeto entre 'los férreos brazas del 
muchacho, que habrían de enseñarle a luchar con los 
hombres. 

Para él, los acontecimientos cambiaron de súbito. 
Ya entonces no se trataba de dar caza a un joven in¬ 
experto que caería fácilmente bajo los golpes de su 
carabina; ahora, el problema era librarse de aquellos 
brazos que le imposibilitaban todo movimiento. 

Desposeído de su arma, caída a sus pies, Juan “Ga¬ 
rras” tomó entre sus manos el pañuelo blanco que 
adornaba el cuello de Muniz, intentando ahogarlo. 

Astucia desesperada míe le costó la vida. 

Sin hacer caso al nudo que le oprimía fuertemente 
la garganta, el muchacho introdujo sus dedos en la 
achatada nariz de su agresor y coloeando el cañón de 
su revólver junto al pecho del “capitán”, disparó. 

Un ronco gemido fué la única voz que se oyera du¬ 
rante aquella lucha 1 . 

En la desesperación de su agonía, el pardo estru¬ 
jaba entre sus manos el pañuelo de Muniz, con la es¬ 
peranza de detenerlo a su lado, haciendo de él el blan¬ 
co sobre el cual, desde lo alto del muro, descargaban 
los otros sus armas. 

Los instantes eran preciosos. Ya no bastaban a 
ahuyentar a los tiradores, los disparos de Enifanio. 
Por casualidad se hallaban aún con vida aquellos dos 
hombrea. 

En el silencio trágico, Muniz y Juan “Garras” 


continuaban luchando. 

* Un nuevo gemido, semejante a una imprecación, 
asomó a los labios del pardo, mezclado con una ola 
de sangre. 


r * vi 


234 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


’ Aflojáronse sus dedos; una mirada inconsciente 
vapó por su rostro en busca de Muiiiz, y se desplomó. 

En el medio de la frente, un hilo de sanpre resba¬ 
laba, coapulándose. 

Tendido entre las flores, cayó el insolente “capu 
tán”, con la mueca trapica de su aponía pintada en 
su rostro de bestia, aleprado unos momentos antes en 
la esperanza de depollar un Muniz. 

Infeliz enpendro del crimen, aún después de muer¬ 
to va a ejercer su influjo diabólico, como si su sola 
presencia animara los instintos bárbaros de los hom¬ 
bres. 

Al ver tendido a «u cabecilla, los otros se precipi¬ 
taron en el jardín profiriendo pritos de ven panza, 
mientras Muniz, a la puerta del dormitorio, llamaba 
a mi padre. 

En medio de la prita que hacían los otros, mi ma¬ 
dre conoció la voz de su hermano y a pesar de las 
balas que popaban contra las paredes, hízolc entrar 
con su asistente. 

)En el instante de abrirse la puerta, una descarpa 
sonó en el jardín; cinco balas se incrustaron en las 
maderas. 

Breve fu<é el diálopo sostenido entre Alberto y Eu¬ 
genia Muniz. Aquellos dos jóvenes comprendieron 
que el prestipio de su padre armaba contra ellos n 
aquella turba miserable. Y aceptando el extraño 
mohín de la suerte, se Prepararon a defender sus vi¬ 
das (hasta que la llepada de los jefes pusiera fin a 
aquel atentado. 

‘ Hubo un iastante de silencio, después de la des¬ 
ea rpa. 

' Eupenia y Alberto medían la pravedad de las cir¬ 
cunstancias, mientras los otros inspeccionaban las 
puertas. 


CRÓNICA DE MUNIZ 


235 


De súbito, un gesto de dolor y de espanto se pintó 
en el rostro varonil de la joven. Una de sus niñas 
yacía en el suelo, en la actitud de un eterno sueño. 

Flaquearon un instante las fuerzas de la joven y en 
su desesperación de madre, dejó escapar un grito de 
dolor, que rasgó el silencio abatiendo los ánimos de 
todos los sitiados. 

—“¡Me mataron una hija...!”, lloró desesperada¬ 
mente la madre. 

Y los del jardín, al oirla, respondieron con excla¬ 
maciones de feroz regocijo: 

—“¡Ya murió una gurisa—!” 

—“¡Viva la Revolución!” 

—“¡Vivan los Saravia!” 

¡Cómo manchaban aquellos gritos el honor de una 
familia y de una causa! 

Felizmente, lia niña sólo había perdido el sentido, a 
causa del golpe violento que recibió de una puerta 
impelida por los plomos. Pero aquellas voces, que di¬ 
jeron bien claro la intención siniestra de quienes las 
proferían, resonaron en los oídos de la madre, ha¬ 
ciendo brotar en su alma un sentimiento de odio y 
de coraje, contra el cual van a estrellarse los esfuer¬ 
zos criminales de los asaltantes. 

Esta joven esposa, que sólo había conocido la paz 
de un hogar tranquilo en el que se desarrolló su in¬ 
fancia enfermiza, siendo una nota delicada y extraña 
en el ambiente, y cuya vida de madre sólo sabía de 
afectos y cuidados, sintió entonces que la sangre de 
Muniz agitaba su pecho dándole una firmeza nunca 
sospechada. 

Y en tanto que el estruendo de las detonaciones y 
de los objetos que caen hechos pedazos, se mezcla con 
los insultos soeces de los asaltantes, ella impone a 
cada uno el lugar que debe ocupar y arrincona a sus 
niños para librarlos de las balas. 



236 


JUSTINO ZAVAIjA MUNIZ 


Haría ya una hora que estaban sitiados, cuando en 
la ventana de su dormitorio sintió Eugenia la voz de 
la señora de Mundo, que la llamaba. 

Acudió la joven y entreabriendo un postigo, miró 
hacia afuera. 

Con el rostro lloroso, la señora de Mundo pidió a 
Eugenia que entregase a su hermano, pues en caso 
contrario morirían todos. Asi lo declaraba aquel hom¬ 
bre rubio, de regular estatura, que estaba montado 
junto a la ventana y esgrimiendo una lanza. Aquel 
hombre era Florencio Aparicio (a) Chiquito Saravia. 

,¿ Quién era Chiquito Saravia? 

Eugenia no lo sabía. Su apellido le era familiar por 
haberlo oído en casa de sus padres, cuando la guerra 
del Brasil, en la que Gumersindo Saravia realizó tan 
hermosa epopeya. Sabía de Chiquito, sólo que era 
hermano de Aparicio, estanciero de quien se empeza¬ 
ba a hablar como futuro jefe de una revolución, y 
nada más. 

Chiquito le era tan desconocido como Benito Vira- 
monte, su segundo, 

¿Por qué, entonces, aquel hombre de quien nunca 
oyera hablar, le imponía el sacrificio de entregarle su 
hermano para que con su vida pagara la del pardo 
Juan “Garras”? ¿Qué clase de hombre era aquel, que 
la amenazaba con el exterminio de todos los suyos? 

Eugenia sólo supo una verdad cruel. Y fué que 
aquel desconocido de quien no tenía noticia alguna, 
le pedía a su hermano para ajusticiarlo. Y a pesar de 
la señora amiga, y de la resolución inflexible del des¬ 
conocido, a quien no movieron a compasión las lágri¬ 
mas de cinco mujeres abrazadas a sus rodillas, breve 
y firme fué su respuesta: 

—“Que nos mate, sd es capaz”. 

• El desafío de lucha tan singular, estaba aceptado. 





CRÓNICA DE MUNIZ 


237 


Ciento cincuenta guerreros, combatirán contra una 
madre y “tres hombres. 

Fácil era suponer el final; pero Eugenia, si lo pen¬ 
só, no paró mientes en ello. 

En vano fueron los llantos de su amiga. El postigo 
volvió a cerrarse sin que una sola súplica saliera de 
los labios de la mujer que veía precipitarse una tra¬ 
gedia en la cual habían de morir todos, víctimas de 
su firmeza de ánimo. 

Cuando volvió al lado de los suyos, Alberto y Epi- 
fanio, quitados los sacos y remangadas las camisas, se 
adelantaron con el facón en una mano y el revólver 
en la otra, dispuestos a salir. 

Habían oído el diálogo y no querían que sus vidas 
costaran las de aquellas mujeres y de aquellos niños 
A pesar de la locura que iban a cometer, los hom¬ 
bres parecían serenos. 

Detrás del joven Muniz, que avanzaba blandiendo 
su cuchillo, el viejo asistente seguía sus pasos con la 
actitud modesta de un hombre que no da importancia 
a su situación. 

Al verlos, Fugenia se interpuso entre ellos y la 
puerta. 

—“¿Dónde van?” 

—“A salir—contestó Alberto.—No queremos que te 
maten por nosotros”. 

—“Eso no te importa; en vez de salir—replicó Eu¬ 
genia—llamemos a Segundo, que está en la torre.” 

Al saber que incendiarían la casa, Eugenia quiso 
llamar al niño, temiendo que le pudieran aislar las 
llamas. 

Alberto, que sentía a los asaltantes junto a la reja 
que daba al almacén, objetó que eso no era posible, 
pues los verían salir y serían todos muertos. Pero su 



238 


JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


hermana sólo respondió, al mismo tiempo que avan¬ 
zaba hacia el almacén: , > , ' 

—“Nos salvamos 'todos, o morimos todos”. 

Era preciso seguirla. Tanta era la seguridad con 
que ordenaba y la firmeza de su mirar, que se diría 
transfigurada de pronto en un genio protector, a cuyo 
Indo no era de temer la muerte. Dirigiendo a los dos 
valientes que sólo pensaban en caer con honor, cami¬ 
naba con la rigidez ihierática de un sonámbulo, la jo¬ 
ven que esperaba salvarlos o morir con ellos. 

La predicción de Alberto, se realizó en parte. 

Al divisarlos en el umbral de la puerta, los otros 
1 i ieron una descarga. Pero ya era tarde. Los tres 
habían desaparecido ocultos por los mostradores. 

Arrastrándose bajo la lluvia de balas que se clava¬ 
ban en las paredes y en los muebles, llegaron hasta 
Ja puerta de la torre. 

Por dos veces, Alberto llamó a Segundo. Pero lo 
hacía en voz tan baja, que el infeliz niño no pudo 
oirlo, de seguro. 

Descubiertos por los de afuera, les fué preciso vol¬ 
ver precipitadamente. 

Al fracaso de aquella tentativa, surgió una duda 
torturante en el pensamiento de Eugenia. ¿Qué serla 
de su hermanito? 

Sin embargo, era necesario callar y atender al asal¬ 
to que por orden de Chiquito Saravia se había ini¬ 
ciado. 

En tanto que las balas atravesaban las puertas, cho¬ 
cando contra los muebles que se rompían estrepitosa¬ 
mente y mientras se oían en el jardín las voces ame¬ 
nazadoras, confundidas con las detonaciones incesan¬ 
tes, la puerta de la tienda que daba al camino, cedía 
al impulso de un eje de carreta, esgrimido por varios 
hombres, como ariete. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


239 


Una explosión de voces alegres y de siniestras car¬ 
cajadas, anunció a los de adentro que la puerta había 
cedido, al fin. j... 

Poseído por el odioi, Alberto contestaba desde aden¬ 
tro a los disparos, impidiendo que los asaltantes se 
acercaran a la puerta del escritorio que comunicaba 
con el almacén, mieutras Epifanio defendía la venta¬ 
na que daba al jardín. Y atendiendo a sus niños; 
alentando a dos muchachas que estaban con ella, y vi¬ 
gilando las puertas del comedor, Eugenia se daba 
tiempo para alcanzar balas a los hombres y animar¬ 
los en la lucha. ¡ . j 

Largo rato se sintieron los pasos precipitados de los 
hombres en la tienda, ocupados en saquearla. 

Serían las dos de la tarde, cuando un nuevo enemi¬ 
go surgió en aquella escena amenazando terminarlo 

todo. , J U '¡V 

En la tienda y el almacén, comenzaron a levantar¬ 
se grandes llamaradas de fuego, que lamiendo las pa¬ 
redes envolvían en sus brazos las mercaderías dejadas 
por los extraños guerreros. 

El kerosene con que rociaron las telas y cajones, 
abreviaba el trabajo de las llamas que ya invadían las 
dos salas. 

Un ruido infernal anunciaba el desmoronamiento 
de las lilas de objetos, mientras el humo rodeaba ya 

todo el edificio. • 

Internándose por las rendijas de las puertas, inició 
su invasión aquel enemigo contra el cual eran vanos 
todos los esfuerzos. 

Con rapidez desesperante, invadió las dos piezas 
que ocupaban los sitiados. 

Ya no era posible resistirse en aquel lugar. Las Lla¬ 
maradas iluminaban trágicamente la espesa nube que 



240 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


se extendía por las habitaciones, en las cuales se aho¬ 
gaban los niños. 

Eugenia dispuso ceder esta parte del edificio a sus 
enemigos, esperando resistirse en el comedor. 

Guiados a su vez por el llanto de los niños, los 
asaltantes atacaron la pieza donde se habían refugia¬ 
do aquellos seres cuya vida defendía Eugenia con 
tanta heroicidad. Y el combate se trabó allí, con nue¬ 
vo ardor. , 

Atravesando las puertas, buscaban los plomos a 
quién herir, destruyendo cuanto encontraban a su 
paso. 

A pesar de todo, los dos hombres y la esposa, no 
pensaban, en entregarse. 

Por un momento pudo creer Eugenia, que la deses¬ 
peración invadía los ánimos de los hombres que lu¬ 
chaban contra un fin que parecía inevitable. 

Ante la invasión del humo que comenzaba a ini¬ 
ciarse en la pieza, ciego de odio por aquella lucha tan 
prolongada como desigual, Alberto descargaba su re¬ 
vólver contestando a cada detonación que se oía en el 
jardín. 

Epifanio, por su parte, obedecía en silencio las ór¬ 
denes de su jefe. 

Ya las balas empezaban a escasear, cuando al sentir 
pasos cerca de la puerta que daba al jardín, Alberto 
se aprestó a tirar. 

Al verlo, Eugenia detuvo su brazo, diciéndole: 

—“No tires, porque te van a faltar balas, más 
tarde.” 

—“Es que ahora puedo matar uno.” 

—“Sí; pero no tendrás balas cuando tengas que 
morir. Y yo quiero que mueras matando.” 

—“Pierde cuidado; aún tengo munición y mi cu¬ 
chillo. Además; Epifanio tiene el suyo y revólver.” 


CRÓNICA de muniz 


241 


Al oirse nombrar, el viejo asistente se acercó a los 
dos hermanos, y dijo en voz queda y reposada: 

—“A mi padre lo degollaron por entregarse fiao en 
palabras... A mí no me pasará lo meswio.” 

Con esa estoica valentía, pensaban aquellos seres 
acorralados por el luego, las balas y el humo. Sin es¬ 
peranza de salvación, sólo les importaba morir con la 
dignidad que ellos deseaban. 

• En cuanto a Eugenia, ¿cómo poder trasmitir la hr 
meza de su ánimo de mujer, resuelta a morir con to¬ 
dos sus hijos, antes que pedir gracia de su vida a los 
que pretendían asesinar a su hermano? 

¡Con ella han de morir sus cinco niños, devorados 
por las llamas, si antes una bala no les parte la fren¬ 
te, por tener el orgullo de salvar a Muniz uno de sus 
hijos! 

La herencia de los caudillos de su raza, ha hecho 
esta milagrosa transfiguración. 

Y poseída por una voluntad gigante, enrojecido su 
rostro por el calor, sólo' para incitar a la locha y abri¬ 
gar una esperanza, desplegaba los labios. 

Pero la situación se agravaba por momentos. En la 
sala del comedor, tan reducida y sin comunicación 
con la pieza contigua, la defensa se iba volviendo im¬ 
posible. 

Por la puerta del jardín, las balas atravesaban la 
pieza. Del dormitorio penetraba una columna de hu¬ 
mo que ya no dejaba ver. Los niños comenzaban a su¬ 
frir ahogos, a los cuales no se les encontraba remedio. 

Sólo la puerta que daba acceso a la quinta, estaba 
en esos momentos libre. Pero el ruido que hacían las 
armas y los caballos, anunciaban que por allí era in¬ 
útil huir. 

Pensaba en esto Eugenia, cuando vió que Junto a 





242 


Justino zavala müniz 


esa ¡puerta, se empezaba a levantar mía columna de 
uuuiu. 

cautelosamente aplicó su oído, pudiendo distinguir 
el rumo que producía un lío-more al arrimar materias 
coinbusuwes con ei ot>jea> ue llevar el iiioentlio nusui 
ani. ^prcsurauaincnte rué en busca cíe un. arma y pu¬ 
niéndosela en las manos ue imis ñamas, íe orucno que 
tirara. 

I1.1 joven dudó un instante; pero obedeciendo a la 
orden que .bugema reiteraba enérgicamente, disparo. 

un gemido ue muerte y el caer ue un cuerpo, res- 
ponuio a ia detonación. 

raí el silencio que .siguió a esta escena, se sintm el 
murmullo ue pusos apresurauos que se acercauau a la 
puerta y se alejaban después. 

Uno illas liabia oanio en la ludia. 

lia vida de dos hombres costaba ya a los de Chi¬ 
quito baravia, la muerte de los sitiados. 

Posemos de una energía sobreuumana; con la lir* 
meza que les imponía su situación, aquellos seres lu- 
eiiaban contra ia muerte, ineomprensiule para la vida 
que agitaba sus cuerpos jóvenes. 

Tal vez sin la conciencia clara de sus actos, la vida 
era quien ponía en ellos aquel desesperado ardor con 
que prolongaban su suplicio. En la potencialidad de 
su juventud, la vida que cantaba en sus músculos y 
sus cerebros, se detendía desesperadamente, dando a 
sus cuerpos una fortaleza no sospechada y a su mente 
una segura esperanza de salvación. 

La muerte del que se atrevió a desaliar su valor, 
demostró a Chiquito Saravia la voluntad trágica de 
sus presas. Y viendo cómo las llamas se arrastraban 
por las paredes, asegurándole el término fatal de sus 
víctimas, ordenó que se dejara al incendio vengar al 
pardo Juan “Garras”. 




CRÓNICA DB MUNIZ 


243 


Cesaron las detonaciones. 

I n silencio absoluto dejó oír el estruendo de las 
maderas al caer sobre los pisos. Mientras en los alre¬ 
dedores los asaltantes esperabaai formados en línea 
ue combate, gozando del dauteseo espectáculo, en el 
comedor la Vida y la Muerte, parecían en el epilogo 
de su lucha. 

Abrasándolo todo, como culebras rojas que se 
arrastraban por los muros y los techos, las llamas en¬ 
volvían el eddioio, levantándose luego en el espacio, 
para poner sus resplandores rojizos en el negro de las 
nubes de humo. 

lentamente; con la pesadez propia de su volumen, 
el humo onvolvía primero las habitaciones, irguién¬ 
dose «ai negras espirales, que ascendían eu línea recta 
en el espacio, apenas inclinadas por la brisa cálida 
de aquella tarde estival. 

Y eu medio de tan extraña decoración, el estrépito 
de los techos derrumbados; los tirantes que arrastra¬ 
ban ein su caídu pedazos de pared; balas que explota 
han disparando en todas direcciones y toneles que 
despedían de su seno grandes llamaradas, producidas 
¡K>r la inflamación de los alcoholes. 

Bien lo pensó Chiquito Saravia, al dejar su misión 
de venganza a aquellos inexorables elementos que él 
mismo llamó en su ayuda. 

En el reducido espacio de una sala; caminando a 
tientas entre el humo, que encegueciendo con el dolor 
que pone en los ojos se ha esparcido como un tupido 
velo; ahogados por el aire de fuego que se respira y 
que en grandes bocanadas se cuela por los agujeros 
de las puertas, hasta las que ya llegan las rojas ser¬ 
pientes; acosados por el hambre y la sed, y con la 
amenaza de sncumbir bajo los techos derrumbados, 
así se revuelven aquellos seres que sólo han cometido 



244 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


el delito de lio querer morir por el cueJiillo de unos 
desconocidos. 

Eran las tres de la tarde. 

Forcejeando las puertas y envenenando el ambien¬ 
te, la muerte anuncia que muy pronto ha de concluir 
con las vidas que Chiquito Saravia y Benito Yira- 
monte le ofrendaron. 

Ya los niños se retuercen en dolo rosas convulsio¬ 
nes, cayendo junto a la madre, asfixiados por el humo 
que no deja ver. Y los hombres, desesperando de po¬ 
der escapar del enemigo que los tiene cercados, sólo 
piensan en acabar pronto abreviando aquel suplicio. 

Torturado por la sed, Alberto quiere beber el agua 
enrojecida con la propia sangre de su frente. Próxi¬ 
mo a morir, bien puede amenguar su martirio, aún 
cuando sea bebiendo su sangre. 

Como si fuera un licor mucho tiempo deseado, acer¬ 
ca a sus labios el liquido sanguinolento, cuando la 
mano de Eugenia lo detiene. 

Sobre el espectáculo de tragedia que la rodea, más 
fuerte que su proipia desgracia, la joven aún los de 
fiende, animada por una vaga esperanza de vivir. 

lian de ultimarla; peno su última palabra, el pos¬ 
trero de sus gestos, será la protesta de una vida in¬ 
molada a un deseo de bárbara venganza. 

Pero en aquella habitación ya no es posible esperar. 
El fuego se está colando por las rendijas, próximo a 
dominarlo todo. 

I Qué hacer, entonces? 

La pieza contigua no tiene comunicación con la 
que ellos ocupan. Por la puerta que da a la quinta, se 
sienten las voces de los sitiadores. En el jardín el fue¬ 
go está abrasando las flores, en tanto que desde el 
muro aún parten disparos hacia la puerta del come¬ 
dor. 




CRtoíC.V PF MT r NTZ 


245 


TTa llegado la hora suprema. Nada podrá va contra 
el defino que se cumplo, el valor de los hombres y el 
estoicismo de la madre. La muerte ha terminado do 
tender la red fatal, sin que se vislumbre una sola es¬ 
peranza. 

Mas. he aquí que un elemento puede serles favo¬ 
rable. 

En el jardín, donde la * llamas se esparcen abra¬ 
sando a las flores y las aves prisioneras en sus jaulas, 
el humo ha tendido su velo, envolviéndolo todo. 

¡Acaso no será posible huir, ocultos en el seno de 
estas negras nubes que «** arrastrnn por el suelo? 

Es necesario intentarlo. 

Alguien hace notar que los otros podrán verlos sa¬ 
lir, y entonces todo habría acabado. Pero ante una 
muerte precedida por una lenta agonía, Eugenia pro. 
fiero ofrecerse con rus hijos a las balas de sus victi¬ 
marios. 

Por la puerta del dormitorio, con dos niños en los 
brazos y llevando asidos de la falda otros dos, se¬ 
guida de una muchacha que conducía el otro niño, 
apareció en el jardín la madre, en cuyo seguimiento 
avanzaban los tres hombres. 

Protegidos por el humo que ocultaba el sol, en me 
dio de aouel círculo de fuego, enminaba el grupo sin 
tiendo silbar sobre sus rahezas las balas que iban a 
chocar contra las paredes. 

; A dónde van? 

•Sólo Eugenia lo sabp. Y con el ánimo fuerte de su 
espíritu, al que alienta una nueva esperanza, hiende 
las sombras de las cuales puede surgir el cañón de 
una carabina, o la bala que deje inmóvil en sus bra¬ 
zos a aquellos niños que va no pueden llorar. 

Al llegar a la puerta del muro, Eugenia se Internó 
en la pequeña pieza dedicada a despensa. 



246 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Edta, como las flemas, tañía techo de media-agua 
cuva parte elevada miraba al jardín. 

En sn interior, apenas si podía andarse. 

Trastos viejos y toneles de vino, ocupaban casi 
por completo el reducido espacio. Suponiendo que los 
otros no tardarían en descubrirlos, avisados i>or el 
llanto de los niños. Eugenia se dispuso a morir. 

Aprovechando la disposición del techo y su falta 
de cielo raso, aconsejó a los hombres oue sirviéndose 
de los toneles v trastos, improvisaran una escalera 
por la cual pudieran llegar hasta el techo. 

En la seguridad de ser descubierta, dispuso que 
los hombres, levantando las 'teias. practicaran una sa¬ 
lida por la cual se subirían al tejado cuando los otros 
avanzaran. 

Desde allí aún podrían defenderse, para terminar 
luego bajo las balas que les dispararían desde la 
quinta. 

De este modo se libraban de ser degollados; idea 
que dominaba en sil mente como una obsesión. 

En cnanto a la suerte que a ella le esperaba, en el 
momento supremo se vería. 

Sin embargo, aún alentaba una esperanza. 

Colocados sobre los toneles, durmiéronse los niños, 
fatigados por tantas horas de padecimientos. 

ignorantes de la tragedia que los envolvía, una 
sonrisa de inocencia »e dibujaba en sus rostros. Sor¬ 
prendidos por aouclla escena, cuando aún no cono¬ 
cían de la vida otra cosa oue los cariños de sus pa¬ 
dres, durmiéronse al arrullo de las voces maternas, 
como en las noches feliees en que la paz rodeaba sus 
cunas. 

Cansados de llorar, cerráronse sus oios v sus labios, 
ignorando que en aquel silencio estaba su salvación. 



CRÓMICA DE MUNIZ 


247 


Librea un momento del fuepro y las balas, Eugenia 
tornó a pensar en F^esrundo. 

jQtté habría sido de él? Ouarecido en la torre, jse 
habría acaso salvado de las llamas, huyendo por las 
azoteas? 

lY si no pudo hacerlo? 

Desde allí setfuín oyéndose el estruendo de los mue¬ 
bles y los techos ipie se desplomaban, carbonizados 
por el fileno creciente que rodeaba a la torre. 

¡Cuántas veces hubo de reprimir su deseo de correr 
a través de las llamas en busca de su hormanito! 
Ahora que una esperanza de salvación le devolvía 
alero de su serenidad de pensamiento, ¡cómo la tortu¬ 
raba la duda sobre la suerte de Secundo! 

El incendio sefruía, entre tanto, envolviéndolo todo. 
Minutos más, y en aquella misma pieza el fuejjo los 
habría alcanzado nuevamente. 

Y Muniz jpor qué demoraba tanto en correr para 
salvar a sus hijos? i Acaso desde su estancia, enrubia 
sobre la cumbre del Cerro de Medina, no veía nque- 
llas densas espirales que se elevaban en la diafani¬ 
dad de un cielo estival? 

jN’o comprendía el caudillo, por quien luchaban 
sus hijos, que aquel fuepro que todo lo abrasaba, pro 
venía de un incendio? 1N0 había tenido uno que co¬ 
rriese a decirle que allí, en la tranquila casa de don 
llamón, su hija defendía a su raza, amenazada de 
muerte por aquellos hombres tráficos? 

Mientras él. talvez descanse en el ambiente patriar¬ 
cal de au estancia, tinos hombrea desconocidos acaban 
de detenerse en la oasa de don Ramón, dispuestos a 
saciar un odio nacido en la sombra. 

Va no es posible esperar más. 

Mientras en aquella pieza, la madre lucha desespe¬ 
radamente por impedir que los hombres se embria- 



248 


JUSTINO Z AVAL A MUNIZ 


pilen con «1 vino que hay en los toneles, los inoemdia- 
rios esperan pacientemente a que las llamas hayan 
concluido todo. 

Tin correr de caballos y sonar de armas une cho¬ 
can. comienza a sentirse por el lado nue da a la quinta. 

"Entre el murmullo de las voces de mando, que se 
repiten febrilmente, uno ha gritado: 

—"¡Ahí viene Muniz!” 

'Corriendo a todo el rorrer de sus corceles, azuzados 
despiadadamente por las espuelas, los de Muniz su¬ 
ben y baian cuchillas, desesperados por la distancia 
ique aún les nueda por correr. 

Los más nobles caballos, son entonces tardovS para 
el deseo de aquellos hombres que adelantan sus cuer¬ 
pos solbrc la esboza de sus animales, como deseando 
acortar más de prisa los distancias. 

Al igual de los que vinieron por la mañana, ellos 
corren sin orden por la lista roía del camino, sudo¬ 
rosos los fletes, cuyas narices abiertas aspiran el aire 
cálido de la tarde. 

¡Ah, cómo sufre de impaciencia el caudillo al ver 
pasar, para adelantarse en el raudo galopar, a los 
centauros que cortan el aire en su carrera! 

Su caballo de pelea, ¡qué lerdo es ahora, bajo el 
peso excesivo de su cuerpo! 

Y los liares del pobre bruto sangran bajo la espue¬ 
la impaciente del guerrero. 

—"¡Ahí viene Mnniz!” 

Bajo el fatídico influjo de esto nombre, huyan des¬ 
pavoridos los siniestros incendiarios, con el pesar de 
no ver consumada su obra. 

' Pocos instantes después, sólo el estrépito de los fe. 
dios que se desploman, se oye en medio del humo v 
de las llamas. 

Jadeantes; temblorosos; abieldas las narices, pq^ 



CRÓNICA DE MUNIZ 


249 


las que cae abundante espuma; sangrando los ijares, 
han llegado tres caballos, cuyos jinetes, lanza en 
mano y el sombrero en la nuca, traen en sus ojos 
bien cílaro el deseo de venganza. 

No se podría decir en qué rostro el odio se anun¬ 
ciaba con más fuerza; pero era bien claro el deseo de 
aquellos hombres, por matar. 

Gauchos eran los tres y a cual de ellos más eapaz de 
morir por vengar el insulto hecho a su caudillo. 

Bajo el arco severo de sus cejas, los ojos de Pro 
feeto Muniz relampa míe aban de odio. Transfigurado 
por la pasión, el semblante sereno de Rufino Montes 
de Oca, se animaba con aquellos ojos azules inyecta¬ 
dos de rabia. 

Con la severidad de las líneas bruscas de su frente, 
su nariz y su barba, imponente con su cuerno de atle¬ 
ta y su melena lacin, Ednvipes Piriz callaba acari¬ 
ciando su idea de venganza. 

Nada les fuá preciso preguntar. T>a verdad cruel 
la proclamalnan a la luz de aquella tarde, las rojas 
llamaradas que subían arrastrándose por las paredes. 

Pocos instantes después, Muniz forma en el pruno. 

En tanto que van llepando sus hombres, y tendién¬ 
dose en puerrillas que avanzan a medida que retro¬ 
ceden los cuatrocientos de Sara vía y Viramonte. Mu¬ 
niz se ha parado a interropar a su bija. 

Tiene entonces la actitud hosca y reconcentrada, 
de un hombre que ahopa en la severa línea de sus 
labios, palabras de odio. 

Bajo el ala del sombrero, sus ojos despiden aquella 
luz extraña que a tantos valientes hizo titubear. 

En la contracción de sus cejas, se adivinan las 
ideas que se revuelven en su cerebro. 

Muy breve es lo que se dicen el padre y la hija. 

Para el caudillo, aquel es el insulto sangriento hijo 



250 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de la misma pasión •que dictara los que se le dirigían 
en las columnas de los periódicos Pero ai antes espe¬ 
ró, deseoso de saíber la verdad; si escuchó a sus conse¬ 
jeros en cuestiones de letras, ahora sólo él decidirá 
esta situación en la cual su odio ha de responder al 
odio de los otros. 

Mientras su honor fue discutido per los hombres de 
ciudad, él esperó el final de la lucha. Pero ahora liar 
ido a despertar en su pecho de guerrero, una pasión 
violenta que sólo con sangre de enemigos ha de cal 
marse. 1 

Esos desconocidos, que cometieron la audacia de 
desafiar al héroe insultando a sus hijos, pues no se 
atrevieron a buscarlo en su propia estancia, han de 
sentir muy pronto el poder de aquel espíritu tan fuer¬ 
te en el odio como en el amor. 

Chiquito Saravia se ha atrevido a desafiar al gue- 
rrero de tantos combates. Sangre de su sangre ha de¬ 
rramado. En aquella mortecina hora de la tarde, en 
el pensamiento del caudillo se ha escrito su sentencia 
de muerte. 

A pesar de haberle asegurado a su hija que Segun¬ 
do iba prisionero, Muiniz no estaba seguro de ello. 

Después de ocuparse de los enemigos, ordenó a 
Eugenia que se alejara de aquella casa en donde tal 
vez tuviera que resistirse él mismo. 

El sol se había puesto enrojeciendo el horizonte, en 
tanto que las sombras iban envolviendo a los campos. 

Semejantes a una extraña procesión de fantasmas, 
los eucaiiiptus parecían ascender lentamente la cuchi¬ 
lla, en cuya cumbre las negras espirales se elevaban 
en el espacio, hendidos sus senos por los relámpagos 
de fuego que se alzaban del edificio. 

Por las aberturas que ahora tiene la pared, las lla¬ 
mas surgen a intervalos, abrazando la torre en la cual 




CRÓNICA DE MUNIZ 


251 


el cuerpo joven de Secundo Muniz se ha vuelto ceni¬ 
zas... 

En el silencio del tranquilo atardecer, so repiten 
aquí y allá los disparos de los fusiles. 

Es Muniz buscando su venganza. 


• • 

Dispuesto Muniz a terminar rápidamente con aque¬ 
lla montonera oue ostentaba la divisa blanca, como si 
con ella protegieran la inmoralidad de su atentado, 
envió e<n busca del Regimiento 3." de Caballería, des¬ 
tacado en Meló, iniciando inmediatamenfte la perse 
cueión. 

Aparicio Saravia, levantado tnmbién en armas, 
reunióse con Chiquito, sin que tal fusión de fuerzas 
bastara a detener la tenaz persecución de Muniz. 

Sin señalar su paso con ningún hecho de heroicidad 
o «le estrategia ¿mercera Ins huestes snravistns huían 
por los campos del País, tratando únicamente de ale¬ 
jarse del caudillo que en su constante seguimiento, 
apenas si les dejaba escasos momentos para dormir. 

Chiquito Sara vi a había gritado en la casa «le don 
Ramón, que ellos enseñarían a Muniz el rigor de sus 
armas. 

Con un desprecio inexplicable, aquel oscuro vecino 
del Cordobés, de quien nada se sabía; hombre cuya 
historia no había transpuesto los límites de su hogar 
y de sus íntimas relaciones, «leseonoeía los méritos del 
guerrero que desde el cuerpo a cuerpo de Las Rengas, 
jamás había permanecido sin acudir a los campos de 
batalla, en los cuales conquistara tan alto renombre. 

Si no fuera por la manera trágica con que Chiquito 
Raravia hizo sentir en loa inocentes hijos del candi- 




252 


JUSTINO ZAVALA MUNlZ 


lio, su ardor guerrero y sus cualidades de revolucio¬ 
nario. resultaría irrisoria su jactanciosa afirmación. 

Viéndoles huir por los caninos, sin atreverse a em¬ 
peñar un solo combate formal, se nos ocurren incom¬ 
prensibles aquellas palabras eme, con pedantesca im¬ 
postura, pronunció Chiquito Saravia junto a la ven¬ 
tana de la bija de Muniz. 

Ni costosa ni prolongada, fue aquella persecución. 

Muy pocos días después de haber incendiado la 
casa de un yerno del caudillo y de haber condenado a 
las llamas a un niño do 16 años, aquellos hombres 
pasaban la línea fronteriza del Brasil, dejando en 
manos del (mercero a quien habían desafiado, un nú¬ 
mero considerable de prisioneros. 

; Fué aquello una revolución del Partido Nacional? 

No lo creemos. 

A pesar de la divisa blanca que ostentaban, aque¬ 
llos hombres no podían representar al Partido Na¬ 
cional. 

La mayor parte de los jefes de prestigio de este 
partido, permanecieron ajenos a tal movimiento. 

Un millar de panchos, entre los que se contaban los 
brasileros por centenas, no constituían, entonces, uno 
de los partidos políticos más numerosos y fuertes del 
País. 

Para Muniz, esta verdad era aún más evidente. Él 
no podía creer que su propio partido se armara para 
incendiar la casa de sus vemos y matarle sus hijos. 

En cuanto a sus amipos, blancos también, he aquí 
lo que decía de aquellos revoltosos Gumersindo Co¬ 
llazo: “Esos bandoleros, comparables sólo con los be¬ 
duinos o nepros selváticos del Africa, han sentido 
desde el primer momento de que si les sobra insolen¬ 
cia pura insultar a los veteranos que han jupado su, 




CRÓNICA DE MUNI2 


253 


vida en cien combates, les falta valor para resistir el 
empuje de los soldados del orden y de la paz pública. 

Todos los criminales son cobardes y ciertamente 
•que esos bandoleros no podrán vivir en su patria, sino 
para purgar el crimen monstruoso con que se lian en¬ 
lodado para siempre”.—(14). 








I.a Rovoluclóu de IHO* 



CAPÍTULO XXIII 


Huiilz } lo» Sin mía 


F racasado el movimiento revolucionario de No¬ 
viembre, muy pronto tornó u hablarse de un nue¬ 
vo levantamiento, l'or los rumores (pie entonces se 
difundían, era de creerse que la nueva tentativa re¬ 
volucionaria asumiría mayores proporciones, partici¬ 
pando en ella los caudillos de mas prestigio en las li¬ 
las nacionalistas. 

La administración de ldiarte Horda producía 
aquel estado de efervescencia en (pie se aguaba el País, 
deseoso de terminar con un régimen en el (pie se des¬ 
conocían derechos y se dilapidaba el tesoro publico. 

iMunu, cuyo ánimo fuera sondeado por algunos 
amigos comprometidos en el próximo movimiento ar¬ 
mado, consultó a sus hombres de confianza, dispuesto 
u postergar su vengauxa personal, siempre «pie su 
partido necesitara de su apoyo. 

Aquel hombre, injuriado en la prensa e insultado 
en sus hijos, aún esperalm servir a su partido, del 
cual excluía o los que osaron desaliar sus ardores de 
guerrero. Kra el amor de toda su vida pasada; el re¬ 
cuerdo de tantos sacrificios, que aún lo ligaba a la 

causa blanca. < i , 

p or lo demáa, si en aquella intentona de Noviem- 


258 


JUSTINO Z.VVALA MUNIZ 


bre, él hubiese visto figurar en las filas de los Saravia 
a sus antiguos camaradas, tal vez ihulbiese pensado que 
de su propio partido surgían sus adversarios de aho¬ 
ra. Pero ninguno de los jefes que con él hicieron las 
pasadas campañas, prestigiaba con su nombre la cru¬ 
zada que en los campos del Cordobés se inició para 
incendiar una casa, matar un niño y terminar en pre¬ 
cipitada futga hacia las tierras brasileras. A pesar de 
»pie los consejeros de Muniz lo incitaban persistente¬ 
mente a combatir a la próxima revolución, él espe¬ 
raba aún a que se produjeran los hechos que habían 
de determinar su actitud. 

Al frente de su división, Muniz campaba a pocas le¬ 
guas de Meló, cuando los telegramas del Gobierno le 
ordenaron marchar precipitadamente hacia el Sur, en 
busca del ejército de Aparicio Saravia, que por aque¬ 
llos días acababa de invadir, en son de guerra, el 
País, 

Eran entonces los primeros días de Marzo del año 

1897. 

Sin dar mayor importancia a las órdenes recibidas, 
Muniz marchó hacia el Sur lentamente, a la espera de 
que los revolucionarios 'tomaran la iniciativa de los 
hechos. Bien pronto llegó hasta él, el rumor de que 
Aparicio Saravia, al frente de más de dos mil hom¬ 
bres, avanzaba dispuesto a presentarle batalla. 

¿Quién era Aparicio Saravia? 

Estanciero del Cordobés (Departamento de Cerro 
Largo), su incipiente popularidad nació en la guerra 
del Brasil que recién terminaba, en la cual había 
acompañado a Gumersindo, su hermano, que tan glo¬ 
riosamente dirigió aquella campaña. 

Muerto Gumersindo, Aparicio heredó, no sé si por 
razones de sangre o de méritos, el mando del ejército, 
que bien pronto se licenció, y los prestigios de su 


CRÓNICA DE MUNIZ 


259 


hermano. Su nombre, pues, no estaba en nada libado 
a la historia de este país, hasta el mes de Noviembre 
del 96, en el (píe por primera ve/ aparece dirigiendo 
un levantamiento. 

Fuera por combinaciones políticas, fuera por razón 
de sus méritos, lo cierto es (pie Aparicio Saravia in¬ 
vadió el territorio oriental el 5 de Marzo de 1897, al 
frente de un ejército revolucionario que lo procla¬ 
maba su general. 

Después de recorrer durante algunos días el De¬ 
partamento de ('erro Largo, tiempo empleado en or¬ 
ganizar sus columnas, Aj^arieio Saravia marchó en 
basca de Muniz resuelto a batirlo. 

Kl estanciero del Cordobés y general revolución i- 
rio del Brasil, iniciaba su revolución blanca, yendo a 
combatir al caudillo de más prestigio dentro de las 
filas del Partido Blanco. 

De muchos modos y con ingenuas, cuando no mal 
intencionadas teorías, se ha querido justificar esta 
falta de Saravia, en la cual encontró su castigo. 

La mayor jmrte de sus panegiristas, dados a glori¬ 
ficar a este hombre, han inventado antiguos rencores 
separando a los Saravia de Muniz. V dados ya a ha¬ 
cer literatura chabacana y tendenciosa, faltos de un 
recto sentido de las cosas, unos, y de un alto sentido 
moral, otros, han acudido al arcaico recurso <le per¬ 
sonificar en Saravia la Virtud y, como contraluz ne¬ 
cesaria a sus desplantes literarios, el Vicio en Muniz. 

No seré yo quien discuta estas vulgaridades, hijas 
de criterios fanáticos de hombres bien intencionados, 
til vez, v de creaciones innobles de mercaderes de la 
política. Pero conviene decir, para la Historia, (pie 
no dicen verdad los que aseguran esos resentimientos 
habidos entre Muniz y los Saravia. Antes de que Chi¬ 
quito Saravia atacara la casa de mi señor padre, en 


JÜSTINO ZAVALA MUNIZ 


f 260 

la cual sólo pudo sacrificar un hijo de Muniz, éste ja¬ 
rnos 'había pensado en aquellos estancieros del Cordo¬ 
bés, de los cuales sólo conocía y mucho apreciaba, a 
(¡¡umersindo. 

Si en el peelho de sus otros hermanos, un odio vio¬ 
lento existía para el caudillo, yo no puedo saberlo. Y 
si así era, como lo demuestran los hechos, ¿no sería 
ese odio hijo de una mezquina envidia? Porque, 
¿qué razón, sino las grandes condiciones de 'Muniz, 
tenían ellos para odiarlo? 

Se ha dicho, con sobrada mala fe, que era el odio 
de los justos contra el Vicio. 

El autor de esta obra, que sufrió en su propia fa¬ 
milia los efectos de ese odio, no puede creer que el 
amor a la Justicia y al Bien alentara en el pecho del 
hombre que intentó quemar a una madre y sus hijos. 

Un escritor apologista de los Saravia, ha dicho: 
“Es acto de nobleza reconocer que la muerte trágica 
y fatalísima del niño Muniz, relatada en el anterior 
volumen, bastó para cavar un abismo donde antes se 
diseñara una quebrada.” 

Quítense a esta frase las últimas palabras, “donde 
antes se diseñara una quebrada”, y ella explicará en 
mucho, la conducta de Muniz. Pero, ¿y la de los Sa¬ 
ravia ? 

Inútiles han sido los empeños de sus panegiristas, 
para explicarla. 

Por lo demás, es de notar que Cesáreo Saravia, 
blanco también, Basilisio y José, sirvieron a las órde¬ 
nes de Muniz, mereciendo su más absoluta confianza. 



CAPÍTULO XXIV 


%rl»olt(o 


C omenzaban a anunciarse en el horizonte loa tin¬ 
tes de la aurora cercana, cuando en el campa¬ 
mento de Muniz, los guerreros apuraban unos amar¬ 
gos o saboreaban sus “churrascos”, antes de ensillar. 
• Desde la noche anterior, se están recibiendo noti¬ 
cias de la cercanía del enemigo, a quien se sabe fuerte 
en más de dos mil hombres. 

Muniz, dispuesto a aceptar el combate que no tar 
darán en presentarle, espera la incorporación del Jefe 
Político de Cerro Cargo, Gumersindo Collazo, y del 
comandante Juan Derquín o Alanquín, quienes al 
frente de más de doscientos hombres, están por lle¬ 
gar, conduciendo el porque de municiones. 

Serían ya las 6 de la mañana, cuando el eco de unos 
disparos anunció la proximidad del enemigo, al mis¬ 
mo tiempo que Gumersindo Collazo llegaba al campa¬ 
mento, con la noticia de que los revolucionarios te¬ 
nían cercado a Derquín. 

Desde su campo, en la costa del arroyo Campamen¬ 
to, Muniz envió dos escuadrones al mando del enton 
ces eaprfcán Ortiz y del comandante Cabrera, en pro¬ 
tección de Juan Derquín. 

Una distancia de diez kilómetros, aproximadamen¬ 
te, separaba los dos ejércitos. 



262 


JUSTINO Z AVAL A MUNlZ 


Cuando los hombres enviados por Muniz se acerca¬ 
ban a la división de Derquín, supieron que éstos, con 
su jefe al frente, acababan de rendirse a los revolu¬ 
cionarios. 

Para Muniz, aquello fue una evidente deserción. El 
tiroteo habido entre las fuerzas de Derquín y los re¬ 
volucionarios. no había pasado de un pequeño simu¬ 
lacro de combate. 

A pesar de todas las pruebas en contra, no ha fal¬ 
tado quien afirme que, por el contrario, Juan Der¬ 
quín se entregó prisionero, vista su imposibilidad de 
defensa. 

Aunque tal episodio pudo ser de graves consecuen¬ 
cias para el ejército gubemista, puesto que le resta¬ 
ban 200 hombres y su parque, no merece mayor aten¬ 
ción la actitud de este jefe, que incorporado a las fi¬ 
las de los blancos, abandonó a sus compañeros de aho¬ 
ra, así que los vió derrotados. 

Desertor o no, Derquín pidió a Saravia puesto en 
sus filas. 

Esa fue la verdad que supo bien pronto Muniz. 

A la voz de los clarines, inició cautelosamente su 
marcha al encuentro del enemigo, el ejército \guber- 
nista. 

A lo lejos se sentían los disparos de los escuadro¬ 
nes de Ortiz y Cabrera, que habían ya trabado el com¬ 
bate con la vanguardia de los revolucionarios, o las 
órdenes de Chiquito Saravia. 

Poco más de mil serían aquellos hombres que avan¬ 
zaban entre las sombras, formados en columnas, dis¬ 
puestos a recoger el desafío de los enemigos a quie¬ 
nes sabían considerablemente superiores en número. 

Con su caudillo al frente, marchan en silencio aque¬ 
llos paisanos, todos blancos, si se exceptúan el Regi¬ 
miento de Caballería N.° 3 y algunos otros. 




CRÓNICA DE MUNIZ 


263 


Blancos como su jefe, que no admiten otra deno¬ 
minación política y que niegan su calidad de tales a 
los que acompañan a Saravia. 

Llenos de fe en el hombre que los guía, ellos van 
n la pelea seguros de que defienden su vieja causa, 
a cuya sombra unos arrivistas prebenden devastar el 
Tais y terminar con su viejo caudillo. 

Verdad es que en parte se equivocaban; el espíritu 
del Partido Nacional lo representan ahora esos ad¬ 
versarios que ellos llaman “salvajes”; pero verdad 
es también, que esos representantes del Partido Na¬ 
cional han declarado la guerra a su jefe; lo cunl era 
un insulto que sus soldados estaban dispuestos a 
vengar. 

Por encima de los amores partidistas, estaba aquel 
amor de extraña naturaleza, que sentían por el hom¬ 
bre a quien habían acompañado en tantas guerras. Y 
era tal la fe ¡que Muniz provocaba en aquellas almas 
fuertes y nobles, que por él arriesgaban todo cuanto 
fuera pam ellos más preciado, si necesario fuese, para 
correr en defensa suya. 

Rl hogar, la hacienda, la divisa, todo era poco pa¬ 
ra apagar en ellos la fe idolátrica que sentían por el 
hombre en quien hallaban todas las virtudes. 

Jinete en un caballo “rosillo”, conocido de todos 
por Rer el ensillado para las grandes marchas o los 
combates; todo vestido de negro; con una extraña 
alegría en el rostro, Muniz avanza por el camino que 
conduce a Meló, tratando de robar a las sombras que 
aún se extienden por los campos, las lín»*as enemi¬ 
ga». 

A su lado marchan sus secreta rio* y “h^usil”. Ale¬ 
gre como su jefe, pues su alma no es más que un 
reflejo del alma del caudillo, en lo poco que el viejo 




264 


JUSTINO ZAVAIiA. MUNIZ 


asistente puede comprenderla, “Fusil” tiene el aire 
arropante del que avanza en busca del peligro. 

A corta distancia, la escolta encabeza la columna. 

Son 34 gauchos, elegidos entre los más valientes 
soldados. Con ellos van algunos viejos compañeros 
del caudillo, blancos como él, seguros de que a su 
lado está la verdadera causa del Partido. Son los mis- 
mos del 70 y de la Tricolor, que vuelven a ofrecerle 
sus vidas, en un desprendimiento de generosa admi¬ 
ración. 

Honrado, con la más alta distinción que su humil¬ 
de pensamiento pudiera esperar, Rosas Castillos es 
quien lleva la lanza del guerrero. 

Rufino Montes de Oca y los hermanos Pedro y Ma¬ 
nuel Araújo. ostentan a su lado la vincha blanca. 

Adelantándose a sus hombres, Profecto Muníz mar¬ 
cho al frente de la escolta. 

Es el mismo que vimos llegar en la tarde del 26 de 
Noviembre del 36, a la casa de don Ramón, en defen¬ 
sa de sus hermanos. 

Recio de contextura, hay en todo su cuerpo un aire 
de frío severidad, que se anuncio en la manera de 
montar a caballo lanto como en su cabeza siempre le¬ 
vantada. Hijo del caudillo v el que merece su mayor 
confianza, Profecto ha heredado muchos de sus rasgos. 

Más alto y delirado, tiene como él, el enmaque im¬ 
ponente del hombre nacido para mandar. TTav en su 
mirada una luz extraña que da a su rostro, de líneas 
rectas y severos, una fuerte expresión de altivez. 

A creer a las voces que corrían en el ejército, aquel 
hombre de mirada glacial estaba llamado a ser el be 
redero de los prestigios de su padre. 

En su pos caminan los treinta v cuatro valientes 
de la escolta, de entre los que se destacan la figura 
atlética de Eduviges Piriz, segundo de Proferto, y el 



CRÓKICA DE MUNIZ 


265 


rostro fresco de juventud de Santos Muniz, que cuen¬ 
ta a la sazón diez y siete años. 

En la penumbra de la madrugada, se recortan las 
rectas de sus lanzas, encabezando la columna. 

Luego avanzan las otras divisiones: el 3.* de Caba¬ 
llería, al mando del coronel Julio Gutiérrez; la Urba¬ 
na, cuyo capitán Gerónimo Triondo, nuevo en el De¬ 
partamento, va a demostrar bien pronto de cuánto es 
capaz, y las divisiones de Guardias Nacionales. 

Juan Aguiar, Aparicio Gamón, Garlos Chagas, Ce¬ 
sáreo Saravia y Juan Nievas, veteranos compañeros 
de Muniz. han sido puestos, para el combate, at frente 
de los escuadrones. Perdidos en la anónima multitud, 
avanzan antiguos soldados del caudillo, compañeros 
de guerra desde la juventud, o que heredaron de sus 
padres la adhesión tradicional a su jefe. 

Por el camino que conduce a Meló marchaba la co¬ 
lumna sobre la cumbre de la Cuchilla de Arbolito, 
cuando una espesa cerrazón rc tendió sobre los cam- 
pos. 

Con el instinto «Herrero que poseía en tan alto 
grado, Muniz comprendió el peligro que lo acechaba 
en el tupido velo de la cerrazón, y en consecuencia, 
ordenó hacer alto a la columna. 

Con sus fuertes rayos, míe anunciaban una jornada 
de aopor, serían las 7 de la mañana del día 10. cuan¬ 
do el sol se hizo ver rasgando los velos de la cerrazón. 

En la claridad que siguió n la niebla, y desde la 
cuchilla en la cual ce había detenido la columna, se 
divisaba todo el paisaje que había de servir de teatro 
a la batalla. 

A la izquierda del ejército de Muniz, el Cerro icár¬ 
eo se levantaba a po<*ns ornad ras de distancia. Al Nor¬ 
te, y en la dirección en que marchaban, una hilera de 
cuatro casas y un plantío de maíz, servían de base de 



266 


JUSTINO ZAVALA MUNlZ 


operaciones a los enemigos. Entre ellos y los de Mu¬ 
niz, la pronunciada elevación de una cuchilla atrave¬ 
saba el camino. 

A la derecha, abruptas serranías se levantaban 
frente al Cerro Largo y junto al camino que se alar¬ 
gaba bordeándolas un gran trecho. 

Un árbol solitario y frondoso, era la única nota ex¬ 
traña en aquel ambiente áspero. El paisaje tiene en 
aquellos lugares una extraña grandeza. 

Aparicio, cuya gente se divisaba ocupando posicio¬ 
nes estratégicas, había elegido un hermoso campo de 
Ivatalla. 

Tendidas en semicírculo que partía de las sierras, 
se apoyaba en las casas y terminaba en las quebradas 
del Cerro Largo, sus líneas podían resistir victoriosa¬ 
mente el ataque. 

Bien claro comprendieron los hombres de Muniz el 
acierto de su jefe cuando se detuvo ante la cerrazón 
quic ocultaba a sus enemigos. A no haber sido así, hu¬ 
biese caído fatalmente en el círculo de fuego que 
ahora descubrían tendido entre las sierras, las casas 
y el plantío de maíz. 

Pocos días antes, el general Villar había caído en 
un lazo semejante que le tendió el coronel Diego Li¬ 
mas. Pero Muniz conocía demasiado los secretos de 
la Naturaleza, para dejarse coger. 

El aparato de combate que se notaba en los otros, 
decía bien a las claras que era necesario aceptar el 
desafío en el terreno en que se lo presentaban. 

Fácil era ver que los de Saravia estaban dispuestos 
a dar en aquel paraje una batalla formal; decisión 
que para Muniz tenía más fuerza, puesto que las sie¬ 
rras y el Cerro Largo imposibilitaban toda evasiva, 
en la cual tampoco se le ocurrió pensar. 




CRÓNICA DE MCNIZ 


267 


Aún avanzó la columna en formación de marcha, 
unos metros, tratando de tomar posiciones. 

Desde las sierras y el frente, las balas comenzaban 
a silbar sobre las cabezas. 

Los escuadrones del capitán Ortiz y del comandan¬ 
te Cabrera, que ocupaban la izquierda, habían inicia¬ 
do el combate con las fuerzas de Chiquito, que se apo¬ 
yaban en las cuchillas y hondonadas del Cerro Largo. 
En protección de estos escuadrones y para que ocupa¬ 
se la extrema izquierda de su línea, Muniz envió a 
su hijo Pablo, al frente de sus hombres. 

Sin haber meditado largamente, ni consultado la 
opinión de sus .jefes. Muniz concibió el plan de com¬ 
bate con la premura que exigían lns circunstancias. 
Frente al enemigo, dominando desde la cuchilla que 
cruzaba el camino, el campo donde había de desarro¬ 
llarse la acción, aceptó el combate en las condiciones 
que Saravi» se lo presentó. 

Es verdad que ól desconocía en absoluto las teorías 
sobre estrategia militar: pero su vida de guerrero y 
su talento natural, suplieron esta ignorancia del cau¬ 
dillo. : f 

Ya caían en gran número las balas a su lado, cuan¬ 
do empezaron a disgregarse los escuadrones para 
ocupar su sitio de pelea. 

El ala izquierda estaba formada con los escuadro¬ 
nes de Pablo Muniz, Lino Cabrera y Braulio Ortiz, 
cuyas guerrillas defendían a su vez el frente que dnha 
al camino. La Compañía Urbana, a las órdenes del 
capitán Iriondo, partió a ocupar un frente del ala 
derecha. 

Al recibir el capitán Iriondo la ordon de marcha y 
cuando los clarines elevaban a los aires las notas de 
una diana, ordenó a un segundo: 




268 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


—“Teniente Resler: al soldado que dé vuelta, mᬠ
telo”. 

A lo que apregó Muniz, siempre risueño: 

—“Y también, capitán, al oficial que dé vuelta, mᬠ
telo.” 

Bajo l el inexorable imperativo de esta orden, y de 
los aires alegres de la diana, desplegó la Urbana avan¬ 
zando en línea de batalla hasta doscientos metros del 
enemigo. 

■Cesáreo Saravia, el comandante Estomba y el coro¬ 
nel Juan Aguiar, ocuparon la extrema derecha. 

Sirviendo de eslabones a esta primera línea de pe¬ 
lea, los demás escuadrones del regimiento y de Guar¬ 
dias Nacionales ocuparon, también, sus puestos. 

Serían las siete y media de aquella calurosa maña¬ 
na de Marzo, cuando se inició seriamente el combate. 

Sobre la cumbre de la cuchilla, desde la cual domi¬ 
naba todo el campo de acción. Muniz dirigía a su 
ejército, sin hacer caso a las balas que levantaban 
puñados de polvo a su alrededor. 

lias tropas de Saravia que. como ya liemos dicho, 
ocupaban excelentes posiciones, eran mandadas por 
jefes aguerridos entre los cuales se destacaban por su 
fuerte prestigio, Juan E. Mena, Celestino Alonso, an¬ 
tiguo ayudante de Muniz. Juan José Muñoz y Nieasio 
Trías, junto a los cuales figuró con honor el joven ofi¬ 
cial Basilio Muñoz (hijo), detenían el avance de las 
tropas gubernistas, con un fuego recio. 

A pesar de esto y de la superioridad numérica del 
enemigo, Muniz estaba seguro de vencer. Alegre y de¬ 
cidor como nunca, despachaba a sus ayudantes, que 
corrían inresan temen te por las hondonadas, con órde¬ 
nes en las que se mezclaban chanzas para sus jefes 

Los veteranos que lo acompañalian, no extrañaban 
aquel estado de ánimo del caudillo. Desde que le co- 



CRÓNICA DE MUNIZ 


269 


nacieron, siempre el día de pelea fue para Muniz, día 
de intensa satis facción. 

El fuerte guerrero en el fragor de los combates en¬ 
contraba un extraño encanto. La fusilería se tornaba 
cada vez más intensa y mortífera. 

En el ala izquierda y el frente, las divisiones al 
mando de Chiquito, apoyadas en las casas, pugnaban 
por doblar a loa escuadrones de Pablo Muniz. 

En el ala derecha, el capitán Iriomlo, movido por 
un heroico arrebato, había avanzado imprudentemen¬ 
te sobre sus enemigos, colocándose en una situación 
en extremo difícil. Desde la sierra que tenía a su 
frente y el plantío de maíz a su izquierda, un nutrido 
fuego de fusilería ocasionaba grandes claros en sus 
filas. 

Sin medir las consecuencias de su avance, Iriondo 
había comprometido imprudentemente a su división. 
Alterando la línea «le combate, lo amenazaba el riesgo 
de ser cortado por sur enemigos. Pero retroceder era 
imposible; hacerlo era dejarse fusilar impunemente 
por la espalda. 

Descubierto su error, Iriondo resolvió enmendarlo 
con una «lefensa heroica. Y a pesar <le las balas «|ue 
caían sobre sus hombrps, dejando gran número de 
ellos tendidos en el campo, entre los cuales cayera un 
oficial, los clarines continuaban poniendo sus notas 
agudas v vibrantes en el estrépito de la fusilería. 

Al notar Muniz el riesgo en que se encontraba a«|iie- 
lia división, desplegó en su apoyo y paru restablecer 
la línea, al escuadrón del capitán López. 

El tremendo estampido de cien rémingtons al dispn 
rar, cuyos ecos se repitieron en las sierras, anunció a 
Muniz que Iriondo cstal* protegido. 

Mas aún no bastaba con esto. Si bien era entonces 
más difícil cortarla, la Urbana podía, en cambio, ser 



270 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


arrollada. Sus filas se diezmaban con una rapidez alar¬ 
mante. Su propio capitán, cuya silueta se destacaba 
desafiando las balas sobre aquel campo de muerte, ha¬ 
bía estado a punto de pagar con su vida tamaña te¬ 
meridad. Su caballo estaba herido en las narices y la 
frente; una bala había chocado con la hebilla del cinto 
del jinete. 

Muniz ordenó entonces al mayor Nievas, que acudie¬ 
ra en protección de la Urbana. Puestos ai galope los 
caballos, cuyos cascos golpeaban fuertemente el pedre¬ 
goso suelo de la cuchilla, adelantábanse aquellos jine¬ 
tes con el rostro iluminado por el entusiasmo' bélico. 

Erguido arrogantemente sobre su flete, vibrando de 
inquietud, quebrado en la nuca el sombrero cuyo bar¬ 
bijo Re sujeta en la nariz de su dueño; chispeante los 
ojos de altanera provocación, sacudiendo la lanza, el 
mayor Nievas se adelantó hasta Muniz. Al enfrentar¬ 
se con el caudillo, que lo recibió con un gesto de aplau¬ 
so, y sin detener el nervioso galopar de su flete, el 
mayor Nievas dirigió a sus hombres, mientras agitaba 
en el aire el sombrero, su grito de guerra: 

—“¡Viva el General Muniz! ¡Mueran los salvajes!” 

Un ¡Viva! prolongado señaló el paso de los jinetes, 
que llegaron galopando al sitio de pelea. 

Entre ellos, Alberto Muniz militaba como oficial. 

‘¿¡Mueran los salvajes!”, fué la imprecación lanzada 
a los aires por aquellos blancos que iban a morir de¬ 
fendiendo a los “salvajes” (•) que insultaban. 

La ceguedad de su fe en el caudillo, producía en 
ellos tamaña confusión. 

Iba transcurrida ya más de una hora de pelea, cuan¬ 
do, sin que se supiera cómo, un tal Onofre Xavier se 
acercó a Muniz entregándole una carta que dijo ser de 
Chiquito Sanavia. 


(’) Adjetivo «mploado por Ir tunta blanca para ¡multar a sus adversarios. 





CRÓNICA DE MUNIZ 


271 


Sin mirarla casi, el caudillo estrujó entre sus manos 
aquella carta y ya la hacía pedazos, cuando Xavier 
agregó: “Dice si se entrega". 

K1 estremecimiento de indignación que tales pala¬ 
bras produjeron en el ánimo de Muniz, fue notado por 
el otro, quien sin esperar respuesta — (pie sería su muer¬ 
te—desapareció súbitamente. 

Desde entonces enmbió el ánimo de Muniz. 

Yu no sonreían sus labios, ni tenía chanzas para sus 
jefes. 

Fin número considerable huían los desertores aprove¬ 
chando la atención que sus compañeros tenían fija en el 
enemigo. ' 

Fin las líneas de Sara vía, el ardor de la lucha parecía 
recrudecer por momentos. A {>esar del empuje de los 
hombres de Muniz, aquéllos no cedían ni un palmo; 
más bien, ahora eran ellos quienes luchaban por do¬ 
blar a sus adversarios. 

Hubo un momento en (pie la extrema derecha de 
los gubernúftas comenzó a ceder terreno ante la ava 
lancha de los escuadrones blancos, cuyo desprecio j>or 
la muerte en nada desmerecía del de sus contrarios. 

Parecía que deseaban cerrar a Muniz por su espal¬ 
da, doblando para ello a las divisiones del coronel 
Aguiar. 

Incapaz de defender sus posiciones, este jefe envió 
un ayudante a Muniz, dándole cuenta de su difícil si¬ 
tuación. 

Era completamente imposible detener el empuje 
de aquellos enemigos que con tanto heroísmo busca¬ 
ban la victoria. 

Fin esa situación, i qué debía haoerT 

F’uera de sí, al ver (pie sus divisiones no habían 
adelantado nada desde el principio del comtiate y en- 



272 


JUSTINO ZAVALA MUNlZ 


colerízado por la pregunta de su bravo camarada, 
Muniz contestó con firmeza: 

—“Que se haga matar”.—A cuyas palabras añadió 
como comentario:—“¡Tan viejo y tan zonzo!”. 

Los que le oyeron pudieron comprender la idea que 
entonces dominaba en el pensamiento de aquel hom¬ 
bre. Pero, por si aún les restaba alguna duda, sus pro¬ 
pias palabras lo declararon categóricamente. 

Conocido por los tiradores enemigos, Muniz era el 
blanco de los que ocupaban el frente del camino. 
Solo, sobre la cuchilla, podíam lOvS otros apuntarle con 
grandes probabilidades de herirlo. 

Era un milagro lo que ocurría con aquel hombre. 
Las balas llovían a su alrededor; pasaban silbando 
sobre su cabeza o levantaban puñados de tierra junto 
a los cascos de su caballo, sin que una sola lograra 
tocarlo. 

Transfigurado por el ardor que hacía latir violenta¬ 
mente sus venas, Muniz parecía no ver ni sentir las 
bulas que se aplastaban contra las piedras o rozaban 
su cabeza. 

101 sol se a<*ercaba al zenit, y aún resistían con ínir 
petus formidables aquellos enemigos que desde las 
sierras, las casas y las hondonadas, diezmaban sus di¬ 
visiones sin ceder un palmo de terreno. * 

La voz potente del caudillo se había enronquecido 
de tantas voces de mando dadas incesantemente. 

Resistirse, morir; lie ahí las únicas consignas que 
tenía para los jefes que solicitaban su consejo. Entre 
tanto, las líalas continuaban Chocando contra las pie¬ 
dras que pisaba su caballo, o pasaban con su silbido 
de serpiente, sobre su cabeza. 

No era prudente exponerse de tal manera. Bien 
claro se veía que él era el blanco de los disparos ene¬ 
migos. 


CRÓNICA DE ML’NIZ 


2 ? 3 


Prafecto, cansado de la inacción a que estaba suje¬ 
to, y nervioso al ver a su padre en tan grave riesgo, le 
hizo decir que era mejor retinirse de la cuchilla y de¬ 
jar que ellos cargaran. 

Al oir el consejo de su hijo, Muniiz volvió a agitar¬ 
se colérico, mientras decía: 

—“¿Por quién nie toman, esos maulas? ¡ Uks voy a 
hacer matar a todos, antes de cederles un palmo a esos 
miserables!” 

Aquel hombre, viendo cómo se le escapaba la vic¬ 
toria, sólo acechaba el momento de ofrecerle su vida 
para conquistarla. Por primera vez se encontraba 
fronte a los que le quemaron un hijo. Imagínese cuán¬ 
ta sería su cólera al ver que tanto tardaba en reali¬ 
zarse su venganza. 

Ui situación se tornaba por momentos más difícil. 

Algunos escuadrones, incapaces ya para resistir el 
mortífero fuego que los envolvía, empezaban a reple¬ 
garse tratando inútilmente de recobrar las posiciones 
perdidas. Sin emburgo, en la extrema izquierda, la 
división de Pablo Muniz había logrado avanzar victo¬ 
riosamente. Kra la primera vez que aquel hijo del 
caudillo participaba en un eomlwite. Y a fe que lo ha¬ 
cia con sobrado arrojo. Pero en el oentro, los guber- 
nistas cedían terreno sin poder sostenerse. 

El sol de mediodía «nía pesadamente sobro aquel 
campo de muerte. 

Por uno y otro lado, se notaba un evidente cansancio. 
Pero el de los gubemistas, parecía anunciar un próximo 
agotamiento de energías. 

Por el lado de las casas que estaban junto al camino, 
apareció de pronto un escuadrón de lanceros, que d<*«- 
pués de hacer una tentativa de avance, volvió a escon¬ 
derse detrás de las casas. 



274 


JUSTINO ZAVALA MUNW 


Chiquito S&ravia se preparaba para terminar con 
Mjurnz y conquistar con su lanza la victoria. 

Li caudillo comprendió claramente la intención de 
aquellos nombres. 

iiabia Ueigado el instante decisivo; la ocasión acechada 
ipor el, se la otrecia 'Chiquito con un atrevimiento que le 
luc íaial. 

iviuniz miró a su escolta. 

Cuarenta (hombres esperaban impacientes la orden ue 
carga. 

Con su lanza en la mano, Profecto permanecía silen¬ 
cioso, a corta distancia de su padre. 

De chiripa y sm saco; remangada la camisa por en 
cima del codo; sujetando sus lacios mechones üe pelo 
con una vincha; puesto el sombrero en la nuca y ei sable 
en la mano, Eduiviges i’iriz esperaba eon una vaga son¬ 
risa, que hacía menos frío aquel rostro desligurado por 
la viruela. 

Prontas las lanzas para el entrevero, aguardaban los 
otros la voz de orden. 

De nuevo volvieron a asomar los de Chiquito y a ocul¬ 
tarse. para reaparecer formados en orden de ataque, 
galopando hacia las líneas gu be mistas. 

flruseamente giró sobre sus patas traseras el rosillo 
de Muniz, mientras éste, quitando su lanza de manos 
de Rosas Castillos, le decía: 

—“¡Traiga esa lanza, (viejo... ¿Le apretaron el tor¬ 
nillo?” 

No pudo oir la respuesta. Ya su caballo descendía al 
galope la cuesta que los separaba de los otros. 

—“¡iCargá!”, — gritó a Eduviges Profecto, cuyo ca¬ 
ballo, (herido por la espuela, se avalanzaba por el camino 
que seguía Muniz. 

—“¡Carguen!”, — ordenó secamente Eduviges, míen- 


CRÓNICA DE MUNIZ 


275 


tras se ecliaha sobre el cuello de su Hete, puesto a su vez 
a Unía carrera. 

Lou tal rapidez se sucedieron aquellas voces de mando, 
que nadie pudo seguir inmediatamente a los tres que las 
liabían dado. 1 asi, mientras Santos prepara a sus hom¬ 
bres para el ataque, ellos acortan la distancia que los 
supura de los de Uhiquito. 

A todo el correr de sus coréeles, casi acostados sobre 
sus cuellos, descienden vertiginosamente la cuchilla, como 
l>oseidus por una embriaguez de heroísmo, aquellos tres 
hombres, en busca de enemigos. 

Sobre el rosillo que aspira por sus narices abiertas 
el aire, blandieudo su lanza de tantos combates, Muniz 
es el primero que desciende la cuchilla, golpeando con 
el regatón de su arma a los que huyen. 

En su jk>s, febril ¡>or alcanzar a su padre y por matar, 
J’rofecto aguijonea cruelmente su caballo, cuya carrera 
no es tan veloz como la del rosillo. Y tras ellos, lirme 
la mano que sujeta la rienda; en alto el sable en cuya 
hoja se retlejan los rayos del sol; ondulando los lacios 
mechones de su melena, Eduviges avanza deseando ser 
el primero en encontrar a Los enemigos. 

Todo el ejercito puede verlos. 

A la vista de los atónitos ojos que no comprenden 
su arrebato, ellos van a encontrarse con los lanceros de 
Uhiquito. 

Ya éstos han quebrado la resistencia de las primeras 
líneas del regimiento y galopan ansiosos a su vez por 
ulcanzar a los tres jinetes. 

Pareciendo que se Italia en la plenitud de su vida, 
Muniz, con sus 51) años, seguido de los dos valientes 
que corren por rodearlo con sus pechos, dará a los co¬ 
bardes una lección de inmenso heroísmo. 

Oon la lanza que recogió en el Sauce de manos de 


276 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


su enemigo moribundo, va a realizar la más grande, 
quiza, de todas sus proezas. Y será a la vista de dos 
ejércitos, couuo dicen que lucharon Goyo ¡Suárez y Ti¬ 
moteo Aparicio. 

'ia se acercan los de Chiquito, cuando Profecto y 
Eduviges galopan al lado de su jefe. 

A su espalda se siente el sonoro galopar de la es¬ 
colta a cuya cabeza corre el niño Muniz, de 17 años. 

! Al ipasar junto a un oficial que lia quedado con la 
boca abierta, confundida su mente, ante aquellos jine¬ 
tes que cruzaron a su lado como un torbellino, se oye 
Ah voz de Prefecto: 

—“¡Cierre esa boca, maula!...”. 

Una sonora carcajada se apagó entre el chocar de 
los cascos de los caballos contra el suelo. 

Ahora es Eduviges quien corre adelante. 

L>e ¡pronto, un enemigo le lia puesto su pistola en 
la frente. 

Prefecto lo ve y al pasar, sin apartar su mirada de 
Muniz, le dirige estas palabras: 

—‘‘Ya te embromaron, pardo”. 

Üáonó un tiro. Prefecto volvió su ivista. 

Eduviges seguía galopando, mientras a su espalda 
quedaba retorciéndose en estertores agónicos, el que dis¬ 
paró. Las cejas de Eduviges tenían tizne de la pól¬ 
vora; su sable seguía en alto, aunque sin reflejar los 
rayos del sol, pues se lo impedía la sangre que lo em¬ 
puñaba. 

Ajenos a todo cuanto pasa a su alrededor, dos hom¬ 
bres jóvenes, vestidos de negro, y en el sombrero la 
divisa blanca, corren en dirección contraria a nuestros 
jinetes, persiguiendo a un soldado que huye. 

Están a pocos metros de Muniz, cuando éste los dis¬ 
tingue, y apartándose de su hijo, le dice, sonriente: 



CRÓNICA DE MUNIZ 


277 


—“Fíjate si estos dos saben de qué mueren”. 

Al comprender Proferto la resolución audaz de su 
padre, intenta torcer su caballo para ir en su ayuda. 

Ya era tarde. 

Conocieron los otros al caudillo y apuntando con sus 
revólver*, le dejaron j*aso entre ellos 

El que se situó a su derecha, intentó levantar su 
arma: pero la lanza de Muniz acababa de abrirle, des¬ 
barrándole, las entrnñas. 

Al ver caído a su hermano (pues tales eran los dos 
valientes), el otro apuntó al pecho del caudillo. 

Por su desgracia. Muniz adivinó su intención. 

Cn fuerte bolt>e de lanza lo despidió violentamente 
del caballo, vendo a caer con un pulmón asomándolo 
por la espalda. 

En el dolor de su mronfa, el infeliz y valiente mu¬ 
chacho apretó el entillo de su revólver. 

En bala pasó silbando por el costado de Muniz, «pie 
continuaba su carrera, y fue a perderse en el aire. 

A la vista de su escolta que va lo alcanzaba, Muniz 
tuvo — sebón sus propias palabras — In desgracia de 
matar a aquellos dos Jóvenes, cuya heroicidad pairaron 
con la vida. 

iVspués... Nadie pudo «lecir lo que .pasó. Fueron 
lauras que chocaron; astillas volando por los aires al 
bolpe de los sables, v jinetes que rodaban heridos en 
jHinel horrible entrevero. 

I'nos instantes más, y Muniz se detenía en las casas 
de donde partieron loa Innceros *le nhiquito. 

Sebón el poder de sus caballos y los enemigos que 
tuvieron que mata**, fueron llegando los hombres de 
la escolta. que acababan de decidir la victoria en au 
favor. Allí se supo une nhiquito Saravia, llevado de 
su entusiasmo por matar a Muniz, había caído en e*. 



273 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


entrevero, preso por las boleadoras de Toranza y muer¬ 
to con una herida de bala en las piernas y otra en 
el pecho, y dos puntazos, uno en el cuello y otro en la 
frente. 

Las voces aleares de los clarines que recorrieron las 
líneas tocando a victoria, anunciaron a los de Muniz 
que la batalla de Arbolito estaba granada. 

Dominados por un terror invencible, huyeron en des¬ 
bande los hombres de Saravia, al conocer la suerte que 
habían corrido muchos de sus jefes. 

Es el temor colectivo que domina en estas circuns¬ 
tancias a las multitudes, sin que basten a dominarlo los 
más «mandes esfuerzos. Así, aquellos hombres cuya 
valentía supieron evidenciar en tantos horas de com¬ 
bate. hasta el extremo de acercar a ellos la victoria, 
huyen ahora a través de las campos, atemorizados por 
un pequeño prrupo de enemigos. 

Ante la retirada completa de los de Sara vía. Muniz 
ordenó al coronel Juan Acruiar que los persicruiera cor 
unos cien hombres. Y aún cuando se le hizo notar 
que los otros habían incendiado los campos, a fin de 
poner entre ellos y sus perseguidores una valla de fue- 
sro, el vencedor ordenó el avance de sus hombres, aún 
a través del humo y de las llamas. 

En tanto que el efiército saravista atraviesa los cam¬ 
pos en dirección a Meló, completamente derrotado. Mu¬ 
niz reúne sus escuadrones junto al comercio de Falco. 

Interrogado el comerciante sobre el ejército blanco, 
éste contó al vencedor, en presencia de sus oficiales 
este episodio: 

Antes de iniciarse el combate. Chiquito Saravia dic¬ 
taba a Renito Viramonte. en presencia de Falco, la 
carta que Xavier llevó a Muniz, invitándolo a rendirse. 

Cuando la misiva estuvo escrita, y al poner en 




CRÓNICA DE MUNIZ 


279 




sobre su dirección, dice que Viramonte interrogó a 
Chiquito: 

—“fLe ponemos General ?” 

A lo que replicó el interpelado: 

—“No; ponele Justino, nonios; que esa oveja tiene 
poca lana y pronto la Císquilareimos”. 

Sonrióse el caudillo al escuchar el relato, y pensando 
en la suerte «le Chiquito, contestó con su travesura 
gaucha: 

—“Poea, sí; pero con abrojos”. 

Y tal era la verdad «le lo ocurrido. Pocas fuerzas 
y medios para vencer en aquel combate que le presen 
fiaron los Saravia, tenía el hombre a quien Chiquito 
despreció en sus palabras. Pero como él mismo lo «lijo, 
difícil hasta volverse imposible, fue para sus adversa¬ 
rios cortar la “lana” de sus prestigios. 

El propio Chiquito, cuyo ca«láver encontraron tirado 
en el campo los que por orden de Muñir, fueron en 
su reconocimiento, pues éste no lo conocía, pa'?ó con su 
vida la audacia «le creer oveja al guerrero a quien la 
imaginación popular llamaba “El Toro”, impresionada 
por la tirmeza «le su carácter. 




CAPITULO XXV 


La noche «le Arbolito 


E ra ya entrada la noche, cuando los vencedores vol¬ 
vieron tal lugar de la lucha, estableciendo allí su 
campamento. 

Muy pocas eran los que rodeaban a su jefe. Parte 
de la división se hallaba distante, empeñada en per¬ 
seguir a Sara vía. y otros habían desertado en el monten 
to del combate. 

Al calor sofocante del día, siguió la llovizna de una 
noche tormentosa que amenazaba lluvia. 

En silencio descendían los guerreros las pendientes, 
llevando sus caballas de la rienda, temerosos de rodar 
en aquellas precipicios. 

En lo más hondo del valle, un árbol ofrecía el re¬ 
fugio de sus raimas contra la llovizna, que se tornaba 
por momentas más intensa. Allí se dirigió Muniz, se¬ 
guido de sus secretarios y su escolta. 

El caudillo, previendo cualquier sonpresa, buscaba la 
guarda de las sierras para establecer su campamento. 

Agobiados por el hambre y el cansancio de la lucha 
de todo un día, las guerreros descendían en el mayor 
desorden y sin hablar palabra. Se diría que el dolor 
de una derrota amargaba sus ánimos. 

No eran más que sombras iluminadas a intervalos ¡tor 


CRÓNICA DE MUNIZ 


281 


los relámpagos que rastraban las nubes agolpadas en el 
rielo presagiando lluvia. 

Junto al árbol que se erguía solitario en la hondona¬ 
da. el caudillo permanecía sobre su caballo, en tanto 
que a su alrededor se agrupaban los soldados. 

Sombras que recorrieron los campos, llevaron a todos 
la orden de campar, sin que fuera permitido encender 
los fogones. Kra necesario, en previsión de cualquier 
sorpresa, esconderse en las tinieblas que se intensifi¬ 
caban . 

Rodeando al jefe que permanecía erguido sobre su 
caballo, sin pronunciar palabra, las sombras fueron 
acostándose en el campo. 

Por unos momentos, el sordo murmullo de las armas 
al riincar, y lns voces de los merceros que se hablaban 
en la oscuridad, se oyó en derredor del árbol. 

A la luz de los relámpagos, podía verse aún la 
silueta del caudillo, firme sobre su flete, como si velara 
el sueño de los hombres que dormían tendidos en el 
cés|>ed. envueltos en sus ponchos pnra defenderse de la 
llovizna. 

Cuando todo fue sosiego, Muniz se acostó bajo el 
árbol. 

Muy pronto el cansancio durmió n los guerreros. 

El relincho de algún caballo rompía por breves ins- 
tantea el silencio que envolvía a aquel campo de vence¬ 
dores, 

I>a llovizna continuaba ««yendo sin interrupción; Ioh 
relámpagos iluminaban brevemente el cielo cargado de 
nubes, seguidos por los truenos cuyos ecos se sucedían 
por largo rato en la atmósfera. 

El calor era sofocante. 

Dormía va Muniz, cuando un hombre vino a decirle 


282 


JUSTINO ZAVALA MUNlZ 


que algunos soldados penetraban en una chacra cercana 
en busca de alimentos. 

El General, cuyo ejército fue siempre modelo de res¬ 
peto por el vecindario, ordenó que se pusiera una guar¬ 
dia en aquel cercado para protegerlo del hambre de 
sus hombres. 

Volvió el otro a perderse en las sombras. 

El silencio se hizo entonces completo. 

Mientra#» la tierra dormía envuelta en una atmósfera 
enrarecida, en el cielo continuaban los relámpagos y los 
truenos amenazando una próxima tempestad. 

Era ya cercana lia madrugada, cuando una ráfaga de 
viento cálido comenzó a agitar las ramas del árbol a 
cuyo pie dormía el caudillo. La llovizna, entonces más 
fuerte, continuaba azotando los rostros de los guerreros 
dormidos. 

Las fugaces luces de los relámpagos descubrían a los 
caballos, vueltas sus ancas al viento, pastando tranqui¬ 
lamente. 

Aparte de este sordo murmullo de las bestias, ni un 
solo ruido se oía en el campamento. 

Junto al árbol a cuyos pies estalxa tendido el jefe 
vencedor, una sombra se irguió cautelosamente. 

De pie, sobre níquel campo dormido, la sombra cobra- 
lia un extraño aspecto. En las tinieblas se borraban sus 
contornos, percibiéndose apenas su alargada silueta. 

¡Slolo se oía el murmullo de las hojas del árbol, azo¬ 
tadas por el viento; lo demás era un completo silencio. 

La sombra avanzó hacia el caudillo. Sus labios mu¬ 
sitaron primero unas palabras, produciendo apenas un 
insensible murmullo. Mas, poco a poco, como si alguna 
profunda evocación animara sus palabras, eleváronse en 
el campo despertando al caudillo v sus ayudantes. 

Sorprendidos por aquella visión que se agitaba er\ 


CRÓNICA DE MUNIZ 


283 


fuerte» convulsiones, levantando las manos al cielo en 
actitud de implorar, mientras e-antaKa una canción de 
cuna, los hombres sentáronse en sus recadas intentando 
identificar a la sombra... 

T'n relámpago iluminó brevemente la escena. 

A la luz pálida del relámpago. uno de las ayudantes 
de AFuniz pudo ver lo que pasaba a su alrededor. 

A pocas pasos, azotada la faz por la lluvia y el viento 
que agitaba sus rubios cabellos; fiia la mirada en un 
punto perdido en las sombras: abiertos los brazos que 
dirigía baria el ciclo; ondulando sus nebros vestidos 
cuyas rascaduras dejaban ver las fuertes senos v míos 
muslos de intensa blancura, aquella mujer, semejante 
a una alucinada, continuaba su dulce canción de cuna, 
cuyos ecos se repetían en el campamento. Unjo el ár¬ 
bol. entre cuyas bojas cruzaba el viento silbando, el 
caudillo se había sentado con el sombrero en los ojos 
y examinaba a la extraña mujer. 

F.l cielo había vuelto a sus tinieblas. 

Con amenazas de tempestad, llegaban las lejanos ecos 
de los elementos desencadenados. 

Por encima de las cabezas se sentían pasar los ♦ rue¬ 
llos a través de las nubes. 

La grandiosidad de aquella naturaleza enfurecida, 
tenía anonadado el espíritu» del espectador, infundién¬ 
dole un místico nx'ogimiento. Y el espíritu ciudadano 
del secretario, puesto en olwervación estaba lleno de 
asombro ante aquel espectáculo. 

T>e lo más hondo de la quebrada, en la que dormían 
los guerreros después de una cruenta .jornada; rasgan¬ 
do extrañamente el silencio, las voces de la mujer ele¬ 
vaban su tierna canción de cuna, hacia aquel cielo que 
señalaban sus brazos abiertos y cuyas voces se sentían 
conmoviendo las cumbres de las aienras. 


284 


JUSTINO Z AVAL A MUNIZ 


Bajo la copa del árbol en la que el viento modulaba 
su canción, el caudillo examinaba silencioso las contor¬ 
siones de la mujer. 

La mente del secretario, confundida ipor las escenas 
de muerte que lo rodearon durante el día, no acertaba 
a comprender el fantástico espectáculo que lo rodeaba. 

La mujer; Muniz; los elementos que continuaban con¬ 
moviendo el cielo y poniendo en las sierras sus tremen¬ 
dos ecos, todo adquiría en su imaginación el aspecto de 
una visión abracadabra. 

En medio de aquel ambiente, sólo él se encontraba 
extraño a la inteligencia que parecía regir a los ele¬ 
mentos y los hombres. Y fatigado su espíritu por las 
profundas emociones de aquel día de batalla, sentía pe¬ 
sar sobre él un inconfesado temor supersticioso. 

Todo entonces parecía serle extraño. 

Las tinieblas rasgadas siniestramente por los reláni- 
nagos, que dejaban iver las cuerpos tendidos en derre¬ 
dor suvo; la sombra fantasmagórica con sus brazos en 
actitud de implorar y la imponente voz de los truenos, 
daban a las cosas y a los hombres un aspecto que él 
nunca hubiera sospechado. 

Muniz mismo, al pie de aquel árbol, parecíale ahora 
más incomprensible que en el momento de cargar con¬ 
tra sus enemigos. 

/.Qué pasaba por la mente de aquel hombre oue per¬ 
manecía silencioso observando a la mujer? ¿Y aquel 
fantasma, cómo había llegado basta allí, sin que los cen¬ 
tinelas lo hubiesen detenido? /De dónde venía aquella 
mujer, con los vestidos desgarrados, la mirada extática 
en la contemplación de las sombras, y los senos fuertes 
que se adivinaban a través de las ropas pegadas a su 
cuerpo por la lluvia? 

En confusión desesperante cruzaban estas ideas por 


CRÓNICA DE MUNIZ 


2S5 


la mente del observador, cuando el cansancio lo tendió, 
dormido, sobre el recado. 

Por la cumbre de las sierras continuaban pasando 
las gruesas nubes, con sus truenes, mientras el viento 
modulaba su canto en las hojas del árbol a cuyo pie 
dormía otra vez el caudillo y la mujer, cuyas manos 
en alto parecían implorar, continuaba lanzando al cielo 
su tierna canción de cuna... 

• 

• • 

A la mañana siguiente, el campamento ha recobrado 
su alegría. 

Muniz, sentado al pie del árbol en el que se u|H>ya 
su lanza manchada de sangre, recibe las impresiones 
que sobre el comliate le trasmiten sus oficiales 

A iJhhíos pasos de distancia, la mujer fantástica duer. 
me aún, con las ropas pegadas contra su cuerpo y ago¬ 
biada ipor la excitación nerviosa que le produjo la crisis 
«le locura. En el desorden de la noche anterior, aquella 
infeliz vino a echarse tan «•crea «Jel General. Y tul vez 
la impresión del «lia de «*ombate fue lo «|ue excitó su 
locura, haciéndola asumir aquella actitud que tanto 
usombró a uno de los secretarios de Muniz. 

Diseminados en torno del árbol, los guerreros se han 
reunido junto a los fogones, en 1«js «pie chisporrotean 
las brasas que doran los asados y bulle el agua para 
el mate, mientras se cuentan las hazañas del día an¬ 
terior. 

Sobre los arbustos, las ropas tendidas para recibir 
los rayos «le un hermoso sol, ponen una nota más de 
alegría en aquel campo sobre el «iue estuvieron pasando 
las nubes de tenqiestad, durante toda la noche. 



286 


JUSTINO 2 AVAL A MUNIZ 


Eli aquel anuí)¡ente de luz y de alegría, el secretario 
recuerda sus visiones de la madrugada, que entonces le 
parecen una fantástica pesadilla. 




CAPITTI A) XXVI 


Itpflrniln linrln i*l sur 


A pesar de la victoria completa obtenida por Muniz 
en los campos de Arbolito, y cuyos l>eneficios mo¬ 
rales bien pronto se sintieron en todo el País, su ejér¬ 
cito no pudo continuar la persecución do Saravia, que 
huía rumbos a la frontera. 

Sorprendido en las sierras de Arbolito, Muniz hul>o 
de aceptar el combate con su pequeña división, merma¬ 
da considerablemente i>or las deserciones del día de 
pelea. Por esta razón poderosa, y a pesar de halársele 
reunido Basilisio Saravia con su “División ÍW”, le fue 
imposible esperar a las columnas de Aparicio y Lamas, 
que. una vez fusionadas, [volvieron sobre él con ánimo 
de batirlo. 

Ante el avance de un enemigo suprior, Muniz inició 
su retirada hacia el Sur. 

[¿os escritores nacionalistas que lian juzgado este he- 
el>o de guerra, quieren ver en él un triunfo de Sara¬ 
via. Se diría que su héroe está muy falto de positiva 
gloria, cuando con tanto empeño se le adjudican triun¬ 
fos imaginarios, que en la realidad no fueron sino nue¬ 
vas derrotas. 

La lucha entre el caudillo de Bañado de Medina y 
el de Cordobés, recuerda, en más de un momento de 


288 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


esta guerra, las luchas de señores feudales que vio 
Europa en los tiempos del Medio-Evo. Sin que una 
diversidad de programas políticos los separe, animados 
solamente por razones de índole personal, buscará cada 
uno de ellos el aniquilamiento de su enemigo, para dar 
satisfacción a sus deseos de venganza. 

El odio de dos familias; la lucha entre el caudillo 
de las nuevos tiempos y el de los que se van, eso, y 
no otra cosa, hay en el fondo de la rivalidad de estos 
dos hombres* 

En los campos de Arbolito, los manes de Segundo 
Muniz fueron vengados con la muerte de Chiquito Sa- 
ravia. 

Ahora es Aparicio quien, desoyendo los más vitales 
intereses de la revolución, se empeña inútilmente en 
vengar la muerte de su hermano. 

El recuerdo de los seres amados que cayeron en el 
principio de esta lucha de odias, será el móvil oculto, 
[pero siempre latente, de los hechos de los dos caudi¬ 
llos. Y Cerro Ijargo, departamento blanco, se verá di¬ 
vidido por largos años, entre los dos hombres Allí, 
donde los colorados no se contaban, los blancos abra¬ 
zarán una u otra causa, sin que pese en su determi¬ 
nación otro sentimiento que no sea el odio hacia un 
caudillo y el amor hacia el otro. 

IjOs bandos no tienen un programa ideológico 

La pasión es su único guía. 

Ya no hay “mayoristas” ni “minoristas”; los dos 
hombres han bornado esa división que pudo ser ideo¬ 
lógica. Por muchos años, en Cerro Largo se era Mu- 
nicieta o Saravista. 

He ahí la verdad de esta lucha. Lo otro no es m»> 
que circunstancias accidentales, o declamaciones de po¬ 
líticos y retóricos. 


CRÓNICA DE MUNIZ 


289 


Desde las costas del arroyo Guazú-Xambí, el ejército 
municista comenzó su retirada internándose en el De¬ 
partamento de Treinta y Tres. 

Al frente de una columna respetable cuyo ánimo, aba¬ 
tido por la derrota de Arbolito, reconfortaban entonces 
las huestes de Lamas, vencedoras de Tres Arboles, Apa¬ 
ricio seguía las huellas de Muuiz, deseoso sólo de quebrar 
el prestigio de su adversario. 

Xo se puede encontrar justificación a esta actitud del 
jefe nacionalista, a no ser que se pretiera, como él lo 
hizo, la pérdida de la causa, por saciar odidh 'personales. 

De las ipropias tilas de su ejército hn partido la acu- 
* ación. 

Kl jefe nacionalista don José Xúüez, cuyos prestigios 
militares no se pueden desconocer, acusó a Saravia de 
este error, en un manifiesto publicado poco después de 
ocurridos estos sucesos. (ló) 

Sin euubargo, son muchos los apologistas de estu acción, 
a la que califican de “genial”. 

“Al volver de Aeeguu, su idea invariable, cosida con 
energíus extraordinarias en las circunvoluciones de su 
cerebro, fué quebrar a Jiwtino, indudablemente el peor 
de sus eneauigos”. (*) 

Veamos la genialidad de 'Saravia ul reulizar esa “su 
iilea invariable cosida con energías extraordinarias en las 
circunvoluciones de su cerebro”. 

Seguro Muniz de que Aparicio ilm en pos de sus hue¬ 
llas, y en la imposibilidad de afrontar un combate serio, 
pues carecía de hombres y elementos, comenzó a alejarse 
tle Cerro Largo, en la esj>eranza <le que su adversario 
no se empeñaría en una inútil persecución. 


O bel libro «Por la Pilria-, ja citado. 





290 


JUSTINO ZAVALA MUNlZ 


l'or falta do caballadas, la marcha hubo de hacerse 
lentamente. 

Al frente de la columna, trazando en las abiertas lla¬ 
nuras y a través de las lomas y bañados el derrotero de 
su. viaje; recordando en cada cerro o paso que dejaba 
a su espalda, episodios de su viida de guerrero, Aluuiz 
se internaba en las quebradas de Treinta y Tres, sm 
denotar inquietud alguna en el rostro o en las palabras. 

Al tranco de sus flacas y agotadas cabalgaduras; te¬ 
merosos unosj y descuidados otros por la proximidad del 
enemigo, los vencedores de Arbolito se alejan despacio¬ 
samente, atravesando parajes que sólo su caudillo conoce. 

La división de liasilisio Saravia cubre la retirada. 

Un día están en las márgenes del arroyo Otazo; des¬ 
pués pasan Corrales. 

Viendo con La pausa que se a-leja aquella columna, 
nadie diría que un ejército enemigo devora las distan¬ 
cias por darle alcance. 

Eli perfecto orden de marcha; con todos sus bagajes; 
al paso tardo y cansado de sus caballos, los soldados de 
Muniz prosiguen su viaje sin que el enemigo que corre 
tras ellos, sea bastante temible hasta hacerles perder el 
ánimo o la disciplina. 

Al amanecer de todos los días se oyen disparos sos¬ 
tenidos por la retaguardia con el enemigo. Pero la con¬ 
fianza que desde la mañana de Arbolito tienen los hom¬ 
bres en su general, los previene de todo temor. 

Decididos a combatir en cualquier momento, los per¬ 
seguidos juzgan sin temores las circunstancias en que se 
encuentran. 

¡Sin embargo, su situación era entonces muy difícil. 

Completamente a pie, pues las caballadas apenas si 
podían resistir el excesivo trabajo de una marcha tantos 
días continuada; desprovistos de municiones, que les fué 


CRÓKICA DE MUNIZ 


291 


preciso agotar para vencer en Arbolito; inferiores en 
número y aislados completamente en aquellos apartados 
lugares, les sería poco menos que imposible rechazar vic¬ 
toriosamente el ataque todos los días esperado. 

La columna avanzaba por una extensa llanura cubierta 
de altos pastizales, cuando un a.» luiante vino u decir u 
Mu luz que el caladlo de una ruina que ueompunaba a 
su hombre eu la guerra, se habiu cunando. 

1 ais enemigos estaban u corta distancia. Hasta allí lle¬ 
gaba el eco be sus disparos. 

Muuiz ordeno que ae detuviese la marcha pura que 
puntaran los caballos y la china se proveyera de otro en 
aputud de seguir el viaje. 

Sentados sobre el césped, l’rotecto Muuiz y ol capitán 
1 riendo examinaban lus probabilidades de un próximo en- 
uuenLro, coa mío, recorriendo las lineas, uceito a pasar el 
coronel Aguiar. 

l’rotecto le dirigió lu palabra, y haciendo broma de 
lu situación cu que se hallaban, dijo: 

—' . (¿ue le parece, Coronel; se correrá esta carrera?”. 

Con esta frase gauelia, aludía a la posibilidad de un 
combate. 

—"Me gusta para los nuestros”, ugregó lriendo. 

A lo que replicó Aguiar, en el mismo tono de indi¬ 
rectas : 

—" V... si nos apuran mucho... ” 

A encasa distancia del adversario, mientras los caba¬ 
llos recobran sus energías con el blundo pasto «pie po¬ 
blaba las praderas, aquellos perseguidos Inician bromas 
de su situación, no obstante las circunstancias desfavo¬ 
rables que los rodeaban. 

Desile Uuazú-Nambí, iHaravia seguía sin apartarse un 
momento de su pentegunlo, «pie continuaba internándose 




292 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


en la seguridad de que el caudillo revolucionario no se 
atrevería, a impedirle su despacioso avance. 

En las cercanías del arroyo de los Corrales, y habiendo 
hecho alto la columna, un oíicial de la retaguardia pasó, 
al trote lento de su caballo, por delante del caudillo. 

Era el capitán Villa; gaucho afamado por su coraje, 
y a quien se suponía hijo de Angel Muniz. 

Desde la retaguardia llegaban los ecos de un tiroteo. 
Villa era el jefe de la patrulla que se batía en esos 
momentos. 

—“¿Qué andas haciendo por aquí? ¿Dónde quedaron 
los hombres?” — interrogó Muniz a su oficial. 

—“Ahí, están, General. Se están tiroteando con los 
míos, en el paso. Yo los dejé un momento, por una 
comisión”. 

Villa hablaba de la proximidad del enemigo, quitán¬ 
dole toda la grave importancia que encerraba. 

—‘‘Que te vaya bien”. 

—‘‘Gracias, General”. 

Y Villa se apartó de Muniz, sin que uno ni otro mos¬ 
traran la inás pequeña impaciencia por la proximidad de 
aquel enemigo de quien ellos no esperaban ninguna sor¬ 
presa audaz. 

Esa misma tarde, los saravistas encontraban “en una 
pulpería un earro con ¡varias lanzas y fusiles, inútiles. 

Era todo cuanto habían conquistado en varios días de 
peisecución. 

Conviene decir que ese carro pertenecía a un español, 
Mauriño. que acompañaba al ejército en calidad de pro¬ 
veedor. 

Así, paso a paso, deteniéndose cuando el más pequeño 
incidiente lo exigía, los de Muniz continuaban su reti¬ 
rada sin que Saravia hiciera otra cosa que seguir el ca¬ 
mino que ellos recorrían. 




CRÓNICA DE MUNIZ 


293 


Traspuesto el arroyo del Oro. llegaron hasta las mar- 
penes del Olimar; río que vadearon por el Paso de la 
Laguna, para seguir rumbos al Cebollatí. 

Sin apresuramientos de “desbande”, como lo asegura 
un escritor nacionalista, los vencedores de Arbolito reco¬ 
rrieron este largo trayecto, sin que una sola vez, siquie¬ 
ra, Saravia hubiese detenido su marcha. 

A la mañana siguiente de haber vadeado el Cebollatí, 
se supo que los perseguidores cambiaban de rumbos, para 
dirigirse al Oeste. 

Sobre la cumbre de un cerro que se levantaba en 
medio de las llanuras; bajo un sol pleno de luz que 
ale'raba el paisaje, Muniz, montado en su rosillo de 
pelea, contemplaba el destile de su división. 

Poseídos -por el entusiasmo que la habilidad de su 
caudillo hacía brotar en las almas, alegres como aquella 
mañana de sol. desfilaron los guerreros, lanzando a los 
aire sus vivas al General Miuniz, mientras los sombreros 
«e agitaban en sus manos. 

Sin empeñar un combate; sin obligarlo a fraccionar 
la columna, ni quitarle sus bagajes, Saravia siguió ol>c- 
dientemente el camino que le trazó Muniz en su retirada. 

Más tarde, cuando la guerra de 1904, veremos cómo 
Muniz persiguió a Saravia con menos elementos de loco¬ 
moción y supo, no obstante, taitirlo unas ve-es en Man- 
savillagra e Illescas y otras en Palo a Pique y Paso «le! 
Parque. 

El jefe revolucionario perdió en esta ocasmn un tiempo 
precioso para sn causa, sin que consiguiera otra cosa que 
alejar a Muniz de Cerro í>argo, a donde irá a buscarlo 
para ofrecerle una nueva victoria. 

Fíe ahí cómo Aparicio Saravia realizó “al volver de 
Aeeguá, su idea invariable cosida con energías extraor¬ 
dinarias en las circunvoluciones de sn cerebro”, que “fue 






294 


JUSTINO ZAVALA MUNlZ 


la de quebrar a Justino, indudablemente el peor de los 
enemigos”. 

En la esperanza de poder alcanzar a Saravia y pre¬ 
sentarle combate, Muniz pidió tal Gobierno que le en¬ 
viara municiones a Nico Pérez, desde donde pensaba 
partir en busca de aquél. Pero la desorganización de 
los ejércitos gubernistas encargados de batirlo, permitió 
a Saravia pasar al Norte del Río Negro, donde los jefes 
de Borda .pretendieron cercarlo. 

Obedeciendo a un plan militar, de cuyo estudio se 
desprende su elogio, Muniz recibió orden de cubrir los 
pasos del Río Negro en el Departamento de Cerro Largo, 
a fin de impedir la vuelta de los revolucionarios- (16) 
Los demás pasos de este río debían protegerse por el 
numeroso ejército del general Santos Arribio y el del 
Jefe (Supremo de las fuerzas en campaña, general Váz¬ 
quez. 

Si la realización de este plan hubiese respondido a 
las esperanzas que en él se fundaban, es evidente que 
Saravia se hubiese visto en la necesidad de hacer un su 
premo esfuerzo, a fin de escapar del cerco que le habían 
tendido. Pero la incapacidad de algunas generales v altos 
jefes guionistas, hizo que fracasara un plan perfecta¬ 
mente concebido. 

Desorganizados por completo; obedeciendo cada uno a 
sus intereses o a sus planes personales, los jefes guio¬ 
nistas movían sus ejércitos sin unidad alguna de acción 
y sólo causando estragos en la campaña. 

Así lo declaraba el General Vázquez a Muniz, en carta 
particular que le escribió con motivo de su renuncia del 
comando de las fuerzas en armas. (17) 

En cuanto a Muniz, privado de la “División 33”, que 
se hallaba en su departamento, y obligado a guardar las 
pasos que dejaban desguarnecidos las demás fuerzas, se 


CRÓNICA DE MUNIZ 


295 


encontraba en pésimas condiciones para resistir cual¬ 
quier ataque, cuando recibió noticias de que Saravia, 
escapando de la ipersecución de Villar, se dirigía hacia 
Cerro I>argo. (18) 

Sin caballadas; carente de armas y municiones, y re¬ 
ducido a resistir a un enemigo superior, se dispuso, no 
obstante, a esperar el ataque de los revolucionarios. (1!)) 





CAPITULO XXVII 


Acegná 


I ba transcurrido más de un mes desde que Muniz lle¬ 
gara a las sierras de Aoeguá, cuando en los últimos 
días de Junio tuvo noticias del avance de los revolucio¬ 
narios. 

Después de pasearse por el Norte de la República, 
burlando a los jefes gubemisfcas que le dejaron escapar, 
no obstante la superioridad de sus fuerzas, el ejército de 
Saravia y Lamas se disponía a cruzar el Río Negro y 
batir al único general que supo vencerlo toda vez que 
se encontraron. 

Desde las puntas del Arroyo Minuano, el coronel 
Ohagas anunciaba a Muniz, el 28 de Junio, que las 
fuerzas de Aparicio se dirigían sobre su línea. 

F;1 caudillo campaba entonces en las sierras de Aee- 
gna, junto al límite con el Brasil. 

Las sierras de Acegná dan a la parte Noreste dri 
Departamento de Oerro Largo una extraña fisonomía, 
con sus agudas elevaciones en las cuales apenas crece 
una débil vegetación, y sus hondas quebrabas por las que 
corren pequeñas ivertientes. 

Muy cerca del arroyo de La Mina, y a pocas cuadras 
de distancia del camino que se extiende por la línea 
divisoria con el Brasil, estaba el campo de Muniz. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


297 


En lo más alto do un áspero cerro, desde el cual se 
divisa en la lejanía del Suroeste la curva del Cerro 
Largo confundiéndose con el horizonte, y ipor el Norte 
las cumbres de las sierras que se internan en el Brasi», 
1» carpa del guerrero dominaba el campamento exten¬ 
dido en las laderas. 

Sobre las alturas cercanas, las columnas de humo sur- 
giendo de entre las piedras, anunciaban los puntos avan¬ 
zados de la división. 

En la aridez de las sierras, algunos dispersos higue- 
rones ponen la nota de su verdor. 

En ese invierno de 1897, los vendavales y las heladas 
azotahan cruelmente a las sierras en las que los pocos 
hombres de Muniz no encontraban ni siquiera leña abun¬ 
dante para encender sus fogones y suplir, a su calor, la 
carencia de ropas de invierno que el Gobierno no aca¬ 
ba!»» de mandar. 

Aislado así. en el confin de la República, supo Muniz 
que los enemigos habían traspuesto el Río Negro po* 
el paso de Oarointería y avanzaban sobre su «wnpo. To¬ 
dos los días llegaban chasques de la vanguardia anun¬ 
ciando la marcha de Saravia v la imposibilidad de re¬ 
sistencia. 

Los de Muniz, carentes de armas y municiones — 
como se desprende de los documentos a la vista — redu¬ 
cidos en número y desalentados por la culpable indi fe. 
rencia en que los tenía el Gobierno, perdieron el ánimo 
al conocer la aproximación de Saravi» y el poder de su 
ejército. 

Nada que no fuera retirarse se podía entonces hacer, 
si no se deseaba el estéril sacrificio fie aquellos hombres. 
Pero el vencedor de Arbolito no pensó en ello. 

Sus chasques cruzaron los campos en busca de la “Di- 




298 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


visión 33” — entonces en su departamento — mientras 
él se preparaba a resistir el ataque. 

Empeñado en estas providencias, lo encontró el ano¬ 
checer del 6 de Julio. 

A la luz vacilante del fogón que ardía a unos pasos 
de su carpa, Muniz recibió a. un jinete que acababa de 
escalar las alturas del campamento. 

En los declives de las sierras, brillaban diseminados 
los fogones de la división. 

Durante unos instantes conferenciaron el general y el 
recién venido, hasta que éste volvió a montar y des¬ 
cendió, al trote de su caballo, por entre las luces que 
brillaban en las pendientes. 

Viendo alejarse al jinete, uno de los secretarios acer¬ 
cóse a Muniz, diciendo: 

—“Ohagas llegará tarde a la ivanguardia”. 

Al oir las palabras del secretario, el caudillo lo mirr 
sonriente, y dijo: 

—“Ya no hay vanguardia, amigo; Ohagas va a cam¬ 
par frente a los hombres, que están ahí”. 

Entonces comprendió el otro la inminencia del pe¬ 
ligro. 

Aquel jinete que se 'había detenido unos momentos 
en el fogón de Muniz, era el coronel Ohagas, que aca¬ 
baba de llegar a Aceguá, después de varios días de 
retirada. Bastaba saber este hecho para juzgar la 
gravedad de la situación. El soldado audaz, lleno de 
astucias guerreras; conocedor experto de aquellos cam¬ 
pos, había sido arrollado. Cuando él tuvo que ceder, 
es que nadie, a no ser Muniz, podría intentar otro re¬ 
sultado de sus planes. 

A poco de haberse alejado Chagas a ocupar sus po¬ 
siciones, Muniz entró a su carpa. 

Una noche de invierno, fría y ventosa, envolvía el 


CRÓNICA DE MUNIZ 


299 


campamento municistA. Todos los fogones se habían 
apupado al conocerse la proximidad del en enupo. 

Serían las diez, cuando los secretarios penetraron en 
la carpa del caudillo, para tratar sobre el posible avan¬ 
ce de ¡Saravia por territorio brasileño. 

Tendido sobre el recado, en cuyos bastos apoya el 
codo, sosteniendo la cabeza con su mano derecha, el 
caudillo recibió jovialmente a sus secretarios. 

Varios días iban ya que dormía vestido con sus bom¬ 
bachas y su saco nepro; calzadas las botas, sobre eí 
recado extendido en el suelo, ipronto a levantarse y 
acudir ni combate. 

A no ser aquel recado que servíale de lecho, ninpún 
otro mueble u objeto suavizaba la vida del puerrero en 
su carpa. 

Sentados cerca del caudillo, los secretarios combina¬ 
ron con ál una protesta diripida al Gobierno contra las 
fuerzas brasileñas, [>or permitir que los revolucionarios 
cruzaran en anuas el país vecino. Muniz expuso así 
sus ideas: 

—“Conviene que ustedes vayan a hacer esa protesta. 
I/os hombres están «hí. Yo no tenpo armas ni muni¬ 
ciones; pero los voy a esperar aunque sea con los pocos 
que tenpo”.—Hasta entonces su voz era trampilla; pero 
poco a poco fue apitándose su rostro. 

—“Si no me asaltan esta noche por el Brasil, maña¬ 
na me han de atacar. Ya niamlié afilar los sables. Voy 
a hacerlos venir hasta esos bajos, y ahí vamos a andar 
con la sanpre por las verijas. Pero mientras yo viva, 
ninpún cobarde va a mirar al Brasil, ni hemos de ceder 
un palmo de este campo”. 

Bus interlocutores comprendían la extrema resolución 
de aquel hombre. Sepuro del [>oder de sus enemipos, 
prefería morir ante* que ceder el terreno a sus con- 






300 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


tramos. El sabía miuiy bien que a la guerra se va 
a morir; pero lo que nunca pudo pensar fué en reti¬ 
rarse con vida de un campo donde le hubiesen derro¬ 
tado. Los combates tenían para aquel hombre, sólo dos 
faces; la victoria o su muerte. Nunca pudo comprender 
la fatalidad de la derrota. 

Hubo un instante de silencio. La carpa agitábase 
azotada por el ivendiavai. Muy cerca de allí se sentía 
el sordo rumor producido por el rosillo de los com¬ 
bates, comiendo su ración. 

El caudillo continuó, dirigiéndose a uno de sus se¬ 
cretarios: 

—“Yo pelearé mañana- Antes que ceder un palmo, 
me haré miatar. Tengo cincuenta y nueve años y he 
vivido bastante. Si me matan, ahí queda usted para 
cuidar de los míos”. 

Dominados por la impresión de un próximo desastre, 
los secretarios se alejaron por entre las carpas de la 
escolta, que rodeaban a la del caudillo. 

Conociendo el valor que Muniz daba a sus palabras; 
los secretarios pensaron que entonces había llegado el 
último combate del guerrero. Aún estaba cercano en 
su memoria el recuerdo de la heroica locura de la 
tarde de Arbolito. 

En las primeras horas de la mañana del día 7, comen¬ 
zaron a sentirse los disparos de las vanguardias. 

Junto al higuerón en cuyas ramas se apoyaba la lan¬ 
za diel guerrero, “Fusil” tenía de la rienda al rosillo 
de pelea. 

Profecto vigilaba los últimos aprontes de la escolta, 
a cuyo frente había vuelto Eduviges Píriz, que hacía 
más de un mes cumplía un arresto en la “Urbana”. 

Las descargas recrudecían por momentos, cuando 


301 


CRÓNICA DE MUNIZ 

Muniz subió eu su caballo ¡«ara dirigirse a las líneas 
de fuego. 

Los de la escolto lo (vieron ¡«asar seguido ile “Fusil”, 
con la misma ulegría que mostró en la mañana de Ar- 
bolito. 

Por las alturas que recorría, las trocís, basta enton- 
ces abatidas, recibíanlo con ¡vivas! y voces entusiastas, 
a las que contestaba el caudillo Imblando ¡«articular 
mente a los hombres que i¡«asaban a su lado, y asegu¬ 
rándoles la victoria. 

Sin formalizarse el combate transcurrió así todo el día, 
hasta que la faltu de luz hizo cesar el luego. 

Cuando en la noche dejaron de oírse los dispuros, la 
división sintió la seguridad de vencer. Ilaluun visto 
al caudillo galopar entre ellos, dirigirles >pulabras de 
aliento mezcladas con joviales ocurrencias, sólo acos¬ 
tumbradas en él durante los días de ¡«cica. 

I«u noohe del 7 la división durmió con el arma al 
brazo, previendo cualquier ataque por el Brasil. 

l'n trío intensísimo dominaba en las alturas. 

Kn la madrugada del 8, un sordo rumor que pasó 
rodeando el campamento y fué a «letenerse en un ex¬ 
tremo de la línea, anunció lia Llegada de la “División 
33". , u 

Basilisio Sara vía, jefe tle a(¡uella columna, presen¬ 
tóse a .Muniz pidiendo sitio en el campo. 

Frente al enemigo era el lugar que les estaba reser¬ 
vado a sus hombres. 

A los vendavales anteriores, sucedió un sol radiante 
que alumbró, surgiendo en medio tle las sierras, la ma¬ 
ñana del 8 de Julio. 

Rl ejército revolucionario, fuerte en hombres y en 
pbsiciones, se presentó a la vista de los de Muniz, con 


302 


JUSTINO ZAVALa MUNIZ 


el arresto heroico que ha animado siempre los comba¬ 
tes orientales. 

Allí militaban jefes aguerridos, veteranos quién sabe 
de cuántas guerras, y tras ellos, soldados encanecidas 
gloriosamente en los combates, o mozos que sobaban 
con inniponer al respeto de todos el caudal de su he¬ 
roísmo. 

Se saben superiores en número y cuentan con que 
esta vez quebrarán para siempre el prestigio del ven¬ 
cedor de Arbolito; del único general que les había he¬ 
cho sentir el dolor de la derrota. 

Es cierto que comanda las fuerzas revolucionarias 
un jefe incapaz de oponer a lias genialidades guerreras 
de Muniz, otra cosa que el valor de sus soldados; pero 
Lamas, los Muñoz, Imas, Alonso, Marín y otros gue¬ 
rrilleros, pueden ofrecer a su caudillo una victoria. 

Con la aparición del hermoso sol que iluminaría el 
combate, comenzaron a avanzar los escuadrones blancos. 

El jefe nacionalista don Nicolás Imas recibe orden 
de trabar el combate con las primeras guerrillas de 
Muniz. Y el heroico revolucionario avanza intrépida¬ 
mente, sin pensar en las balas que diezman su columna. 

Tendidos a lo largo de la cuchilla y de Las hondo¬ 
nadas, los de Muniz esperan, decididos a sostener sus 
posiciones. 

Basilisio Saravia y el comandante Buist, al frente 
de una iparte del l.° de Caballería, son los únicos jefes 
que se han unido al glorioso grupo de Arbolito. 

Y a fe que merecieron figurar en aquella columna. 

Vibraban los clarines con sus notas agudas reper¬ 
cutiéndose en las sierras, en tanto que los escuadrones 
desfilaban marchando al sitio de pelea. 

Al desánimo de los días pasados, día sucedido la pro¬ 
funda convicción de la victoria. 


CRÓNICA DE MUNIZ 


M 

Aguiar, Iriondo, Miontiel, Gutiérrez, ('hagas, Nievas, 
Pablo Muniz, las mismos que comludieron el 1!> de 
Marzo, alientan ahora a sus guerreros que veden terre¬ 
no ante el avanee de los revolucionarios. 

Profeeto y Fcluviges esperan, como en aquella glo¬ 
riosa tarde de Otoño, la orden de arremeter con sus 
lanzas. 

Se acervaba ya el mediodía, cuando el combate había 
adquirido toda su intensidad. 

A galope, desde un extremo al otro de su línea, 
Muniz (Misaba alentando a los guerreras, seguido de sus 
ay Hilantes y ‘ ‘ Fusil ’ ’. 

Las soldados veíanlo pasar, todo vestido de negro; 
colindo hacia atrás el sombrero, que deja ver su rizada 
y blanca cabellera; alegre sobre el nwillo que galopaba 
nervioso sobre las sierras, como si el fragor del com¬ 
bate también electrizara sus músculos. V tras él, con 
el mirar fosco, tirado también el sombrero hacia atrás, 
feliz de mostrarse a las hambres comlmtiendo junto a 
su caudillo, “Fusil” parecía transfigurado por el ardor 
del combate. 

I»s revolucionarios lamentaban ya la muerte de Ni¬ 
colás linas, que cayó aleccionando con su valor u loi» 
cobardes. 

Kn un extremo de su línea, los «le Muniz se habían 
adelantado hasta tocar el límite con el limsil. 101 en¬ 
tonces teniente López, mandaba a aquellos bravos. Kl 
caudillo galo(x') hasta ellos, y ordenó: 

—“Cuide, teniente, de que ningún soldado vaya a 
caer con la cal>eza en el Brasil”. 

Y «partió al gaio(>e, en medio de las balus «pie pasa¬ 
ban sobre su cabeza, al terreno donde el coronel A guiar 
renovaba sus viejas hazañas. 

Más que la voz de los clarines tocando diana de vic- 


304 


JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


toria, excitaba el valor de los guerreros, aquel galopar 
del caudillo que pasando junto a ellos les llamaba por 
sus nombres y exhortábalos a mostrar el coraje de otras 
veces. 

En cuanto a los capitanes, todos ocupaban ya la línea 
de combate. Y en ella, los vencedores de Arbolito — 
cuyos nombres guardo, porque sería largo el citar a 
tantos héroes — competían en arrojo con los de la “Di¬ 
visión 33” y los escuadrones del l.°, que mandaba Buist. 

El clarín de la escolta ordenó la carga, y Frotéelo 
y Eduviges eaicabezaron el avance al galope de sus 
hombres. 

Hubo un momento en que los soldados de López co¬ 
menzaron a retroceder bajo la ipresión de los revolucio¬ 
narios. Escaseaban las municiones y no había parque 
al que pedir repuesto. En vano eran los esfuerzos de 
su oficial; el escuadrón cedía palmo a palmo el terreuo 
de aquella quebrada, por la que avanzaban valerosa¬ 
mente los contrarios. 

De pronto, el teniente López sintió a su espalda las 
palabras joviales del caudillo: 

—“Vamos a ver, teniente: ¿pa qué tienen esos 
sables?”. 

Al oir las palabras de Muniz, López ordenó detener 
el fuego y retirarse unos metros, dejando un cono de 
entrada al enemigo. 

Cumpliéndose esta orden, hubo un instante de silencio, 
llero be aquí, que de pronto, cuiaaido los soldados se 
replegaban, el caballo de “Fusil” dió un salto hacia ade 
lante, azuzado por su jinete. 

¿Qué pensaba hacer el asistente de Muniz? 

Tal ivez ni él mismo lo supiese. Lo cierto es que an¬ 
duvo así unos metros al encuentro del enemigo, y cuan- 


chÓnica de muniz 305 

do estuvo cerca apuntó con su trabuco, al mismo tiempo 
que gritaba: 

—“¡Va reventaron, salvajes!”. 

Una tremenda detonación seguida de un fogonazo, 
surgió de la boca de aquella arma tosca con que “Fusil” 
jiensaba destruir a sus enemigos. 

En medio de las balas volvió el asistente a ocupar su 
puesto, con lia inocente convicción de lialier amedrentado 
a los tpie avanzaban. 

Al iver cómo retrocedían los soldados de López, un 
escuadrón de revolucionarios se adelantó por la quebra- 
da. J’ero he aquí que de súbito surgen aquéllos esgri¬ 
miendo sus sables y arrollan a los imprudentes enemigos 
que se retiran dejando ivarios muertos en el campo. 

El sol comenzaba a esconderse detrás de las sierras, 
y aún continuaba el combate con la intensidad de las 
primeras horas. 

Todo un día de huilla habían soportado heroicamente 
los guerreros de Mutiiz, alentados por la palabra del cau¬ 
dillo que subía y bajaba las sierras por luis cuales se 
extendían mus líneas, blundiemlo la lanza de Arbolito, 
con alegría espontánea que iponía en mus frases la pala¬ 
bra precisa para enardecer a sus hombres. 

Elevábanse en toda la extensión de las sierras las co¬ 
lumnas de humo, escondidas en las cuales cruzaban las 
balas para ir a hundirse en el cuerpo de un hombre, o 
aplastarse a su lado, contra las piedras. Y confundién¬ 
dose con el estrépito de las armas, los gritos de ]>elea, 
destemplados, salvajes, o las voces ¿le los heridos lla¬ 
mando a los amigos para que los levantaran del campo. 

A veces, cuando las municiones se agotaban, los sa¬ 
bles servían al eornje y al deseo de rrwitar de aquellos 
hombres. 

Se oscurecían ya Las sierras, y aún continuaban los 


306 


.TÜSTI>‘0 Z AVALA AIÜNIZ 


guerreros luchando por dominar aquel campo en el que 
grandes charcos de sangre humedecían aquí y allá sus 
bolas. 

Los de Muniz resistían aún el empuje de los revolu¬ 
cionarios, conliados en que la (victoria prometida por el 
caudillo estaba próxima a llegar, mientras él, seguido de 
sus ayudantes y “Fusil”, continuaba galopando, y con 
voz enronquecida infundiendo ánimo en sus coiuüa- 
tientes. 

Las sombras de la noche envolvieron el campo de 
pelea, ofreciendo unas horas de descanso a los héroes. 

Los de Muniz camparon sobre el terreno que habían 
defendido con tanto valor. 

Cuando volvió el día, tornaron a oirse los disparos, 
cuya intensidad fué disminuyendo hacia la tarde, hora 
en que finalizó el combate, como se va a ver. 

* 

* # 

El doctor A. Rodríguez Larreta, comisionado de pa?., 
había iniciado gestiones ipara promover una; suspen¬ 
sión de armas, mientras se llegaba a un arreglo defi¬ 
nitivo. (20) 

De acuerdo los jefes nacionalistas con la proposición, 
y autorizado Muniz para aceptarla en nombre del Go¬ 
bierno, (21) firmóse un armisticio de paz entre ambos 
contendientes, el 16 dle Julio de 1897. (22) 

El armisticio de Aceguá vino a suspender, pues, el 
combate que buscado por Saravia. fué resistido victo¬ 
riosamente por los gubernistas. 

iSe ha dicho que a nadie perteneció la victoria, pues 
ambos ejércitos conservaron sus posiciones. No es ver¬ 
dad. La victoria se decidió, como se va a ver. por el 
ejército de Muniz. 


CRÓNICA DE MUNIZ 


307 


Sara vía vaileó el Ríe Negro, por el l'aso de Carp.n- 
«eria, coa el uuieo objeto, como lo declaran los propios 
eseuioie» nacionalistas, de oatir a Muniz. Superior en 
mercas y armamentos, parecía inevitable la victoria de 
la Itevotueiém. lvl ejército atacado se encontraba enton¬ 
ce.'. eii las )>eorcs ctmdiciouos posibles para aceptar un 
coto oate. Abandonado» por la imlit’ereneia o la ineupa- 
cidad del Gobierno, los lóales de Muuu ni supliera teman 
ropas para detenderse del írio intenso de aquella esta- 
eion. (-3) 

(.Miando se leeu bus notas en que el caudillo pedía al 
(¡ohierno lo indispensable para hacer trente a las pri¬ 
me t.o» neeesulados juilitares, causa pena y asombro ver 
el estado de ixibreza de aquellos héroes. No es posible 
concebir eu un (íobierno, y sobre todo en la estera mi¬ 
litar, mayor nuiltciencia por b>s soldados en eunqauia 
que el que acusa una nota, hallada en el archivo do 
oLuiii/., con letra de uno de sus secretarios. (2-1) 

Si era miserable, en cnanto a rojias, el estado de la 
división del caudillo a quien no pudo vencer Saraivin, 
¿qué decir de su arnuuiuuito 1 Algunos díus ilesjmiés de 
Ja balulla de Aceguá, rinden pudo Muniz uruiur a mu¬ 
chos de sus esciuulroiu*s (2.» y 2b). 

Coa esa ¡loqucña división, coiupuesta por 1200 liom- 
bres, sin anuas, sin ropas, sin caimitos; presa del des¬ 
aliento en que uecesariaaikeute debían sumirse esos gue¬ 
rreros, ul ver como los idmudoiiabuu a su suerte, Illa 
a clamar el ejército saravista, sin lograr expulsarlos «lo 
sus posiciones, ni menos desalentarlos, corno s«? ha pre- 
temlulo. 

¿A «piién «‘orreopoinlc, entonces, el honor «le la vic¬ 
toria T 

iSaravia no logró su objetivo militar; sufrió pérdidas 
de gran imi>ortancia, — entre otras la muerte de linas, 


3U8 


JUSTINO Z AVAL A MÜNI2 


— mientras Muniz sólo tuvo un oficial muerto, y termi¬ 
nado el armisticio se alejó del ejército al que había 
pretendido desbaldar. Es evidente que fue derrotado. 

En cuanto a Muniz, recuérdense sus palabras de ia 
nocihe del 6 de Julio; valórese el estado de su división, 
y se verá que la batalla de Aceguá fué una de sus 
más brillantes hazañas militares. 

Se (ha dicho, pretendiendo demostrar la indecisión de 
la victoria, que Muniz dejó alejarse a Saravia, sin asumir 
su persecución. Los documentos que transcribo bastan 
para probar la imposibilidad absoluta en que se encon¬ 
traba el caudillo, de hacer más fecundo mi glorioso 
triunfo (27 , 28 y 29). 

Tal fué el resultado de lia batalla de Aceguá, que en 
sus primeros momentos pareció ser el principio de una 
derrota v 

Nuevamente Aparicio Saravia fiué a ofrecer a Muniz 
una oportunidad para cubrirse de gloria. 

* 

• • 

Durante toda la campaña de 1897, hemos visto til gue¬ 
rrero de “Las Rengas” renovar sus clásicas temerida¬ 
des e imponer a la admiración de los paisanos, sus vir¬ 
tudes de militar. No podemos decir lo mismo de los 
otros generales en campaña. Cuando Saravia se alejó 
de Miuniz, mandaba un ejército escaso de caballos y aún 
de municiones, si se compara con La empresa acometida 
desde entonces. 

Es por eso que resulta incomprensible lia. actitud de 
los generales Benavente y Tajes, quienes, el primero en 
Tarariras y el segundo en Nico Pérez, dejaron escapar 
a los revolucionarios, que sólo detuvieron su marcha ha- 


CRÓNICA DE MITNIZ 


300 


cía la Capital — después de h«.l>er cruzado el País — 
para imponer fti Fia Cruz una paz de vencedores. 

El 2') de Aposto de ese año, Avelino Arreando hirió 
de muerte al Presúlente ídiarte Borda. Venido a la Pre¬ 
sidencia de la República el señor «luán í<. Cuestas, se 
apresuró a firmar una paz <|ue permitiérnle pozar tran¬ 
quilamente de su alto «Festino. Y así fue cómo, por 
el interés de un hombre, la paz fue anunciada al País, el 
día 18 del unes de ^Setiembre. 

Fué una de las bases fundamentales de «xc convenio, 
la cesiim por parte del Presúlente. de seis «lepartn mentón 
del País, al Partido Nacional; uno «le ellos fué Cerro 
Parpo. 

Nada más reprobable pudo hacer el señor Cuestas, 
para obtener «le los nacionalistas la paz «pie tanto «’on- 
venía a sus miras. 

El Partido Nacional merecía una paz honrosa, por 
haber defendido una causa justa. Sus puerreros eran 
«Fipnos «le la victoria, por el heroísmo con «pie habían 
!ucha«lo. Pero no deis» «lecirse rumen, «pie el Pacto «le 
Setiembre fue una solución patri«it¡«a. 

Con harta crueblnd y evidencia, se «lemostró lo <*on- 
trsrio en el año 1ÍW>4. 

Rn «manto n Mimiz, recibió «-orno inprato premio a 
todos sus heroísmos, el «pie se ínneediern a la única y 
«lesrmtica influencia saravista, el «lepartamento «pie él 
había tratado de hacer feliz, y en el etinl se extienden 
los campos «le Arbolito y Aeepuá, test ¡pos «le su ploria. 

Venceilor en los combates, fué vencido en los pactos 
polítúsw. 

Así había «Fe suceder. Mas no importa. 

Cuestas «piító a Muniz para ofrecer, sumiso, a Hu¬ 
ra via. el predominio en Cerro Tjarpo. 



310 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Pero lo que él ni nadie pudieron jamás hacer, fué 
glorificar la frente del caudillo del Cordobés, con los 
laureles de Arbolito y Aceguá. 

El héroe iha vuelto a su hogar. 

Asistamos a las horas trágicas que se acercan para él. 




I’nz nrmniln 



CAPITULO XXVIII 


Rl snravlsra» en Orro I^nrgo O 


J uan L. Cuestas y el Partido Nacional entregamu ai 
predominio exclusivo de Aparicio Saravia, el Depar¬ 
tamento «le Cerro [sargo, al firmar la paz «te 1807. 

El juicio histórico sobre este hecho deplorable paira el 
País, se luí vertido ya con sobrada autoridad, para que 
sea necesario hacer aquí una revisión amplia de él. 

En lo que se refiere a Cerro Largo, el estudio de esc 
pacto político adquiere una particularidad notable, por 
la evidente injusticia de Cuestas contra Muniz. 

Hemos demostrado ya que el caudillo de Bañado de 
Medina, fué el único general gubernistn que impidió el 
triunfo de ia revolución en los campos de pelea. Pues 
bien; «ruando los nacionalistas pudieron imponer a la 
interesada debilidad del Presidente, el Pacto «le Ijh Cruz, 
una de ww más fuertes preocupaciones fué pedir para 
ellos el gobierno de Cerro I^argo. 

Un escritor de ese partido político, ha hedho derroche 
de injurias contra Muniz, obligado * justificar el odio 
violento que les animaba contra el caudillo; odio que fu<; 
la única causa de bu afán por obtener el dominio de 
Cerro Largo. 


(") Mo m Mitad!» aquí detallada rntaU mi» <por» histórica de Cerro Largo, por 
ser objeto Mprdal de na libro ea preparad*» 




314 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Pasemos sin contestar a esas injurias, hijas de una 
imaginación exaltada y de ana absoluta incomprensión 
de la realidad. Por otra parte, ese mismo escritor puede 
encontrar en lias páginas de su obra, la verdad que tanto 
se emoeña en desconocer: 

“Al volver de Aceguá (Saravia) su idea invariable 
cosida oon energías extraordinarias en las circunvolucio¬ 
nes de su cerebro, fue quebrar a Justino, indudable¬ 
mente el peor de los enemigos”. 

En esta frase de un malísimo corte retórico, el doctor 
Herrera debe encontrar la razón del empecinamiento 
nacionalista por obtener el gobierno de Cerro Largo. 

“Quebrar a Justino”; he ahí lo que Saravia no logró 
hacer en los campos de batalla, y lo que la debilidad de 
Cuestas le ofreció en el pacto de paz. Y así fue cómo 
por servir a los odios de un hombre, se hizo ¡mal al 
País, se premió con ingratitudes el heroísmo de Muniz, 
y se entregó a. Cerro Largo, como presa conquistada, a 
un estanciero que nadia hizo por el bien de su depar¬ 
tamento. 

/.Puede, acaso, encontrar justificación alguna esta ac¬ 
titud de Cuestas? 

No lo creo. Pero era necesario que el estanciero del 
Cordobés, venido de pronto a ser árbitro en las más 
difíciles cuestiones nacionales, pudiera vivir tranquilo y 
temido de todos, en sus pagos. 

Y para ello se creyó indispensable “quebrar a Jus¬ 
tino”, el guerrero que le había hecho sentir el dolor de 
la derrota en los campos de Arbolito y Aceguá. 

En vano fue que Cuestas se apresurara a decir tele- 
gráficamente: “Puedo decirle sinceramente que usted n° 
tiene mejor apreciador de sus facultades v de su valor, 
que el que se dice su amigo.—'Cuestas.” (30) 

Píen conocía Muniz el valor de aquella amistad* 



CRÓNICA DE MUNIZ 


315 


Después de haber licenciado a sus tropas, el caudillo 
volvió a su hogar, amargado su espíritu al ver cómo 
pagaban los políticos del poder, las victorias que él l<*s 
había ofrecido. 

Nuevamente volvió a relinchar sobre la «Mimbre del 
Cerro «le Medina, el caballo «pie durante un año re«*o- 
rrió los campos de la IVitiia llovamlo sobre sus lomos 
al guerrero, vuelto ahora a la vi«la laboriosa del hoga*\ 

En Noviembre de 18ÍK», Muniz había he«‘ho su espo«.n 
a la joven Clotilde Massarn. lugareña de la I>aguna «leí 
Negro. 

Después de haber visto alojarse en todas direcciones 
a sus guerreros; con el alma traspasada por «lolorosos 
desengaños, volvió a su estancia el catnlillo, segui«lo do 
“Fusil”, a soñar en las tardes de paz. <*on las visiones 
de Arbolito y Acoguá. 

Al cabo de un año de guerras, «turante el cual cru¬ 
zaron lomas y bañados, bajo el sol y luí lluvia, retor¬ 
naban Muniz y “Fusil”, al seno de l«>s suyos, uno, y al 
abrigo «le la casa solariega el otro, sin más recompensa 
que la gloria adquirida en los campos de pelea enri 
queciewlo la leyenda heroica «leí caudillo, y el orgullo 
de haberlo acompañado en esos días, glorificando a sus 
propios ojos, la vi«la humilde de “Fusil”. 

Tal vez para el viejo asistente, fue dolorosa esta vuelta 
a la vida de paz. 

Bien comprendía él, al quitar el freno al caballo de 1 
guerrero, «pie desde esa tarde «tejaría de ser indispen¬ 
sable su persona eerca «le Muniz. Entre uno y otro, la 
familia de su general se interponía entonces, priván¬ 
dole a él «le estar <*erea de su lu-rís», para que su vi«ln 
fuese como una ¡rradiaeiíin de la «le n«piél. 

i Quién sabe por miánto tiempo, no volverá n ten 0 '- 



(le la rienda al rosillo, mientras el guerrero se calza las 
espuelas para ir al combate! 

Alhora sólo estará cerca de Muniz. una vez a la ma¬ 
ñana y otra a la tarde, cuando le lleve el caballo de 
paseo. El resto del día lo pasará en los galpones, ha¬ 
ciendo “tientos” o afilando sus cuchillos, mientras las 
mujeres cuidan del héroe. 

/,'Gómo no ha de celar a toda esa gente que rodea 
a Miuniz haciendo inútiles sus cuidados, que fueron en 
él como los de unía novia? Cuando las guerras, “Fusil” 
sabía que en todo instante le era dado estar cerca del 
caudillo; pero ahora en la paz, ni siquiera puede se¬ 
guirlo en sus diarios paseos por los campos; aquél no 
aceptaba; compañía alguna durante esas horas. 

Ssólo quedaba, pues, al viejo asistente, entretener la 
diaria a la luz del fogón, narrando anécdotas y reñí 
tiendo los más mínimos gestos v palabras que él vio 
v ovó de Muniz en los días de pelea. 

Algunas mañanas, sin embargo, “Fusil” entraba go¬ 
zoso en el corral; el caudillo estaba de viaje y él sería 
su compañero. 

Horas después, la brisa camnesinfl acariciaba el rostro 
alegre del asistente, mientras los caballos galopaban p^r 
los caminos, seguidos de una nubecilla de polvo. 

Yo be oído contar a personas que conocieron a “Fu¬ 
sil”, el regocijo que le causaban esos viajes. Sin em¬ 
bargo. nada de extraordinario ocurría en ellos; más aún: 
el laconismo del caudillo hacíalo viajar leguas y leguas 
sin interrumpir su silencio más que raras veces, en que 
se dirigía a su acompañante para hacerle observar algún 
animal extraño, o la particularidad del paraje que cru¬ 
zaban. Pero “Fusil” era dichoso viéndose galopar por 
\os caminos, donde los viajeros se descubrían con re"- 




CRÓNICA DE MUKIZ 


31 ? 


jK?to al conocer a Muniz, y dirigíaulc a él alguna pa¬ 
labra cordial, que contestaba con un saludo lleno de 
arrogante laconismo. 

¡Cuántos paisanos, al iverlo pasar siguiendo al caudi¬ 
llo, le envidiarían el honor de guardar con su trabuco, 
la vida <le aquél! 

¡Pobre “Fusil”; tú que ofreciste la vida en los com¬ 
bates y galopabas por los caminos pronto a ofreeerlu por 
el hombre a quien tanto amainas, ibas, en una madru¬ 
gada de invierno, a morir con el trabuco en la mano, y 
tus últimas (nalabras serán pura tu héroe I 

• 

• • 

• 

Transcurría el mes de .Julio de 18!>8. 

El asj>ecto político de Cerro Ijargo había cambiado 
notablemente. Una nueva figura se levantaba entonces, 
atrayendo haciu ella las simpatías de sus pándales; las 
lisonjas de los aduladores de los (pie pueden algo, y el 
odio de los leales do Muniz. 

Aparicio Saravia comenzaba a afianzar su poder, ayu¬ 
dado por todo un ¡Kartido (político y por Cuestas, El 
contingente sanvvista crecía de manera nunca sospecha¬ 
da. Para los que no conocen cuánto tiene de atrayente 
el |M>der en esta tierra, pudo aquel surgimiento, parecer 
el efecto del sólido prestigio de un hombre virtuoso. 

N'o quiero estudiar ahora si Saravia tenía o no virtnih 
des que le hicieran digno de ese prestigio; [>er.> deseo 
señalar un carácter del fenómeno. 

Surgió entonces innumerable cantidad de nacionalis¬ 
tas, de todos los rincones de Cerro Largo. El departa¬ 
mento asistía a la gestación de un tipo político, que si 
lo hubo en otras é.poí’aa, nunca fue tan característico 
como en aquellos tiempos. 



318 


JUSTINO 2AVALA MÜN1Z 


Yo era niño, y recuerdo el constante desfilar de hom¬ 
bres hacia la casa del que mandaba; las alabanzas que 
a voz en cuello se liacían en las esquinas y en las 
ruedas de los comercios, del caudillo que todo lo podía, 
y a cuyos oídos se deseaba llegasen esas voces de adlie- 
sión. Hombres he conocido que blasonaban de Muniz, 
— el mismo a quien no mucho antes rindieran el mez¬ 
quino homenaje de sus lisonjas, — por merecer el aprecio 
de ¡Saravia. Y en la escuela o en la plaza del pueblo, 
a lia luz de la luna, muchas veces hube de luchar con 
¡mis amigos, que hablaban de Muniz como de un dia¬ 
bólico personaje que turbara sus sueños infantiles. 

La pequenez de los hombres, vengaba a Saravia de 
las derrotas sufridlas en los campos de batalla. 

También es cierto que hoy, desaparecido aquel cau¬ 
dillo, muchos de sus más tenaces defensores vivan al 
gobierno colorado, y otros repiten, por lo bajo, que no 
siempre fue infalible. El también tuvo sus traidores. 

Justo es decir, que Aparicio contaba en esos díias, 
como sucede hoy mismo, con entusiastas admiradores que 
veían en él al conductor de multitudes deseosas de re¬ 
dimir a un pueblo. 

¿.Mereció ese prestigio? Ya hemos visto las condiciones 
militares que «puso de manifiesto en las guerras del 9tí 
y 97. Y coano hombre que tuvo en su mano y pudo 
hacer el bien de Cerro Largo, nunca he oído decir de 
una sola iniciativa de aquel cerebro al que se llama “án¬ 
gel tutelar” de su tierra. 

lie leído muchos libros sobre la administración sara- 
vista en Cerro Largo, y wun más: la viví yo mismo y 
escuché a sus panegiristas. Declaro que nunca oí decir 
que Aparicio Saravia iniciase o coadyuvara a la más 
insignificante iniciativa en bien de Cerro Largo. 

El ídolo que tuvo bajo su predominio exclusivo el 



CRÓNICA DE MUNI2 


319 


departamento en que naciera y se criara, era siunaineute 
rico. No conozco ningún hospital, casa de beneficencia 
o escuela, levantado con su dinero. Pero gran |wne do 
los hombres que entonces rodeaban a Sai avia, no pensa¬ 
ban en eso; bastábales con ser recibidos en su mesa, o 
poder dispensar favores en sus pagos. 

Su patriotismo, como se ve, no era muy exigente. 

Kn tanto que Aparicio imperaba en Cerro Largo y 
aun en el País, gozando de un prestigio que llenaba 
las páginas de libros y i>er¡ódicos, Mu ni/, vivía retirado 
en su hogar, viendo cómo triunfaba su enemigo. 

i'/ix la paz de su estancia, el caudillo peruuuiecíu 
apuntado de todos, recibiendo de tardo tu tarde la visitu 
de sus viejos amigos, Heles en su desgracia, como lo 
fueron en las horas del triunfo. 

.Recorriendo los campos de su propiedad, sonaba con 
los tiempos en que todo Cerro lavrgo tenía puestos sus 
ojos en él; en las noohes en que se poblaron de guerre¬ 
ros sus montes, prontos a seguirlo cuundo descendiera, 
en su caballo de guerra, la empinada cuesta del Cerro 
de Medina. 

Ahora, su nombre at|>enu« si se repite en lus charlas 
del fogón, evocada su leyenda por los abuelos que re- 
eueriLun aún su juventud florida. I¿o.s soblados que le 
siguieron en su última campaña, se han jierdido en los 
rincones del deimrtamento, acosados por el odio de los 
vencidos en las peleas y entonces victoriosos por manio¬ 
bras políticas. 

Kn su propia estancia, sólo viven Jos miembros de 
su familia. 

Un poder desconocido ha ahuyentado de su mesa u 
todos los que se honraron en comer el pan de su hogar, 
cuando él podia extender la mano y dispensar favores. 

La nueva figura que se levantaba en el Cordobés, 



320 


JUSTttiO ZavaLa muniz 


llamó a aquella estancia a la turba aduladora que lle¬ 
gara constantemente a Bañado de Medina. Aquí sólo 
llegan ahora los que amaron siembre al caudillo, sin 
pedir jamás otra recompensa de su amor, que un puesto 
junto a él en el combate. 

Desde el lin de la guerra, ipersonas amigas prevenían 
a Miuniz que se pensaba en su muerte. No faltó quien 
le hiciese saber noticias, al iparecer concretas, de lo que 
se decía con perseverante insistencia. Se le odiaba pro¬ 
fundamente, y no era difícil que un día quisieran saciar 
el odio que sus virtudes provocaban. 

No obstante, él continuaba sin precaverse en lo más 
mínimo. 

¿t¿uién se atrevería a ir a desaliar al león en su pro¬ 
pia casa? Bastaba el poder de su fama para amedrentar 
al que osara internarse en sus campos con la idea de 
asesinarlo. 

Asesinar a los héroes, ¡ cuán difícil es! 

Se diría que un poder misterioso y divino, detiene, 
crispada de miedo, la mano que esgrime el puñal ho¬ 
micida. ■ 

La fama de sus heroicidades, es como nin escudo gua¬ 
reciendo el pedio del guerrero. 




oapitclo xxix 


l.a rntnliilnil ruiilimín rernleuilont* 
sobre t‘l enuillllo 


/ W 1‘Um.vk ile lo* repetidos avisas de sus ai lie tos, Alimiz 
i jL ,umutuaba eu su eatuueiu, sin precaverse eout.ru los 
janigros que le amenazaban. Nuda unportubu a la teme¬ 
ridad del caudillo, el verse rodeado por tantos y luu 
oboiinados eneuugus, como eran los que entonces impe¬ 
raban en Cerro Largo. La convicción de su propio valor, 
dabule la sugiuridad de que nadie osarla internarse en 
sus campos ron el ánimo de asesinarlo. 

Kn las lomas de Bañado ile Medina, terminaba el 
poder del saraviaiiko imperante, det<*nido por el pres¬ 
tigio del vencedor de Arbolito y Aceguá. 

Kru entonces el invierno de 1S!)H. 

Kn La estancia donde el caudillo descansaba de sus 
lunhas guerreras, en medio de su familia, sólo dos du 
sus bijos, Alberto y Santos* y dos viejos soldados, An¬ 
drés Carduzo y ”Fusil”, ayudábanlo en lus lubores cam¬ 
pesinas, a la vez que Hervíanle de escolta. 

Bien [hx'os eran, en verdad, pura guardar la vida de 
aquel guerrero, del odio que engendraba el desf>echo en 
los vencidos. Pero más que toda guardia, detendría a 
los criminales que osaran acercarse, el temor que en 
tales gentes debía infundir su fama. 

Eran recién las primeras horas de la madrugada del 

-.•i 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


día 24 de Julio, cuando, en la cocina de La estancia, el 
sargento Cardozo sentóse junto ul fogón, en espera de 
que con el sol vinieran las horas de trabajo. 

A poco de estar allí, un nuevo personaje sentóse fren¬ 
te a él, dispuesto a acompañarlo en el mate. 

Era este último un negro que en el atardecer ante¬ 
rior había llegado a la estancia en demanda de posada. 
A .pesar de su extraña presencia y de la sorpresa que 
causó a los moradores el verlo montar un hermoso ca¬ 
ballo, fué recibido con la cordialidad acostumbrada en 
nuestros campos. 

Entonces, sentado frente a Cardozo, acosábalo con sus 
preguntas sobre los hábitos del caudillo, cuya fama él 
decía haber oído mentar en sus lejanos pagos. 

Fuera del murmullo que el diálogo de los dos hom¬ 
bres producía en la cocina, lo demás era silencio. 

En los patios, los perras arrinconados junto a las 
puertas, gruñían desesperados ¡por el frío del pampero 
que azotaba sus carnes. Frente a las casas, el ombú 
y la palma elevaban al cielo frío y escuro de aquella 
madrugada, sus brazos desnudos. Los animales tambe¬ 
ros, tendidos en la playa del corral, semejaban sombras 
confusas de las que se escapaba el sordo murmullo que 
producían rumiando. 

“Fusil”, tendido en su recado, dormía cerca de la 
puerta del galpón. 

Varias veces iban ya que el forastero había salido 
a los patios, cuando los perros comenzaron a ladrar 
.avanzando hacia el fondo de la quinta, donde un grupo 
de álamos jóvenes erguía sus estiradas siluetas. El 
ladrillo de rabia de los perros pareció inquietar al 
huésped', por lo cual Cardozo hubo de tranquilizarlo 
diciéndole que bal vez hubieran sentido a algún “bi- 
dho”. 


CRÓNICA DE MUNIZ 


323 


Pocos instantes después, volvió a hacerse el silencio 
en rededor de la estancia, hasta la que llegaban los 
apagados ecos de los perros en la (punta. 

Sobre el caballete ile los ranchos sentíase pasar el 
pampero (pie azotaba las desnudas ranuis del omlm. 
l'na llovizna fría y persistente, hacía más oscura acue¬ 
lla madrugada de invierno. 

Al calor del fogón, cuyos resplandores iluminaban 
a(HMias a los dos hombres, continuaban ellos platicando 
como si se tratara de viejos camaradas. 

J>esde el bajo volvieron a oirse los ladridos de los 
jarros, |>or lo cual el extraño fiersouaje se dirigió al 
gidl*m. t , . 

Kn la cocina <piedó Carduzo, de espaldas hacia la 
puerta, en espera del otro. 

No había sorbido más de un mate, cuando oyó (pie 
desde la puerta que daba al patio, su compañero le 
ordenaba en voz baja: 

—“ Kntregate”. 

Volvióse sorprendido el sargento hacia el lugar de 
donde partió la voz, y se encontró con (pie el negro, 
acompañado de un nuevo fiersouaje, le cerraba el puso, 
punul en mano. 

Fácil le fu** comprender el móvil de aquellos hom¬ 
bres. Se trataba de reducirlo ul silencio, para luego 
aturar al caudillo. 

Kntonces comprendió el signiticado de las tantas pre¬ 
guntas que sobre los liábítos de su general le liabía lieclio 
su huésped. Kra de suponer que, en posesión de todos 
los datos neccsariiM, el plan del asalto i*staba ya calcu¬ 
lado. K1 negro no era otra cuna que el espía (le lo» 
(pie, ocultos entre los álamos de la quinta, provocaron 
el ladrido de rabia de los fierros. 

¿Cuántos y quiénes eran? K1 no '.o sabía. Cero era 


324 


JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


de pensar que, cumpliendo la orden recibida, la muerte 
del caudillo era segura. Mas, ¿cómo resistir, si su cu¬ 
chillo lo había olvidado en el cuarto y allí sólo tenía 
a su alcance las astillas con que avivaba el fuego? 

Era, pues, preciso entregarse, o detener su muerte 
hasta que la claridad del día ahuyentara a los asal¬ 
tantes. 

En tanto que los otros esperaban, puñal en mano, 
a que cumpliera su mandato, el sargento pensaba en 
todo esto y resolvía resistirse. 

&U actibud de defensa, asumida al protegerse detrás 
de unos muebles, indicó a los otros que aquel hombre 
estaba dispuesto a todo. 

Seguros de terminar muy pronto, acometieron loe 
desconocidos contra el sargento que intentaba detener 
sais puñales, fulgurantes a la luz rojiza del fogón, con 
una astilla esgrimida a manera de arma. 

Y la lucha se tnabó en el silencio, violado apenas 
por la ronca imprecación de Cardozo al sentir en su 
cuerpo los aceros, o por el chocar de éstos en el aire. 

Arrinconado, sin otro medio de defensa que la asti¬ 
lla. el sargento se revolvía sobre sus pies, intentando 
esquivar los puñales qiue desgarraban sus ropas solamen¬ 
te, gracias a sus ágiles movimientos. 

Sorprendidos por el heroísmo de aquel hombre, con 
el cual no habían contado, no se percataron los otros 
de que estaba indefenso; pero visto esto por el negro, 
avanzó audazmente buscando con su acero el corazón 
de Cardozo. 

Pué aquel un instante supremo. El puñal del ase¬ 
sino cruzó rápido el espacio que le separaba de su víc¬ 
tima, movido por el impulso bárbaro de su dueño. Saltó 
eon violencia el atacado hacia su derecha, mientras el 
puñal, cimbrándose, chocaba contra el muro de la ha- 


CRÓNICA DE MUNIZ 


325 


bitación. Pero si pudo el valiente librarse de aquel 
acero, no así del otro, que le atravesó un brazo. 

Comprendió Cardozo que permaneciendo allí, acaba¬ 
rían muy pronto con él. Pero, ¿cómo roni|H*r el cerco 
de aquellos aceros manchados ya con mi sanare? 

En la cintura tenía la vaina de su cuchillo. En ella 
estaba su salvación. 

Aparentando recordar recién que llevaba su arma, 
arrojó a la cara del nejíro la astilla y empuñando la 
vaina a manera de facón, «lió un salto hacia la paierta, 
mientras decía: 

—“¡Aura verán, cobardes!’’ 

Sorprendidos por el súbito ataque del sarifentn, 
abriéronle paso los otros; mas no sin dirigirle sus 
puñales, l'n quejido de odio y de dolor brotó de los 
labias del sargento al sentir en su costado las acera- 
tías hojas. 

Perseguido por sus asesinos, recostóse «d brocal del 
aljil>e en medio del patio para (fuanlnr así sus espaldas 
y sostener su cuerpo cuyas fuerzas comenzaban a tin¬ 
quear. 

En la oscuridad de aquella lluviosa madrugada, en 
medio del patio de la estancia del caudillo, Cardozo 
moría en defensa del guerrero que descansaba enton¬ 
ces sin sosjMvhar el sacrificio que hacían por él. Sin 
emlíirpo. no era poco lo que el General defendía enton¬ 
ces a su sargento. 

l'n temor supersticioso entorpecía los polipes de los 
puñales, que rhoealsin en el aíre o apenas rozaban las 
ropas de Cardozo. ísi fama <lel eaudíllo Iwieía titubear 
a aquellos asesinos que se atrevían a tlesatiarlo en wu 
propia casa. Y mientras sus puñales ernoban los golpes 
dirigidos hacia el corazón del sargento, ellos no cesa- 


326 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


ban de mirar hacia la puerta, temerosos de ver en ella 
la figura del guerrero. 

(Sobre sus almas cobardes, sentían entonces con toda 
su fuerza pesar la legendaria fama del valor de Muniz. 

■Cardozo, dominado por el odio que su sacrificio le 
infundía, dejaba escapar los insultos con que contes¬ 
taba a los pulíales ique continuaban abriendo heridas 
en su cuerpo bañado por su propia sangre. 

Desfalleciente, atravesados sus brazos; empapadas de 
sangre sais ropas, sólo conservaba lia fortaleza heroica 
de sil ánimo que se traducía en insultos cada vez más 
fuertes. 

Desde el galpón donde dormía, se levantó “Fusil” 
a las voces de Cardozo y sospechando el crimen que 
en las sombras se consumaba, salió al patio. 

Era el instante -mismo en que su amigo, cubierto de j 
heridas, exánime, se dejaba- caer junto al aljibe, mien- ¡ 
tras sus asesinos se echaban sobre él. ansiosos de ul¬ 
timarlo. 

—“¡Ya reventaron, salvajes”, gritó “Fusil” desde 
la puerta del galpón, mientras su trabuco buscaba el 
blanco sobre el cual hacer fuego. Y la potente deto¬ 
nación del arma de “Fusil”, retumbó entre las paredes 
e hizo saltar espantados a los asesinos de Cardozo. 

Hubo un instante de silencio. 

“Fusil” buscaba, en las sombras a sus enemigos. 

Un nuevo disparo salido del galpón, contestó a su 
trabuco. 

El gallardo asistente llevó una mano a la espalda; 
dejó escapar de la otra su arma, y cayó. 

Ante sus ojos nublados por la proximidad die la 
muerte, dos sombras pasaron huyendo.. . 

El estampido del trabucazo de “Fusil” despertó al 
caudillo, quien, sospechando la verdad de lo que en esos 




CRÓNICA PE MCNIJ5 


327 


momentos ocurría en el patio, intentaba desasirse de su 
esposa y salir por nina ventana. Luchando por ello el 
caudillo fue a chocar con una mesa llena de cristalería, 
que rodó por el suelo con eran estrépito. 

En las losas de la vereda que da frente al camino, 
sintió Muniz el sonar de pasos precipitados. Eran los 
asaltantes que en acecho junto a su puerta, huyeron 
amedrentados por el aviso de que el caudillo estaba 
prevenido. Su cobardía les hizo iperder un golpe sé- 
puro. Temerosos de encontrarse frent * al guerrero, hu¬ 
yeron ocultos en la oscuridad de aquella mad ruara da 
lluvias*. los cobardes que osaron acen-nrse a la morada 
del temible adversario. Ninguno de todos cuantos eran, 
se atrevió ni aún a herir trnidoramente a aquel hombre 
cuyo solo anuncio de prevención Ico infundió tanto 
pánico. 

Cuando Muniz y sus hijos salieron al patio, los hon¬ 
dos gemido* de Carduzo les llevaron hasta donde el 
heroico sargento yacía bañndo en la sangre que bro¬ 
taba de sus éiez heridas. 

Interrogado ñor su general, sólo pudo decir: 

—“Mire eóno me dejaron esos maulas”. 

T/os hijos del caudillo levantaron al herido, mientras 
aquél se aeereabi a “Fusil”, cabio a la puerta del 
galpón con el traluco a su lado. 

—“¿Qué te pasa "Fusil”!, interrogó con dolor Mu- 
niz a su asistente. 

“Fusil” hizo un supremo esfuerzo y levantando ru 
brazo que señalaba d galpón, murmuró: 

—“Por aquí entraron”. 

—“¿Estás herido?’, volví*» a preguntar el caudillo. 

I’ero “Fusil” ya no -ontestó. Ñus últimas fuerzas las 
agotó en señalar a su >audillo el lugar por donde ha¬ 
bían entrado los que ¿retendieron asesinarle. En su 







328 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


postrer instante, como cuando sus días de gloria en los 
campos de pelea, olvidaba sus peligres para pensar en 
los de su héroe. 

Inclinóse sobre su fiel asistente el caudillo, intentan¬ 
do levantarlo. Al sentir los brazos de Muniz que le ro¬ 
deaban la espalda, “Fusil” abrió los ojos; suspiro hon¬ 
damente y quedó exánime, mientras su brazo señalaba 
la puerta por donde entraron los enemigos de Muniz. 

El dolor de aquella muerte nubló el rostro del cau¬ 
dillo abrazado al cuerpo del humilde asistente, sacrifi¬ 
cado en su defensa. 

Por una bala traidora, tuvo “Fusil’ : lia muerte que 
tal vez hubiera soñado cuando ¡velaba junto a la carpa 
del caudillo o le seguía en medio del peligro en los 
combates. 

En los brazos de su héroe, a quien idolatraba, cerró 
sus ojos “Fusil”, viendo llorar de dolor a los del hom¬ 
bre por quien moría. 

A causa de la oscuridad no fué posible dar alcance 
a los asesinos. 

A la mañana siguiente, un carrito seguido por los 
moradores de la estancia, caminaba en dirección al Ba¬ 
ñado de Medina. 

Era el doloroso cortejo que acompasaba a “Fusil”. 

En la cumbre de una cuchilla, los azadones cavaron 
la sepultura en la que míanos amigas dejaron el cuerpo 
del asistente. 

A ipesar de los datos suministrados por los vecinos, 
la policía no pudo aprehender a L>s asaltantes. 

En el expediente que se conserva ,*n el Juzgado del 
Crimen, he visto las declaraciones de los testigos, sor¬ 
prendiéndome que ni uno solo Je los criminales fuera 
identificado. Y no dejan de se* asimismo interesantes, 
los datos que suministran algunos vecinos sobre la acti- 



CRÓNICA DH MUNIZ 


329 


tud «le unos comisarios y los vestidos de los tipos que 
vieron pasar como si se alejaran de la estancia de Muniz. 

Dice uno de los testijros, que el Comisario de lw 7 • 
sección rural, no persiguió a esos sospechosos, a posar 
de sal>er «pie aún iban «■ere*. Otros, «licen hal>er visto 
a esos hombres, con “ponchos patrios” en cuyos cue¬ 
llos lucían botones con el escudo nacional. Y en medio 
de tales decía raciones, no siempre concretas, cítase a 
menudo el nombre de Aparicio Saravia. 

lai Justicia no pudo «lecir quiénes fueron l«\s crimi¬ 
nales. Difícil nos es, por ahora, a nosotros, el afir¬ 
marlo. Pero, lo «pie de todos modos es cierto, es que 
a poca» leguas de Meló se «salté» la estancia «le Muniz, 
huyendo los asesinos en pleno día, s>n que la policía 
pudiese identificarlos. 

Kn cuanto al casi* lili o, en la «leídaración escrita «pie 
ipro»t«> ante el Juez, «Ime: “No quiero adelantar opinión 
sobre este hecho, poispie ella está f»>rmada y V. S. ha 
|x>d¡do apreciarlo cuando estuvo en mi casa a levantar 
el sumario”. 

l'n «lía no lejano tal v<w. me sea «!a«lo «lecir si era 
o no cierta esa opinión «pie Muniz «piis«> «•aliar. 

Ha«>e ya alpún tiempo, en un «*omcreio «le Meló, un 
viejo solda«lo preguntóme si descendía yo «le Muniz. Al 
salterio, descubriémhtse me enseñó «los anchas «*icatri¬ 
ces <p»e honraban su frente. Kra el sartrentt» A mires 
Tardo/o. Bmo«*iona«lo ante la humilde presencia del 
héroe, le extendí mi mano asrra«leci«l*. 

(*uan«lo vuelvo a l«>s ««ampos de Bañado «le Me«lina, 
jamás me olvido «le llegar hasta la cuchilla domle pu* 
«Irieron los huesíts de “Fusil”, el gancho Kener«*«) «pie 
tantas horas de gloria compartió con Muniz, y «tuyas 
últimas palabras fueron para indicar al caudillo la 
puerta por donde podía volverle el peligro. 





330 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


* 


* 


Con la muerte de “Fusil”, comenzó a hacerse el va¬ 
cío de sus héroes en torno del caudillo. Tiempos de 
seguidas y grandes desgracias se anuncian para el gue¬ 
rrero, privado en la madrugada del 24 de Julio, del 
más humilde, sí, pero también del más fiel de sus sol¬ 
dados. 

La línea trágica de la vida de aquel hombre, parece 
acentuarse durante estos años de paz. 

El hijo de la criolla a quien sedujeron los encantos 
extraños de Julián Ramírez, verá de nuevo destrozado 
su hogar por la Fatalidad que vuelve a herirlo cruel¬ 
mente. 

Aún estaba floja la tierra donde descansaba “Fusil” 
y amargado el ánimo de Muniz, cuando un chasque 
llegó, sudoroso el caballo, 1 a anunciarle una nueva des¬ 
gracia. 

Hacía ya algún tiemipo que uno de los hijos de Miuniz. 
Fernando, visitaba de continuo los campos de Aceguá. 

Respetado por los estancieros, de las que más de uno 
de ellos pensaba en el joven como un buen partido 
(para sus hijas casaderas, y amado por los gauchos, a 
los que encantaba la sencillez y hombría de bien de 
“Fernandito”, era papular en aquellos campovs donde 
los arrestas guerreros de Saravia se quebraron frente 
al heroísmo de Muniz. 

Blanco por convicción, no militó, sin embargo, ni en 
las filas de su padre ni en las adversarias, durante la 
guerra terminada. 

Elogiando esta aclitud sincera del joven Muniz, un 
paisano me ha repetido la frase que é! dice haber oído 




CRÓNICA DE MUNIZ 


331 


de labios de Femando: “Yo no peleo contra mi par¬ 
tido; pero tampoco contra mi padre’*. 

Kn Aceguá, y en los lugares donde se conocía la 
actitud del hijo del caudillo, se le citaba como ejem¬ 
plo de sano partidismo y de piedad filial. Conociendo 
las cantuta por las cuales su padre fue a la {fuerra, tal 
ve/, no mereciera Fernando el elogio que los paisanos 
hacian de su abstención. 

Kn cu-ante a Moni/., no por eso hizo el más mínimo 
reproche a aquel hijo que rehusaba \emrar la muerte 
de su hermano y el insulto heoho a su raza. 

F.n la noche del 27 de Julio de 1898, Fernando 
Muniz y algunos amitros se al^jalvnn de una estancia 
«le A cetro A . Caminaban junto a la línea divisoria con 
el Brasil. 

F.ntrc las sombras los amigos avanzaban confiada¬ 
mente, cumulo de improviso varios h-unbres les cerra¬ 
ron el paso. 

Kn las tinieblas se oyó el chocar de sus armas. 

Detuviéronse los otros, y al inquirir por el nombre 
«le los desconocidos, v Ja razón por la °unl los detenían, 
supieron que eran de la trunrdia brasileña, y que bus¬ 
caban vemrar la ofensa que uno de los compañeros de 
Fernando les había inferido. 

Hablar más. era en vano. Aquellos hombres venían 
a matar y nrn traban la resuelta intención de cumiplir 
<*nn su propósito. 

Dispuestos a defemlerse, esperaron los amiros la aco¬ 
metida de los brasileños. 

Kn el momento «le confusión que si (ritió a las paln- 
bras de amenaza, no se oía más que el ohocar de los 
aceros en la oscuridad. 

Iíasta entonces Femando no había intervenido en la 
luoha. Amisto de unoa y de otroa, esperaba volver al 



332 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


sosiego a los atacantes. Pero he aquí que a su lado 
distingue a dos sombras cercando a uno de sus compa¬ 
ñeros. Comprendió Fernando la situación del atacado, 
y sin poder contenerse, saltó sobre uno de los guardias, 
a quien quitó la aguda bayoneta con que intentaba herir. 

Nadie pudo decir después, con exactitud, lo que pasó 
en las sombras. 

Cuéntase que Fernando, deseoso sólo de evitar la 
muerte de su amigo, inclinóse sobre la bayoneta cuya 
extremidad apoyaba en el suelo, con la intención de 
quebrarla. Empeñado en ello estaba, cuando el otro 
guardia le hundió su acero en el vientre. 

Al sentirse herido de tan traidora manera, el joven 
increpó su cobardía tal asesino. Y cuentan, los que 
'pretenden haber oído las .palabras de tragedia que se 
cruzaron en la sombra, que el brasileño lloró de arre¬ 
pentimiento al conocer a su víctima. 

Es lo cierto que el gen eras o muchacho quedó solo en 
el campo de lia. lucha, hasta que pudo subir a su caba¬ 
llo y volver a la estancia de donde había partido. 

Por la pequeña herida de su vientre, asomaban los 
intestinas de Fernando que, estoico ante su dolor, ro¬ 
gaba a los amigos qne cosieran, aún con la grosería 
única de que ellos 'podrían ser capaces, aquella boca 
por la cual se iban su sangre y su vida. 

Satisfecho de su generosa heroicidad, impasible a los 
dolores de su agonía, murió herido de traición, aquel 
del guerrero a quien todos esperaban una vida 
dirhosa. 

La extraña fatalidad que rodeaba al caudillo, hirió 
al menas propenso de sus hijos a morir de tal suerte, 
.va qne no estuvo al lado de su padre en los campos 
de pelea. 

Súpose bien pronto en la comarca el desgraciado fin 



CRÓNICA DR MUNIZ 


333 

(le Fernando, y en la mente supersticiosa (le los pai¬ 
sanos, afirmóse el sentido trágieo de ia vida de Muniz, 
cuyo Destiuo alcanzó hasta a aquel hijo, el único que 
parecía no lmt>er heredado el acometedor heroísmo de 
la raza, y cuyo espíritu se consérvala libre del odio 
que en su familia sentíase de tan fuerte modo contra 
los adversarios del caudillo. 

“ Ks el Destino”; lloraron los paisanos al saber la 
muerte del joven, tvl destino de Muniz, cumpliéndose 
fatalmente en los hijos. 

l>esde Bañado de Medina partieron los hermanos en 
busca del cuerpo de Fernando, enterrado en el Brasil. 
Y una noche, por una oeulta picada, dispuestos a dis¬ 
putar luchando, lia carga del carruaje que rodeaban, los 
hijos de Muniz trajeron a tierra uruguaya el cuerpo dei 
hernumo. 

Sobre las ropas ensangrentadas. llo'Vi el caudillo la 
muerte del hijo amado, cuya vida generosa perdió por 
un amigo. 

Inútil fué para el desdichado Fernando el sustraerse 
u las tilas lie su padre; Muniz era. y como tal, noble 
y temerario. No tuvo para su muerte el escenario he¬ 
roico de Arbolito; pero, sangre de guerreros, la herencia 
del héroe surgió en su espíritu para hacerle morir en 
la ludia. 


• • 

• • 

Todo parecía conjurarse para herir al caudillo. ,Se 
diría que un poder desconocido y adverso, que el “Des¬ 
tino” invocado por los paisanos cómo explicación a tan. 
ta desgracia, complacíase entonces en dirigir him golpes 
sobre el alma del guerrero. 




334 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Olvidado por los que le debían La gloria de Arbolito 
y Aceguá; perseguido por la indiferencia de Cuestas; 
bajo el imperio de su enemigo, cuyo absoluto poder 
alejaba a sus gauchos; .muertos “Fusil” y Fernando, 
sin poder vengarlos, he ahí lo que el año 98 tuvo para 
Mhmiz. Pero el ánimo fuerte de aquel hombre, no se 
doblegada bajo el peso de sus desdichas. 

Pira su valentía moral, tanta como el arrojo con que 
admiró a sus paisanos en las pasadas cargas de lanzas. 

Sobre sus espaldas arrecia la desgracia; mas él con¬ 
tinúa inflexible en su prqpio camino: nada será bas¬ 
tí nte para abatir aquella frente en ¡a que la cicatriz 
de Felisberto “Pelo Largo”, es como mn blasón de fiera 
valentía. 

La Justicia no lia podido dar con los asesinos que 
quisieron sorprenderlo en su estancia. No falta quien 
asegure que Miuniz pretende arrojar sobre el saravismo 
que impera en Cerro Largo, el baldón de un crimen. 
Ya no cabe la menor duda de que se desea, por unos 
y por otros, anularlo por completo. 1 n sentimiento de 
constante hostilidad flota en aquellos campos de sus 
glorias. El caudillo emprende entonces el camino del 
destierro. 

Y en Diciembre de 1898, de aquel año funesto para 
él, Muniz atraviesa la líneta del Brasil, donde le rodean 
afectos antiguos y las admiraciones que provocó cuando 
los días de Aceguá. 

Quedan libres de él, Cuestas y Saravia. Abora pue¬ 
den continuar el gobierno del País, dividido en domi¬ 
nios feudales, sin la inquietud que la presencia de 
Muniz podría producirles. Cuestas continuará refoci¬ 
lándose en el sillón presidencial, al que tanto parece 
aferrarse, mientras tSaravia impone sus caprichos al 
País, y se prepara pana un mañana incierto. 



CRÓNICA DB MUNIZ 


335 


Muniz se asila eu tierra extranjera, esperam.li> dias 
mejores. K1 sabe que sus enemigos desean su muerte, 
i (Quiénes son? ¿ Cómo realizarán sus empeños? 

El no puede deeirlo a ciencia cierta. Pero el asalto 
a su estancia, basta para afirmarlo eu tal convicción. 

Muy cerca de los campos de su Patria. Muñí/, se ha 
detenido. Es la primera vez que se aleja «le sus pagos 
para asilarse en tierra extraña. 

¡ üuán doloroso tué para él este alejamiento! 

Es verdad que está en tierra amiga; ¡«ero siempre 
fué muy duro para un gaucho el alejarse asi de sus 
pagos. El, que esperó, pronto el eabalio, todas las gue- 
rrus para ir a la lucha, ahora tiene que retirarse ante 
esos enemigos a quienes él no puede eouoeer entre tan¬ 
tos cuino son, para hacerles sentir el |>eso de su ven¬ 
ganza. 

1/ugraron alejarlo de Bañado de Meditui; pero, ¡ay de 
quien ose ir basta allí a desaliar su cólera! 


• • 


1 lian ¡«asado seis meses. 

El destierro es demasiado triste paru el gaucho na¬ 
cido en Sauce de üliiiutr y unido a sus campos por 
un amor en el que hay mucho del amor a sí misino, 
eu los recuerdos que le evocan. 

Las almas amigns que eu el Brusil se esfuerzan por 
hacerle menos duro el exilio, no consiguen más que su 
agradecimiento. 

Volver a su tierra, a los campos de Bañado de Me¬ 
dina, donde quedaron sus hijos y sus adictos; sentirse 
«le muevo eu el seno de aquella gente amiga entre los 
que don Ramón semeja un patriarca, he ahí el único 
pensamiento de Munu. 








330 


JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


A desafiar a sus enemigos; sordo a todo ruego, una 
mañana luminosa pone su caballo rumbo a Cerro Largo. 
Y dispuesto nuevamente a defender su prestigio, aun¬ 
que en ello le va la vida, por última vez el guerrero 
hace aquel camino que tantas otras veces recorrió en 
su rosillo, cuando los días de Aceguá „ Desde aquellas 
cumbres que ahora deja a su espalda, abarcó con la 
vista los campos de su pago, en cuyas lejanías el 
Cerro Largo se extiende como si formara una misma 
cordillera con las Sierras de Ríos. 

Dejó detrás suyo las sierras y la cañada de Aceguá; 
subió a la cumbre de los cerros de Buena Vista ; ga¬ 
lopó por las lomas de la Cuchilla Grande para acer¬ 
carse a Meló, del que se volvió a alejar, siempre hacia 
el Sur, hasta detenerse en Bañado de Medina, después 
de atravesar el Conventos y el Tacuarí. 

Bajo el ombú de su estancia, volvió a desensillar su 
caballo, gozoso también por la vuelta, el hombre fuerte 
que no pudo sufrir más largo destierro. 

* 

De nuevo en sus campos, pareció por un tiempo que 
la tranquila vida de paz volvía para Muniz. 

Se diría que los odios habíanse calmado y un olvido 
más noble daba al caudillo la tranquilidad de ánimo de 
que tanto había menester. Mas, una mano invisible, 
como si fuera un genio adverso, tejía en el misterio la 
tragedia de su vida. 

Pasaron los días románticos de las luchas en medio 
de los campos luminosos; en esta paz de ahora, en que 
se consuma su derrota, en lo más sensible de su alma 
es que ha de ludiar contra la adversa suerte que ame¬ 
naza quebrantar su fortaleza de ánimo. 



CRÓNICA DB MUNIZ 


337 


Mientras él recorre, por las mañanas y las tardes, las 
praderas de su estancia, solo con sus recuerdos y sus 
dolores, la Fatalidad ciérnese sobre él, pronta a herirlo 
en uno de sus hijos. 

Kn los límites de sus campos; sobre la última cuchi¬ 
lla que se encuentra euminando hacia Molo, la casa do 
l’rofecto Muniz alzábase rodeada por tres oiubúes, ru¬ 
gosos por los añas. Kl Taeuarí, anchuroso y (profundo 
unas iveces; otras, siendo apenas una débil corriente sal¬ 
tando entre los saramiíes y los sauces, forma en el bajo 
de aquella cuchilla, una de sus curvas Mirando Inicia 
el ¡Sur, las desiertas llanuras; la línea siempre ondu¬ 
lante del Taeuarí; una que otra estancia blanqueando 
bajo el sol, y en las lejanías, el ferro Largo, Uuazu- 
Xambí, Cerro de Li*i (.Tientos, y el horizonte azul. 

Tal es el rincón donde inoraba el jefe de la escolta 
de Muniz. 

A escasa distancia, la propia de dos lomas suaves, y 
en dirección hacia el Norte, alzábase apenas del suelo 
el rancho donde vivía un yerno de Muniz, que cuidaba 
ile las haciendas aquerenciadas en las praderas cerca¬ 
nas. Dos ombúes desgajados por los rayos; una higue¬ 
ra que languidece sobre lu tierru que aprieta sus raíces, 
y un álamo, «* lo único que hoy «pitsla de aquel hogar 
donde la feminidad de .Justina, hij 1 del caudillo, kc 
empleaba en rodearse de llores, lucir la limpieza de sus 
patíos y en el trabajar arduo y constante. 

Kntre los árboles «pie la naturaleza hizo surgir en 
las ritieras del lia ñutió de Medina, «pie corría a poc<m 
metros del ranotio de entonces, un (Minino sornhreatlo 
por los mimbres, recuerda la man) hacendosa de la 
criolla. 

Proferto Muniz y Susano Leguizamón, esposo de Jug- 


st 


y38 justino ¿avala muníz 

tina, cuidaban ambos los ganados del caudillo que paS‘ 
talwn por allí, y los suyos propios. 

l'nidas por el 'parentesco, Las das familias vivían liga¬ 
das por un trato Intimo y continuo, propio de La escasa 
distancia que las separaba. Untas veces era Justina que 
en los domingos visitaba la casa de su hermano, y otras 
era la familia de éste que llegaba a pasar la tarde de 
tiesta en su rancho, continuando así los afectos sin que 
liada pareciera capaz de disminuirlos. Pero un desco¬ 
nocido, quién sabe qué alma mezquina, sembró de pron¬ 
to el odio entre aquellas gentes basta entonces dichosas. 

Yo no be podido saber, con justeza, de dónde partió 
la primera intriga que llegó basta la rinconada donde 
vivían aquellas familias; recorrió las estancias y fue 
repetida por más de un pulpero a cada uno de los dos 
hombres, que se sintieron de pronto enemigos y olvi¬ 
daron los afectos familiares para odiarse con odios de 
muerte. Tal vez fue lina palabra indiscreta; más po¬ 
sible es aún, que una mente malvada hubiese preparado 
los lazos de la calumnia en cjue los amigos de antes 
habían de caer. Lo cierto es que Proferto, impulsivo 
y terco en sus pasiones, decidió azotar a sn cuñado. 

No faltaron entonces las paLabras amigas; los con¬ 
sejos prudentes, y los ruegos de su hermana, que in¬ 
tentaron disuadirlo. Todo fué inútil. La infamia había 
infiltrado odios iviolentas en su alma, y nada sería capaz 
de torcerlo en su empeño. 

Muy de mañana, cuando en las lomas galopaba Susa¬ 
no tras los caballos que corrían en tropel hacia el co¬ 
rral, desde el onibú de su casa Proíecto espiaba sus 
movimientos, en espera de que aquél se alejara de su 
•rancho para salirle al camino. Pero el otro tenía siem¬ 
pre el cuidado de esquivar su encuentro. 

En las noches del invierno; cuando la escarcha ex- 


CRÓNICA DE MUNIZ 


333 


tendía sus cristales en el bañado, tíos sombras se veían 
moverse bajo las barrancas del l’aso de Medina. Kra 
Prefecto, «pie bajado «leí eail»allo, enteraba a su enemi¬ 
go de viaje a Meló. V en tanto que avivábase su 
odio ante el constante cuidado del otro por no encon¬ 
trarlo, la intriga continualku encegueciéndole con sus 
calumnias. 

Kn los primeros días de Diciembre del uño 1!H)1, lle¬ 
gamos a pasar nuestras vacaciones al rancho de Justina 

Aún conservo el recuerdo de una visión «pie me llenó 
de espanto, en uno de aquellos anocheceres estivales. 
Sobre las cañmlas, en las «pie ya las soiubrus comen¬ 
zaban a tenderse, gulopubu un jineta en dirección al 
Bañado de Medina. Mi entendimiento infantil no piulo 
explicarse la desesperación «pie se leía en los rostros 
de Lus mujeres en el patio, cuya uognitUia acentuábase 
al ver cómo corría por la cañadu el grupo oscuro, «pie 
entonces sólo se distinguía, del hombre y el cahallo. Yo 
no sé «pié misterio fatídico llenó de miedo a mi alma 
de niño, cuando entre las sombras «leí crepúsculo se 
jn'rdió el galopar del jinete. Después i,upc «pie era Pro¬ 
ferto buscundo en los cumpiM a su cunado. 

¡ l¿ué terquedad en su ipasión; <|uó odio tan violento 
luibía de agitar entonces a uqitel hombre enjuto «le 
carnes y de recio mirar, «niumlo en mi mente «le niño 
tornáliase futídina la visión de su figura estira«lu sobre 
el caballo, galopando por las «'añudas de Bañado de 
Medina! Para mí, «pie tantas veis** me había dormido 
en sus rodillas, era enton«*eK a«piel hombre como un ge¬ 
nio de muerte, siempre en «recluí, cuyo brazo vengador 
ningún pisler extraño po«lría «letener. 

K1 mediodía «leí 27 «le Diciembre llegó sobre los cam¬ 
pos, luminoso y cálido. 

Recogí momos para la siesta, temerosos lus niños de 



340 


JUSTINO ZAVALA MllNIZ 


que “Tabardillo” {*) viniera a golipear nuestra ven¬ 
tana, en Imsoa del que mayores travesuras hubiese co¬ 
metido. 

En el silencio del mediodía, el sueño vino a cortar 
unas horas nuestros juegos. 

Serían ya las dos de la tarde, cuando Susano, en 
compañía de un amigo, salió al campo en busca de las le¬ 
cheras. Ya los hombres volvían siguiendo a los ani¬ 
males que avanzaban diseminados y perezosos bajo el 
sol que pesaba sobre sus lomos, cuando Susano notó 
que una de sus vacas se le había olvidado y pastaba 
en la cuchilla cercana a la casa de Profecto. 

Antes de volver en buscta del animal, miró hacia las 
casas de su enemigo. Un sosiego completo, como si aún 
continuara la siesta, fue la impresión recibida por el 
observador. No había, pues, nada que temer. 

iSe acercaba ya a la loma en que pacía la lechera, 
cuando vió surgir a un jinete y galopar hacia él. 

Huir era en vano; llamar al compañero para que éste 
conjurara el peligro, inútil también; el amigo galopaba 
ya por las cuchillas alejándose del lugar donde debían 
encontrarse los hombres. 

Estalló un grito de angustia en el patio de Justina, 
que nos despertó sobresaltados. Salimos todos para ro¬ 
dear a lia esposa que lloraba desesperadamente, mien¬ 
tras extendía sus brazos hacia la loma. 

—“¡Es Profecto! ¡Es Profecto!”, repetía sin cesar 
la infeliz esposa, compendiando en el nombre de su her¬ 
mano, toda la tragedia que ella veía acercarse. 

En el declive de una loma, bajo el sol de aquel 
mediodía de Diciembre, dos hombres galopaban en di¬ 
rección a nosotros. 


o Fantasma con que nos asustaban cuando niños. 




CRÓNICA D« MtTNIZ 


341 

F)1 eco »le una voz imperativa lloaró hasta nueatro 
arropo mientras las mujeres se tapal*an los ojos para 
no ver lo que iha a [tasar entre aquellos jinetes q«ue ya 
estaban eerea. 

Mudo de espanto ante el dolor de los que me rodea* 
han. tenía yo fijos los ojos en las hombres. 

Adelante, al corto galopar de su caballo overo, Susa¬ 
no huía de Prefecto, jinete en un caballo oscuro pues¬ 
to a toda carrera. 

lía llegado el momento tantas veces esperado por 
aquel hombre, cuyas largas piernas golpean ahora al 
caballo, animándolo en la carrera, mientras su voz im¬ 
perativa hiere con provocaciones de lucha al que huye. 
Ya nadie [unirá quitarle de sus manos a aquel hombre 
a quien soj>one un cobarde y al que es necesario alec¬ 
cionar con el rebenque, que sacude con rabia. No será 
aquello una lucha en pleno campo, bajo el ciclo lumi¬ 
noso de Diciembre: él azotará como a un niño al hom¬ 
bre cuya esposa, desde su rancho, presenciará la hu¬ 
millación. Porriendo detrás de Susano, Profecto es 
como un Destino cumpliendo sus leyes fatales. 

Acercanse los caballos, detenidos en su carrera por 
los hombres que se miden con una mirada. 

Se alzó de pronto el brazo de Profecto. sacudiendo 
su rebenque, que describió la cuna buscando las espal¬ 
das del otro. Mas, he aquí que el hombre a quien su 
enemigo pensaba azotar como a un niño, salta de su 
caballo, y. va en el suelo, hace frente. 

El eco de un disparo ahogó un grito en la garganta 
de los (pie presenciaban la escena desde el rancho. 

El overo de Susano, erguida la cabeza, enarcada la 
cola, describió un círculo en la loma y alejóse al ga¬ 
lope. de su dueño que corría tras él. mientras Profecto 



342 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


inclinábase sobre su caballo, para caer seguidamente en 
el campo. 

Lloraban desesperadamente las mujeres en el patio, 
mientras yo continuaba con los ojos fijos en los hombres 
que ahora corrían sobre la loma, uno en pos del otro, 
y en el acero de Prefecto, fulgurante por los rayos 
del sol. 

Algo de extraño había en los saltos que daba sobre 
el pasto uno de ellos, cuyas voces llegaban hasta nos¬ 
otros. ¿Qué decía? (Nadie percibía las palabras. 

En dirección a su caballo corría Siusano, en cuyo 
seguimiento avanzaba Profecto agitando su fulgurante 
cuchillo y deteniéndose a veces, como si cobrara aliento. 

¿Volverán a alcanzarse? Tal pareció ocurrir en el ins 
taute en que brilló el acero del uno sobre la cabeza 
del que huía. 

Lo trágico de aquel momento enmudeció todos los 
labios. En aquellos campos abiertos, ya no se separarán 
los dos hombres sin que uno de ellos quede muerto. 

Desde la distancia de la cual yo presenciaba la ludia, 
pareció que el brazo de Profecto llegaba hasta el otro. 
Pero, he aquí que éste da un salto hacia adelante; se 
detiene de pronto haciendo frente... y un nuevo dis¬ 
paro resuena en el silencio de los campos. 

En el declinar de la loma, un hombre sentado agita 
el brazo esgrimiendo su puñal, en el que se reflejar, 
los rayos solares. 

En la cañada próxima, otro monta en su caballo y 
corre velozmente hacia las casas. 

Lloran junto al alambrado las mujeres, apagando 
el eco de la voz que llega desde la loma donde con¬ 
tinúa brillando el acero. 

—“I» herí... Yo no tuve la culpa... Me está lla¬ 
mando para que lo mate... así habla con voz trénraL 


CRÓNICA DE MUNIZ 


313 


Susano junto a nosotros, mientras se calza las botas que 
le ha traído Justina. Extiéndenos luego la mano, besa 
a su esposa y galopa hacia Bañado «Ve Medina, en euvo 
monte se píente muy pronto. 

Por las cuchillas vemos correr dcssle las casas de 
Profecto y Susano, a las mujeres y los hijos que pue 
bluui los mudos campos con sus lamentos, mientras se 
acercan r 1 herido. 

Cuando Susano se ij>erdió entre los árboles, <k\jó de 
oirse la voz nue aún lo incitaba a la lucha. Estuvo un 
instante en alto el fugurante oorthillo, y cayó. 

Desde las casas yo veía a Justina, ¡pobre hermana!, 
correr por los campos hacia el cuerpo «pie entonces va 
no era más que una mancha negra sobre los pastos 
amarillentos, mientras del otro laílo corrían también los 
hijos y la esposa, a quienes sigua» muy pronto un ca¬ 
rrito. 

T/»s grupos dolorosos llegaron junto ni herido, al que 
musieron sobre el vehículo. Cuidadosamente, adelanta 
ba«e apenas el carrito, al que rodeaba el grupo quo 
lanzaba al cielo luminoso de aquel mediodía, sus aves, 
mientras en el declive de la loma, solo, encorvado, ha 
ciendo brillar, al sacudir, el nzndón, como momentos 
antes brillaba el puñal, am hijo cavaba pl hoyo en qiu* 
enterrar la sangre de su padre. 

El so| se hundía enrojeciendo el insumí, ruando M 
llegó junto a la cama donde agonizaba sil hijo. 

El predilecto en las guerras; el que en Arlmlitn le 
acompañó en el épico galopar; Proferto, n quien les 
gauchos miraban como el nuevo liéns* de la raza, sal- 
tal» ahora en convulsiones agónicas sobre n/pielln cama 
manchada con la sangre de su peoho y de su pierna. 

Con la voz llorosa ante su nueva desgracia, el cau¬ 
dillo se dolía de la temeri<l»d de su hijo que le llevó 







344 


JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


hasta la muerte. Pero Profecto ya no pudo oírle. Agi¬ 
tóse todo su cuerpo en un brusco estremecimiento, y 
quedó rígido sobre la cama, cuando en la alcoba ya 
se hacía el crepúsculo. 

Junto al lecho donde descansaba para la eternidad 
aquel valiente, víctima de su propio arrojo, el caudillo 
lloraba al hijo muerto en la plenitud de su vida fuerte, 
con quien se perdía, quizá, el último guerrero de la raza 

A pocas cuadras de distancia, en el rancho cuya si. 
lueta se recorta junto al álamo, en aquella noche estival, 
Justina lloraba también la muerte del hermano, que 
cavaba un abismo entre su esposo y su padre. 

Así, entre tanto dolor, terminaba la intriga oue un 
día nefasto tendió sus hilas en aquella rinconada del 
Tacna rí y Bañado de Medí nía. 

El viajero que viniendo dé Meló llegue a los campos 
que fueron de Muniz, verá sobre el declinar de la pri¬ 
mera loma que encuentre a su derecha, una niedra rosa, 
y más lejos, casi junto al Bañado de Medina, alzarse 
solitario un álamo. 

Es lo que resta de aquel mediodía de Diciembre de 
1001. 

La piedra señala el lugar donde cayó Profecto. El 
álamo recuerda los días en que proyectó su sombra 
sobre los patios alegres de Justina, muerta noeo des¬ 
pués de aquella tarde, en un perdido villorrio del Brasil. 

• — • 


• • 

El saravismo continuaba gobernando a sn placer el 
País, en tanto que Cuestas hacía las veces de un Pre¬ 
sidente nacional. 

Aparicio Sara vía gozaba de su situación política, con 
la que quizá jamás soñó cuando no era más que un 



CRÓNICA DE MUNIZ 


345 


humilde estanciero del Cordobés. Dueño de varios de¬ 
partamentos e imponiendo su voluntad a los políticos 
del Gobierno, ¿qué más podía desear aquel caudillot 

Mucho se ha hablado del desinterés patriótico de este 
hombre, que “terminada la puerca volvió a sus tareas 
sin >j>ed¡r ningún puesto o posición oficial”. 

ingenuo debe ser quien no comprenda el sentido de 
tales frases, propias «le distiursos partidarios y nunca 
de un historiador. 

Aparicio Svaravia fue quien obtuvo mayores benefi- 
eios de la paz arranea«la a la «lebilulwd «le Cuestas. No 
obtuvo ninguna recompensa oficial, porque más que todo 
lo «pie pudiera darle Cuestas, lo tenía él por aquella 
paz que lo erigía en el po«ler más fuerte del País, y 
sobre cuya voluntad no impendía la «le nadie. ¿Quién, 
siemlo «le Cerro I jungo, no recuerda la si función «le 
señor de vidas y haciendas, «leí Saravia de entonces? 
Y si por acaso alguien no lo sabe, ahí están sus propios 
panegiristas, para ponerlo en evidencia. ¿Qué podrían 
importarle bis posiciones oficiales a aquel «‘nudillo que 
se sabía el fiel de la balatm» política «le entonces? 

Ya he dicho «le otro* guerreros, entre ellos «leí pro¬ 
pio Muniz, el sentido «pie tenían de ¡«leales políticos y 
aún mismo «le la Patria. 

¿Cómo admitir que el estan«*iero que se inició en las 
guerras del Brasil, tuviera nina «•omúenein más clara «le 
estas cuestiones, tan «lifíciles de resolver aún para hom¬ 
bres de otra cultura? 

Aparicio era. en esto, igual a l«*i caudillos que le 
precedieron y a los que entonces le acompañaban. Di¬ 
ciendo lo contrario, se llega hasta afirmar — como por 
desventura se ha hecho, — que el negro “Camnmdá”, 
asistente suyo, ofreció «m vida por aseguramos más am 



346 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


plias libertades políticas y un porvenir mejor. Y eso 
es absurdo, además de ridículo. 

Se acercaban nuevos tiempos. 

Cuestas iba a descender del alto sitio cuya posesión 
le costó tan grande renunciamiento de su investid un 
nacional. 

El problema de la futura presidencia, agitaba el am¬ 
biente político. 

Saravia y los suyos se consideraban fuertes con la 
posesión de seis departamentos, que les aseguraba una 
base de operaciones en cualquier circunstancia. 

Muniz continuaba su vida de dolor, en los campos de 
Bañado de Medina. 

Llegó por fin el mes de Marzo de 1903, en que el 
ciudadano José Ratlle y Ordóñez fue electo Presidente 
Constitucional. 

La ascensión de Batlle al Poder, no tardó mucho 
tiempo en disgustar al Partido Nacional, que comenzó 
a prepararse para el caso de un posible conflicto de 
poderes. 

La más sangrienta de nuestras guerras, está próxima 
a estallar. Saravia se dice sorprendido, y, sin embargo, 
espera los acontecimientos, confiado en sus fuerzas. El 
Presidente de la República piensa reconstituir la inte¬ 
gridad nacional. 

Muniz ha sido llamado para ocupar la jefatura de 
un ejército. 

Días de grandes dolores para la Patria, se avecinan 
en los últimos meses de 1903. 

El caudillo espera a que se le ordene volver a los 
campos de pelea. 

Muniz y Saravia van a encontrarse de nuevo en los 
combates, y otra vez Muniz le hará sentir el peso dp 
su valor y de sus instintos de guerrero, al caudillo del 
Cordobés, 


I Itlmn* rampnAnx y muerto «leí oninllllo 



CAPITCLO XXX 


Cnmpnñn <le I1MII (*) 


A finks de 1!)().'{, ii>ar»vÍH y su partido político habíanse 
levantado en armas, llegando hasta el pueblo de Nieo 
Pérez, donde las projtosiciones «le jtaz, aceptadas jstr los 
rev olucionarios y el Gobierno, detuvieron su avance hasta 
la Capital. 

A {tesar de esta momentánea suspensión de hostilida- 
«Jes, nadie se engañó resjtecto a la gravedad «le los mo¬ 
nten tos. i 

Por «leagratsn, en Enero «le 1!*04 estalló «le nuevo la 
guerra amenazando destruirlo t«nlo. 

No importa ahora «k»cir «piicn filé el culpable «le esta 
enorme desgracia que amenaza al País. Es más: (¿uizá 
no estaba la culpa en el momento en que se gestaba la 
nueva eontiemla; aquello era una consecuencia natural 
«le la {taz tirmadn por Cuestas y el nncioiialismo, en e! 
año 1HÍ17. 

[ja situación anormal que soportaban el País y el Poder 
Ejecutivo, no [Mtdría prolongarse cuando cualquier ciu¬ 
dadano, siempre «pie no fintse Cuestos, intentase hacer 
un gobierno nacional. 


( # ) Por ier oljrio ile un libro en prrpaiaríón, ti> • %$• baca «| iom 

plet® j analítico, da rala guerra; «-aludió f|«a, por otra parle, n» permita la natu. 
i«lrti de «iu obra. 




350 


Justino zavaLa muníz 


¿Que pudo resolverse esta situación, sin necesidad de 
hacerse por medio de la guerra? El conocimiento de 
nuestros hombres y de nuestra Historia, nos hace dudar 
de ello. Pero fuese quien fuere el culpable, lo cierto es 
que entristece ¡pensar en todo el mal que sufrió el País 
durante ese año nefasto. 

Libres de todo ¡partidismo; sin odios para ningún par¬ 
tido político en lucha, recordamos con inmenso do-lor a 
los miles de hombres nobles y fuertes, caídos en los cam¬ 
pos de pelea. 

¡áaravia, al frente d¡e los suiyos, está ya en armas y 
reúne un ejército que llegará a ser el más numeroso 
de cuantos han destilado por los campos de la Patria. 

Muniz, nombrado jefe del Ejército del ¡iáíur, avanza 
desde el centro de la República a encontrarse con su 
adversario. 

La desolación y la muerte, serán las huellas dejadas 
por esos dos ejércitos. 

No se hable de criminales, ni de hombres que se com¬ 
placen en tales ejercicios. 

Es la guerra, inexorable, cruel, alimentándose de (vidas 
I>erdidas estérilmente, y de miserias. 

Ya han pasado los tiempos; ¿ipor qué, ante tanto do¬ 
lor, continuar llamando criminales a los hombres que 
ofrecen también su vida en el campo contrario ? El color 
de una divisa, no da a nadie timbre de nobleza. Los 
partidos políticos son mejores o peores, según sus pro¬ 
gramas de gobierno; pero nunca porque sea verdad que 
en uno de ellos se refugien los más grandes valores mo¬ 
rales, y en el otro sólo existan el crimen y la desJealtad. 

Antes de toda palabra, declaro que en este instante 
siento tanta admiración por los héroes que cayeron en 
las filas de Saravia, como por aquellos que lucharon en 
¡los ejércitos de Muniz. Por eso no comprendo la indig- 


CRÓNICA DE MUNIZ 


:tói 

nidad de algunos escritores, que hablan de los caudillo» 
adversarios y sus soldadlo», falto» de todo re»|>eto para 
esos hombres que se sacrifican cumpliendo tul vea altas 
misiones sociales. 

Bu lo» primeros día» «le Kaeru, Muniz al frente de 
utia pequeña división, avanzalta sobre ferro I sirgo en 
busca de la» tropas revolucionarias . 

Aquello» hombres que ahora rodeaban a Muniz, la 
mayor parte de sus jete» y oficiales, nada de común 
teniau con él. Durante la paz que siguió al año 
lb‘>7, formóse una generación para ia «mal era de»cono- 
ciito el caudillo que permanecía olvidado en sus campos 
de Dañado de Medina o alejado en tierra extranjera. 
.Nuevos hombre» y nuevas idea», predominaban entonces 
en aquella columna eu marcha Inicia ferro Largo. Ya 
no es tan, como eu Arbolito, lo» veterano» «pie conocían 
nuh hazañas desde lo» tiemiMis primero» de nuestra» gue¬ 
rras. Kl coronel Aguiar, »u segumlo, había muerto |h>co 
unte» de esa teoliu. Frofecto, Lduvige», Ib mus Castillos, 
**Fusil”, lo» paÍMano» que olviiialmu su» munre» parti¬ 
darios pura seguir al «‘audillo, lian desaparecido de sus 
tilas. Solo, como en sus campo», marcha ahora Muniz, 
mandamio un ejéreito cuyos jefe» no pertenecen a su 
purtido político, y entre lu» euale» se díala de sus con¬ 
diciones de guerrero. 

Nuevo» hombres van a surgir a su lado y a hacerse 
dignos de da confianza que eu ellos depositará; pero 
también le aconi[>uñan otros, retóricua mocito» de ellos, 
que juzgan al guerrero inuupaz de dirigirlos, porque 
romo ellos él no sais* teorías sobre e»trategiu, y no luce 
el traje que corresponde a mi jeranpiía militar. 

B1 hogar, la esposa, sus cuatro niños, quedaron otra 
vez almidonado» jmr el hombre a quien acompañan sus 
hijo» mayores. Otra vez la guerra; y a«juel hombre fuerte 






352 


Justino zavala müniz 


abandona la vida de su (hogar y va a ofrecerse al par¬ 
tido que ahora defiende, arrastrando también a la lucha 
a los hijos en edad de combatir. Anciano ya; abatido 
por una enfermedad que le acosa, al frente de su pe¬ 
queña división, Muiniz se internó en los campos bus¬ 
cando a su adversario. 

Próximo a Santa Clara de Olimar, sus avanzadas le 
anuncian 'la cercanía de Sanavia. 

El caudillo nacionalista, aprovechando los elementos de 
que disponía en los departamentos en los cuales domi¬ 
naba su partido, había logrado reunir un ejército que, 
aunque mal armado, era de sobra numeroso para batir 
a Muniz. 

Cuentan los escritores nacionalistas, que al saberse en 
aquellas filas la ¡proximidad de Muniz y el escaso con¬ 
tingente con qiue se había aventurado en el seno mismo 
de los dominios saravistas, un entusiasmo profundo ani¬ 
mó a los revolucionarios. 

¡ Muniz había caído en sus redes! ¡ Ahora mostraría 
Sanavia el poder de sus talentos militares! ¡ Más de diez 
mil hombres, rodean completamente a sus dos mil; ya 
nadie podrá salvarlo! Y el enemigo comienza a cercar 
a Muniz, desafiante, arremetedor, pronto a terminar con 
el vencedor de Arbolito y Aceguá. 

Una noche alumbran los fogones de los perseguidos, 
en el seno del círculo tendido por 'Siaravia. A la ma¬ 
ñana siguiente, sólo las cenizas de esos fogones encuen¬ 
tran los nacionalistas, mientras los otros siguen viaje 
hacia el Sur. 

Entonces comienza una persecución tenaz, detenida 
unas (veces por la retaguardia del caudillo, mientras el 
grueso de las tropas continúa retirándose. 

Esa mañana ha de ser el combate; ya no podrán huir 
más ; con esperanzas como éstas, se detienen cada noche 


CRÓNICA DE MUNIZ 


353 

los persegu¡dores, para volver al otro día a marchar «le¬ 
tras del caudillo que los lleva hacia el ¡Sur, donde podrá 
volcar sobre ellos las fuerzas que le manida el Gobierno. 

Al paso de su caballo; enfermo, agobiado por el sueño 
y el cansancio, Muniz se retira al frente de sus hom¬ 
bres, «jue empiezan a admirar la serenidad de ánimo y 
el estoicismo de aquel viejo guerrero, l’na noche avan¬ 
zan los «leí Gobierno amedrentados |K>r la proximidad 
de los perseguidores. Nadie confía en la salvación; los 
soldados piensan en desertarse o tenderse a dormir en 
los campos «pie pronto invadirán los revolucionarios; no 
olwtante, algo les detiene en las tilas. Sobre su caballo 
. uniz continúa avanzando día y noche, sin ceder al 
tornar colectivo ni a sus dolores físicos. V la presencia 
del caiulillo levanta el ánimo de los guerreros que lo 
ven pasar a su liado. Kl sabrá salvarlos; hasta ver la 
lentitud con que marcha, pam salier (pie aún confia en 
el triunfo. V no sabían sus soldados, que aquellos dos 
hombres que marchaban junto al General, le llevaban 
las riendas mientras él, atudos los pies a los estriláis, 
avanzaba dormitando sobre el caballo de pelea. 

l’ua noclie duerme el caudillo en Nico l'érez, tirado 
en un viejo carruaje de camjm, pues su enfermedad le 
impide montar. Kn los fogones eorre ol rumor de «pie 
lo llevan muerto sobre su caballo, para <pu* al verlo na¬ 
die piense en huir. 

Algunos lo vieron i|wsar esa noche junto al camino, 
y aseguraron que llevaba el sombrero sobre los ojos para 
(pie la tropa no notase en ellos el signo de la muerte. 

Los centinelas ajwstados en las calles del pueblo, tie¬ 
nen la consigna de no dejar acercarse u nadie. Kn las 
sierras se sienten a los enemigos que ocupan sus posi¬ 
ciones, dispuestos a cercarlos. 

Nadie puede decir el pánico que dominó a los soldados 


21 



3.")4 JUSTINO ZA.VAUA. MUNIZ 

aquella nadie en que rodeaban al caudillo a quien 
creían muerto. Noche de inquietud y de miedo, fué 
para ellos aquella que les parecía víspera de un de¬ 
sastre. 

Era aún muy de mañana, cuando en las sierras 'co¬ 
menzaron a surgir los escuadrones enemigos, y en el 
ejército de M'uniz algunas tropas se colocaban estraté¬ 
gicamente. ¿Irían, acaso, a combatir, teniendo muerto 
a su General ? Tan triste retiexión hacíanse los soldados, 
cuando vieron a un jinete, vestido de campesino, galo¬ 
par trente a las líneas y ordenar los escuadrones. 

El ardor heroico dominó desde entonces entre aquella 
gente. El caudillo, como poseído por una voluntad sobre¬ 
humana, volvía a sentir en su cuerpo quebrantado, la 
fortaleza de sus mejores días. 

Sabedor de que ¡áaravia intentaba cercarlo en las sie¬ 
rras de láiosa, resolvió hacerle frente; pero el enemigo 
se detuvo ante su aparato de combate, permitiéndole 
continuar sui retirada. 

Así, alejándose poco a poco de los revolucionarios, 
Mimniz recorrió la distancia que existe desde Santa Clara 
hasta JMansavillagra, sin que los enemigos lograran dis¬ 
persarle su tropa, ni menos obligarlo a una fuga des¬ 
moralizadora. 

En .Mansavillagra, el Presidente bahía puesto a sus ór¬ 
denes das tropas y armas necesarias para batir a sus per¬ 
seguidores. 

La incertidumbre que reinaba sobre el éxito de este 
encuentro, puede percibirse a través de los telegramas 
publicados recientemente por “El Día”, de -¡Montevideo. 

La mañana del 17 de Enero, las tropas de Muniz y 
Sara vi a trababan un reñidísimo combate, que se prolon¬ 
gó durante varias horas, para terminar en una comple¬ 
ta derrota de los últimos. 


CRÓNICA DE MUNIÍ 


356 

Entonces comenzó la persecución tenaz, continua Ja 
durante todo el día y la noche, sin dar tiempo a loa 
revolucionarios ni siquiera para ifcseansur unas horas 
o alimentarse. 

(.‘uanilo recién anunciábase el día, el eco del cañón 
llenaba de {sínico a los saravistas que. cansados, amo¬ 
llen tos, sin fe ya en nadie ni en tuula, huían {>or los 
campos al solo anuncio de la proximiilad «le .Muniz. 

I*** puipeles se han invertido. l’or los campos donue 
antes pasaron los revolucionarios {>ersigu¡endo al caudi¬ 
llo, ahora destilan precipitadamente, oyendo a cada ins¬ 
tante la misma frase latidica: “¡Ahi viene Muniz I* . 

aravia cayo en el lazo «pie le tendieron sus enemi¬ 
gos. Huir; huir siempre y sin desmano, es tod*» lo que 
puede hacer ahora ante la presencia de su adversario 
que anuncia asi su {lersenución: “Continuo persiguiendo 
rumbo al Cordobés, por el paso «le San Juan que va¬ 
dean* dentro de dos horas. Allí esta Sara vía. fu siento 
timtear mis vanguardias”. (di) 

V viene entonces el constante correr |>or los cumpos, 
huyendo siempre ilel caudillo a quien se pensó vencer 
tumlmente. , 

Mnnsavillugru fue nuia completa derrota. Más lo es 
aun 11 leseas, que termina de desalentar aquellos hombres 
que sólo cuntían ya en sus caladlos para librarse del 
contacto ile todas las horas. 

Asi, presas del desaliento, sin ánimos para rcHÍstirse, 
ilumina* los por el luiinhre y el sueño, vimos destilar u 
los cuutn> illas de MaiM.iiviiiagra, a aquel ejército de re 
vol tic ¡únanos. 

Era una nuiñana «le lluvia. El «smtiuuo pisar «le los 
caballos, había salpicado los frentes de las nasas con el 
bam> de las calles. En Meló, el pueblo blanco, yo vi 
destilar al gnlojie a aquellos guerreros que llegaban hasta 



356 


JUSTINO Z AVAL A MUNIZ 


los balcones en los que las mujeres les ofrecían divisas, 
ropas, un l>ocado, unas monedas. 

Tasan escuadrones y escuadrones, siempre al trote lar¬ 
go de sus caballos, bajo el cielo gris de aquella mañana. 
Invaden la plaza; suben por las aceras, huyendo del ene¬ 
migo que se acerca. 

¡Qué compasión inspiraban aquellos guerreros, quién 
sabe entre eLlos cuántos eran los héroes, galopando por 
las estreelias calles del pueblo! 

Edi el balcón, mi madre alcanzaba monedas y pan a 
los que se lo pedían. Yo estaba a su Lado, sin com¬ 
prender el dolor de aquel destile de paisanos en cuya 
persecución corrían los hombres de mi abuelo. 

Un hombre subió la lacena y extendió la mano; mi 
madre le alcanzó una moneda. Quitóse el sombrero, y 
ya se alejaba, cuando otro soldado le gritó: 

—“¿Sabes a quién 'pediste? A la hija del que nos 
viene corriendo. 

—“¿Qué queres, hermano?, cuando el hambre mata...”, 
respondió el infeliz, mientras se alejaba de nosotros. 

“¡Muuiz! ¡Ahí viene Muuiz!”, oíamos decir a cada 
instante a aqueLlos hombres que parecían dominados por 
el terror. Entonces comprendí, al oir nombrar de tal 
modo a mi abuelo, la triste misión de los caudillos. 

Aun no se habían borrado en los rostros de las ma¬ 
dres y las novias las huellas del llanto qiue produjo el 
breve abrazo de los hombres que volvieron a partir, 
cuando en las calles del pueblo los clarines de Muuiz 
elevaron las notas alegres de sus dianas. 

Y volvió el precipitado galopar por las calles, y se 
llenaron otra vez mis ojos infantiles de visiones gue¬ 
rreras. 

Acompañado por mi madre, íbamos dejando a nuestra 



CRÓNICA DE MUNIZ 


357 


espalda los escuadrones que avanzaban por el camino 
bordeado de euoalliptus, que va de Meló hacia el Este. 

Nos dirigíamos a abrazar al abuelo. 

Bajo una enorme «piedra a cuya sombra se protegía, 
el caudillo, poseído de cólera, había dado orden de que 
nadie se acercase. 

Debido a un jefe que no cumplió sus órdenes, Saravia 
pudo escapar por el Paso de la ■Cruz 

Es verdad que debía considerarse vencedor después de 
Mlansavillagra e Illeseas, y de la fuga en derrota a que 
había obligado a su enemigo. Pero él pensaba terminar 
la guerra en el Paso de la Cruz. 

No ipudo ser. 

Con el sombrero sobre los ojos; sentado a la sombra 
de aquella piedra; severo el gesto y recomentrado en 
sus pensamientos, así vimos a Mnnniz cuando llegamos 
cerca suyo. 

Cor entre las sierras, destilaban las columnas, con sus 
caballadas, sus banderas desplegadas al viento, sus ca¬ 
ñones describiendo un círculo en derredor del caudillo 
y en el mayor silencio, como si los guerreros no «pu¬ 
sieran turbar sus meditaciones. 

Muniz continuaba enfermo y agobiado por sus dolores 
físicos; no obstante, sólo le preocupa ha la idea dle en¬ 
contrar de nuevo a Saravia. 

Viéndolo en medio de aquellos hombres extraños, con 
sus arreos de guerra, sentimos lejos de nosotros al abue¬ 
lo. Entonces sólo admirábamos, en silencio, al caudillo. 

Volvió a alejarse su ejército en busca «leí enemigo, 
mientras en el pueblo blanco, bus mujeres lo injuriaban 
como al causante de tanto mal. Es M-uniz, tenaz, im¬ 
placable, que persigue a sus padTes, sus esposos o sus 
hijos. El. siempre él; como si ningún otro general hi- 



358 


JUSTINO Z AVAL A MUNIZ 


ciera la guerra; como en Arbolito, en Aceguá: Muniz, 
siempre Muniz. 

Así piensan las desconsoladas mujeres, olvidando en 
el egoísmo de sus amores, qiue como ellas hay una es¬ 
posa y una hija, que lloran también por la suerte del 
caudillo, y que él mismo, durmiendo en pleno campo, 
bajo las lluvias, arrastrando su ancianidad y sus dolores, 
va expuesto a. morir como los otros, y como sus propios 
hijos, ofrecidos a lia guerra. Olvidan que en medio de 
la pelea, Muniz salvó a un bravo muchacho (*), por¬ 
que fue amigo de su padre, y que a nadie más que 
a él, le díñele aquella vida fuerte y terrible. f?lus vir¬ 
tudes de guerrero, le valen esos odios. 

Es la guerra, que endurece las almas; turba las con¬ 
ciencias, y engendra odios irreductibles. 

• 

* * 


Snravia logró escapar de la persecución de Muniz y 
dirigirse hacia el Sur, alejándose siempre de su temible 
adversario. 

En los campos de Fray Marcos, poco tiempo después, 
las tropas revolucionarias alcanzaban una completa vic¬ 
toria, deslindando a las fuerzas dil general Melitón 
Muñoz. 

A las puertas de Montevideo, sobre un cuerpo de ejér¬ 
cito bien municionado, los nacionalistas vencieron fácil¬ 
mente. llegando a conquistar los cañones y el parque 
enemigo. 

El pánico cundió por todlas partes. Eos amigos del 
(«obierno, temían que Saravia atacase la Capital o apro- 


(‘' Francisco Olivera (hijo). 






CRÓNICA DE MUNIZ 


359 


vechara, en todo cuanto podían ser, las ventajas de su 
triunfo. Pero bien pronto se supo que Swravia tomaba 
rumbos al Norte. 

Era Muniz que volivía sobre él. 

A pesar de la falta de caballadas de que padecía, 
el ejército del caudillo emprendió de nuevo la persecu¬ 
ción del enemigo, que continuaba internándose siempre 
hacia el Norte, con la esperanza de alejarse de aquél. 

Aun cuando no hubieran sido muv importantes las 
ventajas militares obtenidas en el combate de Fray 
Mareos, era indudable el efecto moral que tal berilio 
produjo en las filas gubern istias. Entonces el jefe de la 
Revolución contaba con un ejército numeroso, armado 
en erran parte, y alentado por los recientes triunfos. Pero 
detrás suyo, se sabe que marcha Muniz; es necesario 
alejarse. 

Eran los últimos días de Febrero, cuando Saravia 
comenzó a tener noticias concretas de fin ejército que 
avanzaba siguiendo sus huellas. Muchos afirmaban haber 
visto soldados en cuyas divisas se leía: “Ejército del 
iSfur’’. Pero él no creía, sin embargo, en que pudiese 
ser el “Ejército del Sur’’ el descubierto por sus reta/- 
guardias. Parecíale imposible una marcha tan rapidla de 
aquel enemigo a quien se sabía completamente a pie. 

Grave error. 

Ern la tarde del 1." de Marzo, lias avanzadas de Muniz 
tiroteaban a los suyos en las proximidades del Paso del 
Parque, sobre el río Paymán. Y a la mañana siguiente, 
sorprendiendo a los revolucionarios, la vanguardia de 
Muniz avanzó sobre el paso, dando principio al combate. 

Fue una lucha heroica. Ansiosos los gul^ernistas por 
aprovechar la sorpresa, acometían a los de Sara vi a que 
intentaban, en desesperados esfuerzos, defender sus po¬ 
siciones. Van llegando al campo de la lucha loe escua- 




360 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


dron-es de Mluniz y fortaleciendo sus líneas, sin que les 
sea posible arrollar a sus enemigos que fuellan 'heroica¬ 
mente ipor salvarse de aquel desastre que se cierne sobre 
ellos. Un hijo del caudillo, Santos, acababa de caer he¬ 
rido de bala en el rostro, cuando el padre llegaba junto 
a su vanguardia. Sin detenerse más tiempo que el ne¬ 
cesario para reconocer el estado de su hijo, continuó 
avanzando Muniz, mientras sus escuadrones comenzaban 
a forzar el paso. 

Por fin, después de un constante luchar, en el que 
s- sucedieron los trágicos cuerpo a cuerpo, huyó el ejér¬ 
cito de Sara vi a abandonando en poder del enemigo nu¬ 
merosos prisioneros, v el cañón y parque conquistados 
en Fray Marcos. 

Otra vez Muniz malograba los triunfos de la Revolu¬ 
ción, y levantaba el ánimo de los partidarios del Go¬ 
bierno. 

Paso del Parque salvaba la situación de Fray ¿Marcos. 
Y era Muniz, siempre él, quien hacía sentir a ISaravia 
el poder de sus armas. 

Falto die caballadas y a causa de las grandes crecien¬ 
tes. la persecución hubo de hacerse con lentitud. 

Pasó un tiempo sin que volvieran a encontrarse los 
ejércitos enemigos. 

Imposibilitado para hacer con mayor eficacia la per¬ 
secución, Muniz permanecía al frente de sus hombres, 
mientras en sus propias filas la intriga y la calumnia 
intentaba desconocer sus ivalores y sus servicios. Mas, a 
pesar de tantas calumnias;, el Presidente confiaba en la 
lealtad del hombre a quien se atacaba, seguramente, por 
sus amores al Partido Blanco. Los jefes gubernistas que 
en esas toreas ocupaban sus horas de ocio, en las que 
sentirían el dolor de sin impotencia y su incapacidad, no 
admitían que los mandara un caudillo no afiliado a su 



CRÓNICA DE MUNIZ 


361 


partido político, y superior a ellos en virtudes morales 
y guerreras. Quien leyere los documentos que, (relacio¬ 
nados con estos 'hechos, se ipublioaron en “El Día” de 
Montevideo, no podrá ocultar su compasión hacia esos 
militares que sólo saben disertar sobre estrategia y abru¬ 
mar al Presidente con quejas indignas de un guerrero. 

Batlle, no obstante, confirió a Muniz el grado de Ge¬ 
neral de División. Nadie lo merecía más que él; sus de¬ 
tractores debieron pensar que en el ánimo del Presidente 
no impresionaban sus discursos sobre la “dignidad mili¬ 
tar” y otras necedades de que tanto hicieron uso. 

Justo es decir, también, que frente a esos militares 
sin prestigios y sin hazañas conocidas, que injuriaban a 
Muniz, militaban otros, entre los cuales se destacaba la 
figura de Pablo Galarza, el guerrero de más méritos y 
prestigios dentro de su partido, cuya adhesión al Gene¬ 
ral. fué siempre grande y constante. 

Bien se comprende el efecto que tales desavenencias 
producirían en el ejército de Muniz. 

A íjiesar de todo reanudaron, cuando les fué posible, 
la persecución de Saraviia, a quien volvieron a alcanzar 
en el paso de Palo a Pique, sobre el río Olimnr. 

Sin tiempo para evadir el encuentro, las últimas di¬ 
visiones vsaravistas tuvieron que resistir el empuje arro¬ 
llador de la vanguardia de Muniz, a cuyo frente Pablo 
Galarza imponía sus condiciones militares. 

He oído de boca del propio Muniz, recordar el dolor 
que le produjo la presencia de los jóvenes caídas en 
aquella jornada de desgracia para la Revolución. Nunca 
como entonces, decíame el caudillo, fué más cruel la 
guerra, cebándose en aquella juventud muerta gloriosa¬ 
mente por defender sus ideales partidarios. Cuando 
Muniz atravesó aquel paso, sintió con dolor su victoria 



362 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


obtenida sobre los jóvenes cuyos cadáveres encontraba 
diseminados en las barrancass. 

# 

* * 

Meses más tarde, la Revolución recibía un golpe fu¬ 
nesto en los campos de Masoller, donde fiué herido de 
muerte sai jefe. 

T/a paz volvió entonces al País. 

A pesar de sur glorias, no faltaron los libelos plenos 
de injurias para Muniz. Hombres sin conocimiento al¬ 
guno de nuestras guerras, o escritores empeñados en 
adquirir prestigios en su partido con calumnias para, el 
adversario, pretendieron desconocer los hechos del cau¬ 
dillo en la pasada contienda. 

En el próximo libro que he de publicar sobre estos 
sucesos, analizaré y probaré de manera irrefutable, el 
error o la mala fe de esos hombres. 

Sin embargo, hágase un balance de la actuación de 
los demás ejércitos, y se verá cómo cumplió Muniz con 
sus deberes militares: 

El general Vázquez, venció en Massoller a la Revo¬ 
lución, por haber sido herido allí Aparicio Saravia. 

El general Bena.vente, jefe de otro ejército, no dio 
ninguna batalla . 

El general Melitón Muñoz, sólo esperó a Saraivia para 
ofrecerle la más completa de rus victorias. 

El general Pablo Galarza, jefe entonces del “Ejér¬ 
cito del ISltir” abandonado por Mnaiiz, y en cuyas filas 
el caudillo colorado hiabía impuesto sus grandes condi¬ 
ciones de guerrero, resistió el ataque de Sarsavia en los 
campos de Tupainbaé, sin que una victoria definitiva se 
decidiera por ninguno de los combatientes. 



CRÓNICA DE MUNIZ 


363 


Estos fueron, en síntesis, los más importantes hechos 
de los eitados generales durante ese año de guerra. ¿Que 
no fueron mayores por especiales circunstancias? No es 
a nosotros a quien corresponde probarlo. No damos ni 
quitamos méritos; exhibimos los hechos, para juagar la 
actitud! del caudillo a quien se culpa de no haber lu¬ 
chado con bríos durante esa campaña.. 

Primero en Las Pavas, donde inició su retirada; luego 
en Mansa villagra, su primer victoria; Til escás, Paso de 
San Juan, Conventos, Paso del Parque y Palo a. Pique, 
he ahí los campos donde Muniz se acercó a Sarnvio. 
pana retirarse en el primer encuentro, v vencer en todos 
los demás. Todo esto, sin detenemos a hacer notar la 
importancia militar y moral de esos encuentros. 

Tjos colorados que por pasión partidaria acusan a Mu¬ 
niz de no haber terminado con la Revolución, deben pen¬ 
sar en estos hechos y, entonces, verán si son justos en 
sus críticas. 

Hay más: el ihecho de que sólo a él se cnulpe el no 
haber dado muerte pronta al levantamiento, prueba evi¬ 
dentemente de que sólo de él, y nunca de los otros 
generales, se esperaba ese triunfo. Porque, a ser de otro 
modo, ¿cómo no se hacen esas críticas a los otros gene¬ 
rales en campaña? 

Y en resumen, si aun quedaran dudas al res¡>ecto, ahí 
está la opinión del Presidente Batlle, que en medio de 
la lucha otorga a Muniz el grado de General de División; 
terminada aquélla, Jefe de 'la Zona Militar N.° 2, y más 
tarde, cuando su segunda presidencia, lo premia con el 
grado más alto del Ejército, ascendiéndolo a Teniente 
General. 

Cierto es todo esto, como lo es también, que el caudillo 
volvió a su hogar, débil su salud y amargado el espí¬ 
ritu por la ingratitud de los hombres. 






364 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Así terminó para él el año 1904, el último de sai vida 
de guerrero y en el cual sólo tendió sus líneas piara 
vencer. 

Por siempre terminaron Las gestas heroicas en nues¬ 
tros campos. La paz embotará la lanza de los caudillos. 
Así sea, para bien de la sociedad, hoy que sus tiempos 
y «u misión ha.n terminado. 

No les injuriemos. Ellos fueron factores de una fata¬ 
lidad (histórica, que debía cumplirse en estas tierras 
americanas. Pal vez con sus luchas echaron las bases 
de nuestro porvenir. 

Fueron nobles; creyeron en la santidad de la causa 
por la cual ofrecían hacienda y vida; ifuertes en el amor 
y en el odio, llenaron de romances heroicos nuestros 
campos. 

Sintiendo la misión que el presente nos confía, mire¬ 
mos ihacia adelante, sin olvidar que en la historia ¡de 
aquellos varones podemos encontrar ejemplos de una 
vida fuerte y generosa. 

AJguien lo lia dicho ya: “El arte tiene en él, pre¬ 
ciosa cantera humana ; sus fastos y sus gestos, son dignos 
de lia épica y del bronce”. (*). 


(*) Alberto Zum Felde: «Proceso Histórico del Uruguay*. 





CAPITULO XXXI 


1 ll linos aíiOM «le! caudillo 


L a guerra había dejado sus huellas de desolación, so- 
oie los campos de Bañiado de Medina. Libres de los 
alambrados, cuyos hilos se hallaban hundidos en las cu¬ 
chillas, señalando el lugar de un campamento, los ga¬ 
nados dispersáronse a su antojo (por las estancias ve¬ 
cinas. 

Uin año de guerra, fue para todos año de miserias 
y de inquietudes. Para el caudillo, cuyos trimmifos del 
Paso del Parque y Palo a Pique le dieron tanto renom¬ 
bre, significaba también, volver a su I>epartomento en 
cuyos bogares maldecirían su nombre, por haber acaudi¬ 
llado las tropas (pie les quitaron sus padres o sus hijos. 

Ingratitudes de unos y odios de otros, he allí el triste 
premio a tanto sacrificio. 

Modesto en su gloria, el caudillo tornó a la existencia 
laboriosa, a vivir de sus recuerdos y de sus sueños. 

Los tiempos cambiaban la fisonomía de los camjpos y 
el alma de los hombres. La soledad de la incompren¬ 
sión, acentuábase en torno suyo. 

Ya no están, como en las épocas de sus mocedades, 
'los gauchos que hacen menos tediosa la paz recordando 
los pasados días de ludia, mientras en cualquier pago, 
un caudillo espera la hora de volver a levantarse. ¡Cuán 



366 


JUSTINO ZAVALA MUNTZ 


difícil le es ahora, entre los hombres que le rodean, 
descubrir la verdad! El, que siemipre leyó en el alma 
de sus paisanos hasta sus más recónditos pensamientos, 
pues conocía su historia y sus pasiones, encontraba a 
su lado en los últimos taños, hombres cuya nobleza 
escondíase detrás del halago, que bien pudiera ser el 
arma de un adulador. 

Su andar vuélvese pesado, .porque la enfermedad que 
le azota tiende a ¡paralizar sus miembros. íáius rizos, que 
agitaron los vientos en los días de sus primeras hazañas, 
han encanecido, como su barba. Sólo el fuLgor de su 
i»irada recuerda ya al guerrero de Corralito y el Sauce. 

íwxleado tpor su esposa y sus cuatro hijos menores, 
Juan, Basilisa, Segundo y Eulogio, y por Alberto, que 
dirige los trabajos, el caudillo vive en su retiro de Ba¬ 
ñado de Medina, sin que puedan arrancarle de sus cam¬ 
pos ni los halagos de la ciudad ni los consejos de sus 
médicos. Allí está en su ambiente; la vida tranquila 
que le rodea, es más propicia tpara entregarse a sus re¬ 
cuerdos. El que nació de un romántico amor en la rin¬ 
conada de Olimar, y cuyos años transcurrieron en medio 
de la sociedad libre y fuerte de los campos, enfermaría 
de tedio, de seguro, si permaneciera largo tiempo en La 
ciudad. El no comprende otra vida que aquella, bajo 
el eielo abierto en el cual ve sucederse los soles, y en 
medio de la soledad apacible de sus campos, testigos de 
toda su vida. 

Y mientras él se detiene, como si esperase el momento 
de desaparecer, transcurren los años y los campos van 
perdiendo la fisonomía de su época, para (pie nada reste 
de todo cuanto amó. 

A veces, salido de .un rincón donde resiste a su an¬ 
cianidad, un viejo conocido llega hasta la estancia del 
caudillo, a remover recuerdos y pasadas historias. Pero 



CRÓNICA DE MUNIZ 


367 


la muerte comienza a llegar a los ranchos donde sueñan 
esos viejos. 

Don Ramón, el que esperó las diligencias junto a la 
torre de su casa, se ha ido con la visión del camino 
desierto, por el cual ya no pasan los carruajes, ni las 
carretas, inutilizados por el ferrocarril. 

Desgajados los árboles agonizantes sobre los pastos que 
ahogan sus raíces; cubierta de yuyos la quinta, en otro¬ 
ra alegre con el verdor de los anaizaiLes; sucias y resque¬ 
brajadas las paredes de la casa; desierto el rojo camino 
al que aún dan sombra los eucaliptos, así quedó aquella 
cuchilla en ia cual tantas veces reuniéronse los gauchos 
a esoucüiar a Cortés “El Payador” evocar su tragedia; 
para ver cómo Tomás Moreira desaliaba a los policías, o 
escuchar las anécdotas de Oribe que don Ramón repitió 
en las tardes, a la sombra de los paraísos. 

¡Todo cambia a su alrededor! 

Nuevos hombres que no saben su historia; que ignoran 
que una mañana entró seguido de Mansilla por las calles 
de Meló a ofrecer la vida por ser tiel al caudillo 
blanco, dirigen ahora a las multitudes que ya no pien¬ 
san en guerras. Los “hombres cultos”, en el noble afán 
de educar en la paz a las nuevas generaciones, hieren 
con siuk ataques y desprecios a los gauchos como él. 

Eil ferrocarril y el automóvil, cruzan los campos en 
los que se detuvo tantos mediodías la carreta de duian 
Alejo o dtel “Mulato Perico”. 

Solo, como un recuerdo de tíenqjos lejanos que de 
pronto 9urge en nuestra memoria, así sentíase el caudi¬ 
llo en medio de una sociedad cuyos valores morales 
habían cambiado. 

Ya no es ley el valor, ni da honores una cicatriz 
eomo aquella que en su frente dejó Feliaberto “Pelo 
Largo”. Enmudecieron las guitarras, a cuyos sones iban 



368 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


los payadores de estancia en estancia; de reja en reja, 
cantando en sus trovas las hazañas de los héroes. 

Muy de mañana, el caudillo subía sobre su caballo y 
alejábase por los campos de su estancia, sin permitir 
que nadie le acompañase. 

Muchas veces, huésped suyo, le vi ascender al paso 
de su cabalgadura las cuchillas y detenerse en ellas du¬ 
rante largo rato. 

Era un hábito nunca olvidado, estos paseos de las 
mañanas, que repetía cuando en las tardes el sol empe¬ 
zaba a declinar. Se diría que espoleado por sus re¬ 
cuerdas, buscaba la soledad de las lomas para entregar¬ 
se a ellos. Al verle sobre su caballo, firme en los es¬ 
trilas; alta la cabeza, como si hubiese rejuvenecido de 
pronto, daba la sensación de que un instante la dicha 
sacudía su alma. 

Solo con sus recuerdos, visitaba las llanuras y cuchi¬ 
llas que tantas veces recorrió en su juventud y en las 
que ahora cada una de ellas había de remover quién 
sabe cuántas visiones. 

Algunas tardes lo vi llegar con el sombrero sobre los 
ojos, en los que acaso asomara una lágrima. Es que en 
su paseo había llegado junto al lugar donde una ma¬ 
ñana enterraron a “Fusil”, o detuvo su caballo frente 
a la piedra que el hijo de Profecto colocó sobre la san¬ 
gre de su padre. 

En las campos que abarcaba con la vista desde la 
cumbre del Cerro de Medina, veía surgir las visiones de 
sus tiempos de lucha. 

Allá, en la lejanía, el Cerro Largo, donde estuvo la 
estancia de don Angel, y a cuya espalda extendíase el 
campo de Arbolito. Hacia el Suroeste, los eucaliptos 
ascendiendo hasta la cumbre de la cuchilla donde se al¬ 
zaba la abandonada casa de don Ramón, en la que se 




CRÓNICA de muniz 


:iG9 

hallaron las cenizas de Segundo. Más cerca, en forma 
de círculo extendiéndose en sus campos, como para herir 
todos los días su memoria, la loma donde un día un 
cura campesino consagró su unión con Eufemia en pre¬ 
sencia de don Angel, un amigo y sus hijos; la cuchilla 
en la que pudrieron los huesos de “Fusil”, muerto por 
salivarlo, y en el fondo, allá en la rinconada dei Ta- 
cuarí y Bañado de Medina, el álamo junto al rancho 
del que fuese para siemipre Justina, cuando en la casa 
cercana Prefecto acabó su vida en los brazos del cau¬ 
dillo. 

A ñnes del año 1910, un nuevo levantamiento lo alejó 
de su hogar. 

No tardó anuolio tiempo en volver sin haber combati¬ 
do. El País resistía a la guerra. 

Después, Batlle lo nombró Teniente General. Pero su 
vida estaba terminada. 

Su lanza, teñida con la sangre de Arbolito, perma¬ 
necía olvidada en un rincón de su alcoba. 

Pasaron los tieminis en que Rosas Castillas se honraba 
con llevarla en las marchas, provocando los celos de 
‘‘Fusil”, (fute reclamaba para sí tanta honra. Entonces, 
la mayor 'parte de los que la veían arrinconada a la 
espalda del caudillo, ignoraban q>ue fue de uu enemigo 
muerto en el Sauce, y que había recorrido tantas ’.eces 
los campos del País. 

Algunas noches, a la cabecera de la mesa después de 
la cena, el caudillo evocaba su historia. Al verlo, con 
sus rizos blancos corno su barba; bajas los ojos, mientras 
sus labios trémulos nombraban a Don Angel, sentíamos 
que estábamos junto a un patriarca. Don Angel, Fermín 
Yáñee, Feliciano “El Callao”, “Fusil”, Prefecto; sur¬ 
gían los nombres de los héroes, de boca de aquel testigo 


24 



370 


JUSTINO ZAVALA MUNlZ 


de sujs hazañas. Pero jamás le oí recordar la figura 
enigmática de Julián Ramírez. 

No pude saber qué extraña preocupación hacía al hijo 
olvidar el nombre de su padre. 

* 

# # 

La mañana del 5 de Diciembre de 1914, los caballos 
en el corral anunciaban una £aen;a de campo. 

Avisados de que habría hierras esa mañana, amar¬ 
gueaban en el fogón los peones a los cuales se habían 
reunido algunos vecinos, deseosos de participar de la 
fiesta. t 

Aun no había aparecido el sol sobre los campos, cuan¬ 
do Jos hombres se pusieron de pie al oir la voz del cau¬ 
dillo que esperaba su «aballo. 

Pocos momentos después, una alegre cabalgata se ale¬ 
jaba de las casas, siguiendo a Muniz y su hijo Alberto, 
directores de la faena. 

Todos los rostros denotaban alegría, y era porque para 
nuestros paisanos, un día de hierra lo es de ruidoso re¬ 
gocijo, en el cual se mezclan las hazañas de los “pela¬ 
dores” con los sobresaltos de los “maturrangos”, y las 
bromas de los peones con las del dueño de los ganados, 
que quiere merecer el elogio de su generosidad y bonilio- 
mía. J>a hierra es quizá, la tarea que más regocija a 
los paisanos. Olvídanse ese día 'las distancias que sepa¬ 
ran al estanciero del peón, y hasta se hace número obli¬ 
gado de la fiesta, el que alguno de los trabajadores 
pierda el sentido a fuerza de tanto “aceptar tragos”. (*) 


(*) Es costumbre, en estas faenas, obsequiar con un sorbo do alcohol al que 
hace un buen tito de lazo. El ofrecimiento de la botella, tiene su frase consagrada 
«Valió un trago». A lo que se contesta siempre: «Venga de ahí, aparcero». 



CRÓMICA DE MUNIZ 


371 


Las nubes de tormenta que ocultaban el sol, hacían 
más fresco el ambiente. 

Comenzaron a separarse en pequeños grupos los jine¬ 
tes y galopar en distintas direcciones, mientras Muniz 
y su hijo menor, Eulogio, continuaban dirigiéndose ha¬ 
cia un grupo de ganado que se veía en el confín del 
potrero. , 

Despertaron sorprendidos los animales, por las voces 
ruidosas de los hombres que galopaban por las cuchillas 
azuzando a los caballos para infundirles La nerviosidad 
necesaria para el trabajo. 

Las voces y los silbidos de los hombres, confundíanse 
en aiegre desconcierto con el ladrido de los perros y el 
mugido de las vacas que corrían en dirección al rodeo. 

Con tan ruidosa alegría animóse en u¡n instante aquel 
potrero, por el cual Miuniz y su hijo, eran los únic«s 
que marchaban despacio. 

Desoyendo los consejos médicos, el caudillo continua¬ 
ba sin interrumpir sus paseos a caballo, como si más le 
importara gozar de las bellezas de la soledad de aquellas 
lomas, que su ipropia vida. 

Aquella mañana se hiabía sentido mal, y, no obstante, 
o tal vez por ello, pidió su caballo para dirigir la hierra. 

Cuando llegaron sobre la cumbre de una pequeña loma 
junto a la línea del ferro-carril, Aluniz, indicando a su 
hijo los ganados, Je ordenó correr en su busca. 

Partió al galope el muchacho, uniendo su voz a Jos 
gritos de sus compañeros, (pie ya corrían detrás de los 
ani nuiles. 

El caudillo comen/é a descender la loma, como si merui 
a bajarse junto a una zanja que se abría aJ costado de 
la línea del ferro-carril. Algunos perros rodeaban su 
caballo. 

En ruidoso tropel empezaron a surgir en la cuchilla 


JUSTINO ZAVALA MÜNÍZ 


1372 

del rodeo, los ganados con sus cabezas blancas, huyendo 
de los hombres que revoleaban sus lazos y gribaban de¬ 
trás de ellos. 

Cuando todo estuvo pronto para dar comienzo a la 
hierra, alguien notó la ausencia del caudillo, y fué en 
6n busca. 

Sobre el borde de la zanjia que acababa de transponer 
con el caballo de la rienda, acostado, con los ojos puestos 
en el cielo, encontró el jinete al caudillo, cuya inmovi¬ 
lidad anunciaba su muerte. 

(Callaron las voces alegres; galoparon con el alma con¬ 
tristada los paisanos, hasta aquella zanja donde bajáron- 
se, quitados los sombreros, para recoger el cuerpo del 
héroe. Mas. los iperros, movidos por no sé qué miste¬ 
rioso dolor, aullaban junto al cuerpo de Muniz, impi¬ 
diendo acercarse 1 a los hombres. El caballo pacía tran¬ 
quilamente, como esperando a que su dueño volviese a 
montarlo. 

Bajo el cielo gris de aquella (mañana de Diciembre, 
cruzaron los campos, los hijos y los paisanos del caudi¬ 
llo, cuyo cuerpo llevaban tendido en sus brazos. Entre 
ellos saltaban los perros pretendiendo lamer las manos 
de su dueño. 

Subieron y bajaron idos lomas los hombres que lleva¬ 
ban al guerrero en medio de sus llantos, mientras los 
ganados se alejaban tranquilamente del rodeo, donde se 
acallaron las voces alegres de los 'hombres. 

Ha muerto el caudillo. 

Abatióse por fin aquella vida de 77 años; vida fuerte 
y heroica, sobre lia que extendíase coimo una sombra trᬠ
gica el recuerdo de Julián Ramírez. 

Repentinamente enmudecieron los campus de Bañado 
de Medina. 


CRÓNICA DI MUNIZ 


373 


Los <ruie salieron en aleare cabalgata, vuelven a la 
estancia en nna procesión de dolor. 

El cielo estaba gris; las cuchillas azules cuando sobre 
ellas caía el sol, eran entonces sombrías... 

Rodeado por los cirios mortuorios, descansaba el cau¬ 
dillo, sereno el semblante, como si la muerte hubiera 
sido para él un dulce sueño. 

En las lomas, las nubes se deshacen en lluvia. 

El último caudillo de la tierra, ha muerto. 

Como su padre; como Julián Ramírez, él también des¬ 
apareció cuando nadie lo esperaba. 

En los fogones de antaño, el forastero podía oir el re¬ 
lato de las hazañas de Julián Ramírez; en los de hoy, 
aún lloran los paisanos la muerte de su hijo. 

Si alguna vez el lector llega a los campos de Bañado 
de Medina e interroga a los paisanos sobre hechos gue¬ 
rreros. le dirán; 

“Allá, a lo lejos, en aquella casa que se ve blanquear 
entre los árboles, junto al cerro que interrumpe brusca¬ 
mente las llanuras, en la cumbre más alta de esos cam¬ 
pos. allí filé la morada del caudillo”. 

Y le contarán la historia del héroe, a quien lloran 
aún. como si hubieran quedado huérfanos de gloria. 




Documento* «le prueba 



Documento» de prueba 


1 

Comisión Directiva del Partido Nacional.—Cerro Largo. 

Meló, 4 de Agosto de 1887. 

Señor don Justino Mutniz: 

Bañado de Medina. 

Esta Comisión ha resuelto citar a todos sus miembros 
para la reunión que tendrá lugar el día 23 del corriente 
mes en esta Villa, a las 7 de la noche, en el local de 
costumbre, para resolver sobre la legalidad die la elec¬ 
ción del Directorio del Partido Nacional, celebrada por 
la Convención el día lí) de Junio ppdo. Se ruega la 
asistencia de 'usted! a este acto, por la importancia ca¬ 
pital que reviste; sirviéndose asimismo acusar recibo 
o portu-n amiente de esta comunicación. 

(Saluda a usted atentamente. 


J. Guerrero, 

' Vicepresidente. 

Dalmiro Coronel, 

Secretario. 


♦ Nota.— La reunión se celebrará el día 23 .—El Secr 
torio ^ 



378 


JUSTINO Z AVALA MUNIZ 


2 

Montevideo, 22 de Diciembre de 1887. 
Señor Coronel don Justino Muniz. 


Cerro Largo. 


Estimado compañero y amigo: 

El portador de la presente es nuestro compañero de 
sacrificios, mi pariente el Coronel Benjamín Olivera, que 
ha sido nombrado Jefe Político de ese Departamento; 
por la amistad que me liga con usted, me permito re¬ 
comendárselo mucho, suplicándole le preste su valioso 
concurso, seguro de que tendrá en él un excelente amipo 
que satisfará sus deseos, como el de todos los habitantes 
de ese Departamento. 

Le deseo felicidad y mande a éste su: amigo que lo 
estima. 


José f’avi nill'oi. 


3 

Señor Coronel don Justino Muniz. (*) 
Querido Coronel: 


Como ya lo sabe, triunfamos aquí. Me vi en apuros 
cuando don Alejandro se rehusó a aceptar, le 'hice te- 


o Carta escrita con motivo del nombramiento de don Alejandro Bresque, ciu¬ 
dadano de grandes méritos en el Partido Nacional, para Jefe Político de Cerro Largo. 




CRÓNICA DE MUNIZ 


379 


legrarrms en sil nombre y en el mío, v le hice hacer por 
/varios amibos y tamlbién por los doctores Rodríguez 
Larreta y don José Pedro Ramírez. Al fin aceptó el 
hombre, sacándonos de la terrible incertidumbre en <rne 
estábamos. 


El doctor Aguirre secundó enérgicamente cuando llesró 
la oportunidad, mis trabajos, deseando corresponder al 
podido que usted le hizo en su consabida carta. El 
hombre, pues, se calentó a última hora, y sirvió de mu¬ 
cho, de manera oue considero de buena política que le 
haga cuatro líneas agradeciéndole su valioso concurso y 
reiterándole la promesa de que usted y las amigos de 
Oerro Largo, servirán siempre a la buer.n causa que re¬ 
presentan los amigos de lia Cámara. 


Usted y sus anderos deben hacerle ver a don Alejandro 
que nadie le ayudará miejor a hacer una buena admi¬ 
nistración que aquellos que han deseado siempre la feli¬ 
cidad del Departamento, que son usted v demás amigos, 
y por eso han trabajado todos, y usted, en primera lí¬ 
nea, por su candidatura. iSlólo así podrá servir todo el 
elemento de Oerro Largo a sostener con energía al Go¬ 
bierno y a servirnos a nosotros de base para fu/turas 
combinaciones en bien de nuestro partido. 


Acepte un fuerte abrazo de su amigo y S. S. 


J. J. Hequndo. 
Montevideo, Marzo 22-90. 






380 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


4 

Señor Coronel don Justino Muniz. (*) 

Meló. 

» 

. Montevideo, Marzo 22|90. 


Estimado amigo: 

Aunque no contesté su carta que me fue entregada 
lia noche del banquete al dóctor Herrera, ya habrá usted 
visto ipor los hechos, que metí el cuerpo para conseguir 
lo que ustedes deseaban ¡y era bastante difícil de al¬ 
canzar por los compromisos anteriores que bahía. Algo 
ha habido que prometer, como creo que se lo diría Se¬ 
gundo antes de su salida de ésta. Espero que la solu¬ 
ción alcanzadla, sea para bien de todos y que mediante 
ella se consiga el acuerdo y unidad que en esta situa¬ 
ción necesitamos mucho más que en la anterior, por lo 
mismo que las esperanzas favorables son mayores. Tengo 
el gusto de repetirme su atento servidor y amigo 

1/. Aguirre. 


5 


.Señor don José A. Zavala. 
Mi querido amigo: 


Pasando a otra cosa le diré, que por aquí no hay 
novedades, sino la actitud del elemento oficial contra la 


Ca^ta escrita con el mismo motivo de U anterior. 




CRÓNICA DE MUNI2 


381 


candidatura Tajes. Parece que la destapada prematura 
del titulado Directorio Nacionalista, le ha hecho mucho 
mal. Se están dando el contra fuego. También los blan¬ 
cos de aquí, en general, y particularmente la Comisión 
Departamental, y la mayor parte de las seccionales, es¬ 
tán resentidas con el Directorio, y piensan contestarle 
invocando su autonomía, que no ha sido consultada, y 
pretende atar al partido a aquella candidatura sin espe¬ 
rar las demás que se proclamen y especialmente la que 
oficialmente proclamó el gran Directorio del Partido Co¬ 
lorado, recientemente constituido con acuerdo de todo el 
País -colorado. 

Por lo que 'hasta ahora se ve, si el oficialismo que es 
poderoso no cambia, aquella candidatura está muerta. 
Aquí se ha comentado con risa la proclamación ridicula 
de tal candidatura por el elemento minorista, que carece 
de elementos propios para contribuir a su triunfo. 


Me figuro que los anarquistas que bajo el pretexto de 
conciliación tratan de debilitar nuestros elementos, no 
habrán adelantado un paso en su afán desquiciado^ |K>r 
servir planes de aquí que avergüenzan porque quieren 
presentar a nuestros ihomibres como suizos enganchados 
al peor elemento del Partido Colorado. Iíay que hacer¬ 
les el vacío pana que sufran un (verdadero desengaño, y 
se acaben de convencer los blancos y coloradas de aquí, 
que el único elemento que ahí vale por sus cabales, es 
el que encabeza nuestro amigo el Coronel Muiniz. 


En fin, ustedes ahí saben lo que hacer, y hoy como 
siembre, les darán a los encarnizados enemigos, uda lee- 







382 


JUSTINO ZAVALA MIJNIZ 


ción de mayoría y de habilidad .política en materia elec¬ 
toral. 


y usted mande a su siempre affmo. amigo y S. S. 

J. J, Segundo. 

Montevideo, Octubre 2-93. 

6 

Meló, 8 de Noviembre de 1893. 
Señor Coronel don Justino Muuiz. 


Aceguá. 


Estimado coronel y amigo: 

El desarrollo de los sucesos políticos, en la localidad, 
asegúranos el triunfo en da próxima contienda comida!. 
Los minoristas luán proclamado la abstención, sin duda 
porque se encuentran débiles ipara presentarse en el cam¬ 
po de la lucha o porque existen divergencias en sus 
tilas respecto de candidaturas a la Representación Na¬ 
cional. Puede ser, sin embargo, que a última hora se 
decidan a votar. Los separatistas, con Manuel Ibarlucea 
a la cabeza, aun cuando no tienen elementos con que 
ir a las urnas, y coimo audaces que son han proclamado 
candidatos para diputados a Alberto Had omeque, Manuel 
Herrero y Espinosa y Juan José de Hererra. Esta gente 
lo que quiere es meter .barullo, aunque no obtengan 
resultado. Sus trabajos tienen mucho de ridículo por 



CRÓNICA DE MUNIZ 


383 


no decir die gente que no sabe lo que hace, o que ha 
perdido el juicio. Acabo de recibir carta de .Montevi¬ 
deo, en donde se me dice que los empleados y oficiales 
de línea que andan metidos en política serán llamados 
al orden. Por lo pronto, Gamarna lia sido puesto a 
medio sueldo; Ibarlueea es (probable que sea trasladado 
a Treinta y Tres, y algunos otros serán también tratados 
como se merecen. Ya ve, mi amigo Coronel, que todo 
nos viene favoreciendo en nuestros trabajos, así es que 
el triunfo no será dudoso. 
iSin más lo saluda afectuosamente, su amigo y tí. 8. 

Gumersindo Collazo, 

Jefe Político de Cerro Luyo. 


Señor Coronel don Justino Muniz. 

Querido Coronel y amigo: 

. • i» 

Por diversos conductos he sabido ayer el señalado 
triunfo que usted y sus amigos de ese Departamento 
han alcanzado en los comicios, aplastando una vez por 
todas a sus gratuitos y pérfidos enemigos. Por la parte 
importante que me cabe en el triunfo de ustedes, le 
ofrezco lina vez más mi profunda gratitud y la de mi 
familia, con la formal seguridad de que me esforzaré 
por hiacenne digno de la confianza que a usted y sus 
amigos les merezco. 


Para mí, los tajistas son pan comido. El mentao de 
don Melitón no le quedó otro recurso que ganar su 




384 


JUSTINO ZAVALA MÜNlZ 


estancia. Sus amigos fueron vergonzosamente derrota¬ 
dos. N'o hubo un sólo voto en contra del Gobierno. 
Yo ihice votar en Canelones los blancos de las sec¬ 
ciones de Santa Lucía y San Jacinto, por la lista del 
Gobierno, porque esa responde al nuevo Presidente, que 
yo deseo triunfe para asegurar más todos los elementos 
que administran el Departamento de Cerro Largo, y ob¬ 
tener las demás ventajas ipara los amigos. El Presidente 
quedó muy agradecido de su actitud al acatar y ofre¬ 
cerse con sus amigos todos de Cerro Largo, que bien 
puede decirse que forman un ejército, a sostener el prin¬ 
cipio de autoridad. Su declaración fue publicada por el 
Gobierno y muy bien recibida por todos. 


J. J. Segundo. 


Montevideo, Noviembre 27-93. 

8 

tóleñor Coronel don Justino Muniz. 
Querido Coronel y amigo: 


Respecto de sus recomendados los señores Rosas Cas¬ 
tillos y don Juan M. Bresque, me preocupé de su en¬ 
cargue, y como el Director de Aduana anda por el Salto, 
lo vi al Presidente y en el acto ordenó que no los re¬ 
moviesen de sus puestos, y que si por un evento ya 
loe hubiesen trasladado, que sin demora los hiciesen re- 





CRÓNICA DE MUNIZ 


385 


presar. El Presidente se mostró muy complacido en aten¬ 
der su pedido. 


Aqní las cosas políticas marchan bien, como que son 
dirigidas .por un ihombre tan ihábil como el dloctor He¬ 
rrera. Ayer tuvo lugar una manifestación pública de 
los taxistas que fue sumamente ridicula, pues no alcan¬ 
zaron a reunir mil hombres, ni con los centenares de 
pihuelos vendedores de diarios que siempre concurren 
a esas reuniones callejeras. La tal candidatura está 
muerta y bien muerta, como se lo he manifestado otras 
.veces. 


Montevideo, Diciembre 5-93. 

9 


J. J. Segundo. 


Querido General: 

* Estamos todavía en la brecha. Creo que triunfaremos y 
los amigos de Cerro Largo quedarán siempre en pie. 
Nuestro amigo el doctor Herrera, me concedió los gra¬ 
das siguientes: Mayores: Gumersindo Collazo, Antonio 
Rey y Plácido Rosas, etc., etc., 

Los demás diputados de Cerro Largo y el Senador 
Agu ir re, se han portado como en Cagancha. En el pe¬ 
cado llevarán la .penitencia. Nuestra lealtad y firmeza 
nos dará el triunfo. 

Lo saluda y los abraza su amigo affmo. 

J. J. Segundo. 


Montevideo, Marzo 6-94. 








386 


JUSTINO ZAVALA MUNiZ 


10 

(Telegrama fechado en Montevideo, el 12 de Febrero 
de 1804). 

A Justino Mnniz. 

Presidente cumplióme promesa; acabamos nombrarlo 
General en comisión permanente y coroneles Aguiar y 
Visillac. Nuestros amigos del Departamento estarán de 
felicitaciones como yo, por merecido ascenso. 

Le felicito y saludo. 


Juan José Segundo. 


11 

Señor General don Justino Muniz. 
Querido General y amigo: 


Sin embargo, es bueno que usted, y los amigos de ahí, 
aunque con la mejor voluntad, se ciñan como siempre 
a las órdenes que tienen y dejen que los brasileros en 
lucha, que, por lo general, nos han hecho a los blancos 
todo el mal posible, se entiendan ahora como puedan. No 
vayan ustedes a caer en el error de comprometerse por 
hacer un servicio personal que nunca compensará el 
perjuicio político que pueda causarles a ustedes en estos 
momentos de tantas intrigas y pillerías puestas en juego 
por los enemigos de la situación que ustedes ahí y yo 
aquí servimos con toda lealtad. 





CRÓNICA de muniz 


387 


Desearía verlo aquí en breve, .porque hace tiempo <rue 
no viene y siempre es bueno acercarse a la Capital 
siquiera una vez por año. 


K1 otro día estuvo el Presidente a visitarme, y me 
manifestó que en la -borra-tina de grados que había ha¬ 
bido por las intrigas y propaganda injusta de los ene¬ 
migos, etc., no hablan entrado mu recomendados, que 
eran los únicos que se habían respetado en atenci'm a 
mis empeños y servicios a la situación. 


Oréame siempre sai affmo. y S. S. 


J. ./. Segundo. 


Montevideo, .Junio 94. 


12 

Buenos Aires, 24 de Marzo de 1804. 
Señor (leñera! .Justino Muniz. 


Cerro Largo. 


Distinguido correligionario: 

Tengo encargo de la Comisión que presido, de invitar 
a usted especial mente, para la gran reunión pública de 
nuestros correligionarios residentes en la República Ar¬ 
gentina, que tendrá lugar en esta ciudad el 19 de Abril 





388 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


próximo, con el objeto de constituir el centro que dirija 
nuestros trabajos políticos. 

Con tal motivo me es grato saludar a usted con mi 
más distinguida consideración. 


Abdón A róztcguy, 

Presidente. 

Juan C. A ’osigHa, 

Secretario 


13 

Señor General don Justino Miuniz. 
Querido compadre y amigo: 


Aquí el amigo Aguirre anda haciendo zonceras, es- 
cribriéndole cartas al Presidente con insinuaciones tor¬ 
pes contra mí, diciéndole que los elementos blancos des¬ 
conceptuados por las vinculaciones con los colorados, de¬ 
bía suprimirlos para poner hombres en las Cámaras de 
mayor representación y prestigio en el Partido. Está 
lleno de celos, porque no ha podido meter ningún Di¬ 
putado que él quisiera, para tenerlo de instrumento para 
después no hacer nada y bailar con la más fea. ¡Lo 
de siempre! Aquí los hombres de gobierno lo acusan de 
tener conciliábulos con el General Estevan, a puerta ce¬ 
rrada, y tener correspondencia con Aparicio Saravia, 
etc., etc., especies que yo he tratado de destruir como 
verdadero amigo, — y que él me paga con una patada 
de muía. Como usted sabe, no es de ahora que me 
tira al codillo con intrigas ahí en Cerro Largo, y con 
trabajos para dividir a nuestros amigos de quien es us- 



CRÓNICA DE MUNIZ 


389 


ted jefe, fiara (aquí hay una palabra ilegible) partidos 
nuevos , a título de unir desuniendo! Como sucedió en 
la elección pasada. Aquí uno de los Ministros, para edi¬ 
tar complicaciones y peligros que hagan daño a la si¬ 
tuación, y en 'particular, a los amigos de ahí, iba a 
escribirle a usted y a Collazo, haciéndoles presente la 
conducta doble del doctor Aguirre, para que ustedes 
pensasen que no era conveniente mandar a la Cámara 
de un Departamento amigo, a un enemigo del Gobier¬ 
no, y que no perderá oportunidad ern el porvenir de 
producir divisiones y anarquías peligrosas. Yo también 
pedí que no lo hiciesen, porque siempre será para usted 
desagradable esa noticia, y, precisamente, porque me 
creo más noble que Aguirre (lo digo sin jactancia), y 
a fin de evitar un conflicto posible si el Gobierno les 
rogaba lo sustituyeran por otro ciudadano blanco y us¬ 
tedes se resistían, hice esfuerzo porque esas cartas no 
fuesen a míanos de ustedes, en la esperanza que las ba¬ 
jezas e intrigas y envidias políticas de Aguirre no ten¬ 
drán efecto ni resonancia en Cerro Largo, ni en ninguna 
parte. De todos modos, bueno es que no pierdian de vista 
ahí cualquier trabajo de aquel intrigante y mal amigo, 
que no sabe agradecer y ser consecuente con los suyos, 
permitiéndose imitar los trabajos desquieiadores de otra 
época del nulo de don Remigio. (*) En fin, usted, mi 
querido general, sabe lo que hace y conoce bien a Agui¬ 
rre y a mí, ein los años que nos trata, y por cierto, 
dada su viveza y buen criterio, nos 'habrá calado bien, 
y apreciará en justicia, si Aguirre o yo, o mejor dicho, 
cuál de los dos se habrá mostrado más compañero y leal 
y habrá hecho más esfuerzos posibles por Cerro Largo 
y los nobles amigos que con todo sacrificio y constancia 


O Remigio Castellanos, ex Jefe Político de Cerro Largo. 




390 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


nos han estado sirviendo con su valiosa influencia polí¬ 
tica y electoral. En fin, mi querido General, doblo la 
hoja, por no hablarle más 'de estas miserias a que por 
carácter y sentimiento de lealtad soy enemigo consciente 
y declarado. No sé si insistirán en escribirle los hombres 
del Gobierno, a pesar de mis gestiones en contra; pero 
de todos modos cumplo con un deber de lealtad, tenién¬ 
dolo al corriente de lo que pasa. Corren por aquí no¬ 
ticias de que algunos ilusos pretenden convulsionar el 
País, y hasta se asegura que .muchas infelices mucha¬ 
chadas de los Clubs se están embarcando para Buenos 
Aires. Ayer, el pretendido Directorio presidido por el 
batata de Berinduague, publicó una circular en que des¬ 
autorizaba los conatos de revueltas que se intenten. Esos 
•jesuítas son capaces de estar atizando por debajo del 
poncho a esos infelices para, que vayan al matadero, y 
por la prensa aparentan otra cosa. Es el juego de todos 
los mamporras que hacen la del capitán Araña: “em¬ 
barquen, embarquen”, y ellos se quedan en tierra, ga¬ 
nando plata y gozando de las comodidades al lado de 
sus familias!! Conviene, pues, querido amigo y compa¬ 
dre, que sigan vigilantes para salvar al Departamento 
de los horrores de la guerra y al País de una verdadera 
ruina. Y a mí lo que más me irrita es, que esos trom¬ 
petas que se dicen blancos, estén atacando y proyecten 
echar abajo el gobierno blanco de Cerro Largo. Sólo 
miserable envidia y despecho mal encubierto, puede im¬ 
pulsar a esos malos ciudadanos y peores correligionarias! 


Disponga de su affmo. 


J. J. Segundo. 


Montevideo, Noviembre 24-96. 




CRÓNICA. DE MUNIZ 


391 


14 

Meló, 29 de Noviembre de 1896. 

Señor General de Brigada, don Justino Mnniz. 

Mi querido general y amigo: 

Por sus comunicaciones y noticias que estoy recibien¬ 
do por diversos conductos, me entero, con la .profunda 
satisfacción consiguiente, del éxito de la expedición con¬ 
fiada a su nunca desmentida lealtad y competencia. Es 
un nuevo servicio que presta principalmente al país, a 
nuestro partido, y sobre todo, a nuestro querido Cerro 
Largo, que tanto precisa de sus buenos hijos. Esos ban¬ 
doleros, comparables solamente con los beduinos o negros 
selváticos del Africa, lian sentido desde el primer mo¬ 
mento de que si les sobra insolencia para insultar a 
los veteranos que han jugado su ¡vida en cien comba¬ 
tes, les falta valor para resistir el empuje de los sol¬ 
dados del orden y de la paz pública. Todos los cri¬ 
minales son cobardes, y ciertamente que esos bandoleros 
no podrán vivir en su patria sino para, 'purgar el cri¬ 
men monstruoso con que se han enlodado para siempre. 
Reciba un abrazo de su amigo de siempre. Salude en 
mi nombre a todos esos viejos que saben el camino del 
combate y a esos reclutas que llevan sangre noble en 
sus venas, que se enardece euando la patria la reclama 
para garantir la paz y la vida del vecindario. 


Gr. Collazo. 



392 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


15 

Manifiesto dado por el Jefe nacionalista don José Nuñez 

(Del libro “Por la Patria”, ya citado). 

El general ¡Siaravia, sin prestigio militar en el ejército, 
poco simpático al Brasil, sin antecedentes ni títulos que 
justificasen su nombramiento de Comandante en Jefe, 
era incapaz de apreciar cuánto podían importarle las 
simpatías de los jefes y oficiales del ejército, pues al 
incorporarse dejó formada nuestra división sin dignarse 
pasar revista, de manera que los oficiales y soldados no 
conocían a su general. 


“Nos obligó a emprender una marcha precipitada y 
excesiva en medio de una lluvia torrencial hasta Co¬ 
rrales, donde quedaron las infanterías a pie, con el pre¬ 
texto de que había comprometido combate con el gene¬ 
ral Muniz, lo cual no era cierto. No era posible seguir 
en aquella forma al general Saravia, porque nuestra in¬ 
fantería, sin un caballo útil, tenía que marchar con 
lentitud. Fué entonces cuando el doctor Terra me co¬ 
municó, de orden del General, que fuese mi división a 
la frontera para proteger las incorporaciones que debían 
efectuarse y recibir el armamento, municiones y demás 
elementos que se nos enviaba.” 




CRÓNICA de muniz 


393 


16 

Campamento Paso de Carpintería, 5 de Junio de 1897. 
Señor General don Justino Muniz. 

Mi estimado General: 

lie recibido 'hoy, después de moverme del arroyo San 
José, su comunicación fechada en el Sauce el 31 de Mayo. 
Quedo enterado de sus noticias y espero que mientras 
el General Arribio no cubra el Paso de Pereyra y Ra¬ 
mírez, los haga cuidar Y. S., porque no sería difícil que 
Saravia (Aparicio), que según noticias oficiales viene 
por las puntas del Arapey y buscando la cuchilla de 
Ilaedo, se recueste al Departamento de Tacuarembó, con 
el propósito de vadear el Río Negro, buscando pasar a 
este lado, donde es el campo de su predilección. Cree 
el señor Ministro, que puede suceder se recueste a la 
costa del Uruguay; pero me inclino a opinar que bus¬ 
carán más bien la parte que le indico. Yo cuidaré desde 
Polanco al Paso de los Toros, donde V. S. sabe que 
he recibido orden de bajar y donde espero la incorpo¬ 
ración del coronel Klinger, que según S. E. viene con 
2,500 hombres. Hoy he recibido una comunicación del 
Ministerio, de fecha 2, en que se me dice: “He recibido 
su telegrama del que me he impuesto con el interés que 
tienen sus noticias ipara «1 Gobierno, que ha aprobado 
sus disposiciones, dando orden ai General Arribio para 
que cumpla las suyas como se las da, y espero que no 
demorará más tiempo que el necesario paral repartir 
una ropa que habrá recibido ayer u hoy. De los revo¬ 
lucionarios las noticias que da el General Villar son que 
se encontraban por Puntas de Sepultura, dirigiéndose 


394 


JUSTINO ZAVAIíA MUNIZ 


hacia puntas del Arapey. El General Villar data su te¬ 
legrama en Tranqueras. Como V. S. ve, en aqueLla po¬ 
sición los revolucionarios bien pueden seguir por la Cu¬ 
chilla de Hiaedo hacia el Sur, o internarse en los De¬ 
partamentos de Paysandú o Río Negro”. Por la. trans¬ 
cripción que le hago verá V. iS. que conviene que guar¬ 
demos los pasos del Río Negro, a fin de que Saravia 
no pueda pasarlo. Espero que V. S. guardará los de 
Pereyra y Ramírez, mientras no los ocupen las fuerzas 
del General Arribio, que, como verá, por lo que dice 
el Ministro, no demorará aquel General en hacerlo. Como 
acabo de decirle, voy al Paso de los Toros y cuidaré 
desde Polaneo hasta Quinteros, y si el Coronel Klinger 
viene a reforzarme como dice el Gobierno, y se nos dan 
elementos de movilidad, si Saravia lo sabe, yo me co¬ 
rreré v siempre buscaré acercarme a V. S. para, no róIo 
ayudarlo, sino también para ver si algo se puede hacer 
con el fin de poner término a este fatal bochinche, que 
tanto, mal hace al país. 

Lo saluda con el afecto de siempre y espera sus avi¬ 
sos como le daré los mías, su compañero y amigo. 

Eduardo Vázquez. 


17 

Campamento Paso de los Toros, Junio 10 de 1897. 

Señor General don Justino Muniz. 

Mi distinguido General y amigo: 

Acabo de recibir su nota fechada el 6 en su campa¬ 
mento del (Sauce, y veo las noticias que V. S. me da 


CRÓNICA DE MUNIZ 


395 


de la situación de las fuerzas, y de los inmigrados; como 
también de las rniarelhas que viene efectuando el Coronel 
Kh'nger. Yo, un i distinguido General, nada ya de nuevo 
puedo ordenar, ni aun siquiera el cumplimiento de las 
órdenes que anteriormente le trasmití, su comunicación 
me encuentra aprontándome para bajar mañana para 
Montevideo, en razón de haber renunciado indeelinable- 
mete el honroso puesto que ocupaba, en que míe cabía 
la satisfacción de mandar jefes tan dignos y meritorios 
como Y. ¡S. Pero, ¿¡qué quiere mi amigo?, no es posible 
tolerar por más tiempo, que se me haga hacer un papel 
que no hace honor a ningún soldado. ¿Sabe V. S. a 
cuánto ha quedado reducido el número de fuerzas que 
tengo en este paraje? A mil hombres escasos, y sin 
ninguna base ni mediana siquiera de fuerzas bastantes 
para poder dar nervio a esta pequeña columna. Todavía 
ayer, cumpliendo órdenes del Gobierno he mandado al 
Coronel Julio Martínez, de la División de Rocha, con 
350 infantes, a defender o ayudar a defender a Pay- 
sandú, donde se asegura marcha Saravia, que a la vez 
también se dice están, no sé si él o Lamas, tiroteando 
al Salto. iSu nota, mi laniigo, voy a ponerla en un sobre 
y con cuatro letras se la mandaré al señor Ministro de 
la Guerra, ipara que él resuelva; que yo ya no sirvo. 
No se me ha ayudado y Y. S. sabe que mis reiteradas 
órdenes ni acin contestación han merecido. Mi buena 
voluntad V. S. la conoce y me queda la satisfacción de 
que todos los hombres de idénticas condiciones, harán 
justicia a mis pocos servicios que en esta campaña, tan 
corta, pero en que tanto he sufrido sólo por probar 
que tenía la más decidida aspiración en ayudar a los 
Poderes Públicos, para el pronto restablecimiento de la 
paz, an/helo que, como V. S. sabe, era el único que me 
animaba en esta desgraciada contienda. 





396 


JUSTINO ZAVALA M1 N'JZ 


Reciba, señor General, no el saludo de su General en 
Jefe, sino un apretón de manos de su viejo amigo q'ue 
mucho Jo distingue, y que se pone a su disposición en 
Montevideo, en la calle de Sierra N.° 210, y desde donde 
tendrá placer de recibir sus órdenes su laffmo. y S. S. 

Eduardo Vázquez. 


18 

Cerro de Medina. 16 de Junio de 1697. (*). 

A S. E. el señor Ministro de la Guerra. 

Montevideo. 

Me participa Comandante Rtiist, del Regimiento 1.°, 
que le es inrposwle ocupar pasos Yaguarón, y tiene que 
concretarse a Artigas, con ocupación pasos de Río Ne¬ 
gro. que son diez con picadas que requieren guardias, 
queda debilitada columna para oeu'par toda frontera 
donde existe numerosa emigración. Con División 33 se 
haría un servicio en buenas condiciones y podríamos 
atender cualquier eventualidad. Me parece, salvo mejor 
opinión de V. E., que incorporada aquí División 33, 
comto allí no hav va revoltosos estaríamos en actitud de 
ver qué actitud asume esa emigración en pocos días. 
¿Sírvase V. E. resolver esta indicación para obrar en 
consecuencia. La distancia que promedia del Paso de 
Pereyra al de Carpintería en el Río Negro por los ca¬ 
minos conocidos son doscientos diez kilómetros como mí- 


(*) Original del secretario de Mtin‘6» hallado sin firma en el archivo de este. 




CRÓNICA DE MUNIZ 


397 


nimo. V. E. conoce los medios de movilidad con que 
contamos, y lo que es la campaña en esta estación, y 
sabe también los elementos que deben encargarse de co¬ 
misiones que han de cumplirse a larga distancia del 
Cuartel General. Esos motivos me inducen a solicitar 
aicfiiella División que iha servido con buena voluntad y 
decisión bajo mis órdenes. Me informa Comandante 
Buist que tiene motivos para esperar nueva invasión de 
territorio brasileño, lo que exige de mí preferente aten¬ 
ción sobre esa frontera sin desatender Pasos Río Negro 
por todo lo cual lie creído oportuno dirigirme a V. E., 
a quien Dios Gde. ms. as. 


19 

Campamento en Puntas de Conventos, Junio 25 de 1897. 

S. E. el señor Presidente de la República. 

En presencia de su telegrama de fecha de ayer, res¬ 
pecto del rumbo de Saravia y Lamas, me dirijo en esta 
fecha al Comandante Saravia ipidiéndole se ponga en 
movimiento para incorporárseme en estas alturas. Está 
confirmado por V. E. mi telegrama de ayer, y creo que 
V. E. se dignará ordenar al Comandante Saravia se 
dirija aquí con toda su División 33, sin pérdida de tiem¬ 
po, disponiendo a la ivez lo conveniente para que lle¬ 
guen aquí los fusiles pedidos ayer. Evito los comen¬ 
tarios y creo que si el General Villar precipita su mar¬ 
cha yo podré detenerlo a Saravia y Lamas, incorporada 
la División 33, en las pasos del Río Negro, si como 
espero puedo conocer el rumbo que trae, y no será difí¬ 
cil que lo bata el General Villar al Norte detenido en 


398 


JUSTINO ZAVALA MUN1Z 


los pasos y no obstante estar muy mal montada mí 
columna. Río Negro está crecido. 

Saludo a V. E. respetuosamente. 


t Justino Mu ni*. 


20 

Bagó, Julio 11 de 1897. 
Señor General don Justino Mnniz. 

Mi estimado General: 

Salgo mañana a primera hora de este pueblo para 
su campo con el objeto de conferenciar con usted y 
ver si podemos evitar que los orientales sigan exter¬ 
minándose tan injustamente. Informaré a usted per¬ 
sonalmente de las ventajas que habría en convenir 
inmediatamente una suspensión de armas. Escribo en 
el mismo sentido al General Saravia y Coronel Lamas, 
y creo que nada se perdería en que ustedes convinie¬ 
sen una suspensión provisoria hasta mi llegada. 

Saluda al señor General atentamente, su affmo. 

A. Rodríguez Larreta. 


21 


A Cónsul Oriental: 

Por orden señor Presidente transcriba General Mu- 
niz siguiente telegrama: En vista del pedido que ha¬ 
cen los señores Barreta y Machado, que se han eonsti- 



CRÓNICA DE MUNIZ 39 !) 

tuído en Comisión mediadora de la pacificación, y que 
V. S. me trasmite a fin de que se suspendan las hos¬ 
tilidades ipor un tiempo prudencial, le autorizo a con¬ 
ceder esa suspensión hasta quince días, dentro de la 
zona que ¡actualmente ocupan su ejército y el de Apa¬ 
ricio y Lamas, para en ese tiempo tomar en conside¬ 
ración las bases q<ue prometen presentar al Gobierno 
los referidos mediadores, recomendando entre tanto a 
V. S. la mayor vigilancia y precaución en las fuerzas 
de su mando. 

Le saluda. 


Oscar Hordeñaría, 

Ministro de R. Exteriores. 


22 


Convenio de armisticio. — En Aceguá, quinta sec- 
ciórn del Departamento de Cerro Largo, a diez y seis 
de Julio de mil ochocientos noventa y siete; Nosotros, 
Aparicio Saraiviia y Diego Lamas; Comandante en Jefe 
y Jefe de Estado Mayor, respectivamente, del Ejército 
Revolucionario, denominado “Nacional”, por una par¬ 
te; y ipor la otra Justino Muniz, General de Brigada 
y Comandante Militar del Departamento de Cerro 
l^argo, autorizado en debida forma; ¡promediando la 
intervención patriótica del Doctor Don Aureliano Ro- 
drígaiez Larreta, hemos celebrado el siguiente convenio 
de armisticio, que al efecto otorgamos: Cláusula Pri¬ 
mera: El plazo de la plena suspensión de armas es 
de veinte días, feneciendo por consecuencia el día 
cinco de Agosto próximo a las doce del día. Segunda: 
Tanto las fuerzas revolucionarias como las del Gobier¬ 
no, en el país, permanecerán donde actualmente se 





400 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


encuentran, salvo la mudanza de campo necesaria a los 
pastajes y demás conveniencias de las tropas. Terce¬ 
ra: El núcleo principal del Ejército Revolucionario 
que se denomina “Nacional”, se retirará cuarenta ki¬ 
lómetros en dirección al rumbo que trajo para ocupar 
su campo actual, donde cumplirá este convenio. Guar¬ 
ía: Ambas partes se comprometen, la primera a im¬ 
partir las órdenes necesarias para dar estricto cum¬ 
plimiento a lo acordado; y la segunda a trasmitir al 
(Superior Gobierno .este pacto de armisticio por la vía 
más breve, a efecto de que reciba su solemne sanción 
y cumplimiento. Quinta: En fe de lo cual, firmamos 
el presente, excepto el General Muniz que por no saber, 
lo verifica a su ruego, el Capitán Don Cándido Viera; 
en tres ejemplares, uno para cada contratante y el ter¬ 
cero pana, el Doctor Rodríguez Larreta, que también 
suscribe el presente.—Aparicio Saravia.—A ruego del 
Gral. Don Justino Muniz, Cándido Viera.—D. Lamas.— 
A. Rodríguez Larreta. — Doy fe: de que el General de 
Brigada Don Justino Muniz, al presentarme este do¬ 
cumento, me expresó bailarse bien enterado y conforme 
con su contenido, y que por no saber firmar, lo había 
hecho a su ruego el Capitán Don Cándido Viera. 
Y a su petición pongo el presente que signo y firmo 
en Aceguá a diez y seis de Julio de mil ochocientos 
noventa y siete, con carácter de reponer el sellado si 
fuere preciso.— Juan Collazo , Esno. Pubco. — (Hay 
un signo). ' 



CRÓNICA DE MUNIZ 


401 


23 

Campamento en Mina de Aceguá, Julio 18 de 1897. 
Señor Coronel don Juan Pedro Bertrán. 


Artigas. 

No pierda momento en enviarme los equipos, pues 
mi gente está de brin, y ya es tiempo de que se abri¬ 
guen. 

(Original de carta, con letra del iSecretario de Mu- 
niz, encontrado en el archivo de éste). 

24 

Campamento en Aceguá, 3 de Agosto de 1897. 

Exorno. Señor Ministro de la Guerra y Marina, Te¬ 
niente General don Luis Eduardo Pérez. 

Montevideo. 


Especialmente el calzado, deja mucho que desear, 
puesto que se compone de una variedad infinita de 
obras de charol, imitación cabritilla, de todos colores, 
bajos y elásticos propios para ciudad, pero inadecua¬ 
dos para las rudas tareas del soldado, que sabe V. E„ 
sólo pueden utilizar la bota de fuerte baqueta y buena 
suela, capaz de soportar la humedad y la helada, por 
cierto cotidianas en esta estación. Los fusiles, los he 


26 




402 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


distribuido en diversos escuadrones, iporque la presen¬ 
tación de plazas ha sido numerosa y hubo necesidad! 
de armarlos. Por cartas que dirigí a personas de la 
situación e inmediatas al Gobierno, procuré hacer cons¬ 
tar, que yo no ihiabía recibido ni un bulto de los equi¬ 
pos y municiones que en Abril conducía para mi co¬ 
lumna, el Coronel Don Ildebrando Vengara, en ocasión 
que me hallaba ipor Cebollatí, Departamento de Rocha. 
Se nie ha informado también, que con esos equipos y 
municiones, venía una suma de dineros. Y como yo 
deseo que en materia de administración de elementos 
de guerra, quede muy bien constatado lo que se me 
entrega y el destino que le doy, me permito hacer constar 
aquí, que no recibí los elementos que conducía el Co¬ 
ronel Vergana en aquella ocasión, y que según nota de 
este Jefe, que conservo en mi poder, todo lo entregó al 
General Don Melitón Muñoz. Dejando así informado 
a V. E. de la distribución de los equipos recibidos, 
me es grato reiterarle mi respetuosa consideración y 
particular estima. 

(Original de letra del Secretario de Muniz, hallado 
sin firma en el archivo de éste). 

25 

Exorno. Señor General Don Justino Muniz. 

Exorno. Señor: 

Acuso recibo a V. E. de su nota fecha 22 del que 
rige, poniendo a la vez en conocimiento de V. E. que 
he hecho entrega al Coronel en Comisión don Cesáreo 
iSaraiva de lo siguiente: Cien mauser, cien sables bu 



CRÓNICA DE MUN1Z 


403 


yonetas, doce indi tiros mauser y dos mil tiros réming- 
ton, cuyo material lo conduce por el carro que me 
devolvió V. E. 


Ildebraudo Vmjara. 
Campamento Taeuarí, Julio 24|97. 

26 

Señor Comandante General ilel Departamento de Ce¬ 
rro Largo, Don Justino Muniz. 


Me mandó también el Señor Presidente, conteste a 
V. S, que en ese momento el Ministro de la Guerra 
daba las ordenas para que sin demora se le mandasen 
a V. S, las municiones pedidas. 


Juan /'. Bertrán*!. 

Villa de Artigas, Julio 11 de 1897. 

27 

Señor Comandante General del Descarta monto de Ce¬ 
rro Largo, General de Brigada Don Justino Muniz. 


A Coronel Bertrand: Es necesario que V. iS. mande 
con urgencia un chasque al General Muniz para ad¬ 
vertirle que fueraas legales marchan por distintos pun¬ 
tos y en combinación unas con otras sobre ejército re- 







404 


JUSTINO ZA.VALA. MUNIZ 


volucionario, y que ipor lo tanto, es de suma conve¬ 
niencia que el General se mueva del punto donde se 
encuentra con la gente bajo sus órdenes, y vaya aproxi¬ 
mándose a la retaguardia del enemigo de la mejor ma¬ 
nera y con la mayor (prontitud que le es posible dada 
la falta que tiene de elementos de movilidad. 

Saluda a V. S.—Juan Idiarte Borda. 


Jiwn P. Bn'twru!. 
Villa de Artigas, Agosto 21 de 1897. 

28 

Campamento en Aceguá, Agosto 25 de 1897. 

[Señor Teniente General Don Máximo Tajes, Jefe Supe¬ 
rior de las Fuerzas en operaciones en campaña. 

Tengo el honor de dirigirme a V. E. para manifes¬ 
tarle que el Excmo. Señor Ministro de la Guerra y 
Marina, por nota que recibí ayer, y de fecha diez del 
actual, se lia servido informarme del alto y honroso 
cometido que ha confiado a la persona de V. E., orde¬ 
nándome que en los asuntos relacionados con el ser¬ 
vicio militar me entienda con V. E. Al felicitarle por 
aquella merecida distinción, y ponerme a las órdenes 
de V. E., aprovecho la oportunidad para expresarle que 
esta columna está absolutamente desprovista de caba¬ 
llos, y que en el Departamento y sus inmediaciones no 
ha quedado ni un potrillo, y liasta la boyada ha se¬ 
guido la propia suerte. Esta zona del país, viene su¬ 
friendo desde Noviembre la devastación inherente a 




CRÓNICA DE MUNIZ 


405 


la desgracia, de que ha sido objeto notoriamente, y aun 
cuando a mi vuelta de Rocha, en Albril, traje algunos 
caballos de aquellos parajes, en que aun no saben lo 
que es la guerra civil, esos caballos se me han muerto 
a fines de Julio y principios de este mes, debido por 
una parte a la crudeza de la estación, y por otra, a 
ihaber tenido la necesidad de permanecer durante doce 
días con el enemigo al frente, y consiguientemente, con 
el cailwllo de la rienda en este paraje. De suerte, señor 
Teniente General, que bien a pesar mío, estoy conde¬ 
nado a la inacción, iporque no solamente la tropa y ofi¬ 
cialidad está materialmente a pie, sino que no tenemos 
con qué arrastrar los carros de munición, la que no 
debemos dejar nunca, por la experiencia que tenemos 
de lia i imprescindible necesidad de ese elemento, cuyo 
consumo asume grandes proporciones en cada encuen¬ 
tro. Esta imposibilidad de moverme la he hecho cono¬ 
cer al Superior Gobierno desde sus primeros momentos 
reiterándosela diversas ocasiones, lo mismo lo he infor¬ 
mado de la inutilidad de mis diligencias y gestiones 
para ipoder montar esta División y la imprudencia que 
yo cometería al pretender hacer marchas forzadas a 
pie desde que para inutilizarme y desmoralizar esta 
columna bastarían los arroyas, bañado» y barriales que 
ofrecen estos campos por todas partes. Acepte V. E. 
la seguridad de mi consideración y acatamiento. 

(Original, de letra del Secretario de Muniz, hallado 
en el archivo de éste). 





4C6 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


29 


Agosto 25[97. 


Tendré muy presente lo resuelto por el Superior Go¬ 
bierno, aunque por ahora me vea, muy a mi pesar, pri¬ 
vado de toda autoridad, porque, como he tenido ocasión 
de manifestarle a V. E. por diversas veces, como a 
S. E. el íSlr. Presidente, esta columna está completamente 
a pie y en el Dpto, y sus inmediaciones no hay ni una 
yegua ni un potrillo, y hasta la misma boyada de tiro 
ha sidb la suierte de los animales yeguarizos. 


(Original de una nota dirigida al Ministro de la 
Guerra, hallado sin firma en el archivo de Muniz). 

30 

Recibido el día 12-10-1897—de Montevideo—al Ge¬ 
neral D. Justino Muniz. — Meló. Apreciable General: 
Recibo su telegrama y puedo asegurarle que a Vd. como 
a todos los generales principales los he tenido al co¬ 
rriente de los sucesos políticos y lamento q>ue mis tele¬ 
gramas no hayan llegado hasta Vd. Es necesario pre¬ 
caverse contra los politiquillos de aquí y de allí que 
tienen por norma intrigar a los hombres de verdadero 
mérito como es Vd. con la primera autoridad. Puedo 
decirle sinceramente que Vd. no tiene mejor aprecia¬ 
dor de sus facultades y de su valor que el que se dice 
su amigo.—CUESTAS. 





CRÓNICA DE MLTNIZ 


407 


31 

(Segundo parte del General Muniz, paloma mensa¬ 
jera, recibido el día 19/1/904, a las 11.35 a. in. — “El 
Día”, Montevideo). — Anteayer en Mansavillagra com¬ 
pleta derroca del enemigo. Tomamos tres carretas com¬ 
pletas de munición remington y 500 caballos. Sigo 
persecución tenaz. Desde anteayer hastia .hoy se le 
cuentan más de cien muertos a Saravía y elevado nú¬ 
mero de heridos. El hijo mayor de Aparicio va he¬ 
rido. Hay grandes deserciones en las lilas enemigas que 
marchan en desastroso estado de ánimo. Abelardo Már¬ 
quez incorporóse anoohe y ayer mandó línea, mientras 
Aparicio se retiraba. A Benavente le mandé chasques 
para que tome el paso del Río Negro. Continúo per¬ 
siguiendo nimbo al Cordobés, por el Paso de iSan Juan 
que vadearé dentro de dos horas. Allí está Saravia. 
Ya siento tirotear mi vanguardia. Salúdalo.— >J. )íunit. 




EX LIBRIS 


Monlevideo, 15 de Marzo de 1921. 
Señor Justino Zavaia Muniz. 

Carísimo amigo: Comprometido a idear para usted blasón 
y mote que le sirviese de Kx Libris, creo haberle satisfecho 
por medio de nuestro común amigo el gracioso y profundo 
urtista Antonio Pena en cuanto a la primera parte, un ca¬ 
ballo y su jinete bélico modelados en el cuadro noble de 
una metopa. A modo de escisión lapidaria, deberá inscri¬ 
birse en el plano oscuro del relieve y con caracteres tam¬ 
bién de cierto sabor clásico, este lema: 

MEDIOS PER IONES 

¿Qué quiere decir? Se lo diré, y usted Jo hará una o dos 
veces a otros tantos amigos, librándose de la molestia de 
aclararlo a lodo el mundo, castigo que usted no merece, 
con atribuirlo a ocurrencia del artista, cuyo significado, 
fuera de lo que salta a la vista o sea la truducción casi lite¬ 
ral, no ha podido alcanzar; y no dejará de tener a los ojos 
de los preguntones el oiré y el prestigio de las piedras 
indescifrables. Quiero reintegrar ese medio verso de Hora¬ 
cio a la estrofa de donde lo he sacado, para que vea cómo 
tuve en cuenta la condición heroica de su abuelo, figura 
central de su primera obra y, me atrevo a creerlo, norte 





410 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


moral de cuantas haga en lo futuro. Pertenece a la Oda XIV 
del libro IV, dedicada a Augusto por las victorias de sus 
generales Tiberio y Druso sobre los réticos y los vindeli- 
cios. Dirá usted que mejor debió dedicársela entonces a los 
generales, pero no lo diga, si no quiere atraerse la ojeriza 
de los admiradores del vencedor de Actium y quizá también 
de los manes del poeta. Paz a los muertos, aunque guste¬ 
mos los versos antiguos. Helos aquí: 

Indómitas prope qualis undas 
Exercel Auster, PJeiadum Choro 
Scindente nubes; impiger hostium 
Vexare turmas, et frementem 
Mittere equum medios per ignes. 

Lo cual, traducido, como puede hacerlo un mal estudiante 
de humanidades, después de muchos años de haberlo sido, 
en vil prosa diría: «Como el Austro levanta de pronto indó¬ 
mitas ondas cuando el Coro de las Pléyades abre las nu¬ 
bes; arrolla el héroe los escuadrones enemigos y hace pasar 
el caballo relinchante por enmedio de las llamas». 

Echará usted de menos la música del verso, la enérgica 
síntesis y el brillo de la dicción horaciana. Según se ve o 
siente, para el poeta, arrojarse así en el centro del combate 
es lo mismo que atravesar un incendio. Modestamente opi¬ 
no lo mismo. El arrebato del valor es idéntico al de esa 
audaz expresión lírica que para su emblema de cronista de 
hazañas y voces de gesta, con un saludo cordial, le envía 
su afmo. 


Eduardo Dieste. 



ÍNDICE 



INDICE 


Pág*. 

Prólogo..• 5 

Nacimiento y mocedades de Muniz 

I** abuelos de Munis.... 15 

Julián Hamfres. . . ... * . 21 

Munis y Fclisberto «Pelo Largo* ... . N2 

Feliciano «El Callao* y Perico «El Manco*. . . . U 

Carcilaao. .... .... 51 

Ijm Rengas.. . 5<í 

Quinteros. .01 

Loa amores del guerrero.. .... 07 

Muuiz en Bañado de Medina 

Muñís en Buflado de Medina. NI 

\ji Cruzada Liberiadora . • . . . 01 

iMiw) se rasó Muñís. W 

Guerra del 70 

ituerra del 70.'00 

Cumkif del Corral lin.110 

Kn Sauce Munis conquista la lama de Arh*lU«» ... , . . 1 ?il 

Wm de pas.142 

La Tricolor 


La Tricolor. 

Sorpresa de Fray!* Muerto 


. . 151 

. . 168 



















414 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


El Coronel Muniz 

El Coronel Muniz.181 

Con riesgo de la suya, Muniz salva la vida de un amigo.191 

Muniz y «El Mellizo*.* 107 

Luchas políticas ..200 

Muerte de Eufemia.215 

1896 

..225 

La revolución de 1897 

Muniz y los Saravia.257 

Arbolito. .261 

La noche de Arbolito.280 

Retirada hacia el Sur...287 

Aceguá .. 296 

Paz armada 

El saravismo en Cerro Largo. .... 313 

La fatalidad continúa cerniéndose sobre el caudillo.321 

Ultimas campañas y muerte del caudillo 

(Campaña de 1904 . . . .349 

Ultimos afios del caudillo.365 

Documentos de prueba.377 

Ex Lib ris.—Carta de Eduardo Dieste.409